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(4) personajes.

HATSHEPSUT

HATSHEPSUT

En la extensa y magnífica época faraónica del Antiguo Egipto brilla con luz propia una mujer que luchó con todas sus fuerzas por hacer de su tierra un lugar mejor y más próspero. Su nombre era Maat Ka Ra, pero pasó a la historia como HATSHEPSUT.

Pertenecía a la XVIII dinastía, una dinastía repleta de soberanos de personalidad bien definida: El padre, Thutmosis I, fue un excelente guerrero y un gran constructor, con él comienzan las obras del grandioso templo de Amón en Karnak. Posteriormente, el hijastro de la reina, Thutmosis III, realizó grandes hazañas bélicas conquistando más territorio para Egipto. Pero, fue ella la que logró pasar a la historia a pesar de los impedimentos que le impusieron para aparecer en la historia del Antiguo Egipto.

Nació un día brillante del año 1490 a.C. en el palacio real de Tebas. Hija como era del faraón, fue educada junto a sus demás hermanos. Aprendió a leer y a escribir, además de nociones que sólo eran privilegio de la realeza. Su padre realmente quería que ella fuera la futura soberana a su muerte pero, fue Thutmosis II, un hijo de una esposa secundaria, el que llegó al trono.

Hatshepsut se casó con él pues en aquella época sólo podía legitimar su cargo de faraón si se casaba con una mujer perteneciente a la familia real. Tuvieron dos hijas llamadas Nefru-Ra y Meritra-Hatshepsut. Durante los años que Thutmosis II fue faraón, Egipto estaba realmente en manos de la reina, que era la que gobernaba, pues se cree que él era un hombre débil y enfermizo. La mala fortuna hizo que su esposo muriera a los quince años de su ascensión al trono. Fue entonces cuando Hatshepsut asumió la regencia del pequeño Thumosis III, hijo de su esposo y de una esposa secundaria llamada Mutnefer. Este hijastro no estaba destinado a reinar pues no se esperaba que el faraón muriera tan pronto y por ello vivía en el templo de Amón educándose para sacerdote. Al saber que sería el futuro faraón de Egipto lo casaron con Nefru-Ra, una de las hijas de la reina y luego, se puso a esperar a ser faraón.

Durante la regencia de la reina los partidarios de la sucesión en el trono de su sobrino realizaron intrigas palaciegas para alejarla del poder y la regencia. Esto provocó que Hatshepsut convirtiera la regencia en verdadero reinado. No era la primera vez que una mujer gobernaba Egipto pero hubo de justificarse la especial situación recurriendo a un mito. Según éste, Amón le había ofrecido el trono ya que cuando fue engendrada este dios adoptó la figura del rey, Thutmosis I, engendrando en la propia reina Ahmose, a su amada hija Hatshepsut estando, por lo tanto, llamada a gobernar Egipto.

Hizo que se representara este mito en la pared de su espléndido templo mortuorio en Deir el-Bahari situado al occidente de Tebas, pues en aquella época todo se anotaba y quedaba registrado pintándolo o esculpiendo en las paredes de los templos.

Una vez en el trono comienza a reinar. Primero consolida el dominio sobre Nubia realizando una expedición hasta allí y participando como comandante en el ejército sometiendo a los insumisos nubios que no querían. Posteriormente organizó algunas expediciones mercantiles al país de Punt, en busca de hierbas aromáticas, árboles exóticos y a la vez, para relacionarse con aquel país. Todo esto fue reflejado en el templo que mandó construir en Deir el-Bahari. Este templo se sitúa en la ribera izquierda del Nilo y en su amplio anfiteatro formado por rocas calizas que alcanzan más de 130 m. de altura se sitúan tres amplias terrazas sucesivas, a las que se accede por una amplia rampa central cuya prolongación termina en el propio templo o santuario de Amón, enteramente tallado en la roca. Es una edificación muy especial pues se conjuga perfectamente con el paisaje y a la vez presenta un porte majestuoso con el entorno. Su arquitecto, Senenmut, logró realizar un diseño perfecto para la construcción del templo.


La reina tomó en el Estado un lugar superior al puesto que se le otorgaba. Los documentos oficiales, en lugar de representar al rey con los rasgos de Thumosis III, representan a Hatshepsut seguida de su sobrino. Con el paso de los años el joven llegó a la mayoría de edad pero la reina regente no le dejó el poder. Ella afirmó sus derechos personales a la soberanía haciéndose representar como “el rey”, vestida de hombre y adaptando el protocolo completo de los reyes egipcios. Conservó el poder durante veintitrés años sin que Thutmosis III fuera un problema. El desarrollo de la idea de monarquía basada en la divinidad del rey hizo que reapareciera el sistema, a la vez político y religioso, del Imperio Antiguo, que hacía del rey la encarnación de Ra sobre la tierra, el dios vivo. El poder real, totalmente independiente de los hombres, sólo depende de dios. Por lo tanto, la ley no puede confiar el trono, sólo Amón lo puede hacer. Además de esto la reina se rodeó de un equipo de hombres que la ayudaron a continuar en el trono y a mantener a Egipto en un periodo de relativa calma. No se dieron cuenta de los graves problemas que tenían con las fronteras mientras mantenían un relativo trabajo de relaciones públicas con países lejanos. Además de Senenmut, su arquitecto y favorito, también contó con Hapuseneb, gran sacerdote supremo de Amón y jefe de todos los sacerdotes del Norte y del Sur, dueño de los oráculos dados por el dios. Fue jefe del culto y jefe del estado. En la época de Hatshepsut se les concede al clero de Amón muchos privilegios lo que provoca que posteriormente tengan bajo su mano mucho poder. Junto con estos buenos consejeros tenemos a Djehuty, tesorero y arquitecto de la reina. Actualmente se está excavando su tumba por parte de una expedición española y en ella se están encontrando muchos datos de la época.

Después de llevar muchos años en el poder gobernando en paz y de realizar multitud de monumentos glorificando a los dioses Hatshepsut desapareció de una manera muy extraña. No se sabe si murió de forma natural o si por el contrario fue asesinada por un golpe de estado llevado a cabo por su hijastro y sobrino Thutmosis III. La verdad es que dejó de aparecer como soberana y desapareció de la historia. Han tenido que pasar muchos siglos para que encontráramos varias tumbas que parecen haberse realizado para que su cuerpo descansara por toda la eternidad. Pero en ninguna de ellas se han encontrado sus restos. Nada que nos indique como fue y como murió, nada sobre el misterio que ocultó su reinado una vez que Thutmosis III se hiciera con el poder.



A pesar de que su reinado fue ocultado por los soberanos posteriores que llegaron a destrozar parte de sus monumentos y de sus representaciones en las paredes de su templo, fue una reina que brilló con luz propia en un mundo de guerreros y que supo transmitir la alegría del pueblo egipcio, para llevarlo a ser el más importante del momento. Con su coraje y voluntad supo manejar las riendas del país más rico y próspero de la época.



Varias fuentes. Recopilación realizada por A. Torres Sánchez.

Noam CHOMSKY.

Noam CHOMSKY.

Nació en 1928 en Filadelfia, Pensilvania, Estados Unidos, hijo de un emigrante ruso. Estudió filosofía y lingüística en la Universidad de Pensilvania, donde se doctoró en 1955, año de su ingreso en el Massachusetts Institute of Technology (MIT). En 1961 obtuvo una cátedra en el Departamento de Lingüística y Filosofía del MIT, al tiempo que desarrolló otras actividades académicas en las Universidades de Princeton, Oxford, Cambridge, etc.


Militante de la izquierda intelectual norteamericana, que algunos han calificado de socialismo libertario, se destacó en la oposición a la guerra de Vietnam, dentro de una actitud contra-sistema que ha mantenido a lo largo de su trayectoria profesional y política.


En doctor ‘honoris causa’ de una treintena de universidades, entre ellas las de Londres, Chicago, Georgetown, Buenos Aires, Columbia, Pisa, Harvard y Nacional de Colombia.


El trabajo académico e intelectual a lo largo de medio siglo abarca los campos de la lingüística, la comunicación, la política y la sociología. Su obra es muy extensa, comprende más de treinta libros y centenares de artículos (bibliografía general), está en gran medida traducida a la lengua española. Autor, entre otros, de: Syntactic Structures (1957), Current Issues in Linguistic Theory (1964), American Power and the New Mandarins (1969), Language and Mind (1972), Studies on Semantics in Generative Grammar (1972), Peace in the Middle East? (1974), The Logical Structure of Linguistic Theory (1975) El análisis formal de los lenguajes naturales (1976), Language and Responsibility (1979), Knowledge of Language (1986), Manufacturing Consent (con E. S. Herman, 1988), Profit over People (1998), Rogue States (2000) y 9-11 (2002).


Han sido traducidos a la lengua española, entre otros muchos: La segunda guerra fría, Crítica, Barcelona, 1984; Conocimiento y libertad, Ed. Planeta-Agostini, Barcelona, 1986; La quinta libertad, Crítica, Barcelona, 1988; Los guardianes de la libertad (con Edward S. Herman), Crítica, Barcelona, 1990; Ilusiones necesarias. Control de pensamiento en las sociedades democráticas, Prodhufi, Madrid, 1992; El miedo a la democracia, Crítica, Barcelona, 1992; Política y cultura a finales del siglo XX: un panorama de las actuales tendencias, Ariel, Madrid, 1996; El Nuevo orden mundial (y el viejo), Crítica, Barcelona, 1996; Cómo nos venden la moto (con Ignacio Ramonet), Ed. Icaria, Barcelona, 1997; Perspectivas sobre el poder, El Roure Ed., Barcelona, 2001; Una nueva generación dicta las reglas, Crítica, Barcelona, 2002; Estados canallas: el imperio de la fuerza en los asuntos mundiales, Ediciones Paidós, Barcelona, 2002.


Varias fuentes. Recopilación realizada por A. Torres Sánchez.

* Hay textos de Noam CHOMSKY en esta bitácora y también en www.triunfo.blogia.com

Simón BOLÍVAR.

Simón BOLÍVAR.

Descendiente de una familia de origen vasco que se hallaba establecida en Venezuela desde fines del siglo XVI, y ocupaba en la Provincia una destacada posición económica y social, Simón Bolívar nació en la ciudad de Caracas el 24 de julio de 1783. Sus padres fueron el Coronel don Juan Vicente Bolívar y Ponte, y doña Concepción Palacios Blanco. Tenía tres hermanos mayores que él -María Antonia, Juana y Juan Vicente- y hubo otra niña, María del Carmen, que murió al nacer. Antes de cumplir tres años, Simón perdió a su padre, fallecido en enero de 1786. La educación de los niños corrió a cargo de la madre, mujer de fina sensibilidad, pero también capaz de administrar los cuantiosos bienes que poseía la familia. Además de la herencia paterna, Simón era titular de un rico mayorazgo, instituido para él en 1785 por el Presbítero Juan Félix Jerez y Aristaguieta.

En su ciudad natal transcurrieron sus primeros años, con ocasionales viajes a las haciendas que la familia poseía en los Valles de Aragua. En 1792 falleció doña Concepción. María Antonia y Juana contrajeron matrimonio bien pronto, y los dos varones de la familia, Juan Vicente y Simón, siguieron viviendo con el abuelo materno, don Feliciano Palacios, tutor de ambos. La casona de la familia daba al frente a la plazuela de San Jacinto, en pleno centro de la ciudad. Al morir el abuelo, Simón quedó al cuidado de su tío y tutor Carlos Palacios. En julio de 1795, cuando cumplía 12 años, sufrió una crisis muy propia de la primera adolescencia: huyó del lado de su tío, para acogerse a la casa de su hermana María Antonia y de su marido, hacia quienes sentía mayor afinidad afectiva. A consecuencia de estos hechos, que pronto se arreglaron favorablemente, Simón Bolívar pasó algunos meses como interno en la casa de don Simón Rodríguez (1771-1854), nacido también en Caracas, quien regentaba entonces la Escuela de primeras letras de la ciudad. Entre aquel genial pedagogo y reformador social y el niño Simón Bolívar, se estableció pronto una corriente de mutua comprensión y simpatía, que duraría tanto como sus vidas. Rodríguez se marchó de Caracas en 1797. Antes y después de ser alumno suyo, tuvo Bolívar otros maestros en Caracas, entre los cuales se cita a Carrasco y a Vides, quienes le dieron lecciones de escritura y de aritmética, a Fray Jesús Nazareno Zidardia, al Presbítero José Antonio Negrete, profesor de Historia y de Religión, y a Guillermo Pelgrón, preceptor de latinidad. Recibió también lecciones particulares de Historia y de Geografía que le dio don Andrés Bello (1781-1865), quien atesoraba ya en su juventud el caudal de conocimientos que habría de conducirlo con el tiempo a ser el primer humanista de América.

La vocación de Bolívar era el ejercicio de las armas. En enero de 1797, ingresó como cadete en el Batallón de Milicias de Blancos de los Valles de Aragua, del cual había sido Coronel años atrás su propio padre. No tenía aún 14 años cumplidos. En julio del año siguiente, cuando fue ascendido a Subteniente, se anotaba en su hoja de servicios: «Valor: conocido; aplicación: sobresaliente». El adiestramiento práctico en los deberes militares lo combinaba Bolívar con el aprendizaje teórico de materias consideradas entonces la base de la formación castrense: las matemáticas, el dibujo topográfico, la física, etc., que aprendió en la Academia establecida en la propia casa de Bolívar por el sabio Capuchino Fray Francisco de Andújar desde mediados de 1798, y a la cual asistían también varios amigos de Simón.

A comienzos de 1799, viajó a España. En Madrid, bajo la dirección de sus tíos Esteban y Pedro Palacios y la rectoría moral e intelectual del sabio Marqués de Ustáriz, se entregó con pasión al estudio. Recibió allí la educación propia de un gentilhombre que se destinaba al mundo y al ejercicio de las armas: amplió sus conocimientos de historia, de literatura clásica y moderna, y de matemáticas, inició el estudio del francés, y aprendió también la esgrima y el baile, haciendo en todo rápidos progresos. La frecuentación de tertulias y salones pulió su espíritu, enriqueció su idioma, y le dio mayor aplomo. En Madrid conoció a María Teresa Rodríguez del Toro y Alayza, de quien se enamoró. A fines de 1800 pensaba en constituir un hogar, asegurarse descendencia, y regresar a su país, para atender al fomento de sus propiedades. Hubo un compás de espera: en la primavera de 1801 viajó a Bilbao, donde permaneció casi todo el resto del año. Hizo luego un breve recorrido por Francia que le condujo hasta París y Amiens. En mayo de 1802 estaba de nuevo en Madrid, donde contrajo matrimonio, el día 26, con María Teresa. Los jóvenes esposos viajaron a Venezuela, pero poco duró la felicidad de Simón. María Teresa murió en enero de 1803. El joven viudo regresó a Europa a fines de ese mismo año, pasó por Cádiz y Madrid, y se estableció en París desde la primavera de 1804.

En la capital del naciente Imperio Francés los placeres de una vida social, mundana, y los estímulos de orden intelectual, comparten la atención de Bolívar, no menos que el espectáculo fascinante de una Europa en plena ebullición política. Frecuenta teatro, tertulias y salones, donde conoce a bellas mujeres, pero trata igualmente a sabios como Alejandro de Humboldt y Amado Bonpland, y asiste a las conferencias y a los cursos libres de estudios donde se divulgan los conocimientos y las teorías más recientes. En esta época de su vida se entrega con pasión a la lectura. Se ha encontrado de nuevo con Simón Rodríguez, cuyo saber y cuya experiencia hacen de él un extraordinario compañero de conversaciones, lecturas y viajes. Van juntos a Italia, y cruzan a pie la Saboya. En Roma, un día de agosto de 1805, en el Monte Sacro, Bolívar jura en presencia de su maestro no dar descanso a su brazo ni reposo a su alma hasta que haya logrado libertar al mundo Hispanoamericano de la tutela española. De nuevo se separan Bolívar y Rodríguez. El primero, poco más tarde, asciende al Vesubio en compañía del Barón de Humboldt y de otros científicos. Bolívar regresa a París, en donde se afilia a una logia masónica. A fines de 1806, conocedor de los intentos realizados por el Precursor Miranda en Venezuela, Bolívar considera que ha llegado el momento de volver a su patria. Se embarca en un buque neutral que toca en Charleston en enero de 1807; recorre una parte de los Estados Unidos, y regresa a Venezuela a mediados del mismo año.

Vive ahora como un joven aristócrata, atento al fomento de sus haciendas, y en 1808 sostiene un sonado pleito con Antonio Nicolás Briceño por los linderos de una de ellas; pero piensa siempre en el porvenir del país. En las reuniones que él y su hermano Juan Vicente celebran con sus amigos en la quinta de recreo que poseen en Caracas a orillas del río Guaire, se habla de literatura, pero también se hacen planes para la Independencia de Venezuela.

Llega el 19 de abril de 1810. La Junta establecida ese día nombra a Bolívar, en compañía de Luis López Méndez y de Andrés Bello, comisionado ante el Gobierno Británico. Cumplida su misión, Bolívar regresa de Londres a fines del mismo año. En Inglaterra ha visto el funcionamiento práctico de las instituciones. En el seno de la Sociedad Patriótica de Caracas es uno de los más ardientes abogados de la Independencia, que el Congreso proclama el 5 de julio de 1811. Bolívar se incorpora al Ejército, y con el grado de Coronel contribuye en 1811, bajo las órdenes de Miranda, al sometimiento de Valencia. En 1812, a pesar de grandes esfuerzos, no logra evitar que la plaza de Puerto Cabello, de la cual era comandante, caiga en poder de las fuerzas realistas por una traición. A mediados de 1812, el General Miranda capitula ante el jefe español Domingo de Monteverde. En el puerto de La Guaira un grupo de oficiales jóvenes, entre los cuales figura Bolívar, deseosos de continuar la lucha, arrestan al infortunado Precursor. Pero todos los esfuerzos son inútiles. Bolívar logra salvarse gracias a la hidalguía de un amigo suyo, don Francisco Iturbe, quien obtiene un pasaporte para él. Se traslada a Curazao, y luego a Cartagena de Indias, donde redacta y publica su «Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño», uno de los escritos fundamentales, en el cual expone ya su credo político, así como los principios que habrán de guiar su acción en los años futuros.

Comienzan entonces sus fulgurantes campañas militares, en las cuales alternarán victorias y reveses hasta 1818, y a partir del año siguiente predominarán los triunfos. A la cabeza de un pequeño ejército, limpia de enemigos las márgenes del río Magdalena, toma en febrero de 1813 la Villa de Cúcuta, e inicia en mayo la liberación de Venezuela. La serie de combates y de hábiles maniobras que en tres meses le condujeron vencedor desde la frontera del Táchira hasta Caracas, a donde entró el 6 de agosto, merecen en verdad el nombre de Campaña Admirable con que se les conoce. A su paso por Trujillo, en junio, había dictado el Decreto de Guerra a Muerte, con el objeto de afirmar el incipiente sentimiento nacional de los venezolanos. Poco antes, a su paso por la ciudad de Mérida, los pueblos le habían aclamado Libertador, título que le confieren solemnemente en octubre de 1813 la Municipalidad y el pueblo de Caracas, y con el cual habrá de pasar a la historia.

El período que va de agosto de 1813 a julio de 1814, la Segunda República, es en verdad el Año Terrible de la Historia de Venezuela. La Guerra a Muerte hace furor, y los combates y batallas indecisos, afortunados o perdidos, se suceden unos a otros con gran rapidez. A pesar de victorias como la de Araure, la de Bocachica, o la primera batalla de Carabobo, y de resistencias tan heroicas como la del campo atrincherado de San Mateo y de la ciudad de Valencia, tanto Bolívar como el General Santiago Mariño (quien había libertado antes el Oriente del país) se ven obligados a ceder ante el número de los adversarios, cuyo principal caudillo es el realista José Tomás Boves. Éste triunfa en la Batalla de La Puerta (junio de 1814), y los patriotas se ven en la necesidad de evacuar la ciudad de Caracas. Se produce una gran emigración hacia el Oriente del país. Allí, Bolívar y Mariño ven su autoridad desconocida por sus propios compañeros de armas. El Libertador halla de nuevo fraterno asilo en la Nueva Granada, donde interviene con varia suerte en las contiendas políticas internas y logra que la ciudad de Bogotá se incorpore a las Provincias Unidas. En mayo de 1815, hallándose frente a Cartagena, Bolívar abandona el mando para evitar el estallido de la guerra civil.

Aislado en Jamaica desde mayo hasta diciembre de 1815, aguarda impaciente el momento de intervenir de nuevo en la lucha. Mientras tanto, medita acerca del destino de Hispanoamérica y redacta en septiembre la célebre Carta de Jamaica, donde abraza con penetrante comprensión y con visión profética el pasado, el presente y el porvenir del Continente.

Mientras que la derrota de Napoleón en Europa, y la llegada a Venezuela de un poderoso ejército español que manda el General Pablo Morillo, infunden nuevos ánimos a los partidarios de la causa realista, Bolívar se traslada a la República de Haití, en busca de recursos para continuar la lucha. El Presidente de aquel Estado, Alejandro Petión, se los proporciona con magnanimidad. Pronto sale de Los Cayos una expedición al mando de Bolívar, que llega en mayo de 1816 a la Isla de Margarita y pasa poco después al Continente. Carúpano es tomado por asalto, y ahí da Bolívar, el 2 de junio, un decreto que concede la libertad a los esclavos, el cual ratificará poco después. La expedición pasa luego al puerto de Ocumare de la Costa, en donde Bolívar se ve separado accidentalmente del grueso de sus fuerzas, y debe embarcarse de nuevo. Regresa a Haití, en donde organiza una segunda expedición que llega a la Isla de Margarita a fines del año. A comienzos de 1817 Bolívar se halla en Barcelona. Su objetivo es apoderarse de la Provincia de Guayana, y hacer de ella la base para la liberación definitiva de Venezuela. En julio, la capital de aquella Provincia, Angostura (hoy Ciudad Bolívar), es tomada por los patriotas. Se organiza de nuevo el Estado. Bolívar crea el Consejo de Estado, el Consejo de Gobierno, el Consejo Superior de Guerra, la Alta Corte de Justicia, el Tribunal del Consulado, y se preocupa por establecer un periódico (que aparecerá en junio de 1818), el «Correo de Orinoco». Entre tanto, tiene que luchar no sólo contra los españoles sino también contra la anarquía que se había insinuado en su propio campo: en octubre de 1817, tras un juicio militar, el General Manuel Piar, uno de los principales jefes republicanos, es fusilado en Angostura. Hacia esos mismos días, el Libertador dicta la «Ley de Repartición de Bienes Nacionales», que habrá de contribuir a fortalecer el sentimiento patriótico.

En 1818 la campaña del Centro se inicia bajo favorables auspicios, pues el Libertador logra sorprender en la ciudad de Calabozo al general realista Morillo, pero los republicanos son derrotados en el sitio de Semén. Días después, en el Rincón de los Toros, Bolívar está a punto de morir a manos de una patrulla realista, en plena noche. El 5 de junio está de nuevo en Angostura. Llegan entonces un Agente Diplomático de los Estados Unidos y un gran número de voluntarios europeos.

El Segundo Congreso de Venezuela, convocado por Bolívar, se reúne en Angostura el 15 de febrero de 1819. Ante él pronuncia un Discurso que es uno de los documentos fundamentales de su ideario político. Le presenta, también, un proyecto de Constitución. Poco después emprende la campaña que habrá de libertar a la Nueva Granada. El ejército tramonta los Andes por el inhóspito páramo de Pisba, y tras los cruentos combates, en julio de 1819, de Gámeza y del Pantano de Vargas, obtiene un triunfo decisivo en la batalla de Boyacá, el 7 de agosto. Días después Bolívar entra en Bogotá. Dejando organizadas las provincias de la Nueva Granada bajo el mando del General Santander, el Libertador regresa a Angostura, donde el Congreso, a propuesta suya, expide la Ley Fundamental de la República de Colombia en diciembre de 1819. Este gran Estado, creación del Libertador, comprendía las actuales repúblicas de Venezuela, Colombia, Ecuador y Panamá.

A estos acontecimientos que habían fortalecido la causa republicana, vino a sumarse la Revolución Liberal que estalló en España en enero de 1820. La situación ha cambiado. En todas partes los ejércitos de la República obtienen ventajas. Cartagena es sitiada, Mérida y Trujillo libertadas. El nuevo Gobierno español intenta llegar a un acuerdo pacífico con los patriotas. Los comisionados de ambas partes firman en Trujillo, en noviembre de 1820, un Tratado de Armisticio y otro de Regularización de la Guerra. El Libertador y el General Morillo se entrevistan en el Pueblo de Santa Ana. Algunos meses después, expirado el Armisticio, los ejércitos republicanos se ponen en marcha hacia Caracas. El 24 de junio de 1821, en la Sabana de Carabobo, Bolívar da una batalla que decide definitivamente la independencia de Venezuela. Los restos del Ejército Realista se refugian en Puerto Cabello, que caerá en 1823. El Libertador entra triunfador en su ciudad natal en medio de la alegría de sus conciudadanos.

Vuelve ahora la mirada hacia el Ecuador, dominado todavía por los españoles. Por Maracaibo se dirige a Cúcuta, en donde se halla reunido el Congreso, y de allí a Bogotá. En 1822 dos ejércitos patriotas tratan de libertar a Quito: Bolívar conduce el del Norte, y el General Antonio José de Sucre el del Sur partiendo de Guayaquil. La acción de Bomboná, dada por Bolívar en abril, quebranta la resistencia de los pastusos, mientras que la batalla de Pichincha, ganada por Sucre el 24 de mayo, liberta definitivamente al Ecuador, que queda integrado a la gran República de Colombia. En Quito Bolívar conoce a Manuela Sáenz, el gran amor de los últimos años de su vida. El 11 de julio Bolívar se halla en Guayaquil, en donde desembarca el día 25 el General José de San Martín, procedente del Perú. Allí se abrazan y se entrevistan los dos ilustres capitanes de la Independencia Suramericana. Lo que conferenciaron en privado, consta en los documentos auténticos emanados de Bolívar y de su Secretaría General. El objetivo principal del General San Martín, que era negociar sobre el destino futuro de Guayaquil, no pudo realizarse, puesto que la Provincia se había incorporado ya a la República de la Gran Colombia. A mediados de 1823 la situación político-militar del Perú se había deteriorado muchísimo. Llamado por el Congreso y por el pueblo de aquella Nación, el Libertador se embarcó en Guayaquil el 7 de agosto y llegó a comienzos de septiembre al Callao. La anarquía reinaba entre los patriotas. Bolívar, facultado únicamente para dirigir las operaciones militares, se dedicó con tesón a reorganizar el ejército, dándole como núcleo central los cuerpos que le habían acompañado desde Guayaquil. En enero de 1824 Bolívar se hallaba enfermo de cuidado en Pativilca, en la Costa del Perú, donde recibió la noticia de que la guarnición del Callao se había pasado a los realistas. Ante tantas dificultades, su indomable espíritu se manifestó en su exclamación famosa: «¡Triunfar!».

Lima cae en manos de los realistas, pero el Congreso del Perú, antes de disolverse, nombra a Bolívar Dictador -como en la antigua República Romana- con facultades ilimitadas para salvar al país. Él acepta serenamente tan tremenda responsabilidad. Retirado a Trujillo, trabaja infatigablemente; su genio y su fe en el destino de América operan el milagro. Emprende la ofensiva, y el 7 de agosto de 1824, en Junín, derrota al Ejército Real del Perú. La campaña continúa, y mientras Bolívar entra en Lima y restablece el sitio del Callao, el General Sucre, en Ayacucho, pone el sello definitivo a la libertad americana el 9 de diciembre de 1824. Dos días antes, desde Lima, Bolívar había dirigido a los gobiernos de Hispanoamérica una invitación para enviar sus plenipotenciarios al Congreso que habría de reunirse en Panamá, el cual efectivamente se celebró en junio de 1826.

Ha terminado la fase militar de la Independencia. El 10 de febrero de 1825, ante el Congreso Peruano reunido en Lima, Bolívar renuncia los poderes ilimitados que le habían sido conferidos. Dos días más tarde aquel cuerpo decreta honores y recompensas al Ejército y al Libertador, pero éste no acepta el millón de pesos que se le ofrecían particularmente. Sale luego de la capital para visitar a Arequipa, El Cuzco y las provincias que entonces se llamaban del Alto Perú. Éstas se constituyen en Nación, y lo hacen bajo la égida del héroe: «República Bolívar», se llamó la que hoy conocemos con el nombre de Bolivia. Para el Nuevo Estado Bolívar redacta en 1826 un Proyecto de Constitución en el cual están expresadas sus ideas para la consolidación del orden y la independencia de los países recién emancipados.

Entretanto, una Revolución acaudillada por el General Páez «La Cosiata» ha estallado en Venezuela contra el Gobierno de Bogotá, en abril de 1826. Bolívar regresa a Caracas y logra restablecer la paz a comienzos de 1827. Sin embargo, las fuerzas de disociación predominan sobre las tendencias aglutinadoras. Bolívar se distancia más y más, política y personalmente, del Vicepresidente Santander, hasta que sobreviene la ruptura total. El 4 de julio de 1827 Bolívar sale por última vez de Caracas, se embarca en La Guaira, y por la vía de Cartagena llega a Bogotá. Allí, el 10 de septiembre, presta ante el Congreso juramento como Presidente de la República.

La Convención Nacional reunida en Ocaña en 1828 se disuelve sin que los diversos partidos hayan logrado ponerse de acuerdo. Bolívar, aclamado Dictador, escapa en Bogotá, en septiembre de aquel año, a un atentado contra su vida; poco después ha de ponerse en campaña para enfrentarse a las fuerzas del Perú que han penetrado en el Ecuador, en donde permanece durante casi todo el año de 1829. A pesar de estar enfermo y de sentirse cansado, lucha por salvar su obra. A comienzos de 1830 vuelve a Bogotá para instalar el Congreso Constituyente. Venezuela se agita de nuevo y se proclama Estado Independiente. En la Nueva Granada la oposición crece y se fortalece. El Libertador, cada vez más enfermo, renuncia a la Presidencia y emprende viaje hacia la Costa. La noticia del asesinato de Sucre, que recibe en Cartagena, le afecta profundamente. Piensa marchar a Europa, pero la muerte le sorprende en San Pedro Alejandrino, una hacienda situada en las cercanías de Santa Marta, el 17 de diciembre de 1830. Días antes, el 10, había dirigido a sus compatriotas su última proclama, que es su testamento político.

Sobresalió entre sus contemporáneos por sus talentos, su inteligencia, su voluntad y abnegación, cualidades que puso íntegramente al servicio de una grande y noble empresa: la de libertar y organizar para la vida civil a muchas naciones que hoy ven en él a un Padre. Sus restos mortales, traídos a Venezuela con gran pompa en 1842, reposan hoy en el Panteón Nacional.


Varias fuentes. Recopilación realizada por A. Torres Sánchez.

George W. BUSH.

George W. BUSH.

George Walker BUSH, nace el 6 de julio de 1946 en New Haven, estado de Connecticut, EE.UU.

1. Continuador de una estirpe política.

Hijo del ex presidente George H. W. Bush (1989-1993) y el mayor de cuatro hermanos y una hermana (otra hermana, Robin, falleció de leucemia a los tres años de edad en 1953), nació en el estado de Connecticut, en Nueva Inglaterra, donde su padre, recién licenciado como piloto de la aviación naval en la guerra contra Japón, había fijado su residencia mientras estudiaba en la Universidad de Yale.

Los Bush eran una familia aristocrática de Massachusetts, en la tradición de los wasp (blancos, anglosajones y protestantes), que habían acrecentado su patrimonio con negocios afortunados en Wall Street; el fundador de la saga, Prescott Bush, comenzó también el hábito de combinar negocios y política y sirvió como senador del Partido Republicano (RP) por Connecticut. Cuando George Bush Jr. tenía dos años, su padre, ya licenciado, se trasladó con él y con su madre Barbara a Texas, donde emprendió una próspera carrera en la industria del petróleo. George Bush Jr. creció y se educó en este estado sureño, que se convirtió en su terruño adoptivo. La familia primero vivió en Odessa y desde 1951 en la más populosa Houston, donde Bush padre fundó su primera empresa petrolera.

El hijo recibió una esmerada educación en la Escuela Preparatoria Phillips de Andover, y en 1964, pese a la mediocridad de su expediente académico, se matriculó en la prestigiosa Universidad de Yale. En 1968 abandonó las aulas con una licenciatura inferior en Historia y acto seguido se alistó en la Guardia Nacional del Aire de Texas, donde recibió entrenamiento como piloto de combate hasta ser destacado en el 111 Escuadrón de cazas.

A pesar de poseer instrucción de cierta cualificación, no fue movilizado para la guerra de Vietnam y prestó todo el servicio militar en Texas. Reincorporado en 1973 a la plena vida civil, en 1975 obtuvo un máster en Administración de Empresas por la Harvard Bussines School y comenzó a trabajar en la industria energética de la ciudad texana de Midland, como intermediario en el comercio de minerales e inversor en prospecciones petrolíferas, para lo que montó la sociedad Bush Explorations. Fue en Midland donde conoció y contrajo matrimonio, el 5 de noviembre de 1977, con la profesora y bibliotecaria Laura Welch. La pareja tuvo dos hijas, las mellizas Barbara y Jenna, en 1981.

En 1978 Bush había reunido el dinero suficiente para, siguiendo la estela de su padre (quien por entonces ya tenía a sus espaldas una dilatada experiencia en el servicio público, como congresista, embajador y director de la CIA), abrir su propia empresa de explotación de hidrocarburos, Arbusto Energy; "arbusto" es precisamente la traducción al español de la palabra inglesa bush. En los cinco años siguientes la modesta compañía sufrió los embates de los bajos precios del petróleo y nunca reportó a su propietario beneficios significativos, pero le sirvió como trampolín a la política, su verdadera aspiración.


2. De empresario petrolero a gobernador estatal.

El mismo año 1978, poco antes de fundar la Arbusto Energy, Bush se presentó candidato al Congreso en las filas del partido de la familia por el distrito que incluía a Midland, Texas Oeste. Derrotó a dos competidores en las primarias del partido, pero en la elección general fue batido por el candidato del Partido Demócrata (DP). Tras este primer revés en las urnas (también su padre antes de salir elegido al Congreso en 1967 había perdido una apuesta senatorial en 1964), Bush volvió a la actividad profesional privada.

En 1983 su fortuna empresarial cambió de signo cuando Arbusto Energy fue adquirida por una compañía con no mucho mayor volumen de negocio, la Spectrum 7 Energy Co., en la que Bush pasó a figurar como ejecutivo jefe. Luego, en 1986, la Spectrum, que venía acumulando pérdidas valoradas en 400.000 dólares, fue a su vez absorbida por la Harken Energy Co., que reenganchó también a Bush dándole una participación sustancial en su accionariado y contratándole como director ejecutivo y consultor con unos altos honorarios.

En 1986 Bush, que había fijado su nueva residencia en Dallas, entró en el círculo de asesores de su padre, a la sazón vicepresidente con Ronald Reagan. De 1987 a 1988 estuvo en Washington para participar en su campaña presidencial, que culminó, luego de vencer al demócrata Michael Dukakis, con su entrada en la Casa Blanca el 20 de enero de 1989. De vuelta a Texas, Bush hizo una inesperada y exitosa incursión en el mundo del deporte que preparó su abandono de los azarosos negocios en el ramo de los hidrocarburos. Tras formar una sociedad de capitalistas adquirió el equipo de béisbol Texas Rangers de Dallas y se colocó como administrador general del club hasta su reventa. En la operación Bush ganó 15 millones de dólares, un beneficio 20 veces superior al capital invertido.

Éste fue el negocio definitivo en base al cual, a falta de cualquier experiencia en la administración pública o en la política local, hacer el salto a la alta política del estado. En 1990 se desprendió de todas sus acciones de la Harken -oportunamente, pues meses después la compañía anunció pérdidas millonarias y sus cotizaciones en bolsa se hundieron- y en 1991 acudió de nuevo a Washington para asistir a su padre en las primarias republicanas para optar a la reelección en 1992.

En 1993 Bush se embarcó en su propia campaña para conquistar el Gobierno de Texas, desde 1991 encabezado por la demócrata Ann Richards. El más extenso estado de Estados Unidos sólo había tenido dos gobernadores republicanos desde que volviera a la Unión en 1870 tras formar parte de la Confederación del Sur: Alvin Hawkins, en 1881-1883, y William Clements, en 1979-1983 y 1987-1991. Richards era una gobernadora popular, pero en las elecciones del 8 de noviembre de 1994 Bush, teniendo a su favor un respetable capital proveniente de las donaciones, la fama adquirida por la sustanciosa compraventa de los Rangers de Texas y el incuestionable peso de su ascendiente paterno, se alzó con la victoria con el 53,5% de los votos, de suerte que en enero de 1995 se convirtió en el 46º gobernador del estado sureño.

En Texas Bush se distinguió como un gestor meticuloso que introdujo severos controles del gasto en los presupuestos para mantener la inflación controlada y los mayores recortes impositivos que se recordaban. Fuera de Texas y de Estados Unidos adquirió más notoriedad por gobernar el estado en que más condenas a muerte se aplicaban, por el método de la inyección letal. Uno de los casos que más proyección internacional adquirió fue, en febrero de 1998, el de Karla Faye Tucker, la segunda mujer ejecutada en Texas desde 1863 y la primera en todo Estados Unidos desde 1984.

Pese a las peticiones de clemencia de Amnistía Internacional, el Parlamento Europeo y del papa Juan Pablo II, Bush, partidario incondicional de la pena capital al considerarla la mejor disuasión de la criminalidad, firmó la aplicación de la sentencia con la misma diligencia, como si de un simple trámite administrativo se tratara, mostrada con el resto de reos ejecutados en sus seis años de mandato. Cuando cesó como gobernador en enero de 2001, las ejecuciones en Texas desde 1982 (fecha en que comenzó a aplicarse el establecimiento de la pena capital en 1977) rozaban las 250, de las que él había autorizado 152 en seis años.

Pero esta práctica era reclamada por la mayoría de los texanos, según las encuestas, así que el 3 de noviembre de 1998 Bush ganó la reelección frente al aspirante del DP, Garry Munro, con un arrollador 69% de los votos, victoria sin precedentes que reveló amplios apoyos de colectivos tradicionalmente descuidados por los republicanos, como los hispanos. Bush cultivó los tratos con sus líderes políticos y sindicales, se esforzó en dirigirse a ellos en español, expresó su respeto por su cultura y tradiciones y les convirtió en principales destinatarios de su concepto de "sociedad integrada", en la que todos, sin distinción de raza, tenían derecho a las mismas oportunidades y servicios sociales. Al frente del estado con más kilómetros de frontera con México, Bush estableció también unas fructíferas relaciones de cooperación con las autoridades del país azteca, sobre aspectos de interés común como la inmigración ilegal, el medio ambiente y los flujos comerciales.


3. Candidato presidencial republicano con plataforma derechista.

Su éxito en Texas animó a Bush a embarcarse en una empresa más ambiciosa: la Presidencia de Estados Unidos. En la familia siempre se había acariciado la perspectiva de que alguno de los hijos llegara a presidente, repitiendo los pasos del padre, retirado desde que perdiera la reelección ante el demócrata Bill Clinton en 1992.

Antes de 1994 no estuvo claro si iba a ser George el elegido o su hermano menor Jeb, que hasta 1998 no consiguió ser elegido gobernador de Florida. De hecho, durante años sonó más la apuesta de Jeb, ya que el currículum de su hermano presentaba algunos pasajes políticamente incorrectos: apercibimiento de expulsión de Harvard por mala conducta; afición al alcohol, vicio del que consiguió rehabilitarse en 1986; sendos arrestos por hurto y por conducir ebrio (el último en 1976); y, la sospecha de consumir drogas blandas.

De hecho, en alguna ocasión él mismo se calificó de "oveja negra" de la familia y reconoció no tener "nada en común" con su preclaro progenitor. El caso es que la experiencia gubernativa y, como una década atrás lo fueron las ayudas de su esposa y de su asistente espiritual (el carismático predicador evangelista Billy Graham, que le convirtió en un devoto lector de la Biblia y en un hombre de oración diaria) para abandonar la bebida, los ánimos que recibía por doquier removieron todas las incertidumbres. El 2 de marzo de 1999 Bush anunció en Austin su candidatura presidencial en 2000 y seguidamente se puso en marcha un vasto movimiento de apoyo, que desde el primer momento le identificó como el hombre del aparato del partido y como el favorito de las primarias del RP.

El 25 de enero de 2000 Bush empezó con buen pie al vencer en el caucus de Iowa, pero el 1 de febrero sufrió una debacle ante John McCain, el senador por Arizona, en la emblemática primaria de New Hampshire. En los meses siguientes la amenaza del popular McCain a su primacía potencial fue diluyéndose al adjudicarse las primarias en sucesivos estados, proyectándose como un candidato concebido para ganar al precio que fuera a todos sus rivales internos además de al candidato que se impusiera en el campo demócrata, que, todo indicaba, iba a ser el vicepresidente Al Gore.

La omnipresencia de los asesores, oficiales de campaña y, significativamente, viejos rostros de las administraciones de Reagan y de su padre, más el apoyo total de los sectores más derechistas del RP, reportaron a Bush la imagen de un candidato prácticamente prefabricado por el partido y de limitada aportación personal a la campaña, así como un político con escasos conocimientos como para pretender la jefatura del país más poderoso del mundo.

Estas denunciadas carencias de Bush quedaron espectacularmente de manifiesto en política internacional cuando en una entrevista televisada un periodista le preguntó maliciosamente por los dirigentes de India, Pakistán, Taiwán y la república rusa de Chechenia, y sólo supo decir la mitad del nombre de uno de ellos ("el presidente Lee de Taiwán"). Otras meteduras de pata considerables fueron confundir Eslovenia y Eslovaquia, llamar a los habitantes de Grecia "grecianos" ("Grecians") y a los de Kosovo "kosovarianos" ("Kosovarian"), o, de acuerdo con la revista Glamor, creer que los talibán, el régimen integrista islámico aupado al poder en Afganistán, eran el "más grande grupo de música rock de Estados Unidos"; el aspirante presidencial explicó a su atónito entrevistador que, ciertamente, había "oído ese nombre (talibán) muchas veces antes".

El 3 de agosto la Convención Nacional Republicana reunida en Filadelfia le proclamó candidato presidencial del partido y días después se confirmó que Gore iba a ser su contendiente por la sucesión de Clinton. Comenzaba la verdadera campaña presidencial, y Bush empezó a precisar su plan de Gobierno más allá del ideario anunciado previamente y centrado en el vago concepto del "conservadurismo compasivo" (compassionate conservatism).

La mayoría de sus puntos programáticos consistían en las proclamas tradicionales de los republicanos, como la reducción general de los impuestos y la limitación de los objetivos sociales del Estado a aspectos tales como el mantenimiento de los programas de protección básicos y mejoras en la educación. Ahora bien, la formulación de estos planteamientos se hizo con tiento, pues la experiencia de su padre demostraba que las agresiones directas al ya de por sí limitado welfare state, originado con el New Deal rooseveltiano, tenían un precio en las urnas.

Asunto central de las propuestas económicas era qué destino dar al superávit de las finanzas públicas que iba a legar la administración Clinton, estimado para 2000 en los 168.000 millones de dólares. Mientras que Gore proponía destinar el 90% de los excendentes a amortizar la totalidad de la deuda pública para 2012 y el 10% restante a aliviar las cargas fiscales de las clases media y baja, Bush propugnaba que fuera de hasta el 33% la cuota con la que financiar el recorte de todos los tramos impositivos, unos 1,3 billones de dólares de ahorro para los contribuyentes.

Sobre la protección social, el demócrata consideró avanzar hacia una cobertura médica universal, empezando por los niños, y asegurar la viabilidad del sistema público de pensiones por jubilación, la Social Security, hasta 2054 como mínimo. Bush rechazó la propuesta y aseguró que la única manera de mantener y reforzar la protección social sería privatizando parcialmente la Social Security y totalmente la asistencia sanitaria a la tercera edad, Medicare, programa federal creado por la administración Johnson que es de carácter semipúblico.

Analistas de dentro y fuera de Estados Unidos se refirieron a un Bush intelectualmente pobre, incapaz de formular ideas complejas, sin convicciones firmes y sumamente convencional, pero también apuntaron el riesgo de subestimarle. En efecto, esos atribuidos defectos podrían volverse en ventajas prácticas sobre el "técnico" Gore, cuya rigidez mediática mutada en suficiencia intelectual irritaba a extensos sectores de votantes, según reflejaban las encuestas de popularidad, casi siempre favorables a su oponente republicano.

Bush jugó a ser el candidato de la tradición, de las clases medias blancas hostiles al poder federal y sus pretensiones reguladoras, que ahora gozaban de una nueva prosperidad pero que temían los cambios por venir. En esta línea, causó sensación cuando, rompiendo con una usanza de su partido, apostó por la integración de los hispanos en la sociedad, levantando trabas a la inmigración en un momento en que el país necesitaba mano de obra y aceptando la enseñanza bilingüe en las escuelas.

De hecho, el equipo electoral de Bush se lanzó a la búsqueda del centro político, que desde la victoria de Clinton en 1992 habia demostrado ser la llave para acceder a la Casa Blanca. Aunque sus padrinos eran gentes inequívocamente comprometidas con las últimas administraciones republicanas, identificadas por muchos con el culto al individualismo, la defensa clasista y el enriquecimiento insolidario, y aún con los postulados derechistas más intransigentes, Bush juzgó oportuno desideologizar su plataforma e incidir en la importancia de la vertebración social, en las obras caritativas de las iglesias (él pertenece a la metodista) y los gobiernos locales, y en un sentido individual de la "responsabilidad cívica" para descargar a la administración federal de lo mayor de las gravosas partidas sociales.

Para contrarrestar las acusaciones de ofrecer una oratoria poco convincente y un discurso huero, Bush desarrolló una "ofensiva de encanto", apelando la simpatía de las minorías, multiplicando sus comparecencias populistas al más puro estilo local, presentándose como un padre de familia vaquero y campestre desapegado de los engorros burocráticos, haciendo incursiones en temas del repertorio demócrata o regodeándose en un sentido del humor autodenigratorio que, por ejemplo, resultaba impensable en el hierático Gore. En el último tramo de la campaña se potenció la personalidad del candidato y su padre se retiró a un segundo plano para no acrecentar los comentarios irónicos sobre "el hijo de Bush" y la confusión de sus nombres.

Decepcionando a muchos seguidores ubicados en la extrema derecha religiosa, Bush rehusó posicionarse taxativamente contra el aborto (legal desde 1973), si bien ratificó su respaldo incondicional a la pena de muerte y al derecho de los ciudadanos a poseer armas de fuego. Así, de ser elegido presidente, aseguró, ni decretaría una moratoria de las ejecuciones a nivel federal ni impulsaría nuevas leyes que dificultasen el acceso de particulares a las armas de defensa personal. El caso era que como gobernador Bush había aprobado medidas más en el sentido contrario, de facilitar la adquisición de armas de fuego, lo que le garantizó el apoyo cerrado de la poderosa Asociación Nacional del Rifle (NRA).

Para el progresismo militante, la izquierda del DP y la inmensa mayoría de los afroamericanos, Bush era un personaje totalmente vacuo y un mero mascarón de proa de la derecha más reaccionaria, que en los años de Clinton se había empeñado en boicotear desde dentro o fuera de las instituciones toda iniciativa de alcance social y ahora se aprestaba a copar el poder. Así que llamaron a rebato y a votar por Gore, candidato que si no suscitaba entusiasmos al menos sí garantizaba que las tímidas conquistas de la administración saliente en aquella materia no iban a sufrir retrocesos.

4. Programa exterior de repliegue y unilateralismo.

Bush también recortó sus desventajas iniciales en cuanto a política exterior, terreno en el que Gore, con toda su experiencia gubernamental, daba la sensación de estar altamente cualificado. La clave fue el fichaje de un elenco de prestigiosos políticos peritos en la asignatura, destacando dos figuras de la administración de su padre: Richard Cheney, ex secretario de Defensa y candidato a la Vicepresidencia, que dirigió la campaña entre bambalinas; y Colin Powell, archipopular general de color retirado y otro veterano de la guerra del Golfo de 1991, cuando dirigía la Junta de Jefes del Estado Mayor.

Según los analistas, Cheney, Powell, probable secretario de Estado, y el posteriormente incorporado al equipo Donald Rumsfeld, llamado a ocupar la Secretaría de Defensa que ya desempeñara en los años setenta con Gerald Ford, aportaban experiencia, una visión predecible de las relaciones internacionales y, de paso, un talante de conservadores responsables bien integrados en el establishment.

Precisamente, la predictibilidad, la línea inequívocamente conservadora y los visos de retorno a antiguos esquemas de la visión internacional de Bush y sus colaboradores suscitaron inquietudes fuera de Estados Unidos. El aspirante republicano anunció que no impulsaría la pendiente ratificación del Tratado de Prohibición Total de Pruebas Nucleares (CTBT), firmado por Clinton en septiembre de 1996 y vetado por el Senado en octubre de 1999, y que desarrollaría la versión completa, no obstante su coste desorbitado, del programa de Defensa Nacional Antimisiles (NMD), pensado para resguardar el territorio nacional de un ataque con misiles de largo alcance.

En fase de proyecto y evaluación bajo Clinton, la NMD aventaba reminiscencias de la nunca realizada, por utópica, Iniciativa de Defensa Estratégica (IDE) reaganiana, vulgarmente conocida como Guerra de las Galaxias. También levantaba serias dudas de viabilidad tecnológica, puesto que el primer ensayo de interceptación de un misil atacante, en octubre de 1999, había salido bien, pero los dos siguientes, en enero y julio de 2000, constituyeron un fracaso, induciendo a Clinton a declarar en suspenso el proyecto y a trasladar la decisión de proseguirlo a su sucesor en las urnas. Finalmente, aseguró Bush, tampoco se iban a escatimar los gastos de defensa, toda vez que en el mundo se percibían viejos y nuevos peligros para la seguridad de Estados Unidos.

De acuerdo con la denominada Doctrina Powell, Estados Unidos sólo debería intervenir en aquellas crisis en que los intereses nacionales estuvieran en juego. Según el mismo Bush, cuando América usara la fuerza en el mundo "las causas deberían ser justas, las metas claras y la victoria, apabullante". Para Gore, en cambio, el país tenía una misión en el mundo, la de defender la democracia y los Derechos Humanos, y sus tropas podían y debían participar en operaciones de gran magnitud que definió como de "construcción de naciones".

Bush replicó que ni era esa la función de las Fuerzas Armadas ni Estados Unidos debía erigirse en el "bombero arrogante" que acude a apagar los incendios planetarios; antes bien, propugnó una superpotencia "humilde", partidaria de que fueran coaliciones regionales de naciones las que trabajaran por la seguridad y la paz en sus áreas (como Australia en el Sudeste Asiático, Nigeria en África Occidental o los aliados europeos en los Balcanes). Según Bush, el modelo perfecto de intervención militar era la campaña de 1991 contra Irak, no así las invasiones con propósito humanitario en Somalia en 1992 (a la sazón, comenzada por su padre) o Haití en 1994. Por esa razón, Bush no tuvo reparos en alabar la decisión de Clinton de no intervenir en su momento en las crisis de Rwanda y Sierra Leona.

Rusia y China tendrían que acostumbrarse a un lenguaje menos complaciente en lo relativo a sus actuaciones represivas en el interior y el resurgimiento nacionalista de su política exterior, mientras que la ONU debería componérselas con menos presencia estadounidense en sus misiones de paz. El objetivo central era recomponer las capacidades clásicas del Ejército, según Bush debilitado por Clinton por implicarlo en operaciones para las que no estaba concebido, así que se contaba con una pronta partida de los contingentes desplegados en Bosnia y Kosovo (en cuyo nombre se hizo una guerra que él había apoyado sin reservas) como parte de las misiones de pacificación de la OTAN.

Sobre América Latina, Bush precisó que no se toleraría el retorno al poder de los militares en ningún país, se apoyarían los esfuerzo de consolidación de la democracia y se aceleraría la conclusión del Área de Libre Comercio de Las Américas (ALCA), extendiendo los acuerdos de libre cambio bilaterales de Estados Unidos al mayor número posible de países. El bloqueo a Cuba no se atenuaría un ápice y se consideraría prioritaria la relación con México, desde el 1 de diciembre de 2000 presidido por el conservador Vicente Fox después de una prolongada hegemonía del partido PRI.

En definitiva, Bush proponía mantener la supremacía internacional de Estados Unidos, pero retornando a planteamientos clásicos de contención, prefiriendo la relación intergubernamental sobre la cooperación en instancias supranacionales, y lo unilateral sobre lo multilateral. Esta postura fue calificada por muchos observadores, empezando por los de los países aliados de la OTAN, como de neoaislacionista e imprudente, sobre todo en el capítulo de la NMD, abiertamente rechazado por los gobiernos citados por considerarlo una respuesta exclusiva a una amenaza, la de un ataque nuclear por parte de estados o grupos incontrolables, que era de alcance global y atañía a todos. Rusia y China basaban su oposición frontal al proyecto en el temor a que desatase una carrera de armamentos en todo el mundo.

Precisamente, Powell tendría como misión inicial convencer a rusos y chinos de que la NMD y el programa específico para Extremo Oriente, la Defensa de Teatro Antimisiles (TMD), concebido para proteger a los socios y aliados en la región -Japón, Corea del Sur y Taiwán- frente a un hipotético ataque con misiles de corto o medio alcance, no representaban una amenaza contra ellos ni tampoco era el principio de un rearme general, mientras que Cheney se perfilaba como el verdadero arquitecto de la nueva política exterior. Otros analistas aseguraron que las ineludibles responsabilidades internacionales de Estados Unidos obligarían a los republicanos a moderar su discurso, y recordaron el caso del mismo Clinton, quien llegó a la Casa Blanca pregonando la prioridad absoluta de los asuntos internos y salió de la misma como el presidente más intervencionista en muchos años.


5. Una victoria electoral bajo sospecha.

Las elecciones presidenciales del 7 de noviembre de 2000, a las que los dos candidatos que contaban llegaron codo con codo en los sondeos, pasaron a la historia electoral de Estados Unidos como las más reñidas y caóticas. Gore, con el 48,4%, superó a Bush en cinco décimas en votos populares (328.000 en números absolutos), pero éste, gracias al sistema de winner take-all ("todo para el ganador"), se aseguró los votos electorales, 246, de 29 estados, y se adelantó en el estado crucial de Florida, que aportaba los 25 compromisarios que le faltaban. Por lo que respecta a las elecciones al Congreso, el RP vio disminuida su ventaja sobre el DP en tres escaños en la Cámara de Representantes, quedándose con 221 diputados, y perdió cinco puestos en el Senado, empatando en 50 senadores con la formación rival.

Lo estrechísimo de la ventaja de Bush en el estado gobernado por su hermano, de tan sólo unos pocos cientos de votos, dio lugar a un extraordinariamente embrollado proceso de demandas de recuentos manuales en los condados conflictivos, descubrimientos de tarjetas perforadas (uno de los cinco sistemas de voto) invalidadas, revelaciones de votos erróneos, contraórdenes para parar los escrutinios y hasta imputaciones de fraude, con la implicación de los servicios jurídicos de ambos candidatos y los tribunales supremos de Florida y Estados Unidos.

El 12 de diciembre, transcurrido más de un mes desde las elecciones y cuando Bush continuaba en cabeza por 537 votos populares, el Tribunal Supremo Federal, por cinco votos contra cuatro, puso fin a la peripecia anulando la orden del Tribunal de Florida para recontar 45.000 votos desechados por las máquinas computadoras, alegando que el mandamiento no iba a poder completarse antes de la fecha límite del 18 de diciembre establecida por la ley para la conclusión del escrutinio: el candidato republicano se quedó, después de todo, con los 271 votos electorales, uno más de los necesarios para vencer.

Bush había triunfado al final, pero su mandato iba a inaugurarse con el sambenito de presidente "ilegitimo" por deber en última instancia su elección a unos jueces que a la postre eran tildados de conservadores. Sobre este particular, la prensa liberal de la costa este insistió en el dato de que de los nueve jueces del Supremo sólo dos fueron nombrados por Clinton, proviniendo el resto de las administraciones de Nixon, Ford, Reagan y Bush padre.

En un sector de la opinión pública se extendió la convicción de que de haberse recontado el voto de Florida hasta el final -pese a los riesgos para el sistema democrático en su conjunto que una provisionalidad indefinida pudiera haber acarreado-, se habría revelado la victoria de Gore. Con todo, apenas un año antes muy pocos observadores internacionales habían creído seriamente que Bush pudiera acorralar a un candidato que heredaba de Clinton un legado moderadamente positivo de prosperidad económica, optimismo en el porvenir inmediato y sensación de seguridad.

Recuperado el procedimiento normal, el 21 de diciembre Bush cesó como gobernador de Texas, el 6 de enero de 2001 el Congreso electo ratificó su elección y el 20 de enero tomó posesión como el 43º presidente de Estados Unidos. Se trató de la segunda vez que un vástago de ex presidente llegaba a la Casa Blanca: John Quincy Adams, presidente en 1825-1829, fue el hijo de John Adams, quien lo fuera en 1797-1801.

En el discurso inaugural Bush relativizó el tono desconfiado y regresivo de su visión internacional, comprometiéndose con las obligaciones inherentes a ostentar la primacía en un sistema internacional fluido y en la defensa de los aliados en Europa y Asia. En las semanas previas, Bush, contradiciendo su apuesta centrista y cargando las armas de unos colectivos (negros, blancos de izquierdas, ecologistas, feministas) que le prometían una guerra sin cuartel, alineó un plantel de colaboradores claramente escorado a la derecha.

Paradójicamente, el gabinete y la administración presidencial propuestos eran los más pluriétnicos de la historia, pero estaban cuajados de personalidades intensamente derechistas, hostiles a las reivindicaciones de los grupos de presión liberales o partidarias de no poner trabas a las actividades del gran capital financiero y la gran empresa extractiva de recursos naturales, con todas las implicaciones sociales y sobre el medio ambiente que pudieran derivarse. Un nombramiento especialmente polémico fue el del senador ultraconservador John Ashcroft para la Fiscalía General. Acérrimo enemigo del aborto, defensor a ultranza de la pena capital y con prejuicios raciales y machistas, Ashcroft fue no obstante aprobado por el Congreso luego de negociar Bush el apoyo necesario de varios legisladores demócratas.


6. Coherencia entre lo prometido y lo aplicado en política interior.

Contrastando grandemente con el debut inconsistente de Clinton en 1993, Bush se lanzó a aplicar su programa electoral nada más tomar posesión, con una contundencia que no dejaba lugar a dudas sobre su plataforma derechista. De entrada, inició los procesos de suspensión de las últimas disposiciones de su predecesor en los terrenos social y medioambiental, como la preservación de la explotación económica de 23 millones de hectáreas de bosques, la venta en farmacias de la píldora abortiva RU-486 con cargo al dinero público (excepto en los casos de violación o grave riesgo para la madre) o las directrices sobre el programa Medicare de asistencia sanitaria a la tercera edad.

Al primer parón se le sumó un plan, aprobado por la Cámara de Representantes en agosto, para abrir la reserva natural ártica de Alaska a las prospecciones petroleras, y el segundo se complementó con la retirada de fondos a las organizaciones internacionales que incluyen el aborto entre las fórmulas de planificación familiar. En añadidura, Bush ordenó desmantelar el directorio de la Oficina Nacional del SIDA que se encargaba de la cooperación internacional en el combate contra la pandemia.

En lo económico, Bush asumía la Presidencia cuando parecía que ya no daba más de sí la dilatada fase, presuntamente indefinida, de crecimiento sostenido, luego de estallar la burbuja de los nuevos valores tecnológicos en los mercados bursátiles, e incluso cundía la amenaza de una recesión: el cuarto trimestre de 2001 registró una tasa positiva de sólo el 1,1% y en enero el paro volvió a remontar tras marcar la cota históricamente baja del 4%. En febrero Bush presentó al Congreso su plan de reactivación económica que incluía el proyecto de recorte de impuestos más ambicioso desde la era Reagan, unos 1,6 billones de dólares en los próximos diez años, período en el que, de paso, se cancelaría un tercio de la deuda nacional, otros 2 billones de dólares, punto este último que no constaba en su oferta de campaña.

Echando mano al superávit presupuestario, el Gobierno contemplaba un crecimiento total del gasto del 4%, con incrementos significativos tanto en la Defensa como en la Educación y la protección social. Los congresistas juzgaron demasiado arriesgado este paquete y el 26 de mayo el Senado concedió a Bush un recorte impositivo por valor de 1,35 billones de dólares, lo que se ajustaba mejor a la promesa electoral. El visto bueno matizado del Legislativo supuso un importante éxito del flamante presidente, y además vino después de conocerse que en el primer trimestre del año la economía había crecido un 2%, sensible recuperación que brindó argumentos a los que habían insistido en que la deceleración de la segunda mitad de 2001 era sólo un sobresalto pasajero.

El 17 de mayo Bush presentó el plan gubernamental para hacer frente a la fuerte demanda de energía que, en vez de incidir en el ahorro del consumo y el desarrollo de las fuentes de energía alternativas y con menor impacto sobre el medio ambiente, se basaba justamente en el aumento de la oferta. Todas estas decisiones y enfoques de la administración Bush parecían destinados a satisfacer los intereses de la derecha religiosa y las grandes corporaciones industriales, sobre todo las dedicadas a la extracción de materias primas y, muy especialmente, las firmas petroleras. Pero esta prelación estratégica del petróleo y las energías fósiles iba a influir también, y muy poderosamente, en la acción internacional de Estados Unidos.

Sin ir más lejos, el 28 de marzo y para consternación internacional, Bush desveló a través de su portavoz que rechazaba los compromisos del Protocolo de Kyoto de diciembre de 1997 sobre el cambio climático, los cuales fijan una reducción media del 5,2% de los seis gases más responsables del efecto invernadero por los países industrializados desde 2008 a 2012; aportando sólo el 5% de la población mundial, Estados Unidos emite no obstante el 25% de los gases contaminantes.

La Casa Blanca justificó su negativa a ratificar el Protocolo, que precisaba este paso de al menos 55 signatarios para entrar en vigor, porque no iba en "el mejor interés económico" de Estados Unidos. Como argumentación, se adujo que Kyoto no comprometía a los países en vías de desarrollo, incluidas las superpobladas China e India, y además que no había suficiente evidencia científica del calentamiento global del planeta por causa de las emisiones excesivas de anhídrido carbónico y otros gases nocivos.


7. Revisión de doctrinas y primeros desmarques en política exterior.

La actitud contracorriente ante el Protocolo de Kyoto, lejos de ser excepcional, prologó lo que iba a ser una pauta sistemática, ya que Bush tampoco demoró concretar otros varios puntos de la campaña electoral en lo tocante a la defensa y la política internacional. El 9 de febrero anunció una revisión histórica de la doctrina de defensa estratégica de Estados Unidos ligada a tres grandes actuaciones. En primer lugar, la reducción sustancial del arsenal de armas nucleares de largo alcance, mejor si se hacía coordinadamente con Rusia, pero recurriendo a los recortes unilaterales si era preciso.

Simultáneamente, se procedería a la modernización tecnológica de las fuerzas convencionales para la potenciación de todas las capacidades militares que no requieren la implicación de soldados (satélites espía, guerra electrónica, aviones invisibles al radar y sin piloto, armamento inteligente). El nuevo concepto de la defensa buscaba dotar a las Fuerzas Armadas de sistemas armamentísticos de nueva generación, más mortíferos, más precisos y con menor riesgo para los combatientes humanos propios, tratando de avanzar en el objetivo de bajas cero.

Naturalmente, la NMD era el tercer pilar del plan estratégico. El presidente informó a los muy reticentes aliados europeos que el escudo antimisiles de largo alcance era irreversible y les garantizó, así como a los aliados asiáticos, la cobertura por el mismo no obstante su concepción unilateral y nacional. En su anuncio de confirmación el 1 de mayo de que el programa tenía luz verde pese a los fracasos en los ensayos de interceptación de misiles intercontinentales el año anterior, Bush adujo que el concepto de equilibrio nuclear del terror estaba obsoleto y que los grandes arsenales nucleares no resultaban eficaces para defenderse de eventuales ataques con misiles de países "irresponsables" (desde el año anterior hacía fortuna la expresión rogue states, "estados bribones") o de organizaciones terroristas dotadas de capacidad nuclear ofensiva.

La NMD y la TMD eran incompatibles con el Tratado de Antimisiles Balísticos (ABM) soviético-estadounidense de 1972, pero Bush insistió en que la Guerra Fría había terminado y que las nuevas necesidades y peligros hacían perentorio ir "más allá de las limitaciones" del ABM. Con esta ambiciosa apuesta, la administración Bush, de hecho, certificaba el entierro de cinco décadas de estrategia nuclear basada en distintos conceptos de la disuasión, entendida generalmente como la amenaza de recurrir a una represalia nuclear, en proporción de causar daños difícilmente asumibles por el que la sufre, contra una potencia nuclear (invariablemente, la URSS, mientras duró la Guerra Fría y la bipolaridad, aunque el concepto podía extenderse a la nueva Rusia o a China) para asegurarse de que el oponente no lanzará un primer ataque.

Para Rusia y China, esta estrategia claramente defensiva, de repliegue y con vocación de asegurar la invulnerabilidad del territorio de Estados Unidos (pretensión característica de la IDE reaganiana), denotaba la hostilidad de Washington hacia ellos, e insistieron en que la NMD y la TMD sólo iban a estimular la desconfianza en las relaciones internacionales y el descontrol de armamentos, un análisis sombrío que fundaban también en el descarte por Bush de la ratificación parlamentaria del CTBT.

Así, la administración Bush tuvo prontas tarascadas en sus relaciones bilaterales ambos gobiernos. Con Moscú, en marzo se creó un incidente diplomático por la expulsión de 50 miembros del personal de la embajada rusa en Washington bajo la acusación de espionaje. Y con Beijing, el 1 de abril se abrió una crisis en toda regla por el incidente de la captura de un avión estadounidense EP-3 que, según las autoridades chinas, realizaba labores de espionaje sobre la isla de Hainán cuando colisionó con uno de los cazas chinos que salieron a su encuentro para conminarle a que abandonara el espacio aéreo nacional; tras dos semanas de mutuas negaciones y acusaciones, el Gobierno chino liberó a los 24 tripulantes del aparato y se emprendieron pasos para dar carpetazo a la grave trifulca.

Los analistas se sorprendieron por el tono virulento, propio de la Guerra Fría, empleado por los altos miembros de la administración de Bush, quien ya en la campaña electoral se había referido al gigante asiático como un "competidor estratégico" de Estados Unidos, en calculada inversión de la "asociación estratégica" chino-estadounidense predicada por Clinton. A comienzos de mayo, el anuncio por el secretario Rumsfeld de la suspensión de las relaciones militares y el inmediato mentís desde el propio Pentágono reveló descoordinación en las cada vez más perfiladas alas dura y blanda dentro de la administración Bush y arrojó confusión a la situación de las relaciones bilaterales, que el secretario de Estado Powell se afanaba en devolver al nivel anterior a la crisis del avión presuntamente espía.

El Gobierno chino dio a entender que consideraría una agresión que Estados Unidos vendiera moderno armamento defensivo o extendiera el paraguas de la aún embrionaria TMD a Taiwán, posibilidades que contaban con enérgicos patrocinadores en el Departamento de Defensa y en los comités de Servicios Armados y Asuntos Exteriores del Senado.

A mayor abundamiento, el Departamento de Estado cambió la política clintoniana de diálogo con Corea del Norte por otra de confrontación, que puso en un brete a la posibilista sunshine policy del presidente surcoreano y premio Nobel de la Paz, Kim Dae Jung, dirigida al imprevisible régimen comunista de Pyongyang, acusado por Washington de contribuir a la proliferación mundial de armas de destrucción masiva, sobre todo en tecnología de cohetes, y que desde 1994 estaba sometido a un régimen subsidiado de control sobre su programa nuclear.


8. Entendimiento con Rusia, asincronía con Europa, connivencia con Israel.

Las relaciones con Rusia, sin embargo, se adentraron rápidamente por un vericueto sosegado, en buena parte gracias a la actitud moderada y cautelosa del presidente Vladímir Putin. Bush y Putin sostuvieron su primer encuentro en Ljubljana, Eslovenia, el 16 de junio y constataron las importantes diferencias en los respectivos análisis de las amenazas a la seguridad mundial.

El NMD, cuyo primer ensayo -exitoso- bajo la presidencia de Bush tuvo lugar el 15 de julio, y la vigencia del ABM constituían el principal capítulo de desacuerdo, ya que Putin, lejos de la consideración por Bush del tratado firmado en 1972 como una "reliquia del pasado", se refirió a éste como una "piedra angular de la arquitectura contemporánea de seguridad", y advirtió contra su ruptura unilateral, si bien se mostró dispuesto a negociar con Estados Unidos un nuevo marco de seguridad global, identificando las amenazas y elaborando una estrategia de respuesta compartida.

En su segunda reunión, el 22 de julio en Génova con motivo de la 27ª cumbre del G-8, Bush y Putin, haciendo gala de unas formas cálidas, vincularon el futuro de la defensa antimisiles a un nuevo avance en el desarme nuclear estratégico, y esta línea de entendimiento se reforzó en su tercer encuentro, el 21 de octubre en Shanghai, con motivo de la IX Cumbre de la Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC), al calor ya de la ola de solidaridad mundial con Estados Unidos por la catástrofe de los atentados del 11 de septiembre contra Nueva York y Washington.

Más complicadas se presentaron las relaciones de la administración Bush con los socios del viejo continente en el ámbito de la Unión Europea (UE). Por de pronto, estaba la larga lista de contenciosos comerciales, entre ellos las limitaciones comunitarias a las exportaciones estadounidenses de carne hormonada o productos transgénicos, las barreras arancelarias del país americano al acero europeo y las subvenciones agrícolas de unos y otros. Además, pesaban la campaña internacional de la UE contra Estados Unidos por su boicot al Protocolo de Kyoto, las diferentes actitudes ante el conflicto de Oriente Próximo y, en general, las iniciativas unilaterales de Bush en todos los ámbitos, un cuadro de discrepancias que poco después, con las cuestiones de Irak y la lucha antiterrorista, iba a agravarse.

El primer desplazamiento al extranjero de Bush como presidente fue, no a Canadá, como era tradición en todos los presidentes debutantes, sino a México, el 16 de febrero, para entrevistarse con el presidente Fox en San Cristóbal, León, estado de Guanajuato, en un entorno rural que los medios de comunicación bautizaron como la "cumbre de los rancheros". Bush se sentía más cómodo en este tipo de encuentros si el protocolo era relajado y la indumentaria informal, propiciando una atmósfera de cierta campechanía. En lo sucesivo, Bush se iba a llevar a determinados líderes extranjeros tenidos en estima a su propio rancho de Crawford, Texas, un escenario propicio para las guisas desenfadadas y los atuendos "sin corbata".

El 23 de febrero recibió en Camp David al primer visitante extranjero, el primer ministro británico Tony Blair, quien pronto a demostrar ser su aliado más inquebrantable en las lides internacionales. La segunda salida al exterior de Bush sí fue a Canadá, a Quebec, para asistir a la III Cumbre de Las Américas, del 20 al 22 de abril, donde el presidente expresó su compromiso en firme para crear el Área de Libre Comercio continental (ALCA) en 2005, no obstante la confirmación simultánea -en flagrante contradicción con el alegato librecambista- de que Estados Unidos se reservaba blindar el mercado nacional a las exportaciones agropecuarias latinoamericanas mediante nuevos aranceles aduaneros y subsidios a sus productores.

El 12 de junio Bush emprendió una gira por Europa que hasta el día 16 le llevó, en este orden, a España, Bélgica, Suecia, Polonia y Eslovenia. El 13 asistió al Consejo de jefes de Estado y de Gobierno de la OTAN en Bruselas, donde enfatizó su apoyo a la expansión de la Alianza Atlántica a los países de Europa central y oriental en los próximos años y al proyecto europeo de defensa coordinada con el mando aliado, y el 14 participó en Gotemburgo en la cumbre Estados Unidos-UE, donde constató las diferencias de criterio con los comunitarios, si bien los participantes prefirieron incidir en que eran "más las cosas que nos unen que las que nos separan".

El 19 de julio Bush estuvo de vuelta a Europa para hacer una visita oficial al Reino Unido y, como se anticipó arriba, tomar parte en la cumbre genovesa del G-8 entre los días 20 y 22. El 23 fue recibido por el Papa Juan Pablo II en el Vaticano y el 24, de regreso a Washington, hizo escala en Kosovo para estar con las tropas destinadas en la fuerza de paz de la OTAN, la KFOR.

Por otro lado, el 25 de febrero Bush acogió en la Casa Blanca a Ariel Sharon, el líder de la oposición derechista de Israel que acababa de ganar las elecciones y que se preparaba para ser primer ministro. Desde el primer momento se vio que la administración de Bush, espoleada por el siempre poderoso lobby judío de Estados Unidos y, sobre todo, guiada por un grupo de altos funcionarios y asesores del Departamento de Defensa, varios de ellos mismos judíos, empapados de un sionismo maximalista y de una hostilidad visceral a lo palestino, no estaba por la labor de ejercer el papel de potencia mediadora en el conflicto de Oriente Próximo, tal como, por ejemplo, lo había desempeñado, y muy eficazmente, la administración de Bush padre.

Esta implicación, para ser creíble, requería una cierta equidistancia entre las partes en conflicto. Una equidistancia, lógicamente, formal, en el ámbito táctico de la mediación, que supondría exigir concesiones a unos y otros con un énfasis similar y, de ser preciso, apretando las tuercas bajo amenaza de sanciones, y es que no puede olvidarse que Israel es un aliado estratégico inquebrantable que recibe de Estados Unidos una ingente ayuda económica y militar.

Nada más lejos de este esquema, Bush y sus colaboradores fueron asumiendo el lenguaje y los análisis del Gobierno israelí y dejaron a los territorios palestinos autónomos y ocupados a merced de la maquinaria de guerra de Israel, que desde el estallido de la segunda Intifada palestina en octubre de 2000 se afanaba en destruir las capacidades terroristas, responsables de una espiral creciente de atentados y asesinatos de ciudadanos israelíes, de los grupos y partidos palestinos que, supuestamente, ni la OLP ni la Autoridad Nacional Palestina (ANP) bajo la presidencia de Yasser Arafat estaban en condiciones de impedir.

El mensaje que transmitieron Bush y Powell a Sharon es que mientras durase la Intifada, Israel estaba en su derecho a tener sepultado el malhadado proceso de paz y a responder adecuadamente a los zarpazos del terrorismo palestino. Cuando el Gobierno israelí lo que hizo fue, al socaire de una defensa antiterrorista considerada legítima por la comunidad internacional, lanzarse a la destrucción sistemática de los medios y capacidades de la ANP y, en general, de las estructuras civiles de los palestinos en Cisjordania, lanzando devastadoras incursiones terrestres contra las ciudades palestinas, bombardeando indiscriminadamente campos de refugiados y arrasando viviendas y plantaciones para construir nuevos asentamientos de colonos judíos (además de cometer terrorismo también con su procedimiento de "asesinatos selectivos" de cabecillas palestinos), Bush se limitó a pedir a Sharon que comediera sus mortíferas represalias bélicas y que finalizara la asfixia económica de las poblaciones palestinas.

El presidente, desentendiéndose de los desmanes diarios en Palestina, se negó a reunirse con Arafat mientras éste no condenara "la violencia" y el 28 de marzo Estados Unidos vetó en la ONU el envío de una fuerza de observadores a los territorios ocupados, echándole a Israel en su soledad internacional un capote de protección que sería la tónica en los meses siguientes


Varias fuentes. Resumen con datos hasta AGOSTO de 2001. @torres.

¿Cuándo pedirán perdón?

¿Cuándo pedirán perdón?

... por Vicenç Navarro.

Durante los años del Gobierno de Unidad Popular de Salvador Allende asesoré a aquel Ejecutivo chileno, trabajando con mi buen amigo Gustavo Molina (que dirigía el Servicio Nacional de Salud y era también el médico personal del presidente Allende) en las reformas sanitarias orientadas hacia la expansión de la cobertura a las clases populares. También colaboré con Hugo Behm, uno de los epidemiólogos más conocidos de América Latina y decano entonces de la Escuela de Salud Pública de aquel país, una de las mejores del continente. El 11 de septiembre de 1973, cuando ocurrió el golpe militar contra el Gobierno democráticamente elegido, estaba yo de vacaciones en Baltimore (EEUU), ciudad donde está ubicada la Johns Hopkins University, de la cual estaba en excedencia para asesorar al Gobierno chileno.

Ese día, Molina, Behm y muchos amigos míos fueron detenidos, torturados y encarcelados en condiciones atroces junto con miles de chilenos que habían colaborado con el Gobierno democrático.

El rechazo a aquel golpe militar fue mundial. En EEUU, la Asociación Norteamericana de Salud Pública (que condenó el golpe y el apoyo que le proporcionó la Administración de Richard Nixon) nombró a Behm (preso en un campo de concentración) presidente honorario, en un acto de solidaridad internacional.

A través de sus familiares pude ir siguiendo el terror y la brutalidad de aquella dictadura, y también el silencio del establishment chileno (las Fuerzas Armadas, la Policía, la Iglesia, la Judicatura, la prensa y otros medios de información, y la universidad, entre otros) frente a aquellos atropellos de la dictadura, realizados de una manera sistemática y como parte de su política del terror.

Veinticinco años después, voces aisladas primero, y representantes institucionales después, han comenzado a romper aquel silencio, y poco a poco han ido admitiendo el error y pidiendo perdón por su participación en aquel terror, o por su silencio y complicidad con aquella horrible violación de los derechos humanos. Es para mí una alegría que se publicara un testimonio de aquellos hechos tal como ha realizado la Comisión sobre Prisión Política y Tortura, y que los medios de información españoles hayan ido dando amplia y completa cobertura de aquel terror. Pero tengo que admitir que estas noticias me crean también una enorme frustración. ¿Por qué? LA RAZÓN es que viví otro Chile en mi propio país muchos años antes. En 1936 un golpe militar en España interrumpió otro Gobierno democráticamente elegido en el que millones de españoles, incluyendo mis padres y familiares, habían depositado su confianza y sus ilusiones de crear un mundo mejor para nosotros, sus hijos. Aquel compromiso suyo les valió una enorme represión. Yo fui testigo de ella. Primero en mis padres, familiares y miles y miles de españoles; y más tarde en mí mismo (cuando en los años 50 y principios de los 60 luché en la clandestinidad contra aquella dictadura hasta que tuve que irme de mi país iniciando un largo exilio). En realidad, la dictadura que aquel golpe militar estableció fue incluso más brutal, si cabe, que la pinochetista. El atropello de los derechos humanos tales como violaciones, vejaciones sexuales y torturas eran prácticas comunes entre las tropas franquistas y en los aparatos represivos del Estado. Y cuando volví del exilio casi nadie hablaba de ello. Se habían olvidado, entre otros hechos, las arengas del general Queipo de Llano invitando a sus tropas a violar a las mujeres republicanas para demostrar su hombría. Y las horribles torturas y experimentos médicos que se realizaban sistemáticamente a los prisioneros en los campos de exterminio y de concentración franquistas en nuestro país. Se había olvidado también la tortura sistemática durante la dictadura en las sedes de la policía política, la Brigada Político Social, realizada con un sadismo increíble por su crueldad, y que llevó al suicidio a no pocos detenidos.

Pero lo que ha ocurrido en España ha sido incluso peor que el olvido. Ha habido una tergiversación sistemática de nuestra realidad, negando la naturaleza de aquel terror. Queipo de Llano y muchos otros generales golpistas, incluyendo a Franco, continúan siendo homenajeados en monumentos, calles y plazas de nuestro país. Y aquí en España, casi 70 años después del inicio de aquellos atropellos, y 25 después del establecimiento de la democracia, ninguna institución conservadora relacionada con la dictadura ha reconocido el error y pedido perdón. Esta es mi desazón y frustración.

¿CÓMO ES que las Fuerzas Armadas no han pedido perdón por su participación en aquellos atropellos, ni han condenado el golpe, ni han homenajeado a los militares leales a la República?

¿Cómo es que la Iglesia no ha pedido perdón por su apoyo y bendición a aquel golpe y a la dictadura sangrienta que estableció, plenamente consciente de la violación de los derechos humanos en los que participó?

¿Cómo es que la judicatura no ha pedido perdón no sólo por su silencio, sino por el mantenimiento de unas leyes represivas?

¿Cómo es que grandes sectores del mundo empresarial no han pedido perdón por su aprovechamiento de la ausencia de derechos humanos tan esenciales como el de sindicalización, imponiendo salarios muy bajos y condiciones laborales muy deterioradas durante la dictadura?

¿Cómo es que los medios de información conservadores no han pedido perdón por su silencio durante todos aquellos años, a pesar de que sabían de la brutalidad de aquel régimen?

¿Cuándo pedirán perdón aquellos intelectuales que mantuvieron silencio escudándose en un inexistente equilibrio de brutalidades entre los dos bandos del conflicto?

¿Hasta cuándo durará esta situación?.

¿Cuándo pedirán perdón?

¿Cuándo pedirán perdón?

... por Vicenç Navarro.

Durante los años del Gobierno de Unidad Popular de Salvador Allende asesoré a aquel Ejecutivo chileno, trabajando con mi buen amigo Gustavo Molina (que dirigía el Servicio Nacional de Salud y era también el médico personal del presidente Allende) en las reformas sanitarias orientadas hacia la expansión de la cobertura a las clases populares. También colaboré con Hugo Behm, uno de los epidemiólogos más conocidos de América Latina y decano entonces de la Escuela de Salud Pública de aquel país, una de las mejores del continente. El 11 de septiembre de 1973, cuando ocurrió el golpe militar contra el Gobierno democráticamente elegido, estaba yo de vacaciones en Baltimore (EEUU), ciudad donde está ubicada la Johns Hopkins University, de la cual estaba en excedencia para asesorar al Gobierno chileno.

Ese día, Molina, Behm y muchos amigos míos fueron detenidos, torturados y encarcelados en condiciones atroces junto con miles de chilenos que habían colaborado con el Gobierno democrático.

El rechazo a aquel golpe militar fue mundial. En EEUU, la Asociación Norteamericana de Salud Pública (que condenó el golpe y el apoyo que le proporcionó la Administración de Richard Nixon) nombró a Behm (preso en un campo de concentración) presidente honorario, en un acto de solidaridad internacional.

A través de sus familiares pude ir siguiendo el terror y la brutalidad de aquella dictadura, y también el silencio del establishment chileno (las Fuerzas Armadas, la Policía, la Iglesia, la Judicatura, la prensa y otros medios de información, y la universidad, entre otros) frente a aquellos atropellos de la dictadura, realizados de una manera sistemática y como parte de su política del terror.

Veinticinco años después, voces aisladas primero, y representantes institucionales después, han comenzado a romper aquel silencio, y poco a poco han ido admitiendo el error y pidiendo perdón por su participación en aquel terror, o por su silencio y complicidad con aquella horrible violación de los derechos humanos. Es para mí una alegría que se publicara un testimonio de aquellos hechos tal como ha realizado la Comisión sobre Prisión Política y Tortura, y que los medios de información españoles hayan ido dando amplia y completa cobertura de aquel terror. Pero tengo que admitir que estas noticias me crean también una enorme frustración. ¿Por qué? LA RAZÓN es que viví otro Chile en mi propio país muchos años antes. En 1936 un golpe militar en España interrumpió otro Gobierno democráticamente elegido en el que millones de españoles, incluyendo mis padres y familiares, habían depositado su confianza y sus ilusiones de crear un mundo mejor para nosotros, sus hijos. Aquel compromiso suyo les valió una enorme represión. Yo fui testigo de ella. Primero en mis padres, familiares y miles y miles de españoles; y más tarde en mí mismo (cuando en los años 50 y principios de los 60 luché en la clandestinidad contra aquella dictadura hasta que tuve que irme de mi país iniciando un largo exilio). En realidad, la dictadura que aquel golpe militar estableció fue incluso más brutal, si cabe, que la pinochetista. El atropello de los derechos humanos tales como violaciones, vejaciones sexuales y torturas eran prácticas comunes entre las tropas franquistas y en los aparatos represivos del Estado. Y cuando volví del exilio casi nadie hablaba de ello. Se habían olvidado, entre otros hechos, las arengas del general Queipo de Llano invitando a sus tropas a violar a las mujeres republicanas para demostrar su hombría. Y las horribles torturas y experimentos médicos que se realizaban sistemáticamente a los prisioneros en los campos de exterminio y de concentración franquistas en nuestro país. Se había olvidado también la tortura sistemática durante la dictadura en las sedes de la policía política, la Brigada Político Social, realizada con un sadismo increíble por su crueldad, y que llevó al suicidio a no pocos detenidos.

Pero lo que ha ocurrido en España ha sido incluso peor que el olvido. Ha habido una tergiversación sistemática de nuestra realidad, negando la naturaleza de aquel terror. Queipo de Llano y muchos otros generales golpistas, incluyendo a Franco, continúan siendo homenajeados en monumentos, calles y plazas de nuestro país. Y aquí en España, casi 70 años después del inicio de aquellos atropellos, y 25 después del establecimiento de la democracia, ninguna institución conservadora relacionada con la dictadura ha reconocido el error y pedido perdón. Esta es mi desazón y frustración.

¿CÓMO ES que las Fuerzas Armadas no han pedido perdón por su participación en aquellos atropellos, ni han condenado el golpe, ni han homenajeado a los militares leales a la República?

¿Cómo es que la Iglesia no ha pedido perdón por su apoyo y bendición a aquel golpe y a la dictadura sangrienta que estableció, plenamente consciente de la violación de los derechos humanos en los que participó?

¿Cómo es que la judicatura no ha pedido perdón no sólo por su silencio, sino por el mantenimiento de unas leyes represivas?

¿Cómo es que grandes sectores del mundo empresarial no han pedido perdón por su aprovechamiento de la ausencia de derechos humanos tan esenciales como el de sindicalización, imponiendo salarios muy bajos y condiciones laborales muy deterioradas durante la dictadura?

¿Cómo es que los medios de información conservadores no han pedido perdón por su silencio durante todos aquellos años, a pesar de que sabían de la brutalidad de aquel régimen?

¿Cuándo pedirán perdón aquellos intelectuales que mantuvieron silencio escudándose en un inexistente equilibrio de brutalidades entre los dos bandos del conflicto?

¿Hasta cuándo durará esta situación?.