Blogia
Brigantium

(1) artículos de opinión.

El sentimiento de CULPA.

El sentimiento de CULPA.

La culpa nadie quiere cargar con ella. Uno de los errores más comunes del ser humano reside en no aceptar las realidades o consecuencias de nuestras acciones.Vivir con culpa es malo,especialmente,cuando uno ha comenzado el proceso de automejoramiento; si te sientes culpable por algo debes de pedir disculpas y te liberarás de tu cargo de conciencia.

Veamos algunas definiciones de lo que significa culpa:

CULPA: Falta, delito o (para los creyentes) pecado que se comete voluntariamente.

CULPABLE: Que tiene culpa. Aplícase a personas, cosas y acciones.

DELITO: Culpa, crimen. Violación de la ley. Acción u omisión voluntaria que la ley castiga.

FALTA: Acto contrario al deber u obligación.




1. PRECISIONES sobre la CULPA.

La culpa te fija en sucesos pasados; te sientes abatido molesto por algo que dijiste o hiciste y gastas tus momentos presentes afligido por comportamientos pasados.



La culpabilidad funciona de la siguiente manera. Alguien emite un mensaje destinado a recordarte que has sido una mala persona por algo que dijiste o no dijiste, sentiste o no sentiste, hiciste o no hiciste. Tú respondes sintiéndote mal e incomodo en tu momento presente.



La culpabilidad es, con mucho, la emoción que despilfarra mayor cantidad de energía emocional. Porque por definición, te estas sintiendo inmovilizado en el presente por algo que ya pasó, Y no existe culpabilidad por grande que sea, que pueda cambiar la historia. El grado de inmovilización puede abarcar desde una pequeña incomodidad hasta una severa depresión. Si simplemente estas aprendiendo lecciones de tu pasado, y prometiéndote evitar la repetición de algún comportamiento especifico, eso no se llama culpa.



EL código moral PERSONAL.



Cada uno de nosotros tiene consciente e inconscientemente un conjunto de pautas que marcan su comportamiento. Este es nuestro propio código moral que puede o no coincidir completamente con el código social en que vivimos, el cual por supuesto ha contribuido en gran medida determinar al nuestro.



El contenido del código moral personal es el conjunto de normas que organizan nuestro comportamiento.



EL REMORDIMIENTO.



Una de las consecuencias mas comunes del sentimiento de culpa es el remordimiento. Clínicamente se define como el pesar interno que produce en el alma el haber realizado una mala acción. Es la inquietud que despierta la memoria de una culpa, que va creciendo imperceptible dentro de uno. La vivencia del remordimiento es como tener un objeto intragable atravesado en la garganta, que finalmente se volverá contra uno mismo. El problema principal del remordimiento es que muchas veces se desconoce su origen. Se experimenta como una sensación que esta continuamente presente pero no se sabe exactamente cual es la culpa que está escondida detrás originando este malestar.



2. ORÍGENES de la CULPABILIDAD.

a) La culpa RESIDUAL: Esta culpa es la reacción emocional que lleva uno consigo desde sus memorias infantiles. Estos productos de culpa son numerosos y funcionan en el caso de los niños, aunque tambien, en casos, la gente mayor sigue cargando con ellos.



Estas reacciones de culpa se producen porque en la infancia el niño aprende a ser manipulado por los adultos y estas mismas reacciones pueden seguir funcionando en el hombre que a dejado de ser niño para covertirse en adulto.



b) La culpa AUTOIMPUESTA: Aquí el individuo se siente inmovilizado por cosas que ha hecho recientemente y es impuesta por si mismo cuando se infringe una norma adulta o código moral adulto.



Entre las culpas autoimpuestas están el haber reñido con alguien y luego detestarse por haberlo hecho.



Puedes seguir lamentándote hasta el fin de tus días, pensando en lo malo que has sido, y lo culpable que te sientes. Tu culpabilidad es una tentativa de cambiar la historia, de desear que las cosas no fueran como son. Pero la historia es así y no puedes hacer nada la respecto.



c) Culpas RELACIONADAS.



--- La culpa relacionada con alguna enfermedad de los padres.

La enfermedad de uno de los padres es un super - fabricante de culpas: " me has hecho subir la presión", alusiones a que " me estas matando" o "provocando un ataque al corazón" son muy eficientes a la vez que te culpabilizan de todas las dolencias típicas de la vejez. Y si eres vulnerable puedes llegar a sentirte culpable de la muerte de uno de tus padres.



--- La culpa relacionada a la amante o cónyuge.

La culpabilidad por el "si tu me quisieras" es una de las maneras eficaces de manipular a un amante. Esta técnica es particularmente útil cuando uno quiere castigar a su pareja por algo que ha hecho. Es como si el amor dependiera de un tipo de comportamiento determinado. Cada vez que alguien no esta a la altura de lo que se espera de él se puede usar la culpa para hacerlo volver al redil. Tiene que sentirse culpable de no amar al otro.



--- Hay varias culpas relacionadas más, tales como la culpabilidad en la escuela, en el sexo, en relación a los hijos, etc.



3. Algunas FALSAS retribuciones de la CULPABILIDAD.



Existe la tendencia de creer que si te sientes lo suficientemente culpable, a la larga quedarás exonerado de tu mal comportamiento. Esta retribución de perdón es la base de la mentalidad carcelaria, por lo cual el preso paga sus pecados sintiéndose terriblemente mal durante un largo tiempo. Cuando más grande haya sido el delito, más largo será el período que se necesite para lograr el perdón.



La culpa es una espléndida manera de ganarse la compasión de la gente. Y no importa si el deseo de compasión demuestra claramente que tienes una pobre idea de ti mismo. En este caso prefieres que los demás sientan pena por ti en vez amarte y respetarte a ti mismo. En este sentido, la culpa aparece psicológicamente como una excelente manera de provocar la compasión de los otros: " Si no pueden amarme y respetarme por mi mismo al menos les daré pena".



4. Como DEJAR de sentirse culpable.



El sentimiento de culpa, como dijimos, sobreviene independientemente de que hayamos realizado un acto que transgreda las pautas sociales. Si estamos en esta situación, la forma de solucionarlo es resolver la tensión que existe en nuestro interior, a través de una tarea introspectiva y autoanalítica. Pero a veces la culpa aparece cuando efectivamente hemos cometido un acto que ha herido a otros. En ese caso el sentimiento de culpa es coherente con lo que hemos hecho y entonces resolver el problema internamente no alcanza, puesto que la persona dañada nos hará notar con su rechazo, castigo o indiferencia que hemos obrado "mal", por llamarlo de algún modo.



Lo que está entonces en nuestras manos para resolver el sentimiento de culpa es realizar acciones concretas para reparar el daño ocasionado. Pedir disculpas, preguntar que se puede hacer para recomponer la situación, reconocer que nos hemos equivocados; son actitudes si bien pueden parecer difíciles o avergonzantes, en realidad tienen un efecto profundamente reparador. Si tiene algún problema pendiente, donde usted instuye que gran parte de la responsabilidad de una malentendido es suya, recuerde que "lo cortés no quita lo valiente" y decídase a realizar esta medida sencilla, atreviéndose a decir " perdón ". Después de haberlo hecho vera como vuelve a respirar mejor.



5. ESTRATÉGIAS para ELIMINAR la CULPABILIDAD.


--- Yo hago lo mío y tu haces lo tuyo.

--- No estoy en este mundo para llenar tus expectativas.

--- Ni tú estas en el mundo para llenar las mías.

--- Tú eres tú y yo soy yo.

--- Si causalmente nos encontramos será hermoso.

--- Si no, no importa.

Fritz PERIS.



En primer lugar tenemos que tner en cuenta que " La culpa no es una manera natural de comportarse es una reacción emocional aprendida, que solo puedes utilizarse cuando la víctima le muestra al explotador que es sensible a la culpabilidad," ( Dyer) .



Empieza a mirar el pasado como algo que jamas puede modificarse, sientas lo que sientas respecto a el. ¡ Sé acabó! Y cualquiera que sea la culpa que escojas, no te servirá para cambiar al pasado. Graba este mensaje en tu conciencia " Mi sentimiento de culpabilidad no cambiara el pasado ni hará que yo sea una persona mejor" Este tipo de enfoque te ayudara a diferenciar la culpabilidad del conocimiento que puedas sacar al pasado.



Pregúntate a ti mismo lo que estas evitando en el presente por culpa del pasado. Al trabajar en este sentido eliminaras la necesidad de culpa.



Empieza a aceptar en ti mismo cosas que tu has escogido pero que le pueden disgustar acierta gente.



Trata de enseñarles a las personas que tienen que ver con tu vida y que tratan de manipularte por medio de la culpa de que tu eres muy capaz de enfrentarte con las desilusiones que les provoque tu comportamiento. El resultado tardará en llegar, pero el comportamiento de aquella gente empezará a cambiar cuando vean que no te pueden forzar a sentirte culpable. Una vez que logres desconectar la culpa, la posibilidad de manipularte y de controlarte emocionalmente habrá desaparecido para siempre.



Ahora, es necesario considerar que la culpa es una EMOCIÓN auto-anulante, es una elección personal, es una reacción que podemos controlar si hemos entendido el mecanismo que la produce. Uno puede vivir culpable toda la vida, pero la emoción de sentirse libre de toda culpa es como haber recuperado la inocencia y la creatividad..



Finalmente, la culpabilidad es en nuestra CULTURA una herramienta útil para manipular a los demás y una inútil pérdida de tiempo. Una vez desconectado el mecanismo de culpa, desaparece la posibilidad de ser controlado y manipulado emocionalmente.



No es la experiencia del día de hoy lo que vuelve locos a los hombres. Es el remordimiento por algo que sucedió ayer, y el miedo a lo que nos pueda traer el mañana..



Hay dos días que no nos deben de preocupar. Uno de esos días es ayer y otro día es mañana.



No hay nada mejor que aceptar con serenidad todo lo que no puede ser cambiado, por que ya pasó.



Decidamos vivir aquí y ahora sin asociaciones negativas del pasado.



@torres.

La muerte de un PASTOR.

La muerte de un PASTOR.

Puede sonar paradójico, pero gracias a los modernos medios de comunicación la agonía y muerte de Juan Pablo II supo desnudar la más honda fibra de la cristiandad. Esa fascinación por la suerte del “líder”, del “padre”. El desvelo por el mortuorio sufrimiento del “guía espiritual”.

Todo aquello que coloca al hombre de hoy en el mismo nivel de aflicción que en su día pudo atrapar a cualquier feligrés del Medioevo. Aquí no hay nada extraño. La convicción de que sin un “pastor” no se puede vivir es el legado de un orden labrado desde la convicción del penitente rebaño. Una especie de monárquico vacío que proviene del no tan lejano súbdito, justo lo que el postmoderno ciudadano hereda sin reparos.

Rictus de una cultura que no se entiende sin estos aderezos. Desde el fenecimiento de los príncipes troyanos, Alejandro Magno, Carlos V, la reina Victoria y el propio J. F. Kennedy —sólo por nombrar a los más aplaudidos y “decentes”— el sabor de la “orfandad” devora el alma del que más.

Nadie queda ileso. Por ejemplo, el que escribe hasta hace unos días tenía en mente arremeter contra el modo tan indolente como el Vaticano exponía al maltrecho Sumo Pontífice ante su grey. Una manera lo suficientemente cruel como para descalificar a la doliente moral cristiana. Mas todo ello se deshace (momentáneamente) cuando vemos a esos mismos “martirizadores” sumidos en el profundo pesar de quien pierde a su Señor. Ya sólo queda invocar a un personaje que algún despistado pudiera señalar como digno de otro tiempo, y ello porque a pesar del tan mentado postmodernismo que nos adorna nunca hemos roto lanzas con ese “otro tiempo”.

Todavía conservamos intacta la “devoción” por aquellos que se colocan por nuestras cabezas y nos ordenan sacrificios de toda índole. Y siendo que la Iglesia fue el primer y único espejo que tuvo el Estado (y la política) para inventarse (siglos XI y XII), no podemos soslayar el impacto que la muerte de un papa acarrea. Sobre todo si sopesamos la enorme capacidad de liderazgo que Karol Wojtyla le supo dar a una institución que desde León XIII (1878-1903) busca no perder su sintonía con el mundo laico.

Combinar discursos de perdón para las históricas víctimas de la Iglesia (represión y martirio de herejes y el silencio por el holocausto judío) junto con discursos abiertamente conservadores (condenas al control de la natalidad, a la ordenación de las mujeres y al sexo libre), pasando por la condonación de la deuda externa a la vez que su confrontacional anticomunismo, lo catapultan como un hábil afianzador de un esquema escapado del de ayer.

Incluso quizá llegue a ser canonizado por decir todo lo contrario a lo que hicieron otros santos. Más allá de su ANACRONÍA, la Iglesia y Juan Pablo II (un admirador del místico San Juan de la Cruz, de ahí su predilección por el castellano) advirtieron muy bien la importancia de lo espiritual en el hombre contemporáneo.



@torres.

El Comité que manda en el Mundo.

El Comité que manda en el Mundo.

El 11 de septiembre de 2001 fue el catalizador que reveló el verdadero carácter del equipo de seguridad nacional de Bush. En la lucha entre facciones rivales por obtener el favor del presidente, los ideales transformativos promovidos por los neoconservadores escalaron posiciones, abriendo una brecha que ha dividido el aparato de política exterior del Partido Republicano hasta sus cimientos. David Rothkopf.


El círculo más selecto de la comunidad de seguridad nacional en Estados Unidos -los miembros del Consejo de Seguridad Nacional (NSC, en sus siglas en inglés), algunos de sus ayudantes y varios asesores del presidente- constituye el comité con más poder, seguramente, de la historia mundial: un comité con más recursos, más libertad de acción y más capacidad de ejercer la fuerza con más largo alcance y a más velocidad que ningún otro grupo formado por cualquier rey, emperador o presidente.

Al mismo tiempo, el partido político que controla ese comité domina Washington de una forma sin precedentes en la historia reciente. Por primera vez en casi ocho décadas, el Partido Republicano ha obtenido el control de la Casa Blanca, el Senado y la Cámara de Representantes en dos elecciones sucesivas. Sin embargo, a pesar de este monopolio político, las élites que más influencia tienen sobre este comité poco conocido y en la sombra están siendo zarandeadas y divididas desde su interior. Un debate filosófico, cada vez más enconado, enfrenta a los partidarios de las políticas del ex presidente George H. W. Bush y muchos de sus antiguos expertos en política exterior, encabezados por el ex consejero de Seguridad Nacional Brent Scowcroft y los defensores de las opiniones del presidente actual, George W. Bush, y su equipo, dirigido por el vicepresidente, Dick Cheney; el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, y la secretaria de Estado, Condoleezza Rice. Se trata de los "tradicionalistas" -así los llama Scowcroft- del equipo de Bush 41 (el cuadragésimoprimer presidente) contra los transformacionalistas del equipo de Bush 43. Es decir, los pragmáticos contra los neocon, los internacionalistas contra los unilateralistas, los que auspiciaron el final de la guerra fría contra los que iniciaron el comienzo de la guerra contra el terrorismo. Lo irónico es que muchos de ellos, hace no mucho tiempo, parecían formar parte de un mismo colectivo. Todos tienen o tenían buena relación. ¿Qué ha ocurrido?

Los críticos que toman partido han propuesto teorías, muchas de las cuales tergiversan los hechos o ponen en boca de actores fundamentales palabras que refuerzan sus argumentos. Sin embargo, ahora que se está produciendo la transición del primer al segundo mandato de Bush, muchos de sus miembros, actuales y pasados, y otros personajes del aparato de política exterior en el Partido Republicano están empezando a decir lo que piensan sobre el carácter de las figuras clave y sus relaciones dentro de ese núcleo duro. Son más reveladores y más creíbles que los críticos partidistas, y describen una situación que resulta útil no sólo por lo que nos cuenta de las actividades de la Administración durante su primer mandato, sino porque nos dicen lo que podemos esperar para los próximos cuatro años.

ALGO PASA CON CONDI.

El NSC se creó en 1947 como mecanismo de coordinación para garantizar que al presidente le llegaran las opiniones de los principales miembros de su equipo de seguridad nacional; una reacción contra el estilo de gobierno del presidente Franklin Roosevelt, muy personal y sobre la marcha. Los miembros del Consejo eran pocos y tenían escasa influencia. El poder del NSC creció discretamente durante sus dos primeras décadas, pero cuando se convirtió en un centro de poder extraordinario fue en los años 70, bajo la dirección de unos consejeros de Seguridad Nacional que lo convirtieron en una institución moderna: Henry Kissinger, Scowcroft y Zbigniew Brzezinski.

Desde entonces, el poder del NSC ha tenido altibajos, pero en los últimos tiempos siempre ha salido más bien beneficiado y los consejeros de Seguridad han eclipsado la influencia de los departamentos de Estado y Defensa. Dentro del gabinete ejecutivo del presidente, el NSC actúa con una libertad extraordinaria en comparación con casi todos los demás organismos. Ni el consejero de Seguridad Nacional ni los demás miembros de su equipo se someten a la confirmación del Senado. El NSC, como entidad, no está sujeto al control del Congreso, a pesar de que sus competencias actuales invaden muchas que antes estaban reservadas al Departamento de Estado. En realidad, se ha convertido en un refugio para las actividades que el Gobierno prefiere llevar a cabo sin estar sometido al escrutinio del Congreso, como descubrió con gran inquietud el país, tras las revelaciones sobre el NSC operativo del almirante John Poindexter y el coronel Oliver North en la era Reagan.

El poder del NSC ha aumentado desde el final de la guerra fría, a medida que se han eliminado o reducido algunas restricciones cruciales sobre sus actividades. Prácticamente, cada decisión importante tomada durante los primeros 45 años de existencia del NSC estaba influida por la necesidad de calcular cuál iba a ser la reacción de la Unión Soviética. Hoy, Estados Unidos es la única superpotencia y, por tanto, está libre de esas consideraciones. Los responsables políticos ya no tienen que preocuparse por las consecuencias de sus acciones, aparte de la respuesta de su población, e incluso esta limitación disminuyó con el sentimiento nacional que se generó tras los atentados terroristas del 11 de septiembre.

Éste era el panorama político que caracterizó a Condoleezza Rice en el cargo de consejera de Seguridad Nacional. En un puesto tan fundamental, tuvo una relación más estrecha con el presidente que cualquiera de sus 16 antecesores. Ella misma ha dicho que, con frecuencia, llegaba a pasar seis o siete horas diarias junto al presidente. Pero, además, era miembro informal de la familia Bush, tenía su propia cabaña en Camp David, asistía como invitada habitual a las comidas de los domingos y se relajaba con el presidente y su familia durante las vacaciones.

Su concepción de la presidencia y sus ideas sobre cómo debía trabajar el brazo ejecutivo procedía -como en muchos otros miembros del equipo de Bush- de su experiencia como parte del equipo del NSC durante la etapa de Bush padre y, en concreto, de su aprendizaje con Scowcroft, consejero de Seguridad por entonces. Rice está en el centro de la brecha que separa a la Administración, dividida entre su mentor tradicionalista y su presidente transformacionalista. Este tira y afloja ha provocado tensas discusiones entre Rice y Scowcroft por las críticas de éste contra la política sobre Irak. Como consecuencia, el hombre que fue coautor de las memorias de Bush padre se ha visto expulsado del círculo de asesores de su hijo (se ha decidido no volverle a nombrar jefe del Consejo Asesor sobre Inteligencia Exterior).

Cuando Rice habla del presidente, lo hace sin una pizca de ambivalencia. Muestra una lealtad apasionada y una mezcla, a partes iguales, de admiración y afecto. "Este presidente", declara, "es más estratega que ningún otro que he conocido. A veces, algo en su mente hace de detonante, y se pone a hablar sobre aspectos estratégicos. Lo hacemos con mucha frecuencia en Camp David o en el rancho. Estamos sentados, haciendo un puzle, y de pronto dice: ‘Sabes qué, estaba pensando… que la situación de China…’. Ése es un aspecto poco comprendido del presidente. Y, a no ser que uno se siente con él en el Despacho Oval, no puede verlo". También Colin Powell, antecesor de Rice en el Departamento de Estado y que ha servido en los Gobiernos de los dos Bush, ve un fuerte contraste entre padre e hijo: "Bush 43 se parece al 41 en que está dispuesto a actuar, pero [para el 41] era un proceso más deliberado, mientras que el 43 se guía más por un poderoso sistema de navegación por inercia que por el intelecto. Sabe lo que quiere hacer, más o menos, y lo que necesita oír es cómo conseguirlo".

Quienes conocen bien a George W. Bush dicen que su capacidad de decisión se puede atribuir, en parte, a un poder superior. El año pasado se publicó una cita de Scowcroft en la que decía: "Es posible que la transformación se produjera con el 11-S y que el presidente actual, que es una persona muy religiosa, pensara que había algo de extraordinario, e incluso divino, en que una catástrofe así hubiera ocurrido cuando él era presidente. Que, en cierto modo, estaba destinado que así fuera, y que su misión era dirigir la guerra contra el terrorismo". Claro que, como también indica Scowcroft, el problema de las creencias absolutas "es que pueden hacernos caer en trampas, hacernos pensar que los fines justifican los medios. Puede ser peligroso creer que nuestros motivos son tan nobles que cualquier cosa que hagamos vale, porque la hacemos por una buena causa". La connotación paradójica está clara: desde cortar las relaciones tradicionales con los aliados hasta Abu Ghraib, cuanta menos ambigüedad moral tiene nuestra concepción del mundo, más fácil es justificar nuestras acciones.

Otro problema de este punto de vista, según Scowcroft, es que "si uno cree que sigue la ruta del bien absoluto, desviarse de ella es pecado". Es decir, que el absolutismo, o crea unas peligrosas esposas políticas o expone a EE UU a ser acusado de hipocresía. "Por ejemplo", observa Scowcroft, "defendemos la exportación de la democracia, pero apoyamos a una serie de líderes que son cualquier cosa menos democráticos, con el fin de favorecer otras políticas o incluso la difusión de la democracia en otros países. No se puede hablar de absolutos y luego practicar el pragmatismo sin exponerse a las críticas".

Aparte de las guerras ideológicas entre tradicionalistas y transformacionalistas, las divisiones dentro de los círculos selectos del NSC son también consecuencia de las personalidades y los estilos de gestión de los personajes principales. También en este aspecto llama la atención el contraste con la famosa armonía que reinaba en el equipo de Bush 41."Querría tener un NSC que funcionara como el de Brent", comentó Rice cuando todavía era consejera de Seguridad Nacional, "discreto, con una función fundamentalmente coordinadora, menos operativo, más pequeño". Para ello, intentó inspirar en su equipo una cultura de asesoramiento del presidente. "Cuando me entrevisto con cada director nuevo, le dedico mucho tiempo… y ellos pueden confirmar que siempre digo lo mismo: ‘Su primera responsabilidad es asesorar al presidente. Si eso significa que el presidente tiene un documento que quería que estuviera en un tamaño de letra del cuerpo 12 y está en 10, a usted le corresponde arreglarlo".

Aunque dentro de la Administración recibe grandes elogios por la atención y el apoyo que presta al presidente y por su estilo accesible como jefa, a Rice también la han criticado quienes opinan que ha convertido el NSC en una organización que sirve los intereses particulares del presidente, a expensas de los intereses nacionales. "Hay dos formas de ser consejero de Seguridad Nacional", dice Scowcroft: "asesorar al presidente o dirigir la institución. Lo difícil es hacer las dos cosas". Dentro del Gobierno, muchos que todavía trabajan en el NSC o en los organismos dependientes de él lo dicen de otra forma: como consejera de Seguridad Nacional, a Rice le preocupaba tanto estar constantemente junto al presidente, susurrarle al oído, ser su "álter ego en cuestiones de política exterior", que dejó que se debilitara el papel del NSC como órgano de coordinación. "No digo que no pretendiera desempeñar el papel de honrada intermediaria", dice uno. "Es sincera, entregada y muy lista. Pero no puede estar en dos sitios al mismo tiempo… Los miembros de este Gobierno son perros viejos, actores experimentados, y no se les puede dejar a su aire, porque te devoran". Un veterano funcionario muy relacionado con la Comisión bipartidista sobre el 11-S es aún más franco. "Llegamos a la conclusión, como grupo, de que el Consejo de Seguridad Nacional era disfuncional".

UN "HOMBRE IMPLACABLE".

El Departamento de Estado, aunque no pintaba mucho en esta historia, no carecía de influencia. Colin Powell llegó al cargo con un índice de popularidad superior al del presidente, y lo mantuvo durante todo su mandato. De hecho, su popularidad quizá le supuso un problema a la hora de contar con la confianza de los leales a Bush, que le consideraban una fuerza política por derecho propio. Un alto funcionario del Departamento de Estado que trabajó en estrecha relación con Powell sugiere que su popularidad también complicó su relación con el mundo exterior, porque se asumió la idea de que Powell era la voz de la razón, capaz de controlar los impulsos transformativos del Gobierno. "Muchas personas miran a Colin Powell y ven al soldado Colin Powell", explica. "Un muñeco al que quieren vestir con la ropa que les conviene… En el Foro Económico Mundial de 2003, en Davos, antes de la guerra [de Irak]…, se vio literalmente obligado a ser muy claro con los europeos y tener que decirles: ‘No soy el hombre que creen que soy. No voy a defender su postura en el Gobierno de EE UU. Tengo una forma de pensar distinta a la suya. Creo que tenemos que hacer algo en Irak. Creo que el presidente decidirá si es una acción militar o no. Pero ustedes tienen que comprender que yo no soy el portavoz de Europa dentro del Gobierno".

La pérdida de influencia de Powell cuando estaba en el Departamento de Estado fue también consecuencia de dirigir una burocracia inmensa en un mundo que exige rápidas respuestas ante las crisis. Marc Grossman, subsecretario de Asuntos Políticos de Powell, ha hablado de esto con él, y observa: "Los ciclos de decisión se han acelerado tanto que nuestra forma de hacer las cosas en el Departamento de Estado resultaba demasiado lenta… Una de las cosas que hemos intentado hacer es decir a todos los funcionarios que, si no cambiamos nuestra forma de trabajar, nos quedaremos fuera de juego. Seguirá habiendo un edificio y la gente seguirá viniendo al despacho, pero nos convertiremos en otra estructura burocrática sin importancia".

Sin embargo, el obstáculo que más frustración causó a Powell venía de 30 años atrás; la relación entre Cheney y Rumsfeld. Al parecer, a Cheney le gusta bromear sobre el tema: "Cuando miro a Don Rumsfeld, veo a un gran secretario de Defensa. Cuando Rumsfeld me mira a mí, ve a un antiguo ayudante de Don Rumsfeld". O, como dice otro buen amigo de Cheney, "a veces, cuando se les ve juntos en una fiesta, no está claro quién trabaja para quién".

A Kissinger se le ha oído decir que Rumsfeld era "el hombre más implacable" que había conocido. Es una opinión que no discute casi nadie. Y casi todos los que conocen a Rumsfeld reconocen que es excepcionalmente inteligente, trabajador y hábil. Pero su peculiar relación con uno de los vicepresidentes más poderosos de la historia y la excepcional red que une sus despachos y el resto de la Administración ha situado el centro de gravedad en cualquier lugar en el que estos dos hombres estén juntos, en sentido literal o figurado.

Un ex alto funcionario de la etapa de Bush padre, al analizar el primer mandato de Bush hijo, lo presenta del modo siguiente: "Los miembros del NSC opinan que el secretario de Defensa tiene cuatro puntos de entrada en la Casa Blanca. Puede acudir a Condi para las cosas sencillas. Puede ir a ver a Andy [Card, jefe de Gabinete de la Casa Blanca] para cosas un poco más complicadas, a Cheney, si es algo verdaderamente difícil, y, para acertar del todo, acudir directamente al presidente, en caso necesario. Es imposible que un sistema funcione así y funcione bien".

Muchos responsables de la Administración se han sentido frustrados por la constante negativa del Departamento de Defensa a atenerse a las reglas, por su tendencia a llegar a las reuniones sin preparación, negarse a discutir o impulsar ciertos temas y actuar a través de vías extraoficiales. Un miembro del equipo del NSC se quejaba de que se pasó la mitad del tiempo "arreglando los líos que había organizado el Departamento de Defensa, la mayor parte incluso en el Pentágono, intentando calmar a los jefes militares, a los que Rummy o sus chicos habían ignorado o irritado". Otro se queja de un caso en el que, después de una reunión de ayudantes, un alto funcionario del Pentágono llamó a Stephen Hadley, entonces viceconsejero de Seguridad Nacional, a la Casa Blanca, y le pidió que modificara las actas de la reunión para terminar cambiando la conclusión. Hadley tuvo que vérselas después con otro funcionario que, al parecer, le dijo: "¡Eh, esto no es la Rusia estalinista, aquí no se puede rescribir la historia!".

La aspereza entre la oficina del secretario de Defensa (OSD) y otros organismos es ya legendaria. Según una persona que estuvo en el equipo del NSC de Bush 43, estaban "fuera de control, era una pesadilla sin fin". Otro miembro del NSC durante el primer mandato dice que "la oficina del secretario de Defensa era una locura… Nos parecía que habían perdido la cabeza, tanto en política como en los procedimientos. De hecho, [Rumsfeld] dijo: "Me importa un pimiento lo que digan los del NSC, voy a hacer aquello a lo que me parezca que tengo derecho, como eslabón en la cadena de mando que va al presidente. Se comportaba como un capitalista de riesgo. Le gustaba aventurarse en diversas áreas, repartir cosas por aquí y por allá…".

EL PODER DETRÁS DEL TRONO.

Aparte del presidente, el vicepresidente Dick Cheney es, para muchos, el motor que mueve esta dinámica de grupo. El general Jay Garner, encargado durante un breve periodo de la reconstrucción iraquí, recuerda su frustración cuando le impidieron que contratase para su equipo a dos expertos en Irak del Departamento de Estado, "magníficamente preparados", porque Rumsfeld explicó que la decisión se había tomado "por encima de su rango". Posteriormente, Garner descubrió que las instrucciones habían salido de la oficina del vicepresidente.

Cheney ha contado con el mayor equipo de Seguridad Nacional de ningún vicepresidente en la historia de EE UU, superior a todo el personal del NSC en tiempos del presidente John F. Kennedy. Posee, además, una red de estrechos colaboradores que se extiende por toda la Administración y que responden directamente ante él o ante Lewis Scooter Libby, su jefe de gabinete, cuya categoría (ayudante del presidente) equivale teóricamente a la del consejero de Seguridad Nacional. Los cálculos sobre el número total de funcionarios, consultores y personal enviado por otros organismos que trabajan en cuestiones de seguridad nacional en la oficina del vicepresidente varían entre 15 y 35 personas; es imposible saberlo con certeza, porque las disposiciones de la ley sobre libertad de información no afectan a la oficina del vicepresidente, de modo que no tiene obligación de revelar los detalles de sus actividades.

Rice describe a Cheney como un elemento "valiosísimo", porque "ha podido ocupar un puesto en el comité de los principals [comité directivo del NSC] sin tener que defender ningún departamento, así que siempre es una voz maravillosamente sabia en las reuniones del comité". Otros tienen una opinión distinta, incluidos numerosos funcionarios de la Administración que consideran que el verdadero valor de las reuniones del comité directivo está en que el equipo de Seguridad Nacional pueda discutir con franqueza y sinceridad sobre los consejos que deben darse al presidente. Por desgracia, cuando Cheney está presente, no es sólo un viejo y sabio directivo sin cartera, como dice Rice. Es un gorila de 400 kilos cuyas opiniones tienen mucho más peso que las de los demás y que, por consiguiente, corta los debates y calla las discrepancias, queriéndolo o no.

Richard Haass, que estuvo en las administraciones de George H. W. Bush y George W. Bush y ahora preside el Council on Foreign Relations, explica que Cheney "mordía la manzana por tres costados. Sus asesores estaban en todas las reuniones. Asistía a las reuniones del comité directivo. Y luego se entrevistaba a solas con el presidente. Y, dadas las opiniones que emanaban de la oficina del vicepresidente, eso introducía cierto sesgo en el sistema… Como consecuencia, yo tenía la sensación de que, prácticamente en todas las reuniones, el Departamento de Estado partía ya por detrás, con una diferencia de dos y medio a uno".

A algunos les sorprende la notoriedad del vicepresidente en su cargo actual, sobre todo a quienes le consideraban un ministro profesional, pero no ideológico, en la Administración Bush. "El gran misterio, para mí, es Dick Cheney", dice un veterano republicano que le conoce desde la época de Ford. "Comenzó instintivamente desde una base conservadora, pero, si alguien le presentaba un argumento racional y convincente, no era un ideólogo. Ahora, por el motivo que sea, se ha vuelto ideólogo… y no sé si es porque es un vicepresidente con un poder extraordinario, más poder que cualquier otro en nuestra historia, y no hay nadie que se atreva a decirle: ‘Dick, no dices más que estupideces, ¿sabes?’. O si es porque sólo ahora puede sacar a la luz sus verdaderos sentimientos o porque ha sufrido algún tipo de transformación". En el aparato republicano, algunos reconocen que el 11-S fue un catalizador, que reveló las auténticas opiniones o personalidades de los miembros del grupo. "Los tradicionalistas apuestan por trabajar con arreglo a las tradiciones de la política exterior de EE UU en el siglo XX", explica Scowcroft. "Que en política exterior hay que avanzar en coordinación o de acuerdo con los amigos, los aliados y las organizaciones internacionales. Los transformacionalistas afirman que el 11-S demostró que la situación mundial estaba deteriorándose rápidamente y había que ser audaces. Los amigos y aliados sólo servirían para retenernos. Sabemos lo que hay que hacer y tenemos capacidad para hacerlo. Lo que hay que hacer es democratizar Oriente Medio. Eso engendrará paz y estabilidad, y, cuando se haya completado el proceso, recibirá el aplauso del mundo".

BUSH, segunda parte.

Los atentados contra el World Trade Center y el Pentágono provocaron cambios inmediatos e importantes dentro de la Casa Blanca. El 11-S, Cheney entró en acción y rápidamente pasó de ser un vicepresidente conservador y muy influyente a ser el centro del proceso de elaboración de políticas sobre una base ideológica que han descrito sus colegas. Rumsfeld, que, a mediados de 2001, era el miembro del Gabinete con más posibilidades de salir antes de tiempo, quedó redimido aquel día, como quedó garantizada la preeminencia de su departamento a medio plazo. La importancia de Rice, para un presidente que consideraba la seguridad nacional como su preocupación fundamental, aumentó en progresión geométrica; ella se fue acercando de forma inexorable hacia Bush y apartándose del proceso y la institución que, en circunstancias distintas, quizá habría podido dirigir como había hecho Scowcroft. Los neocon vieron la oportunidad de defender su argumento de que los equilibrios diplomáticos en Oriente Medio habían creado una situación de peligro para Washington y que había llegado la hora de tomar medidas más enérgicas, fuera cual fuera el coste. En cuanto al presidente, una persona cercana a la familia Bush, al comentar el sentimiento renovado que tiene el comandante en jefe de estar cumpliendo una misión, comenta: "No sé exactamente qué significa ser cristiano renacido, pero si significa que Jesús se ha introducido en tu alma, ¿eso quiere decir que uno es infalible? No conozco la respuesta. Pero quizá le da al presidente una seguridad que influye en su forma de reaccionar ante su equipo y ante todas las demás cosas". El rayo había golpeado y la transformación de los transformacionalistas estaba en marcha.

¿Seguirá al ascenso de los transformacionalistas la materialización de su visión? Un elemento clave es si conservarán su influencia en los próximos años, sobre todo a medida que la conmoción del 11-S vaya quedando relegada en la memoria.

Con la salida de Powell, muchos creyeron que el segundo mandato de Bush empezaba con una consolidación del poder de los neocon. Sin embargo, también existen varios factores de moderación. El primero, la vieja regla washingtoniana de que uno defiende la posición en la que está sentado. En el Departamento de Estado, Rice cambiará más que el departamento. Tendrá que impulsar su programa y entablar estrechas relaciones con los que trabajan allí, incluidos numerosos funcionarios del Servicio Exterior. Además, los proyectos fundamentales, como los que vayan surgiendo dentro del intento de hacer realidad el "gran Oriente Medio", serán iniciativas suyas, y las defenderá como tales. Y ha reunido un equipo de experimentados asesores que pertenecen más a la corriente tradicionalista. Muchos de ellos poseen amplia experiencia en relaciones transatlánticas, lo cual indica el deseo de que sea prioritario reparar las alianzas tradicionales. Tampoco parece probable que Rice vaya a sufrir la rivalidad habitual entre los secretarios de Estado y los consejeros de Seguridad Nacional, dado que en el NSC le ha sucedido su antiguo viceconsejero, Stephen Hadley.

Además, si EE UU es capaz de reducir gradualmente su implicación en Irak -y no ocurren grandes atentados terroristas-, la "militarización" de la política exterior estadounidense (como la denomina un funcionario del Departamento de Estado) irá debilitándose, con lo que disminuirá la influencia de un Departamento de Defensa que ya padece las consecuencias de sus propios errores. Es muy hipotético, pero, dado el deseo aparente de prestar más atención a asuntos internos como la Seguridad Social, la mentalidad de gabinete de guerra del círculo más allegado a Bush tendrá que enfriarse, y tal vez se devuelva un mayor equilibrio a la rivalidad entre los departamentos de Estado y Defensa, que constituye parte fundamental del NSC desde que se creó.

Al final, por supuesto, el voto decisivo estará en manos de Cheney y, sobre todo, de Bush. El NSC es distinto a otros órganos de la Administración estadounidense, para los que la Constitución prevé que la estructura institucional sea más importante que la influencia de cualquier persona. Cuando el presidente decide usarlo como una forma de escuchar diversas opiniones y ponerlas a prueba antes de su puesta en práctica, suele funcionar bastante bien. Si prefiere usarlo como un mecanismo más centrado en la puesta en práctica que en el debate -o más centrado en el debate que en la puesta en práctica, como ocurre en ocasiones-, funciona mal. Si decide ignorar las estructuras formales y utilizar las informales, que es lo que ha hecho la mayoría de los presidentes, las estructuras formales pierden importancia.

A ello hay que añadir la química del grupo y las personalidades individuales, que desempeñan un papel mucho más importante que cualquier aspecto preconcebido de su estructura a la hora de determinar su auténtica función. Es más, la estructura del comité (que es el grupo ad hoc en el que suele confiar el presidente, más que en el NSC como tal), se basa en una serie de negociaciones cambiantes entre el presidente y los miembros, por las que él concede o retira acceso, confianza, influencia y poder. Las leyes y la historia son mucho menos importantes que estas negociaciones, que construyen una y otra vez este organismo tan poderoso. Las filosofías, desde luego, tienen un papel fundamental en este proceso, porque son las que engendran afinidades y la cohesión del grupo. Los tira y afloja ideológicos son una tradición esencial del NSC, y las luchas de hoy tienen mucho en común con las del pasado, especialmente las que han desgarrado el Partido Republicano a lo largo de la era moderna.

La pregunta es si los próximos cuatro años van a seguir presenciando altibajos entre los puntos de vista contrarios de tradicionalistas o transformacionalistas o si hemos iniciado una nueva era en la que las amenazas a las que nos enfrentamos nos obliguen a adoptar los métodos propuestos por éstos. ¿Se verá sustituida la guerra contra el terrorismo por otros asuntos económicos o políticos que dicten las nuevas prioridades? ¿Empezarán a dar fruto sus políticas? Cuando conozcamos estas respuestas, sabremos si la brecha en el seno del aparato republicano de política exterior es síntoma de unos temblores momentáneos o de un movimiento de placas tectónicas dentro del partido que controla el comité encargado de dirigir el mundo."

@at

Elección del próximo PAPA (carta abierta a la curia romana).

Elección del próximo PAPA  (carta abierta a la curia romana).

A:Sacro Colegio Cardenalicio de la Iglesia católica.

DE: R. Scott Appleby.

ASUNTO: Elección del próximo Papa.



En el siglo XXI, eminencias, la Iglesia católica debe abordar con energía tres retos relacionados y urgentes que amenazan la vitalidad y la importancia del cristianismo.

En primer lugar, me refiero a una secularización nueva y agresiva, introducida por la dinámica de la globalización. Tanto en las sociedades tradicionales como en las desarrolladas, el materialismo creciente está abriendo paso a un tipo de secularidad que es indiferente u hostil a la fe religiosa. Un segundo hecho fundamental que afecta de forma directa al futuro del catolicismo es la feroz lucha interna por el alma del islam, la gran religión mundial que es, a la vez, la principal rival del cristianismo en número de adeptos y su posible aliada contra un concepto puramente materialista del desarrollo humano. Y, en tercer lugar, la aparición de la ingeniería genética y otras formas de biotecnología resalta la necesidad de actualizar la educación y la competencia de la Iglesia católica en ciencia y bioética.

El pontífice que suceda a su santidad Juan Pablo II debe afrontar estos tres retos con audacia. Si el próximo Papa no concibe la relación entre estos problemas y sus raíces en el contexto de un debate histórico sobre el significado de la religión para la humanidad, el catolicismo será incapaz de ofrecer una alternativa viable a los extremismos, encarnados en la militancia religiosa intolerante y el materialismo egocéntrico de una sociedad mundial de consumo.

El reto del laicismo.

La idea de que la experiencia humana puede interpretarse mediante análisis puramente empíricos y sociales, sin ninguna referencia a la trascendencia de los orígenes y la orientación de la humanidad, no es nueva, desde luego. La reducción del ser humano a un objeto es la tentación constante del mundo moderno; no hay más que ver la degradación de la vida en las guerras, los genocidios, las salas de torturas y las desigualdades sociales a lo largo del siglo xx. Pero esta concepción errónea de la humanidad ha encontrado un poderoso complemento en la nueva globalización, llena de fuerza y que domina, en la actualidad, las relaciones económicas, políticas y culturales entre los pueblos. La mercantilización de las relaciones sociales, que convierte a los individuos en dientes de las ruedas de la industria y la política, está presente prácticamente en todas las modalidades de interacción humana, incluida la religión.

La Iglesia católica lleva más de un siglo lanzando advertencias contra la interpretación de la humanidad exclusivamente a través de conceptos extraídos de la biología, la economía y la psicología. Ha proclamado, con renovado vigor desde el pontificado de Juan XXIII y el Concilio Vaticano II (1962-1965), que la fe en el carácter sagrado de la vida humana es el único fundamento seguro para proteger la dignidad del ser humano. En su labor de reafirmar esta piedra angular de las enseñanzas sociales del catolicismo, el próximo Papa tendrá que exhibir la misma fuerza y la creatividad que Juan Pablo II, que ha atravesado el mundo proclamando que la dignidad humana es el regalo de Dios a cada persona. La defensa de los derechos humanos, incluido el importantísimo derecho a la libertad de culto, debe seguir siendo el mensaje central del catolicismo al mundo. No es una tarea fácil: Karol Wojtyla recibió críticas cuando habló de la libertad religiosa en un viaje a India, donde los militantes hindúes le acusaron de practicar el proselitismo. Tampoco son bienvenidos los defensores de dicha libertad en bastiones del laicismo como las repúblicas postsoviéticas de Asia central o China, ni en naciones dominadas por una mayoría etnorreligiosa, como Arabia Saudí, Bosnia o Sri Lanka. La falta de popularidad y la desaprobación de los gobiernos no han detenido nunca a Wojtyla, y no deben detener a su sucesor.

Esta defensa fundamental de la dignidad y los derechos humanos es el fundamento moral de la evangelización. En su tarea de llevar el mensaje de Cristo a la gente, tanto a quienes han escuchado el Evangelio como a quienes no lo han hecho, Juan Pablo II rechazó de plano las alianzas con los Estados y su poder de coacción. Los concordatos con Estados-nación amigos -una amistad que, muchas veces, le costaba a la Iglesia un terrible precio moral y espiritual- pertenecen al pasado. El próximo Papa no puede volver a asociarse con ningún gobierno. La sociedad civil -la cuna de la autodeterminación política y el ámbito de expresión de la libertad humana en la cultura y la religión- es el medio en el que debe ponerse en práctica la misión divina de acercar Cristo al mundo y el mundo a Cristo.

El próximo Papa tiene que reconocer que la fe religiosa se ve como algo cada vez más contraproducente (en el mejor de los casos) desde el punto de vista de una sociedad seducida por la riqueza material, escéptica respecto a la verdad y recelosa del poder. En gran parte de Europa occidental, es frecuente que las afirmaciones de la identidad religiosa se reciban con desprecio y una incomprensión casi obstinada (valga como ejemplo los recelos que han despertado en Francia las chicas musulmanas por llevar velo a la escuela). En Irak, Siria, Indonesia, Malaisia, Argelia y partes de Latinoamérica, grupos religiosos de todo tipo han sufrido intimidaciones o clara persecución. En Estados Unidos, los cristianos conservadores se declaran partidarios de la libertad y la Carta de Derechos, pero sienten la tentación de regular lo que, en definitiva, sólo compete a Dios: la conciencia y los principios morales de sus conciudadanos.

Para la Iglesia católica sería desastroso capitular ante la globalización del libre mercado y, con ello, ganar el mundo pero perder el alma. Por tanto, el próximo Papa tiene que conservar la fuerza del discurso religioso -la peculiaridad del relato cristiano, con su escandalosa proclamación del perdón, el amor a los enemigos y la resurrección-, aunque lo traduzca para que llegue tanto a los de dentro como a los de fuera. Es preciso hacer que el argumento cristiano en defensa de los derechos humanos y el desarrollo equitativo sea reconocible para los dirigentes económicos y políticos, sobre todo aquellos para los que la fe no parece tener gran importancia. Proteger la dignidad humana y otorgar instrumentos económicos y políticos a los miles de millones de pobres a los que la globalización margina cada vez más debe ser una cuestión de política pública razonable, y no sólo de religión bien entendida.

El reto del islam.

"No hay obligación en la religión", dice el Corán, y el mundo islámico, hoy, intenta no coaccionar ni verse coaccionado. Esta realidad tiene que influir en la elección papal que posiblemente tengan que hacer ustedes dentro de poco. Desde luego, el próximo Papa debe mantener y extender las posturas adoptadas en el Concilio Vaticano II y promovidas por Juan Pablo II: el alejamiento del Estado en favor de la sociedad civil, de la teocracia en favor de la democracia y del exclusivismo religioso en favor de la libertad de culto. Pero, además, el próximo Papa debe tomar muy en serio al islam, principal rival mundial del cristianismo en la conquista de las almas de millones de africanos, asiáticos, europeos y, tal vez, americanos.

Las proyecciones demográficas más fiables indican que el cristianismo y el islam van a seguir creciendo de forma exponencial hasta que el hemisferio sur esté inundado con las modalidades pentecostales, carismáticas, militantes y sobrenaturalistas de ambas religiones. El historiador Philip Jenkins prevé una población mundial de 2.600 millones de cristianos en el año 2025, concentrada fundamentalmente en África, Asia y Latinoamérica. Según esas proyecciones, el islam crecerá a un ritmo similar en África y Asia. Hace mucho tiempo que el catolicismo europeo ya no es la forma dominante de expresión del cristianismo en el mundo; se ve eclipsado, cada vez más, por nuevas formas de piedad y solidaridad religiosas, creadas, en parte, por el contacto con el islam.

Ahora bien, la relación entre el islam y el cristianismo, las dos confesiones misioneras más poderosas del mundo, no se limita a la competencia y la rivalidad. El cristianismo tiene mucho que aprender de la experiencia moderna del islam, con su feroz resistencia a ciertas adaptaciones a la Ilustración, como la privatización de la religión y el muro de separación entre la religión y el Estado, y su desprecio hacia los agentes irreligiosos o indiferentes de la modernización. Los cristianos y musulmanes militantes se consideran el último bastión contra el agnosticismo de un mundo cada vez más laico. Ambos grupos expresan, con argumentos separados pero que resultan sorprendentemente afines, la crítica de que el materialismo que amenaza con arrebatar a la religión hasta el último atisbo de trascendencia es el producto más insidioso de la globalización.

El mundo pudo vislumbrar la posibilidad de una alianza entre el catolicismo y el islam durante la Conferencia Internacional sobre Población y Desarrollo celebrada en El Cairo en 1994. Tanto los representantes del Vaticano como los clérigos musulmanes denunciaron partes del Programa de Acción para 20 años aprobado por los asistentes, entre ellas las relativas a políticas reproductivas basadas, sobre todo, en el control de natalidad y el aborto. Las voces más avanzadas, tanto laicas como religiosas, expresaron su temor y su desdén ante la perspectiva de una guerra mundial de culturas que enfrentara a las dos grandes religiones patriarcales contra las fuerzas progresistas de los países ricos, democráticos y liberalizados.

Para acallar esos temores, el próximo Papa deberá ser el arquitecto de un diálogo cristiano-musulmán del que surjan alternativas a las políticas y los programas que violan los principios de las enseñanzas sociales del catolicismo. Los valores religiosos musulmanes se prestan a esa construcción comunitaria de la sociedad, pero los especialistas en ética de las dos confesiones deberán trabajar para alcanzar posturas comunes en aspectos que van desde la guerra justa hasta el control de natalidad.

Cuando impulse este diálogo, el próximo Papa tiene que evitar, con inteligencia, errores como los que ha cometido la Iglesia en el mundo moderno, entre ellos la tendencia del Vaticano a mirar hacia otro lado cuando se encuentra con elementos fascistas y autoritarios en su propia casa y en la de su posible aliado. La rama extremista del islam político busca el poder de coacción y se esfuerza para superar lo que algunos detractores musulmanes han llamado la fascinación idólatra por el poder del Estado. La Iglesia católica ya ha pasado por ahí. ¿Qué tuvo que sacrificar, por el camino, de su testimonio religioso y su integridad espiritual? El próximo Papa tiene que elaborar una respuesta que resuene tanto en los oídos de los musulmanes devotos como en los que desprecian la religión.

El reto de la ciencia y la bioética.

El próximo pontificado debe prestar especial atención a la defensa de la vida humana, su carácter sagrado y su dignidad, y cargarse de razones para que se considere al cristianismo como una voz clave en el debate sobre investigación y experimentación científica. En noviembre de 2002, la Congregación para la Doctrina de la Fe (el organismo encargado de promover y salvaguardar la doctrina de la Iglesia) publicó una ’Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas a la participación de los católicos en la vida política’, dirigida a los obispos católicos, los políticos y otros seglares involucrados en la vida pública. "Una conciencia cristiana bien formada", proclamaba el documento, "no nos permite votar por un programa político o una ley individual que contradigan el contenido fundamental de la fe y la moral". Entre los aspectos sujetos a la ley moral, proseguía, se encuentran el aborto, la eutanasia y los experimentos con embriones humanos.

Con estas declaraciones, la Iglesia se sitúa en medio de un complejo debate público sobre la propia esencia de lo que significa ser humano y cómo se define dicha esencia a través de las decisiones éticas en la ciencia y la medicina. La complejidad creciente del debate sobre la vida y la muerte obliga a la Iglesia a mantenerse al día de la ciencia y la tecnología, cuyos avances establecen los términos a los que debe atenerse cualquier proclamación convincente de la moral cristiana.

La Iglesia católica tiene que superar los obstáculos de su reputación como enemiga habitual de la investigación científica sin ataduras y su lentitud a la hora de desarrollar un grupo propio de científicos de primera categoría que trabajen en las disciplinas que le interesan. Eso hace que la Iglesia no esté en buena situación para abordar los dilemas éticos suscitados por la clonación humana y otras formas de ingeniería genética.

¿Por qué no emprende el próximo Papa una ofensiva de educación científica? El caso Galileo y otros episodios negativos siguen despertando gran interés, pero las aportaciones de los científicos católicos, la actitud relativamente abierta respecto a la evolución (tras la resistencia inicial, a comienzos del siglo xx) y la aceptación de la libertad de cátedra pueden ayudar a reconstruir las energías y la respetabilidad de la Iglesia en este ámbito. Un buen punto de partida sería mejorar y actualizar la Academia Pontificia de Ciencias (un órgano independiente, dentro de la Santa Sede, que tiene libertad de investigación en disciplinas científicas concretas).

El próximo Papa debe dirigir con una actitud intelectual y de amplias miras esta tarea crucial de situar la teoría católica a la altura de las prácticas actuales y la transformación constante de los horizontes éticos. La Iglesia no puede permitirse el lujo de pontificar desde una plataforma de conocimientos que ha quedado obsoleta.

Las cualidades que debe poseer el próximo Papa.

¿Qué cualidades debe poseer el próximo Papa para afrontar estos retos? En realidad, poca cosa: nada más que un intelecto de gran capacidad, formado mediante la lectura y el estudio disciplinado, no sólo de la filosofía y la teología católicas, sino también de la política, la economía y la ciencia contemporáneas; un profundo conocimiento y una experiencia personal de las lenguas, las culturas, las leyes religiosas y las costumbres del mundo islámico; y una comprensión real sobre el estado de las instituciones católicas de enseñanza superior, junto a la voluntad de absorber nuevas enseñanzas y hallazgos del mundo de la biotecnología.

No hace falta decir que estaría bien que se fijaran en el ejemplo de Karol Wojtyla. Dado que Juan Pablo II ha nombrado a 130 de los 135 cardenales con derecho a votar en el próximo cónclave, seguramente este consejo parece innecesario; el mundo cuenta con que escojan a un Papa que siga los pasos de su jefe actual. Es más, si no hay ningún candidato que obtenga el apoyo de los dos tercios durante los 12 o 13 primeros días de votación secreta, podrían tomar la decisión, por mayoría, de elegir al Papa por mayoría simple. En ese caso, parece que saldrían beneficiados los candidatos que son más conocidos, es decir, los cardenales que han ocupado puestos de responsabilidad destacados durante el pontificado de Juan Pablo II.

Sin embargo, si la historia indica algo en cuanto a las elecciones papales, es la preferencia de los electores por cambiar de rumbo, sobre todo después de un papado prolongado. Y sería superfluo, para no hablar de teológicamente incorrecto, intentar encontrar a un sustituto de Karol Wojtyla. Nunca podremos reemplazar al Papa polaco, ni siquiera con otro Papa polaco, cuyo espíritu, en cualquier caso, se habría forjado en una realidad católica diferente en Polonia, un paisaje cambiado para siempre por su predecesor. Además, la Iglesia católica no cree en la clonación.

CONCLUSIÓN:

Les pido una tarea difícil: deben elegir a un Papa que pueda proclamar el evangelio a líderes políticos, economistas, responsables del Banco Mundial, ingenieros genéticos y especialistas en ética, secularizados y agnósticos, que recomiendan las decisiones en materia de vida y muerte. Deben elegir a un Papa que pueda mantener la independencia política de la Iglesia católica, ganada a pulso, y resistir la tentación de construir alianzas con los poderes profanos. Y deben elegir a un pontífice que reconozca las afinidades del catolicismo con el islam, evite verse involucrado con extremistas y forje una alianza de trabajo con los moderados que, como la Iglesia católica, pretenden influir en la cultura y la educación a largo plazo, y no hacerse directamente con el poder.

Algunos de ustedes tienen una o más de estas cualidades; para encontrar a la persona que las posea en abundancia será necesaria la ayuda del Espíritu Santo. Les deseo lo mejor, y rezaré por ustedes.

Panfletos, libelos y otras vísceras.

Panfletos, libelos y otras vísceras.

PANFLETO es un escrito, generalmente de contenido político e inspirado por algún hecho de actualidad dirigido contra una persona, un partido político o una institución. Suele ser un opúsculo de carácter agresivo breve y conciso, escrito para desacreditar a la vez que se ofende, y se caracteriza por una intención polémica. En un panfleto no se cuenta una historia, ni se describe una situación, ni se defiende una postura: se pretende convencer, conseguir adeptos. Libelo, en cambio, es cualquier escrito en el que se denigra, infama o injuria a alguien o algo. Cuanto más democrático es un país más difícil es establecer la frontera entre la libertad de expresión e información y el derecho al honor y la intimidad. Un exceso del ejercicio de la libertad de prensa dejaría camino abierto al libelo vulnerando los derechos individuales de personas e instituciones. Pero una protección inapropiada de la privacidad, especialmente de personajes públicos haría que cualquier panfleto vulnerara la libertad de expresión.

Ha hecho bien Mariano Rajoy pidiendo a sus compañeros de partido que hagan oposición con inteligencia, con finura, con educación y no desde las vísceras. Las leyes de difamación generalmente castigan las aserciones falsas y están diseñadas para asegurar que no se daña injustamente la reputación de un individuo. Las de desacato, en cambio, eran intimidatorias y castigaban por igual la verdad y las falsedades, lo que permitía enmudecer la información y aherrojar la opinión. Lo que está claro es que resulta indigna y deshonrosa la atribución gratuita de hechos a una institución o a una persona. Sea panfleto o libelo, el video de Faes es una basura intelectual. No porque ofenda el honor y la dignidad de entidades estatales, instituciones nacionales o funcionarios públicos sino porque ofende la dignidad y el honor de quienes no resisten la tentación de verlo.



Luis Ignacio Parada.

El club BILDERBERG.

El club BILDERBERG.

Situado en un altillo de una campiña de Oosterbeck, al noreste de HOLANDA, se erige el Hotel de Bilderberg. Un edificio moderno de tres plantas con tejados a dos aguas. Entre sus servicios destaca una fina cocina, la tranquilidad del complejo y una veintena de salas equipadas para acoger reuniones de negocios. Prestaciones que le han proporcionado un renombre internacional, como cita su publicidad en la red. Pero la promoción se olvida de algo más simbólico que ocurrió bajo sus cimientos en 1954. El Príncipe Bernhard de Holanda reunió a puerta cerrada a la flor y nata de la política, la empresa y las finanzas mundiales a fin de que éstos armonizaran la política internacional de los aliados en plena Guerra Fría.

Este grupo supranacional pretendía dinamizar las relaciones transatlánticas a través del fortalecimiento de Naciones Unidas. La intención: convertirla en un gobierno mundial de hecho, que a su vez garantizase la voz cantante tanto de América del Norte como de Europa en la escena internacional. Para ello creían necesario que ambos actores fueran pragmáticos y vigilasen las consideraciones geopolíticas y geoestratégicas. La ecuación era sencilla. Si algún régimen quiere cambiar el mundo, éste sólo podrá conseguirlo con la búsqueda de consensos en los grandes temas que dominan la agenda internacional y que respaldan los poderes. Y como los gobiernos son incapaces de llegar a acuerdos en los grandes asuntos supusieron que nadie mejor que la iniciativa particular para lograr este fin.

Que a nadie le sorprenda que los grandes "cardenales" de este cónclave planetario con medio siglo de vida son dueños de bancos, administradores de grupos industriales, comisarios europeos, millonarios como la familia Rockefeller o George Soros, responsables de ’think tanks’ (’grupos de pensamiento’), secretarios generales de la OTAN, FMI y Banco Mundial, ex presidentes como George Bush padre o Bill Clinton y personajes tan influyentes como Henry Kissinger.

Un periodista del diario sueco Dala Demokraten, Goran Greider, establece un lazo entre el orden actual del mundo y las influencias ejercidas en el seno de los Bilderberg desde su creación. Según Greider, contribuyeron "a instaurar el tipo de capitalismo que conocemos hoy y a solidarizar entre si las principales elites mundiales del ámbito de los negocios".

NORMAS INTERNAS.

La adhesión al Club se hace por contactos confidenciales a personas cuya influencia en círculos nacionales e internacionales pueden ampliar el objetivo que preconizan: imponer un único mercado globalizado poblado por una comunidad controlada y manipulada, según escribe el periodista Daniel Estulin en un reportaje publicado en la revista española Época, en septiembre de 2004.

Los miembros tienen estrictamente prohibido hablar abiertamente del contenido de los debates -para ello ya tienen hoy el Foro de Davos- y de las decisiones que se toman. Aunque su organización interna sigue bajo secreto, se sabe que existe un ’comité conductor’ compuesto por miembros permanentes que deciden a quién se invita. La Secretaría General la ocupa desde el año 2000 el belga ETIENNE DAVIGNON, presidente de la empresa aérea belga SN Airholding.

Davignon afirma que "la franqueza es la regla del juego" y considera además que "si el Club es un éxito se debe a que nadie molesta a nadie, a que cada participante juzga útil escuchar una cosa distinta de la que está acostumbrado a oír".

El Corporate European Observatory, uno de los grupos de estudio más importantes sobre las políticas liberales, asegura en un informe publicado en 2000 que si bien Bilderberg no decide nada de manera formal, si llega a plasmar un consenso entre las elites de la política, de la economía y de los medios de comunicación. Algunos de éstos, sobre todo revistas y prensa especializada, son utilizados como canales de difusión. "Se trata de un pacto estructural entre las elites de los tres poderes", afirma el sociólogo Geoffrey Gueuns, autor del estudio ’Todos los poderes confundidos’.

AGENDA EXTENSA.

En las secretas reuniones que se celebran un fin de semana cada año en un lugar diferente del mundo se tratan temas importantes para el mundo. Desde la guerra de Irak, la lucha contra el terrorismo o la caída del dólar, hasta de genéricos o el sida, como ocurrió en la reunión de 2003 en Versalles (Francia), que contó con invitados de excepción como primeros ministros, miembros de la realeza europea o jueces.

Otro de los temas que tratarán en la reunión de este año será el desempleo. En ella, escribe Estulin en Época, el primer ministro holandés, Jan Meter Balkenende, propondrá borrar de la "memoria colectiva" la palabra ’jobless’ (sin trabajo en inglés) y sustituirla con la expresión "entre dos empleos".

Además tiene previsto promover la iniciativa del "Nuevo Orden Mundial hecho a medida Americana", según sus propias palabras. Una postura del primer ministro holandés perfectamente entendible si tenemos en cuenta que apoya la guerra contra el terrorismo de la Administración Bush.

Pero la agenda de los Bilderberg es mucho más amplia. Pretenden promocionar acuerdos económicos como hicieron con el Tratado de Libre Comercio (TLC) de América del Norte o el Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (precursor de la Organización Mundial del Comercio). Apuestan por tres monedas universales como consecuencia del proceso natural de integración planificado hace años por la elite globalista: el euro para Europa, el dólar para el futuro mercado de las Américas -a través de extender el TLC por todo el continente- y otra para la unión Asia-Pacífico.

Quieren amortizar la fiscalidad para que los países con mayores impuestos puedan competir con aquellos en los que la tributación es menor. Forzando que la presión fiscal de países como Estados Unidos aumenten con el objetivo de permitir que el impuesto del 58% en Suecia sea competitivo.

Además, defienden la transparencia de las cuentas bancarias y las tarjetas de crédito, y la creación de un Ejército mundial vigilante. Hasta entonces ya elucubran una base global de datos que identifique a cada individuo; dentro de una iniciativa mayor, una Ley de Seguridad universal.

Entre los asuntos a resolver destaca el militarismo estadounidense, la guerra de Irak o la posición británica con respecto al euro. El tirón de orejas a Tony Blair en Versalles fue subsanado con el nombramiento del británico Peter Mandelson como comisario europeo de Comercio Exterior, que además tendrá la difícil tarea de promover el europeísmo entre los británicos y adoptar de una vez la moneda continental.

Con respecto a la OTAN, los Bilderberg han extendido sus intereses al Golfo, Serbia, Bosnia, Kosovo, Siria, Corea del Norte, Afganistán... Dentro de una estrategia que consiste en crear tensiones en naciones cerradas cultural y religiosamente, que conducen a estados de guerra y hostilidades perpetuas que utilizan para justificar medidas de emergencia nacional en los tiempos de paz. "El objetivo es maximizar el beneficio industrial de miembros del CLUB vendiendo al mismo tiempo las armas y la mantequilla", escribe Daniel Estulin.

En fin, estamos ante una visión de la democracia teledirigida. Y no sólo puesta en práctica por los Bilderbergs. El Bohemia Club, la Comisión Trilateral o el Club de Roma aparecen como ramificaciones donde el gran poder negocia las políticas globales a la sombra de los debates públicos.


Mateo BALÍN.

Periodista Agencia de Información Solidaria.

El día DESPUÉS.

El día DESPUÉS.

Al Qaeda derribó las Torres Gemelas, pero no logró hacer temblar los cimientos del sistema internacional. Pero imaginen las consecuencias de tres bombas nucleares -una en Washington, otra en Nueva Delhi y otra en Berlín- en seis meses, seguidas de otra en Los Ángeles nueve meses después. Habría al menos varios cientos de miles de muertos, posiblemente millones. Grandes zonas de cuatro importantes ciudades serían inhabitables durante meses, quizá más. Pero las vidas y las formas de vida no serían lo único que se perdería en este escenario de pesadilla. ¿Qué sería del sistema internacional el día después de que la amenaza del megaterrorismo se hiciera realidad?

Por mucho que se hable de un mundo alterado por poderosas redes terroristas y guerras preventivas, las ideas de soberanía que rijen desde hace siglos las relaciones entre países aún limitan la forma de pensar acerca de política internacional. Pero pronto las reglas y comportamientos podrían sufrir un cambio radical. El alcance y letalidad de los atentados futuros determinará si se ha llegado a un punto de inflexión en la historia, análogo al paso del mundo medieval al moderno. Las repercusiones políticas de esas catástrofes serían dramáticas para todas las sociedades liberales modernas, no sólo para los países atacados. EE UU, Francia, Gran Bretaña, Japón e Italia no se convertirían en Estados policiales, pero sus ciudadanos no sólo consentirían que se recortaran algunas libertades: lo exigirían. En el plano internacional, las reglas convencionales de soberanía se abandonarían de la noche a la mañana. Las grandes potencias impondrían nuevos principios. El resultado sería un entorno estable y seguro, pero no tan atractivo como el sistema actual.

Para empezar, los ataques preventivos contra objetivos específicos serían bien aceptados: no se esperaría que nadie pidiera permiso al país escogido. Por ejemplo, la misión del avión estadounidense no tripulado Predator, que abatió a seis terroristas en Yemen en 2002, podría realizarse sin el consentimiento de ese Gobierno. Ataques así serán más frecuentes y se emprenderán incluso contra países que no suponen una amenaza inminente. La invasión de Irak por EE UU ya no sería una aberración. Se aceptaría el principio de la guerra preventiva a gran escala, y las grandes potencias dejarían de someterse a las deliberaciones de Naciones Unidas. Como mucho, intentarían aumentar la legitimidad de sus acciones y tranquilizar a otros países buscando el respaldo de instituciones más afines (una entidad consolidada como el G-8, organizaciones regionales como la OTAN o la Unión Europea, o una coalición ad hoc).

La igualdad de soberanía ("un país, un voto") se acabaría. Las grandes potencias prescindirían de los países con escasos recursos y poderes para obtener legitimidad. La independencia de un país no daría acceso automático a las organizaciones internacionales, incluyendo las instituciones financieras. Ser miembro de la ONU dependería de la capacidad de cada país de controlar con eficacia su integridad territorial o, al menos, las actividades que puedan suponer una amenaza para los demás. Y Naciones Unidas se vería desplazada por nuevas organizaciones, con condiciones de ingreso más duras, a la hora de tomar decisiones en las que ahora es clave, como autorizar el uso de la fuerza o juzgar el comportamiento de los gobiernos en materia de derechos humanos. Una podría ser, fortalecida, la Comunidad de Democracias, creada en 2000 por ministros de Exteriores de más de cien países. Las grandes potencias podrían retirar su reconocimiento diplomático a ciertos Estados fallidos o a punto de serlo.

Los Estados poderosos amenazados por el terrorismo ejercerían individualmente actividades policiales en zonas desgobernadas, sin pedir permiso. Podrían arrestar a los sospechosos de terrorismo y trasladarlos a zonas bajo su jurisdicción sin reconocer la legitimidad de un proceso de extradición. En algunas circunstancias las grandes potencias ocuparían zonas que podrían servir de refugio a terroristas, desplegando tropas en regiones fuera del control del Ejecutivo soberano. En última instancia, resucitarían de forma explícita los protectorados. Los países en desarrollo rechazarían estas iniciativas y la legitimidad habría de buscarse fuera de la ONU. Los protectorados podrían crearse por acuerdo entre un número limitado de Estados poderosos. El país objetivo sería declarado una amenaza para la paz y la seguridad internacionales, y sus estructuras internas, incapaces para el gobierno responsable. Un consorcio de grandes potencias asumiría la autoridad.

El derecho de un Estado a controlar sus recursos (principalmente el petróleo) en su territorio también desaparecería. Adiós a los tiempos en que el mundo industrializado proporcionaba a Arabia Saudí y a otros productores de petróleo miles de millones de dólares (que se han empleado en parte para apoyar actividades que fomentan y financian el terrorismo). Las exigencias económicas y la aceptación generalizada de las normas convencionales han disuadido a muchos países de desafiar la soberanía de los Estados petroleros; eso no sucedería en un mundo transformado por ataques megaterroristas. Se paralizarían las actividades que han financiado acciones terroristas o minado la estabilidad de algunos países y se someterían al control de una agencia internacional. Los ingresos de las exportaciones se emplearían para financiar el desarrollo económico en el mundo subdesarrollado.

Aunque con frecuencia se han roto las reglas convencionales de soberanía, sobre todo la no intervención, no parece haber surgido un principio de ordenación mejor en los últimos siglos, pero estamos empezando a ver aumentar la tensión entre el creciente número de Estados incapaces de administrar sus problemas y los poderosos, que tienen los medios y la capacidad para arreglar la situación. No hay todavía una demanda importante de cambio de reglas porque no se aprecian con claridad otras nuevas que protejan los intereses de seguridad de los poderosos. El día después de un ataque megaterrorista, sin embargo, las potencias no tolerararán la disparidad entre reglas y capacidades.



El autor de este artículo, STEPHEN KRASNER, es director del Centro para la Democracia, el Desarrollo y el Estado de Derecho y catedrático de Relaciones Internacionales en la Universidad de Stanford (EE UU).

¿Cuándo pedirán perdón?

¿Cuándo pedirán perdón?

... por Vicenç Navarro.

Durante los años del Gobierno de Unidad Popular de Salvador Allende asesoré a aquel Ejecutivo chileno, trabajando con mi buen amigo Gustavo Molina (que dirigía el Servicio Nacional de Salud y era también el médico personal del presidente Allende) en las reformas sanitarias orientadas hacia la expansión de la cobertura a las clases populares. También colaboré con Hugo Behm, uno de los epidemiólogos más conocidos de América Latina y decano entonces de la Escuela de Salud Pública de aquel país, una de las mejores del continente. El 11 de septiembre de 1973, cuando ocurrió el golpe militar contra el Gobierno democráticamente elegido, estaba yo de vacaciones en Baltimore (EEUU), ciudad donde está ubicada la Johns Hopkins University, de la cual estaba en excedencia para asesorar al Gobierno chileno.

Ese día, Molina, Behm y muchos amigos míos fueron detenidos, torturados y encarcelados en condiciones atroces junto con miles de chilenos que habían colaborado con el Gobierno democrático.

El rechazo a aquel golpe militar fue mundial. En EEUU, la Asociación Norteamericana de Salud Pública (que condenó el golpe y el apoyo que le proporcionó la Administración de Richard Nixon) nombró a Behm (preso en un campo de concentración) presidente honorario, en un acto de solidaridad internacional.

A través de sus familiares pude ir siguiendo el terror y la brutalidad de aquella dictadura, y también el silencio del establishment chileno (las Fuerzas Armadas, la Policía, la Iglesia, la Judicatura, la prensa y otros medios de información, y la universidad, entre otros) frente a aquellos atropellos de la dictadura, realizados de una manera sistemática y como parte de su política del terror.

Veinticinco años después, voces aisladas primero, y representantes institucionales después, han comenzado a romper aquel silencio, y poco a poco han ido admitiendo el error y pidiendo perdón por su participación en aquel terror, o por su silencio y complicidad con aquella horrible violación de los derechos humanos. Es para mí una alegría que se publicara un testimonio de aquellos hechos tal como ha realizado la Comisión sobre Prisión Política y Tortura, y que los medios de información españoles hayan ido dando amplia y completa cobertura de aquel terror. Pero tengo que admitir que estas noticias me crean también una enorme frustración. ¿Por qué? LA RAZÓN es que viví otro Chile en mi propio país muchos años antes. En 1936 un golpe militar en España interrumpió otro Gobierno democráticamente elegido en el que millones de españoles, incluyendo mis padres y familiares, habían depositado su confianza y sus ilusiones de crear un mundo mejor para nosotros, sus hijos. Aquel compromiso suyo les valió una enorme represión. Yo fui testigo de ella. Primero en mis padres, familiares y miles y miles de españoles; y más tarde en mí mismo (cuando en los años 50 y principios de los 60 luché en la clandestinidad contra aquella dictadura hasta que tuve que irme de mi país iniciando un largo exilio). En realidad, la dictadura que aquel golpe militar estableció fue incluso más brutal, si cabe, que la pinochetista. El atropello de los derechos humanos tales como violaciones, vejaciones sexuales y torturas eran prácticas comunes entre las tropas franquistas y en los aparatos represivos del Estado. Y cuando volví del exilio casi nadie hablaba de ello. Se habían olvidado, entre otros hechos, las arengas del general Queipo de Llano invitando a sus tropas a violar a las mujeres republicanas para demostrar su hombría. Y las horribles torturas y experimentos médicos que se realizaban sistemáticamente a los prisioneros en los campos de exterminio y de concentración franquistas en nuestro país. Se había olvidado también la tortura sistemática durante la dictadura en las sedes de la policía política, la Brigada Político Social, realizada con un sadismo increíble por su crueldad, y que llevó al suicidio a no pocos detenidos.

Pero lo que ha ocurrido en España ha sido incluso peor que el olvido. Ha habido una tergiversación sistemática de nuestra realidad, negando la naturaleza de aquel terror. Queipo de Llano y muchos otros generales golpistas, incluyendo a Franco, continúan siendo homenajeados en monumentos, calles y plazas de nuestro país. Y aquí en España, casi 70 años después del inicio de aquellos atropellos, y 25 después del establecimiento de la democracia, ninguna institución conservadora relacionada con la dictadura ha reconocido el error y pedido perdón. Esta es mi desazón y frustración.

¿CÓMO ES que las Fuerzas Armadas no han pedido perdón por su participación en aquellos atropellos, ni han condenado el golpe, ni han homenajeado a los militares leales a la República?

¿Cómo es que la Iglesia no ha pedido perdón por su apoyo y bendición a aquel golpe y a la dictadura sangrienta que estableció, plenamente consciente de la violación de los derechos humanos en los que participó?

¿Cómo es que la judicatura no ha pedido perdón no sólo por su silencio, sino por el mantenimiento de unas leyes represivas?

¿Cómo es que grandes sectores del mundo empresarial no han pedido perdón por su aprovechamiento de la ausencia de derechos humanos tan esenciales como el de sindicalización, imponiendo salarios muy bajos y condiciones laborales muy deterioradas durante la dictadura?

¿Cómo es que los medios de información conservadores no han pedido perdón por su silencio durante todos aquellos años, a pesar de que sabían de la brutalidad de aquel régimen?

¿Cuándo pedirán perdón aquellos intelectuales que mantuvieron silencio escudándose en un inexistente equilibrio de brutalidades entre los dos bandos del conflicto?

¿Hasta cuándo durará esta situación?.