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Los Borbones

Los Borbones

FELIPE V.

(1700-1724) 1º reinado
(1724-1746) 2º reinado


Felipe V, duque de Anjou, también conocido como el Animoso, nació el 19 de diciembre de 1683 en Versalles. Su abuelo fue el rey francés Luis XIV y sus padres el Gran Delfín de Francia, Luis y María Ana Victoria de Baviera.

Heredó el trono español al morir Carlos II (último monarca de la casa de Austria o Habsburgo en España) sin descendencia y nombrarlo éste como heredero a su muerte en 1700, convirtiéndose así en el primer Borbón de la línea dinástica española con la condición de que la nueva dinastía no podría jamás unirse con la francesa. En 1701 juró como rey de España ante las Cortes castellanas.

Este nombramiento no agradó a los Austrias que veían con derechos más legítimos para el trono al archiduque Carlos, lo que provocó un enfrentamiento entre el rey de Francia, Luis XIV, el emperador de Austria y los países aliados de ambos bandos. Esta llamada guerra de Sucesión de España terminó con los Tratados de Utrech en 1713 y con el de Rastadt al año siguiente, en los que se reconocía a Felipe como rey de España pero a cambio se perdieron los territorios europeos en Italia que pasaron y en los Países Bajos que pasaron al Imperio y a Saboya respectivamente, se cedía Menorca y Gibraltar a Gran Bretaña y se entregó a Portugal la colonia del Sacramento.

Hasta mediados de la segunda década del XVIII, la política de Felipe V estuvo muy marcada por la influencia francesa a través de Orry y de la princesa de los Ursinos. Bajo su reinado se inició la renovación de la cultura en España, en ciencias, literatura, filosofía, arte, política, religión y economía. En 1712 aún no acabada la guerra de Sucesión, se fundó la Biblioteca Nacional; un año después, se creaba la Academia de la Lengua y, más tarde, las de Medicina, Historia... todas ellas a imitación de las Academias francesas

En política interior se ocupó de la creación de secretarías y de intendencias así como de llevar a cabo una centralización y unificación administrativa con los Decretos de Nueva Planta, aboliendo los fueros aragoneses y valencianos

Tras la muerte de su primera esposa, María Luisa de Saboya, Felipe contrajo de nuevo matrimonio en 1714 con Isabel de Farnesio, que le dio siete hijos: entre ellos el que sería Carlos III, y Felipe, duque de Parma. El nuevo matrimonio supuso un cambio del influjo francés por el italiano, realizando a partir de entonces una política que solicitaba una revisión de lo pactado en Utrech y la recuperación de los territorios italianos. El Cardenal Alberoni dirigió en un primer momento esta política reivindicatoria, pero la Cuádruple Alianza integrada por Gran Bretaña, Francia, Países Bajos y el Imperio, puso fin a estos intentos. Se fracasó asimismo en los intentos por recuperar Menorca y Gibraltar.

En enero de 1724, Felipe V abdicó de forma inesperada en su hijo Luis, primogénito de su primer matrimonio con María Luisa de Saboya, pero tras la temprana muerte de Luis I, en agosto del mismo año, Felipe volvió a reinar España.

Este segundo reinado de Felipe V supuso un cambio en la política anterior a su abdicación, con miras más españolas que italianizantes y rodeándose de ministros españoles. Entre ellos, José Patiño, político, diplomático y economista; José del Campillo, hacendista; y, luego, el marqués de la Ensenada, gran político y magnífico planificador de la economía.

La alianza familiar con Francia a través de los Pactos de Familia hizo que el ejército español ayudara al francés en las guerras de Sucesión polaca y austriaca, y posibilitó que el hijo mayor de Isabel de Farnesio, Carlos, se convirtiera en rey de Nápoles y Sicilia, llegando a ser también más tarde rey de España como Carlos III; y el otro, Felipe, en duque de Parma, Plasencia y Guastalla.

El 9 de julio de 1746, Felipe V murió en Madrid, sucediéndole en el trono su hijo Fernando VI. Por expreso deseo del monarca, su cuerpo fue enterrado en el palacio de la Granja de San Ildefonso.



LUIS I.

(1724)


Luis I, el Bien Amado, primer Borbón nacido en España, vio la luz el 25 de agosto de 1707 en el palacio del Buen Retiro. Hijo de Felipe V y de María Luisa Gabriela de Saboya. A los siete años de edad quedó huérfano de madre y una rígida tutela a cargo de la princesa de Ursinos y del desamor de su madrasta, Isabel de Farnesio, hicieron que su infancia fuera triste y desgraciada.

En 1709 fue proclamado príncipe de Asturias y en 1722 se casó con Luisa Isabel de Orleans, hija de Felipe de Orleans, regente de Francia.

Felipe V abdicó inesperadamente, en enero de 1724, en su hijo Luis, cuando éste contaba con diecisiete años, inexperto y no preparado para reinar.

A pesar de que su padre seguía sus movimientos desde el Palacio de la Granja de San Ildefonso, Luis se rodeó durante su escaso reinado de una serie de tutores que intentaban separarlo de la influencia paterna dando un giro a su política, despreocupándose de la recuperación de las posesiones italianas perdidas en la guerra de sucesión y centrándose más en América y el Atlántico.

Pero la política de Luis I quedó inédita, ya que el 31 de agosto murió de viruelas, a los siete meses de subir al trono. Felipe V asumió entonces por segunda vez el gobierno de la corona española.

Su cuerpo recibió sepultura en el Panteón de los Reyes del monasterio de El Escorial.


FERNANDO VI.

(1746 - 1759)


Fernando VI, el Prudente, nació el 23 de septiembre de 1713 en Madrid, tercer hijo de Felipe V y de su primera esposa María Luisa Gabriela de Saboya.

Fue jurado príncipe de Asturias en 1724. Cinco años más tarde se casó con Bárbara de Braganza, hija de Juan V de Portugal y de la archiduquesa Mariana de Austria.

En 1746 heredó el trono español a la muerte de su padre. Fernando no era un hombre de gran talento, pero tenia las cualidades necesarias para ser un buen monarca: rectitud de carácter, sentido de dignidad y saber escoger a sus colaboradores. Su política fue la de sus ministros, muy eficaces y con programas reformistas de gobierno como el marqués de la Ensenada, -partidario de la alianza francesa-, que ejerció varias secretarías; José de Carvajal, -partidario de la unión con Inglaterra-, como secretario de Estado; o el jesuita Francisco Rávago como confesor real.

Su reinado se caracterizó por el mantenimiento de la paz y la neutralidad frente a Francia e Inglaterra, mientras ambas intentaban la alianza con España. Esta situación fue aprovechada por el marqués de la Ensenada para proseguir los esfuerzos de reconstrucción interna iniciados en el reinado de Felipe V. En 1754 este equipo de gobierno desapareció con la muerte de Carvajal y con el alejamiento motivado del marqués de la Ensenada, y la desposesión del confesionario regio del padre Rávago.

El gobierno posterior, encabezado por Ricardo Wall, más anglófilo, se encaminó hacia la ruptura de la neutralidad anterior.

En el interior del país se fomentó la construcción naval para la Armada, la construcción de caminos, canales y puertos.

Fernando VI siguió en la línea de fomento de la cultura iniciada por sus antecesores, con medidas que posibilitaron la penetración de la Ilustración y la ruptura definitiva del aislamiento en que estuvo sumida España desde 1559. Prueba de ello, fue, entre otras, la fundación de la Academia de San Fernando de Bellas Artes en 1752.

La política americana era muy productiva en sus aportaciones al tesoro del reino. Pero este equilibrio se vio amenazado debido a una expedición de portugueses que se asentaron en la colonia de Sacramento, al norte del río de la Plata, poniendo en peligro el comercio y la seguridad de la zona. Para solucionar este problema con Portugal, Carvajal negoció un cambio de posesiones para llegar a un acuerdo pacífico, reflejado en el Tratado de Madrid de 1750, según el cual los portugueses cedían la colonia del Sacramento, pero a cambio se cedían territorios cercanos donde estaban asentadas varias reducciones jesuíticas de los indios guaraníes que tenían que ser deportados a otros lugares y eran hostiles a ser dominados por Portugal, estableciendo los límites geográficos de ambos países en aquellas colonias.. Las resistencias de los indios y ciertos informes de algunos jesuitas con este motivo de las reducciones prestarían argumentos contrarios a la Compañía de Jesús a la hora de su expulsión. Ensenada acudió a Carlos, futuro Carlos III, para que protestase ante su hermanastro cancelándose el tratado de límites, pero esta maniobra supuso la caída de Ensenada.

Por otra parte, el regalismo alcanzó pleno éxito en el Concordato de 1753 con los Estados Pontificios, beneficioso para el control de la Iglesia puesto que atribuía al rey el patronato universal.

El último año de su vida, y a consecuencia de la muerte de Carvajal, de la reina y el destierro de Ensenada sumieron al rey en la locura, siendo recluido en Villaviciosa de Odón, Madrid. Con una España sin rey y una administración paralizada, la monarquía siguió funcionando hasta que llegó de Nápoles su hermanastro Carlos para hacerse cargo del trono una vez que falleció FernandoVI, sin descendientes, el 10 de agosto de 1759, con cuarenta y cinco años de edad y trece de reinado.


CARLOS III

(1759 - 1788)

El 20 de enero de 1716, entre las tres y las cuatro de la madrugada, en el viejo, inmenso y destartalado Alcázar, nacía el niño que con el paso de los años iba a ser investido como rey de España con el nombre de Carlos III. Fruto del matrimonio de Felipe V con su segunda esposa, la parmesana Isabel de Farnesio, mujer de fuerte personalidad y opinión política propia, el nuevo infante venía al mundo con pocas posibilidades de ser proclamado rey de la vasta Monarquía hispana. Su infancia transcurrió dentro de los cánones establecidos por la familia real española para la educación de los infantes. Hasta la edad de los siete años fue confiado al cuidado de las mujeres, siendo su aya la experimentada María Antonia de Salcedo, persona a la que siempre guardó gratamente en su recuerdo. Después tomaron el relevo los hombres, comandados por el duque de San Pedro y un total de catorce personas que iban a conformar el cuarto del infante. El niño "muy rubio, hermoso y blanco" del que nos habla su primer biógrafo coetáneo, el conde de Fernán Núñez, gozó durante su primera infancia de buena salud, amplios cuidados y una enseñanza rutinaria dentro de lo que se estilaba en la corte española. Además de las primeras letras, Carlos recibiría una educación variada propia de quien el día de mañana podía ser un futuro gobernante. Así, la formación religiosa, humanística, idiomática, militar y técnica se combinaría durante años con la cortesana del baile, la música o la equitación para ir forjando la personalidad de un joven de buen y mesurado carácter, solícito a las sugerencias paternas y educado en la convicción de la evidente supremacía de la religión católica. También fue en su más tierna infancia cuando Carlos se aficionó a la caza y a la pesca, pasiones, especialmente la primera, que nunca abandonaría a lo largo de su vida.

Pronto el infante Carlos empezó a entrar en los planes de la diplomacia española y en las cábalas de Isabel de Farnesio, estas últimas destinadas a dar a su primogénito una posición acorde con su rango real. En la política internacional de los gobiernos felipinos, alentada por el irredentismo italiano que anidaba en la Corte madrileña desde que las cláusulas más lesivas del Tratado de Utrecht (1714) habían dejado a España fuera de la península transalpina, Carlos iba a revelarse como una pieza importante. Tras numerosas vicisitudes bélicas y diplomáticas en el complicado cuadro europeo, se presentó la ocasión propicia para que Carlos pudiera alcanzar un sillón de mando en Italia. La misma tuvo lugar con la muerte sin descendencia, en 1731, del duque Antonio de Farnesio, precisamente el día en que Carlos cumplía quince años, lo que propició que el joven infante fuera encauzado hacia los caminos de Italia. Primero se asentaría en los pequeños pero históricos ducados de Toscana, Parma, Plasencia, donde permanecería muy poco tiempo, pues los acontecimientos bélicos derivados de la cuestión sucesoria de Polonia lo condujeron finalmente a ser proclamado rey de las Dos Sicilias el 3 de julio de 1735 en Palermo, contando tan solo con diecinueve años de edad.

Nápoles no fue para Carlos un destino intermedio en espera del gran reino de España. Allí vivió un cuarto de siglo, allí emprendió una política reformista en un complicado país dominado por las clases privilegiadas y allí constituyó, con su amada esposa María Amalia, una familia numerosa de trece hijos, siete mujeres y seis varones. Durante su reinado napolitano, Carlos configuró definitivamente su carácter y su modelo de reinar, siempre ayudado por su consejero personal Bernardo Tanucci y siempre tutelado por sus padres desde Madrid. En términos generales aprendió a ser un rey moderado en la acción de gobierno, un soberano que supo animar una política reformista que sin acabar con todos los problemas que sufría el abigarrado pueblo napolitano y sin menoscabar los poderes esenciales de la nobleza, al menos sí consiguió que el reino se consolidara como tal, que fuera cada vez más italiano y que tuviera una cierta consideración en el concierto internacional.

Cuando ya pensaba que su destino último era Nápoles, la muerte sin descendencia de su hermanastro Fernando VI lo condujo de vuelta a su patria de nacimiento. Carlos cumplió así con unos designios testamentarios que en buena parte él consideraba dictados por la Divina Providencia. Dejando como rey de las Dos Sicilias a su hijo Fernando IV y siendo despedido con afecto por el pueblo, embarcó rumbo a Barcelona, donde el calor popular vino a demostrar que las heridas de la Guerra de Sucesión cada vez estaban más cicatrizadas.

El rey que Madrid recibió el 9 de diciembre de 1759, en medio de una incesante lluvia, era un monarca experimentado y maduro, como gobernante y como persona, lo cual representaba una cierta novedad en la historia de España. En estos primeros tiempos madrileños, Carlos vivió una experiencia familiar agradable y otra amarga. La primera se produjo por la designación de su primogénito, el futuro Carlos IV, como heredero de la corona española, sobre lo cual existían algunas dudas dado que había nacido fuera de España. El segundo, fue la desaparición de su esposa, que con la salud quebradiza y con cierta nostalgia napolitana no pudo superar el año de estancia en España. Esta muerte afectó seriamente a Carlos, que ya no volvería a desposarse nunca más pese a algunas insistencias cortesanas.

El monarca que España iba a tener en los próximos treinta años mantendría una misma tónica de comportamiento en su vida personal. Según todos los datos recogidos por sus biógrafos, era una persona tranquila y reflexiva, que sabía combinar la calma y la frialdad con la firmeza y la seguridad en sí mismo. Cumplidor con el deber, fiel a sus amigos íntimos, conservador de cosas y personas, era poco dado a la aventura y no estaba exento de un cierto humor irónico. Dotado de un alto sentido cívico en su acción de gobierno, tenía en la religión la base de su comportamiento moral, lo que le llevaba a sustentar un acusado sentido hacia los otros y una cierta exigencia sobre su propio comportarse, que concebía siempre como un modelo para los demás, fueran sus hijos, sus servidores o sus vasallos.

En cuanto a su apariencia personal, bien puede decirse que no era nada agraciado. Bajo de estatura, delgado y enjuto, de cara alargada, labio inferior prominente, ojos pequeños ligeramente achinados, su enorme nariz resultaba el rasgo más distintivo de toda su figura. A todo ello había que añadir un progresivo ennegrecimiento de su piel a causa de la actividad física de la caza, práctica cinegética que continuadamente realizaba no solo por motivos placenteros, sino como una especie de terapia que él consideraba un preventivo para no caer en el desvarío mental de su padre y de su hermanastro. El retrato con armadura pintado por Rafael Meng confirma los rasgos físicos del Carlos maduro y la pintura de Goya, presentándolo en traje de caza, con una leve sonrisa en los labios entre burlona y bondadosa, lo ha inmortalizado como un rey campechano y poco preocupado por la elegancia en el vestir.

A pesar de residir en la Corte (no realizó ningún viaje fuera de los Sitios Reales), era un mal cortesano, al menos en los usos y costumbres de la época. No le divertían los grandes espectáculos, ni la ópera ni la música. Su vida era metódica y rutinaria, algo sosa para lo que su posición privilegiada le hubiera permitido. Se despertaba a las seis de la mañana, rezaba un cuarto de hora, se lavaba, vestía y tomaba el chocolate siempre en la misma jícara mientras conversaba con los médicos. Después oía misa, pasaba a ver a sus hijos y a las ocho de la mañana despachaba asuntos políticos en privado hasta las once, hora en la que se dedicaba a recibir las visitas de sus ministros o del cuerpo diplomático. Tras comer en público con rutina y frugalidad - en verano dormía la siesta pero no en invierno - invariablemente salía por las tardes a cazar hasta que anochecía. Vuelto a palacio departía con la familia, volvía a ocuparse de los asuntos políticos y a veces jugaba un rato a las cartas antes de cenar, casi siempre el mismo tipo de alimentos. Después venía el rezo y el descanso. A diferencia de otras cortes europeas del momento, la carolina se comportó siempre con una evidente austeridad. Quizá esta vida rutinaria fue en parte la que le permitió ser un rey con excelente salud, pues salvo el sarampión de pequeño no tuvo importantes achaques hasta semanas antes de su muerte.

Carlos fue un rey muy devoto, con un sentido providencialista de la vida ciertamente acusado. Su pensamiento, su lenguaje y sus actos estuvieron siempre impregnados por la religión católica. Aunque no puede decirse que fuera un beato, resultó desde luego un creyente fervoroso, con gran devoción por la Inmaculada Concepción y por San Jenaro (patrón de Nápoles). De misa y rezo diarios, era un hombre preocupado por actuar según los dictados de la Iglesia para conseguir así la eterna salvación de su alma, asunto que consideraba de prioritario interés en su vida. Esta profunda religiosidad, sin embargo, no fue obstáculo para dejar bien sentado que, en el concierto temporal, el soberano era el único al que todos los súbditos debían obedecer, incluidos los eclesiásticos.

Estaba profundamente convencido de la necesidad de practicar su oficio de rey absoluto al modo y manera que reclamaban los tiempos. Cualquier opinión acerca de que era un mero testaferro de sus ministros deber ser condenada al saco de los asertos sin fundamentos. Él era quien elegía a sus ministros y quien supervisaba sus principales acciones de gobierno, y si bien tenía querencia por mantenerlos durante largo tiempo en sus responsabilidades, no dudaba tampoco en cambiarlos cuando la coyuntura política así se lo daba a entender. Lo que sí hacía era trasladarles la tarea concreta de gobierno. Una labor para la que requería ministros fieles y eficaces, técnicamente dotados y con claridad política suficiente como para comprender que todo el poder que detentaban procedía directa y exclusivamente de su real persona. Escuchaba mucho y a muchos, era difícil de engañar y los asuntos realmente importantes los decidía personalmente. Su correspondencia con Tanucci y los testimonios de grandes personajes del siglo atestiguan que podía pasarse una parte del día cazando, pero que los principales asuntos de Estado solía llevarlos en primera persona y con conocimiento de causa. Carlos siempre mantuvo el timón de la nave española y siempre fue él quien fijó su rumbo. Así lo pudieron constatar personajes políticos de la talla de Wall, Grimaldi, Esquilache, Campomanes, Floridablanca o Aranda, entre otros.

Comandando estos hombres, y con la experiencia siempre presente de lo que había acometido ya en Italia, trazó un plan reformista heredado en gran parte de sus antecesores, un plan que buscaba favorecer el cambio gradual y pacífico de aquellos aspectos de la vida nacional que impedían que España funcionara adecuadamente en un contexto internacional en el que la lucha por el dominio y conservación de las colonias resultaba un objetivo prioritario de buena parte de las grandes potencias europeas, en especial de Inglaterra, que fue la mayor enemiga de Carlos debido a sus aspiraciones sobre los territorios españoles en América. Una política de cambios moderados y graduales en la economía, en la sociedad o en la cultura, que no tenía como meta última la de finiquitar el sistema imperante, que Carlos consideraba básicamente adecuado, sino dar a la Monarquía un mejor tono que le permitiera ser más competitiva en el marco internacional y mejorar su vida interna, fines ambos que eran vasos comunicantes en el pensamiento carolino. Así pues, Carlos fue un actor principalísimo, el "nervio de la reforma", en la continuidad del regeneracionismo inaugurado por su dinastía desde las primeras décadas del siglo: no se inventó la reforma de España, pero estuvo sinceramente al frente de la misma durante la mayor parte de su reinado. Sin ser un intelectual, su educación le llevó a la profunda creencia de que el más alto sentido del deber de un monarca era engrandecer la Monarquía y mejorar la vida de su pueblo. Y ese profundo convencimiento lo animaría a liderar una renovación del país a través de una práctica a medio camino entre el idealismo moderado y el pragmatismo político.

Como es natural, la edad fue mermando en Carlos sus ímpetus de gobierno. En los últimos años de su vida, su progresiva pérdida de facultades lo condujeron a delegar cada vez más la tarea de gobernar en manos del conde de Floridablanca, que llegó a convertirse en su verdadero primer ministro. Tras cincuenta años de reinado, entre Nápoles y España, aunque no perdía el hilo de las cuestiones fundamentales, el rey fue comprendiendo que ya no era el de antes. De hecho, en el crepúsculo de su vida, se encontró bastante solo. Ya no tenía esposa, la mayoría de sus hermanos habían muerto, las relaciones con su otrora fraternal hermano Luis eran precarias, las que mantenía con su hijo Carlos, el futuro heredero, no eran demasiado fluidas, y sin duda resultaban tensas las existentes con su hijo Fernando, rey de Nápoles. Además, en 1783, había muerto su viejo amigo Tanucci y cinco años más tarde el mazazo de la muerte de su querido hijo Gabriel y de su esposa fue el principio del fin para Carlos: "Murió Gabriel, poco puedo yo vivir", anunció con cierta premonición. Y, en efecto, Carlos no se equivocaba. Aquel iba a ser su último invierno. Tras una breve enfermedad, el 14 de diciembre de 1788, fallecía sin aspavienteos, sin espectáculo, con sobriedad, y sin locura alguna, lo que debió ser para él un íntimo alivio.

Desde luego, el reformismo moderado que siempre practicó en política no sirvió para arreglar definitivamente los profundos problemas que albergaban los dos reinos que tuvo que gobernar. No fueron pocas, incluso, las contradicciones existentes en la política carolina en parte propiciadas por el carácter y el ideario real y en parte por un mundo cambiante que se debatía entre lo nuevo y lo viejo, entre la fuerza de las innovaciones y el peso de la tradición. En el caso de España, no todas las enfermedades estaban sanadas cuando desapareció, pero, como ocurrió en Nápoles treinta años antes, bien puede decirse que su salud era mejor que al principio de su reinado. Al menos, en España pudo cumplir con lo que fue una de sus promesas más queridas: que nadie extirpara del cuerpo de la Monarquía ninguna de sus partes. En el complicado intento de mantener y renovar una Monarquía instalada en el Viejo y el Nuevo Mundo, bien puede afirmarse que Carlos III se apuntó más logros en su haber que deficiencias en su debe.


CARLOS IV.

(1788 - 1808)

Nació el 11 de noviembre de 1748 en Nápoles. Hijo de Carlos III y María Amalia de Sajonia.

Heredó la corona de España a la muerte de su padre, siendo rey desde 1788 a 1808.

El 4 de septiembre de 1765, se celebró en Parma, la boda por poderes entre Carlos Antonio, Carlos IV y María Luisa de Parma.

Los primeros años de su reinado estuvieron marcados por la política que ejercieron los ministros Floridablanca y el Conde de Aranda, pero a partir de 1793 la dirección del país la tomó el valido del rey, Godoy.

Con Floridablanca como primer ministro afrontó los difíciles días de la Revolución Francesa que atacaba al poder monárquico e intentó mantener los derechos de Luis XVI, pero el temor a una guerra y las presiones de sus enemigos personales, hicieron que el rey decidiera su sustitución por Aranda, defensor de una nueva visión de los acontecimientos y tendente a una convivencia indecisa con la nueva Francia a la que intentó acercarse aprovechando su imagen exterior, pero, contra la que defendía a España de un contagio revolucionario. Toda Europa se alió contra Francia, mientras Aranda pretendía una solución pacifica. Francia se defendió de los ataques comenzando así, en 1793, la Guerra contra la Convención, en la que España participó aliada con Inglaterra.

La guerra supuso la caída de Aranda y la sustitución por Godoy, quien ante los avances territoriales de la República francesa en la Península, y las capitulaciones de ciertos estados europeos ante lo inevitable, optó por abandonar la alianza con Inglaterra y por una paz que cuesta a España media isla de Santo Domingo y la promesa de no tomar represalias contra los afrancesados del País Vasco.

Desde este momento España se vio cada vez más atada a la política francesa lo que fue más evidente con la llegada al poder en Francia de Napoleón y sus ideas expansionistas el enfrentamiento franco-inglés y las consecuentes represalias contra Portugal a las que Godoy contribuyó y que desembocaron en la Guerra de las Naranjas, en 1801, contra Portugal y en el Tratado de Fontainebleau de 1807 mediante el cual España y Francia ocuparían Portugal, que quedaría dividida en tres partes.

Los ejércitos franceses de Junot entraron en Lisboa y la familia real portuguesa huyó a Brasil mientras en España quedaron tropas francesas, en tránsito teórico hacia Portugal, para evitar un desembarco inglés. El desprestigio de Godoy se acrecentó, el príncipe Fernando se alzó contra el gobierno de su padre, al que solicitó que abdicase, produciéndose así el Motín de Aranjuez de marzo de 1808 en el que Carlos IV abdicó y Godoy fue encarcelado.

Carlos pidió a Napoleón que mediara para recuperar el trono que su propio hijo le había usurpado. En Bayona, donde estaba exiliado Carlos IV, y ante el gobernante francés, se reunieron padre e hijo. Napoleón intercedió para que Fernando abdicase de nuevo en su padre, con el que tenía pactada otra abdicación a favor del hermano de Napoleón, José Bonaparte, con la que ambos abdicaron de sus derechos al Trono español, que pasó a manos de José I Bonaparte. Era el 2 de mayo de 1808; la guerra contra la presencia francesa en España había empezado, era la Guerra de Independencia.

Carlos IV estuvo exiliado durante once años y después se fue a Italia en donde, el 19 de enero de 1819, a los setenta años de edad, murió en Nápoles.


FERNANDO VII.

(1808) 1º reinado
(1813 - 1833) 2º reinado


Fernando VII, el Deseado, nació en El Escorial el 14 de octubre de 1784. Era el tercer hijo de Carlos IV y de María Luisa de Parma.

Con la subida al Trono de su padre, en 1788, Fernando era reconocido como príncipe de Asturias por las Cortes.

El canónigo Escoiquiz, principal artífice de la Conspiración de El Escorial, fue durante varios años su preceptor quien le inculcó la desconfianza y un feroz odio a sus padres y a Godoy por manipularlos a su antojo. Su carácter se hizo frío, reservado e impasible a cualquier sentimiento.

En 1802 se casó con María Antonia de Nápoles. Con el tiempo, su esposa le tomó afecto y le hizo afirmar su personalidad. Tras el fallecimiento de la princesa, en 1806, Escoiquiz recuperó toda su influencia sobre Fernando, alentándole en sus conspiraciones, hasta que fue descubierto dando lugar al conocido proceso de El Escorial. Un par de meses más tarde, el Motín de Aranjuez provocó que Godoy fuese destituido y Carlos IV abdicara en su hijo. Así, Fernando VII comenzó a reinar el 19 de marzo de 1808 con la aclamación popular, que no veía en él a un mal hijo sino a una víctima más de Godoy.

En 1808, Napoleón Bonaparte convocó a Fernando VII en Bayona, donde estaba Carlos IV exiliado, para que renunciase a la Corona española. Napoleón nombró rey de España a su hermano José, que reinaría en España como José I hasta 1813, mientras tenía lugar la Guerra de la Independencia.

Durante la Guerra de la Independencia, el Consejo de Regencia reunió, en 1810, las Cortes en Cádiz y se declaró «único y legítimo rey de la nación española a don Fernando VII de Borbón», así como nula y sin efecto la cesión de la Corona a favor de Napoleón. Las derrotas de las tropas francesas, a manos de los españoles, llevaron a la firma del Tratado de Valençay el 11 de diciembre de 1813 por el que la Corona española era restaurada en la persona de Fernando.

Fernando VII regresó a España en 1814. Un grupo de diputados absolutistas le presentó el denominado Manifiesto de los Persas, en el que le aconsejaban la restauración del sistema absolutista y la derogación de la Constitución elaborada en las Cortes de Cádiz de 1812.

En los primeros años de su gobierno tuvo lugar una depuración de afrancesados y liberales. Los pronunciamientos liberales del Ejército obligaron al Rey a jurar la Constitución, poniendo en marcha el llamado Trienio Liberal o Constitucional (1820-1823) donde se continuó la obra reformista iniciada en 1810: abolición de los privilegios de clase, señoríos, mayorazgos y la Inquisición, se preparó el Código Penal y volvió a estar vigente la Constitución de 1812.

Desde 1822, toda esta política reformista tuvo su respuesta en una contrarrevolución surgida en la Corte, la denominada Regencia de Urgell, apoyada por elementos campesinos y, en el exterior, con la Santa Alianza que, desde el centro de Europa, defendía los derechos de los monarcas absolutos. Al año siguiente se iniciaría la llamada Década Ominosa que consolida el absolutismo como forma de gobierno, coincidiendo con la independencia de la mayoría de las colonias americanas.

El 7 de abril de 1823 entraron en España las tropas francesas mandadas por el Duque de Angulema, los Cien Mil Hijos de San Luis, a los que se sumaron tropas realistas españolas. Sin apenas oposición, el absolutismo fue restaurado.

La última etapa del reinado de Fernando VII fue de nuevo absolutista. Se suprimió nuevamente la Constitución y se restablecieron las instituciones existentes en enero de 1820, salvo la Inquisición. Los años finales del reinado se centraron en la cuestión sucesoria: a pesar de haber contraído matrimonio en cuatro ocasiones, sólo su última mujer le dio descendientes, dos niñas.

Desde 1713 estaba vigente la Ley Sálica, que impedía reinar a las mujeres. En 1789, las Cortes aprobaron una Pragmática Sanción que la derogaba, pero ésta no fue publicada hasta 1830, cuando el Rey, en su cuarto matrimonio, con María Cristina de Borbón, esperaba un sucesor. Poco después, nació la princesa Isabel. En la Corte se formó entonces un grupo que defendía la candidatura al Trono del hermano del rey, Carlos María Isidro de Borbón, y negaba la legalidad de la Pragmática, publicada en 1830.

En 1832, durante una grave enfermedad del Rey, cortesanos carlistas convencieron al ministro Francisco Tadeo Calomarde para que Fernando VII firmara un Decreto derogatorio de la Pragmática, que dejaba otra vez en vigor la Ley Sálica. Con la mejoría de salud del Rey, el Gobierno, dirigido por Francisco Cea Bermúdez, puso de nuevo en vigor la Pragmática, con lo que a la muerte del Rey, el 29 de septiembre de 1833, quedaba, como heredera, su primogénita Isabel, que reinaría con el nombre de Isabel II.


ISABEL II (1833-1868)

(Madrid, 1830 - París, 1904)



Isabel II, a la que Pérez Galdós denominó «la de los tristes destinos», fue reina de España entre 1833 y 1868, fecha en la que fue destronada por la llamada «Revolución Gloriosa». Su reinado ocupa uno de los períodos más complejos y convulsos del siglo XIX, caracterizado por los profundos procesos de cambio político que trae consigo la Revolución liberal: el liberalismo político y la consolidación del nuevo Estado de impronta liberal y parlamentaria, junto a las transformaciones socio-económicas que alumbran en España la sociedad y la economía contemporánea.

No cabe duda de que la historia personal de Isabel II, que ocupa 74 años de existencia, está marcada desde su nacimiento por el hecho de ser mujer y por una asombrosa precocidad impuesta por los avatares y las circunstancias que la obligaron a asumir muy tempranamente las responsabilidades que su condición conllevaba: Reina a los tres años, una mayoría de edad forzada por la situación política que dio paso a su reinado personal con tan sólo trece años, un matrimonio obligado e inadecuado a los dieciséis que desembocó en separación apenas transcurridos unos meses y, por último, su destronamiento a los treinta y ocho años, la trágica divisoria en su vida que da paso a los largos años del exilio y el alejamiento de España. Es una historia azarosa, como la época a la que ella dio nombre, que la haría pasar de una imagen positiva al comienzo de su reinado a otra terriblemente negativa a su término. Pasó de gozar de una gran popularidad y cariño entre su pueblo, de ser la enseña de los liberales frente al absolutismo y una especie de símbolo de la libertad y el progreso, a ser condenada y repudiada como la representación misma de la frivolidad, la lujuria y la crueldad, la «deshonra de España», que intentará barrer la revolución de 1868.

El nacimiento de Isabel II: Un trono cuestionado

Isabel II nació el 10 de octubre de 1830, recibiendo en el bautismo los nombres de María Isabel Luisa. El historiador José Luis Comellas la describe como «Desenvuelta, castiza, plena de espontaneidad y majeza, en el que el humor y el rasgo amable se mezclan con la chabacanería o con la ordinariez, apasionada por la España cuya secular corona ceñía y también por sus amantes». Hija primogénita del último matrimonio del rey Fernando VII con María Cristina de Borbón, con la que había contraído matrimonio en 1829 tras enviudar de su tercera esposa, María Josefa de Sajonia, su nacimiento plantea el problema sucesorio pues sus derechos dinásticos son cuestionados por su condición de mujer. El heredero al trono había sido hasta ese momento su tío Carlos María Isidro y, tras tres matrimonios de Fernando VII sin descendencia, parecía que era él el llamado a sucederle. Sin embargo, el nuevo matrimonio del rey y el embarazo de la reina abren una nueva posibilidad de sucesión. En marzo de 1830, seis meses antes de su nacimiento, el rey publica la Pragmática Sanción de Carlos IV aprobada por las Cortes de 1789, que dejaba sin efecto el Auto Acordado de 1713 que, a imitación de la Ley Sálica francesa, excluía la sucesión femenina al trono. Se restablecía así el derecho sucesorio tradicional castellano, recogido en Las Partidas, según el cual podían acceder al trono las mujeres en caso de morir el monarca sin descendientes varones.

En virtud de esta disposición, el 14 de octubre de 1830 un Real Decreto hacía pública la voluntad de Fernando al nombrar a su hija princesa de Asturias «por ser mi heredera y legítima sucesora a mi corona mientras Dios no me conceda un hijo varón». Una situación que no se modificará al dar a luz la reina María Cristina a otra niña, la infanta Luisa Fernanda. El evidente deterioro físico del rey hacía improbable que pudiese tener nueva descendencia por lo que quedaba abierto el pleito sucesorio con el rechazo del hermano de Fernando a aceptar la sucesión de su sobrina y el comienzo de toda una intriga palaciega que culminará en el verano de 1832 en los sucesos de La Granja. Aprovechando el deterioro de la salud del monarca, una camarilla de cortesanos y políticos, próximos a Carlos María Isidro, logró con presiones y bajo la amenaza de una guerra civil que Fernando derogase la Pragmática, anulando de nuevo la sucesión femenina.

Sin embargo, el rey se recuperó, restableció otra vez la Pragmática e Isabel fue ratificada por unas Cortes como Princesa de Asturias el 20 de junio de 1833. Pocos meses después moría su padre, dejando a su hija el trono español bajo la regencia de María Cristina. La negativa de Carlos a aceptar, como reina, a su sobrina, desató la primera guerra carlista.

La época de las regencias (1833-1843)

La minoría de edad de Isabel II estuvo ocupada por una doble regencia: la que ostentó su madre María Cristina, reina gobernadora hasta 1840, y la del general Baldomero Espartero hasta 1843. La regencia de María Cristina estuvo marcada por la guerra carlista que la obligó a buscar el apoyo de los liberales moderados frente al pretendiente Carlos. La primera consecuencia de esa transacción fue la concesión del Estatuto Real (1834), una carta otorgada en la que la Corona se reservaba amplios poderes en la vida política. En el contexto de la guerra civil, el triunfo del liberalismo se produjo en 1836 tras el golpe de Estado de los sargentos de La Granja y la llegada al poder de Mendizábal con la desamortización de 1836 y la promulgación de la Constitución de 1837, de carácter progresista. El proceso desamortizador comportó la supresión de órdenes religiosas, la nacionalización de sus bienes y su venta en pública subasta. La Constitución afirmaba el principio de soberanía nacional y la práctica parlamentaria basada en el sufragio censitario y un sistema bicameral: Congreso de los Diputados y Senado. Con ambas reformas, se dio un decisivo impulso hacia el desarrollo capitalista y el liberalismo político, ampliándose la base burguesa del régimen. Sin embargo, la hostilidad de la regente hacia los liberales progresistas y su preferencia por los moderados dieron lugar a un creciente malestar social que alimentó el pronunciamiento de 1840. Con el fin de la guerra y la firma del Convenio de Vergara en agosto de 1839, María Cristina se vio forzada a renunciar a la regencia y se exilió en Francia, dejando abandonadas a sus hijas bajo la tutela de Argüelles y de la condesa de Espoz y Mina. Espartero, héroe de la guerra carlista y jefe del Partido Progresista, asumió entonces la regencia. Durante su mandato, se consolidan las dos corrientes en las que se dividió la «familia» liberal: el Partido Moderado (conservador) y el Partido Progresista (liberal avanzado). Se sofocó un golpe palaciego orquestado por la propia María Cristina y que, al fracasar, significó la ejecución de algunos cabecillas, entre ellos los míticos Montes de Oca y Diego de León. Pero los desaciertos del regente, y de forma especial su poca acertada actuación en la insurrección de Barcelona, originaron su caída en 1843 y la proclamación anticipada de la mayoría de edad de Isabel cuando acababa de cumplir trece años.

En estos primeros años -coinciden todos los biógrafos- dos aspectos fundamentales marcaron la vida de la reina, condicionando su personalidad y trayectoria posterior: la falta de un ambiente familiar y de afectividad materna y la ausencia de una instrucción adecuada y de preparación política para una persona destinada a tan alto fin. Abandonada tempranamente por su madre, que prefería dedicarse a la nueva familia que formó con el duque de Riansares, su relación con ella estuvo marcada, más que por el cariño materno, por la manipulación y el control que María Cristina ejerció siempre sobre Isabel. En el terreno de la instrucción que recibió, se comprueba una educación escasa, descuidada y sujeta a los vaivenes políticos que, como ocurrió en 1841, produjeron el relevo radical del personal de palacio, entre ellos la aya y el preceptor de Isabel. Su nuevo preceptor será Argüelles que, si bien denominó a Isabel la «alumna de la Libertad», no demostró un excesivo celo en la preparación real, deficiente en lo intelectual y en lo político. Si a esa precariedad en su formación unimos lo prematuro de su mayoría de edad, podremos explicarnos fácilmente la manipulación interesada y partidista a la que fue sometida por su familia, las camarillas cortesanas y determinados políticos, así como sus dificultades para cumplir de forma eficaz las funciones políticas que el sistema constitucional le confería. Como la misma Isabel reconocía en una de las conversaciones que mantuvo en 1902 con Pérez Galdós, el poder le llegó muy pronto y con él la adulación, las manipulaciones y conspiraciones propias de la Corte: «¿Qué había de hacer yo, jovencilla, reina a los catorce años, sin ningún freno a mi voluntad, con todo el dinero a mano para mis antojos y para darme el gusto de favorecer a los necesitados, no viendo al lado mío más que personas que se doblaban como cañas, ni oyendo más que voces de adulación que me aturdían ¿Qué había de hacer yo?... Póngase en mi caso...» («La reina Isabel», en Memoranda, p. 22)

El reinado personal de Isabel II: el triunfo del liberalismo moderado

El mismo día del comienzo del reinado efectivo de Isabel II, el Gobierno de Joaquín María López dimitió. Como sustituto fue nombrado Salustiano Olózaga, jefe del Partido Progresista que, acusado de haber forzado a la reina niña para que firmase la disolución de las Cortes contra su voluntad, era destituido a los nueve días. El suceso, como ha señalado Burdiel, debe inscribirse en la lucha de los moderados y María Cristina para hacerse con el poder. Una vez conseguido éste, el Partido Moderado, bajo el liderazgo del general Narváez, dominó la escena política durante los diez años siguientes, dando nombre a la «Década Moderada». En este período se elaboraron la Constitución de 1845, que proclamaba la soberanía compartida y anulaba algunas conquistas del liberalismo progresista, y unas leyes orgánicas de carácter muy restrictivo que sentaron las bases del poder moderado y de la organización política y administrativa del Estado liberal. Se realizó la reforma de la Hacienda y, por el Concordato de 1851, se logró el reconocimiento de la Iglesia a la monarquía isabelina, que aceptó la desamortización efectuada hasta entonces, exigiendo como contrapartida compensaciones económicas y que se paralizase el proceso de venta de bienes nacionales pendientes.

En los inicios de la década una de las cuestiones más controvertidas fue la del matrimonio real que, convertido en razón de Estado con claras implicaciones en las cortes europeas, dio origen a largas y complejas negociaciones diplomáticas para elegir al futuro rey consorte. El 10 de octubre de 1846, el mismo día de su decimosexto cumpleaños, se celebra el enlace de la reina con su primo Francisco de Asís de Borbón, una elección completamente desacertada pero que, como ha puesto de relieve la historiadora Isabel Burdiel, acabó siendo la única candidatura viable dada la presión internacional, sobre todo francesa. El matrimonio fracasó en los primeros meses, abocando a Isabel a la infelicidad que intentó compensar con una intensa y criticada vida amorosa en brazos de varios amantes y favoritos. La reina tuvo once hijos, de los que sólo cuatro llegaron a la edad adulta: Isabel, Alfonso, Pilar y Eulalia. Como ha señalado la profesora Burdiel, desde el comienzo del matrimonio y auspiciada por el rey consorte, se percibió en el ambiente palaciego la influencia de los sectores más conservadores y clericales dando origen a una oscurantista camarilla que, encabezada por los confesores reales, los padres Claret y Fulgencio, y personajes tan estrambóticos como sor Patrocinio, la «monja de las llagas», mediatizaron la actuación real.

El Gobierno moderado se ejerció de forma restrictiva y exclusivista, obligando a los progresistas, marginados del poder a recurrir a la vía insurreccional y a los pronunciamientos, mecanismo de insurrección militar frecuentemente combinado con algaradas callejeras, para forzar un cambio político y acceder al Gobierno. Esta fase se cerró con el Gobierno «tecnócrata» de Juan Bravo Murillo, quien llevó a cabo una amplia labor administrativa y hacendística y el del conde de San Luis. En estos años, la actuación ministerial había sido cada vez más autoritaria y la corrupción se había generalizado con los negocios fáciles y el enriquecimiento rápido de las camarillas próximas al poder y a la soberana.

La revolución de 1854 y el Bienio Progresista.

Los problemas derivados de la corrupción y del gobierno de la camarilla, a los que se unía el descontento de los progresistas excluidos del poder, alentaron las críticas de la clase política y favorecieron la actuación revolucionaria. A finales del mes de junio tiene lugar el pronunciamiento de los generales O´Donnell y Dulce. La llamada «Vicalvarada» tenía en principio unos objetivos muy limitados que básicamente se orientaban a corregir las desviaciones políticas y corrupciones de los últimos tiempos y a un mero cambio de Gobierno sin abandonar los presupuestos políticos moderados. Pero la intervención de los progresistas abrió una fase de levantamiento popular que llevó a los sublevados a ampliar su programa. El Manifiesto del Manzanares del 7 de julio de 1854, redactado por Cánovas del Castillo, exigía reformas políticas y unas Cortes Constituyentes para hacer posible una auténtica «regeneración liberal». Se inauguraba una nueva etapa progresista, parca en lo político por su corta duración, un bienio escaso, pero densa en realizaciones de carácter económico. La reina entregó el poder a Espartero y O’Donnell, representantes de la coalición que alentó la revolución, pero la continuidad y estabilidad de este Gobierno mixto era difícil. Se expulsó de España a la reina madre, objeto de las iras populares porque, además de su influencia sobre Isabel, María Cristina y su esposo, el duque de Riansares, habían estado implicados en muchos de los negocios fraudulentos y corruptelas económicas de esos años. Se elaboró una nueva Constitución de inspiración progresista que afirmaba explícitamente la soberanía nacional -la Non nata de 1856- y se aprobaron importantes leyes económicas, fundamentales para el desarrollo del capitalismo español como las leyes de ferrocarriles (1855), bancarias y de sociedades (1856). Se retomó también la desamortización con la promulgación de la Ley de Madoz (1855), que afectaba a los bienes civiles y eclesiásticos, lo que provocó la ruptura de relaciones diplomáticas con el Vaticano.

Transcurridos dos años desde la revolución, la reina, en palabras de Germán Rueda, se decide a reinar. Recurre a O’Donnell para desplazar a los progresistas del poder y restablecer la Constitución de 1845 suavizada con un Acta adicional. Pero, a continuación, será Narváez quien gobierne durante el bienio 1856-1858. Bajo su mandato se restablecen los parámetros políticos de la etapa moderada anterior con la anulación del Acta adicional y se aprueba la Ley Moyano (1857) que ordena y centraliza la instrucción pública de toda la nación. Se abre entonces un período de alternancia entre los moderados de Narváez y un tercer partido de corte centrista, liderado por el general O’Donnell. Entre 1858 y 1863, será de nuevo este general el protagonista de la vida política con su Unión Liberal, dando paso a un período con cierta calma política caracterizado por una gran prosperidad económica y una intensa actividad en política exterior con la guerra de África (1859-60), la anexión de Santo Domingo (1860-1865) y la intervención en México (1861-1862).

La revolución de 1868 y el destronamiento de Isabel II.

Con la caída de O’Donnell en 1863 entramos en la última etapa del reinado de Isabel II marcada claramente por la descomposición del sistema político y la deslegitimación de la Corona. Se sucedieron gobiernos siempre de corte moderado mientras el exclusivismo y el carácter represivo del régimen se acentuaban a medida que la oposición aumentaba y partía cada vez de mayores frentes. Por otra parte, la vida amorosa de la reina y los escándalos de palacio, aireados o utilizados por su propio esposo, Francisco de Asís, y miembros de la camarilla y del Gobierno, contribuyeron notablemente a desprestigiar la imagen de la monarquía. El ambiente político se enrareció todavía mucho más a partir de 1865, con la destitución de Castelar como catedrático de la Universidad y la represión contra los estudiantes en la llamada «Noche de San Daniel», ordenada por Luis González Bravo. El sistema moderado se hundía y arrastraba consigo a la monarquía. Ante el deterioro de la situación política, los progresistas y los demócratas se retraen de la vida política inclinándose una vez más por la vía insurreccional. Un nuevo Gobierno de la Unión Liberal intentó, en último término, atraer de nuevo a los progresistas con una tímida reforma política que ampliaba el censo electoral pero no lo consiguió, como demostraron los intentos de pronunciamiento de Prim en enero de 1866 y del Cuartel de San Gil en el mes de junio de ese mismo año. El retorno de Narváez aceleró los preparativos de la conspiración que se consolidó con la firma del Pacto de Ostende de agosto de 1866, que agrupó también a los demócratas y más tarde, al morir O’Donnell en 1867, a la Unión Liberal. Ya no se trataba de luchar sólo por un relevo gubernamental sino que se exigía el destronamiento de la reina. La conspiración pronto rebasó los círculos militares y contó con una extensa trama civil a través de los clubes y asociaciones progresistas y demócratas. La coincidencia con una coyuntura de crisis económica y de subsistencias y el endurecimiento del régimen dirigido de nuevo por González Bravo, contribuyeron a crear un contexto favorable a la revolución. El 18 de septiembre de 1868, la Armada, surta en la bahía de Cádiz, se pronuncia al grito de «¡Abajo los Borbones! ¡Viva España con honra!». Tras el triunfo de la revolución, Isabel II, que se encontraba de vacaciones en Guipúzcoa, era destronada y marchaba al exilio en Francia, iniciándose en España un período de seis años, conocido como el Sexenio Democrático, en el que se ensayarán diversas alternativas políticas: una nueva monarquía con Amadeo de Saboya y la Primera República.

Los largos años del exilio.

Al conocerse la derrota de las tropas leales en Alcolea, la reina, acompañada por su esposo e hijos, pasaba la frontera francesa siendo acogida por el emperador Napoleón III. Se alojó primero en el castillo de Enrique IV, en Pau, para trasladarse después al palacio de Basilewsky, que más tarde recibirá el nombre de palacio de Castilla, en París. Comenzaban los largos años del exilio, situación en la que permanecerá hasta el final de su vida. Durante treinta años más, Isabel vivirá en París separada de su esposo y retirada de la política activa sin gozar ya de ningún tipo de protagonismo público, tras abdicar en 1870 de sus derechos al trono en favor de su hijo Alfonso, el futuro Alfonso XII. No volvió a España salvo breves y esporádicas estancias pues, tras la restauración de 1874, Cánovas, art ífice del proceso, y su propio hijo, Alfonso XII, consideraron que era preferible para la estabilidad de la monarquía que ella permaneciese fuera del país.

En la mañana del 9 de abril de 1904, en su residencia parisina, fallecía Isabel II por unas complicaciones bronco-pulmonares producidas por una gripe. Sus restos fueron trasladados al Escorial para darles más tarde sepultura en el Panteón de los Reyes. Moría una reina y, como epitafio, podemos citar las hermosas palabras que Pérez Galdós, que la entrevistó poco antes de su muerte, dejó escritas sobre ella:

«El reinado de Isabel se irá borrando de la memoria, y los males que trajo, así como los bienes que produjo, pasarán sin dejar rastro. La pobre Reina, tan fervorosamente amada en su niñez, esperanza y alegría del pueblo, emblema de la libertad, después hollada, escarnecida y arrojada del reino, baja al sepulcro sin que su muerte avive los entusiasmos ni los odios de otros días. Se juzgará su reinado con crítica severa: en él se verá el origen y el embrión de no pocos vicios de nuestra política; pero nadie niega ni desconoce la inmensa ternura de aquella alma ingenua, indolente, fácil a la piedad, al perdón, a la caridad, como incapaz de toda resolución tenaz y vigorosa. Doña Isabel vivió en perpetua infancia, y el mayor de sus infortunios fue haber nacido Reina y llevar en su mano la dirección moral de un pueblo, pesada obligación para tan tierna mano».

Cronología.

1830 Se promulga la Pragmática Sanción que deroga la Ley Sálica.
Nacimiento de Isabel II.
1832 Sucesos de La Granja.
1833 Isabel es nombrada princesa de Asturias.
Muere Fernando VII. Se inicia la regencia de María Cristina como Reina Gobernadora.
El infante Carlos María Isidro es proclamado rey por sus partidarios. Comienza la Primera Guerra Carlista (1833-1840).
1834 Publicación del Estatuto Real (abril).
1835 Nombramiento de Mendizábal como ministro de Hacienda.
Decreto suspendiendo órdenes religiosas masculinas.
1836 Decreto de desamortización de bienes de las órdenes religiosas (febrero).
Motín de La Granja y restablecimiento de la Constitución de 1812 (12 de agosto).
1837 Abolición del régimen señorial y el diezmo. Nuevos decretos desamortizadores.
Constitución de 1837.
1839 Convenio de Vergara (31 de agosto).
1840 Fin de la Guerra Carlista.
Ley de Ayuntamientos.
Fin de la regencia de María Cristina (octubre).
1841 Regencia de Espartero.
1842 Protesta en Barcelona contra la reforma arancelaria y bombardeo de la ciudad.
1843 Levantamiento contra Espartero y fin de su Regencia.
Isabel II es proclamada mayor de edad con trece años (noviembre).
Dimisión de Olózaga acusado de haber presionado a la reina para disolver las Cortes.
1844 Se inicia la Década Moderada de Narváez.
1845 Constitución Moderada.
1846 Boda de Isabel II con Francisco de Asís.
1851 Concordato con la Santa Sede.
1852 Intento de reforma constitucional de Bravo Murillo.
Atentado contra Isabel II del cura Martín Merino.
1854 Vicalvarada y Manifiesto del Manzanares (junio y julio): Bienio Progresista.
Se funda la Unión Liberal de O’Donnell.
1855 Ley de Desamortización general de Pascual Madoz.
Ley general de Ferrocarriles.
1856 Constitución Non nata.
Ley de Sociedades Bancarias y Crediticias.
Narváez sustituye a O’Donnell.
1858 O´Donnell forma gobierno con la Unión Liberal.
1859 Guerra de Marruecos.
Nace el príncipe Alfonso.
1860 Victoria del general Prim sobre los marroquíes en Castillejos.
1863 Gobierno de Narváez.
1865 Matanza de la Noche de San Daniel (abril).
Nuevo gobierno O’Donnell.
1866 Pronunciamientos de Prim y del cuartel de San Gil (enero y junio).
Pacto de Ostende (agosto).
1867 Muerte en Biarritz de O’Donnell.
1868 Muerte de Narváez.
Revolución de septiembre («La Gloriosa»): Destronamiento y exilio de Isabel II.
Gobierno Provisional.
1870 Abdicación de Isabel II en su hijo, el príncipe Alfonso (junio).
1904 Muerte de Isabel II (abril).


ALFONSO XII.

(1875 - 1885)


Alfonso XII, el Pacificador, nació en el Palacio Real de Madrid el 28 de noviembre de 1857, fruto del matrimonio de la reina Isabel II y Francisco de Asís. Tras el triunfo de la Revolución de 1868, se vio obligado a exiliarse a París, junto al resto de la Familia Real. Durante esos años de exilio pudo completar su formación académica y militar en París, Viena y la Academia Militar de Sandhurst (Inglaterra).

En el año 1870, su madre abdicó en su favor. Las dificultades internas de la I República, la prolongación de la guerra con Cuba y el inicio de la tercera guerra carlista hicieron que aumentara el número de partidarios de la causa alfonsina. Tras el golpe de estado del general Pavía, que acabó con la I República, Cánovas del Castillo se preocupó de conseguir el apoyo del ejército para llevar a cabo la restauración de la monarquía borbónica. En diciembre de 1874, Cánovas hizo firmar a Alfonso el llamado manifiesto de Sandhurst, por el que el futuro monarca se declaraba partidario de la monarquía parlamentaria. El 29 de ese mismo mes, desde Sagunto, el general Martínez Campos proclamó a Alfonso XII como nuevo Rey de España. A la espera de la llegada del rey Cánovas se hizo cargo del gobierno.

Alfonso XII llegó a Barcelona en enero de 1875 y tres días después a Madrid. Con la restauración monárquica se consolidó un sistema político fundamentalmente bipartidista. El partido conservador, liderado por Cánovas del Castillo y apoyado por la aristocracia y las clases medias moderadas, se repartía el poder político con el partido liberal, liderado por Sagasta y apoyado por industriales y comerciantes. En realidad, al margen de esta realidad política, la vida del país estaba dominada por la oligarquía política y el caciquismo de la aristocracia rural.

Se casó en enero de 1878 con su prima María de las Mercedes de Orleans, sobrina de Isabel II y nieta del Rey Luis Felipe de Francia. Pero la reina murió seis meses después y al año siguiente Alfonso se volvió a casar con María Cristina de Habsburgo-Lorena, Archiduquesa de Austria. De esta unión nacieron tres hijos: María de las Mercedes, María Teresa y el futuro Alfonso XIII seis meses después de la muerte de su padre.

Durante su reinado se puso fin a la tercera guerra carlista; se zanjó satisfactoriamente para la monarquía el conflicto con Cuba; se aprobó una nueva Constitución en 1876, sustituyendo a la de 1869, y se tomaron una serie de medidas conducentes a una centralización jurídico-administrativa. En cualquier caso, en el contexto de las relaciones internacionales del continente europeo.

En este reinado, España se mantuvo en la neutralidad, argumentando Cánovas que España se hallaba en plena Restauración y acababa de salir de la guerra civil carlista y no era conveniente comprometer más recursos en una política exterior más activa.

El 25 de noviembre de 1885, moría Alfonso XII en El Pardo como consecuencia de una tuberculosis. Fue enterrado en el Panteón de los Reyes del Monasterio de El Escorial. Su hijo y heredero al trono nacería seis meses después de su muerte.


ALFONSO XIII.(1886 - 1931).



Alfonso XIII, el Africano, nació el 17 de mayo de 1886 en el Palacio Real de Madrid. Hijo póstumo de Alfonso XII y María Cristina de Habsburgo-Lorena.

Desde su nacimiento fue Su Majestad el Rey, llegando incluso a presidir, con sólo tres años, actos solemnes sentado en el trono con su madre, la cual ejerció como regente hasta 1902, fecha en la Alfonso empezó a reinar de manera efectiva.

Fue educado para ser rey y soldado bajo la fe católica y una conciencia liberal. El contacto con la realidad política del país le hizo ver el alejamiento entre la España oficial y la España real sometiendo a un crítico examen de conciencia todos los aspectos de la vida nacional en su deseo de regenerar a España tras el desastre de 1898. Como la constitución de 1876 se lo permitía, tendió a intervenir personalmente en la política.

En 1906 se casó con Victoria Eugenia Julia Ena de Battenberg, con la que tuvo seis hijos. Alfonso, Jaime, Beatriz, Cristina, Juan, al que nombró sucesor de los derechos dinásticos, y Gonzalo.

Alfonso XIII, afrontó problemas derivados de gobiernos anteriores, así como los que trajo el nuevo siglo como es el caso de las guerras de Marruecos, el surgimiento de los nacionalismos vasco y catalán, el problema social, el radicalismo de las organizaciones obreras y las fracturas en el sistema político, entre otros.

El inicio del reinado coincidió con un cambio generacional decisivo en la situación de los partidos dinásticos. Por un lado el dirigente Conservador, Cánovas, fue sustituido por Antonio Maura y el Liberal Sagasta por José Canalejas.

El quedarse España como neutral durante la I Guerra Mundial abrió mercados y favoreció el crecimiento económico, pero también la agitación social. La crisis de 1917, en que se unieron el nacionalismo catalán, el sindicalismo militar, las huelgas revolucionarias y, aumentó la descomposición del régimen político. A esto se unió que, al año siguiente también fracasó un gobierno nacional formado por miembros de los dos principales partidos. El reajuste económico posterior a la Guerra Mundial aumentó las dificultades internas. Revueltas sociales y problemas regionales, unidos a los fracasos militares en Marruecos, acrecentaron la debilidad de los gobiernos, incapaces de hacer frente a estas situaciones.

En 1923, el golpe militar de Miguel Primo de Rivera fue la solución de fuerza adoptada ante la crisis. El rey aceptó el hecho. Esta dictadura fue bien recibida por muchos sectores sociales en los primeros años. En 1925, con el desembarco de Alhucemas, se terminó con la guerra de Marruecos. Se produjo un restablecimiento del orden social así como un mayor desarrollo de las obras públicas. Más tarde, en 1930, y después del fracaso de Primo de Rivera, Alfonso XIII intentó restaurar el orden constitucional, pero los partidos republicanos, socialistas y regionalistas de izquierda lucharon unidos contra la monarquía. Las elecciones municipales del 13 de abril de 1931 dieron el triunfo en la mayoría de las ciudades a socialistas y republicanos. Fue entonces, cuando el monarca, para evitar una lucha civil abandonó el país, proclamándose la II República el 14 de abril de 1931.

Alfonso XIII vivió en el exilio aún diez años. Sus últimos años los pasó en Roma, donde murió y fue enterrado en 1941. Sus restos fueron trasladados en 1980 al Panteón de los Reyes del Monasterio de El Escorial (Madrid).

Los últimos años de su vida los pasó en Roma, donde murió el 28 de febrero de 1941 a la edad de cincuenta y cuatro años. Fue enterrado allí y junto a su cuerpo se depositó un saco con tierra de todas las provincias españolas. Posteriormente, en 1980, sus restos fueron trasladados al Panteón de los Reyes del Monasterio de El Escorial donde reposan en la actualidad.


JUAN DE BORBÓN., conde de Barcelona.

(No llegó a reinar)


Juan de Borbón y Battemberg, Juan III, Conde Barcelona, nació el 20 de junio de 1913 en el Palacio de la Granja de San Ildefonso. Fue el quinto hijo del Rey Alfonso XIII y de Doña Victoria Eugenia de Battemberg.

Sus estudios se vieron interrumpidos por la proclamación de la República en 1931 prosiguiendo su formación de guardia marina en el Reino Unido. Se casó en 1935, en Roma, con Doña María de las Mercedes de Borbón y Orleans, Princesa de las dos Sicilias, estableciendo su residencia en la ciudad portuguesa de Estoril. El matrimonio Borbón y Borbón tuvo cuatro hijos: la Infanta y duquesa de Badajos, María del Pilar; el actual rey de España, don Juan Carlos I; la Infanta y Duquesa de Soria, Margarita y el Infante Alfonso de Borbón y Borbón, fallecido en accidente en 1956.

Don Juan De Borbón, Infante de España y Conde Barcelona, fue el heredero de los derechos dinásticos de la Casa de Borbón por la renuncia de sus hermanos Alfonso y Jaime y la abdicación de su padre, Alfonso XIII, en enero de 1941. Por ello y basándose en su posición publicó en 1945, desde Lausana, y en 1947 desde la ciudad portuguesa de Estoril, un manifiesto en el que reclamaba la restauración de la monarquía borbónica en España. Dos años más tarde, y desde Estoril, reiteró la publicación del citado manifiesto.

El régimen del caudillo le mantuvo apartado de los círculos de poder, no siendo reconocidos sus derechos dinásticos al no ser nombrado él como sucesor de Franco en la jefatura del Estado sino su hijo Don Juan Carlos. Este nombramiento supuso un distanciamiento sólo temporal entre Don Juan de Borbón y su hijo.

Tras la muerte del caudillo franquista y la subida al trono de don Juan Carlos, Príncipe de España, Don Juan de Borbón renunció a sus derechos a la Corona Española en favor de su hijo con un emotivo discurso pronunciado en el Palacio de La Zarzuela el 14 de mayo de 1977, dejando constar de manera oficial su renuncia a reinar en España como Juan III en favor de su hijo y de su patria, una nueva España que empezaba a reconstruir una democracia.

En 1978 el Rey Don Juan Carlos le nombró Almirante Honorario de la Armada. El 4 de diciembre de 1988 recibió el título honorífico, por parte del Gobierno, de Capitán General de la Armada.

Don Juan vivió sus últimos años con el orgullo de ver a su hijo hacer lo que él siempre propugnó.

Don Juan no llegó a restablecerse de su enfermedad, un cáncer de laringe contra el que luchaba desde 1980 y que le llevó a la muerte el 1 de abril de 1993.

Recibió el reconocimiento de la sociedad y los honores fúnebres propios de la dignidad de Rey, inhumándose sus restos mortales en el Panteón de Reyes del Monasterio del Escorial.


JUAN CARLOS I.

(1975 - hasta la actualidad).

Juan Carlos Víctor María de Borbón y Borbón, Juan Carlos I, el Rey Paciente, nació en Roma el 5 de enero de 1938. Segundo Hijo de Don Juan de Borbón y Battenberg -Conde Barcelona, hijo y heredero de los derechos dinásticos de Alfonso XIII- y Doña María de las Mercedes de Borbón y Orleans.

Cuando nació Juan Carlos I, España estaba sumida de lleno en la guerra civil que culminaría con la victoria del general Francisco Franco Bahamonde y la instauración de una dictadura en el país que distanciaba mucho una posible restauración monárquica. En 1948, Don Juan de Borbón llegó a un acuerdo con el general Franco para que su hijo don Juan Carlos cursara el Bachillerato en Madrid, llegando ese mismo año el futuro Rey por primera vez a España para iniciar sus estudios.

Acabados los estudios de Bachillerato tuvo lugar el segundo encuentro entre Franco y Don Juan en la que acordaron que don Juan Carlos comenzara su preparación militar en los Ejércitos de Tierra. Mar y Aire.

La tercera entrevista entre el padre del futuro del Rey y el Jefe del Estado español se produjo en 1960 en la que planearon sus estudios universitarios.

El 14 de mayo de 1962, Juan Carlos de Borbón contrajo matrimonio en la catedral ateniense de San Dionisio con Sofía Schleswig Holstein Sondenburg, hija de Pablo I de Grecia y de Federica de Hannover. El matrimonio ha tenido tres hijos: las infantas Elena y Cristina y el príncipe y heredero de la Corona, Felipe.

En julio de 1969 Franco designó a Juan Carlos I como sucesor a la Jefatura del Estado y las Cortes ratificaron el nombramiento y le proclamaron Príncipe de España. Desde entonces, y hasta la muerte de Franco, asumió interinamente las funciones del Jefe del Estado.

El 20 de noviembre de 1975 moría Francisco Franco. Tras ésta, Don Juan Carlos fue ascendido a Capitán General de los tres Ejércitos y dos días después, proclamado Rey ante las Cortes orgánicas y el Consejo del Reino.

La presidencia del Gobierno siguió en manos de Carlos Arias Navarro durante los primeros meses de su reinado. Pero en 1976 el rey, dando muestras de su orientación democrática, nombró para el cargo de presidente del gobierno a Adolfo Suárez al ver dificultoso que Arias encabezara un proyecto de transición pacífica.

Así, el nuevo presidente, Suárez, y el rey fueron los encargados de el encargado de llevar a cabo la difícil tarea de la transición de la dictadura a la democracia; paso que se vio facilitado también por la ley de Reforma Política, la victoria en las elecciones de 1977 de U.C.D. -coalición liderada por Suárez- y de una forma definitiva con la aprobación por parte del pueblo español de una nueva Constitución el 6 de diciembre de 1978.

En enero de 1981 el presidente del gobierno presentó su dimisión y el 23 de febrero cuando la Cortes se reunieron para designar al que sería el sucesor de Suárez, Leopoldo Calvo Sotelo tuvo lugar un intento de golpe de Estado protagonizado por el Teniente Coronel de la Guardia Civil, Antonio Tejero. La intervención rápida y decisiva del Rey y la ausencia de apoyo por parte de amplios sectores del ejército provocaron el fracaso de la intentona golpista.

En 1982, con mayoría absoluta, se hacía al frente del gobierno español el P.S.O.E., siendo nombrado como presidente de España el líder de éste, Felipe González.

Después de haber gobernado cuatro legislaturas seguidas y tras un gran desgaste político propiciado por numerosos casos de corrupción, el Partido Socialista (P.S.O.E.) fue derrotado por el Partido Popular (P.P.) en marzo de 1996, que logró formar gobierno por primera vez con el apoyo de los partidos nacionalistas. José María Aznar, líder del P.P., se convertía en el cuarto presidente del Gobierno de la democracia española. Las elecciones generales de marzo de 2000 volvieron a dar la victoria a José María Aznar, aunque esta vez con mayoría absoluta.

La política exterior del reinado de Juan Carlos I se caracteriza por la recuperación del prestigio internacional de España mediante el ingreso en los organismos multinacionales más representativos como el Consejo de Europa en Estrasburgo (1977), la O.T.A.N. (1982) o el ingreso en la C.E.E. en 1986.

También cabe destacar, a partir de la década de los 80, el importante papel de España en las relaciones con América, protagonismo especialmente reflejado en las Cumbres Iberoamericanas, llegando a situarse entre los países más importantes del mundo en el marco de las relaciones internacionales.

La importancia de España en el exterior va unida también al prestigio internacional alcanzado por el propio Rey don Juan Carlos, quien, después de más de 25 años al frente de la Corona, ha conseguido llevar a cabo la transición pacífica de la dictadura a la democracia, superar un intento de golpe de Estado y consolidar una Monarquía parlamentaria de marcado carácter democrático.


Varias fuentes. Recopilación realizada por A. Torres Sánchez.

El Comité que manda en el Mundo.

El Comité que manda en el Mundo.

El 11 de septiembre de 2001 fue el catalizador que reveló el verdadero carácter del equipo de seguridad nacional de Bush. En la lucha entre facciones rivales por obtener el favor del presidente, los ideales transformativos promovidos por los neoconservadores escalaron posiciones, abriendo una brecha que ha dividido el aparato de política exterior del Partido Republicano hasta sus cimientos. David Rothkopf.


El círculo más selecto de la comunidad de seguridad nacional en Estados Unidos -los miembros del Consejo de Seguridad Nacional (NSC, en sus siglas en inglés), algunos de sus ayudantes y varios asesores del presidente- constituye el comité con más poder, seguramente, de la historia mundial: un comité con más recursos, más libertad de acción y más capacidad de ejercer la fuerza con más largo alcance y a más velocidad que ningún otro grupo formado por cualquier rey, emperador o presidente.

Al mismo tiempo, el partido político que controla ese comité domina Washington de una forma sin precedentes en la historia reciente. Por primera vez en casi ocho décadas, el Partido Republicano ha obtenido el control de la Casa Blanca, el Senado y la Cámara de Representantes en dos elecciones sucesivas. Sin embargo, a pesar de este monopolio político, las élites que más influencia tienen sobre este comité poco conocido y en la sombra están siendo zarandeadas y divididas desde su interior. Un debate filosófico, cada vez más enconado, enfrenta a los partidarios de las políticas del ex presidente George H. W. Bush y muchos de sus antiguos expertos en política exterior, encabezados por el ex consejero de Seguridad Nacional Brent Scowcroft y los defensores de las opiniones del presidente actual, George W. Bush, y su equipo, dirigido por el vicepresidente, Dick Cheney; el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, y la secretaria de Estado, Condoleezza Rice. Se trata de los "tradicionalistas" -así los llama Scowcroft- del equipo de Bush 41 (el cuadragésimoprimer presidente) contra los transformacionalistas del equipo de Bush 43. Es decir, los pragmáticos contra los neocon, los internacionalistas contra los unilateralistas, los que auspiciaron el final de la guerra fría contra los que iniciaron el comienzo de la guerra contra el terrorismo. Lo irónico es que muchos de ellos, hace no mucho tiempo, parecían formar parte de un mismo colectivo. Todos tienen o tenían buena relación. ¿Qué ha ocurrido?

Los críticos que toman partido han propuesto teorías, muchas de las cuales tergiversan los hechos o ponen en boca de actores fundamentales palabras que refuerzan sus argumentos. Sin embargo, ahora que se está produciendo la transición del primer al segundo mandato de Bush, muchos de sus miembros, actuales y pasados, y otros personajes del aparato de política exterior en el Partido Republicano están empezando a decir lo que piensan sobre el carácter de las figuras clave y sus relaciones dentro de ese núcleo duro. Son más reveladores y más creíbles que los críticos partidistas, y describen una situación que resulta útil no sólo por lo que nos cuenta de las actividades de la Administración durante su primer mandato, sino porque nos dicen lo que podemos esperar para los próximos cuatro años.

ALGO PASA CON CONDI.

El NSC se creó en 1947 como mecanismo de coordinación para garantizar que al presidente le llegaran las opiniones de los principales miembros de su equipo de seguridad nacional; una reacción contra el estilo de gobierno del presidente Franklin Roosevelt, muy personal y sobre la marcha. Los miembros del Consejo eran pocos y tenían escasa influencia. El poder del NSC creció discretamente durante sus dos primeras décadas, pero cuando se convirtió en un centro de poder extraordinario fue en los años 70, bajo la dirección de unos consejeros de Seguridad Nacional que lo convirtieron en una institución moderna: Henry Kissinger, Scowcroft y Zbigniew Brzezinski.

Desde entonces, el poder del NSC ha tenido altibajos, pero en los últimos tiempos siempre ha salido más bien beneficiado y los consejeros de Seguridad han eclipsado la influencia de los departamentos de Estado y Defensa. Dentro del gabinete ejecutivo del presidente, el NSC actúa con una libertad extraordinaria en comparación con casi todos los demás organismos. Ni el consejero de Seguridad Nacional ni los demás miembros de su equipo se someten a la confirmación del Senado. El NSC, como entidad, no está sujeto al control del Congreso, a pesar de que sus competencias actuales invaden muchas que antes estaban reservadas al Departamento de Estado. En realidad, se ha convertido en un refugio para las actividades que el Gobierno prefiere llevar a cabo sin estar sometido al escrutinio del Congreso, como descubrió con gran inquietud el país, tras las revelaciones sobre el NSC operativo del almirante John Poindexter y el coronel Oliver North en la era Reagan.

El poder del NSC ha aumentado desde el final de la guerra fría, a medida que se han eliminado o reducido algunas restricciones cruciales sobre sus actividades. Prácticamente, cada decisión importante tomada durante los primeros 45 años de existencia del NSC estaba influida por la necesidad de calcular cuál iba a ser la reacción de la Unión Soviética. Hoy, Estados Unidos es la única superpotencia y, por tanto, está libre de esas consideraciones. Los responsables políticos ya no tienen que preocuparse por las consecuencias de sus acciones, aparte de la respuesta de su población, e incluso esta limitación disminuyó con el sentimiento nacional que se generó tras los atentados terroristas del 11 de septiembre.

Éste era el panorama político que caracterizó a Condoleezza Rice en el cargo de consejera de Seguridad Nacional. En un puesto tan fundamental, tuvo una relación más estrecha con el presidente que cualquiera de sus 16 antecesores. Ella misma ha dicho que, con frecuencia, llegaba a pasar seis o siete horas diarias junto al presidente. Pero, además, era miembro informal de la familia Bush, tenía su propia cabaña en Camp David, asistía como invitada habitual a las comidas de los domingos y se relajaba con el presidente y su familia durante las vacaciones.

Su concepción de la presidencia y sus ideas sobre cómo debía trabajar el brazo ejecutivo procedía -como en muchos otros miembros del equipo de Bush- de su experiencia como parte del equipo del NSC durante la etapa de Bush padre y, en concreto, de su aprendizaje con Scowcroft, consejero de Seguridad por entonces. Rice está en el centro de la brecha que separa a la Administración, dividida entre su mentor tradicionalista y su presidente transformacionalista. Este tira y afloja ha provocado tensas discusiones entre Rice y Scowcroft por las críticas de éste contra la política sobre Irak. Como consecuencia, el hombre que fue coautor de las memorias de Bush padre se ha visto expulsado del círculo de asesores de su hijo (se ha decidido no volverle a nombrar jefe del Consejo Asesor sobre Inteligencia Exterior).

Cuando Rice habla del presidente, lo hace sin una pizca de ambivalencia. Muestra una lealtad apasionada y una mezcla, a partes iguales, de admiración y afecto. "Este presidente", declara, "es más estratega que ningún otro que he conocido. A veces, algo en su mente hace de detonante, y se pone a hablar sobre aspectos estratégicos. Lo hacemos con mucha frecuencia en Camp David o en el rancho. Estamos sentados, haciendo un puzle, y de pronto dice: ‘Sabes qué, estaba pensando… que la situación de China…’. Ése es un aspecto poco comprendido del presidente. Y, a no ser que uno se siente con él en el Despacho Oval, no puede verlo". También Colin Powell, antecesor de Rice en el Departamento de Estado y que ha servido en los Gobiernos de los dos Bush, ve un fuerte contraste entre padre e hijo: "Bush 43 se parece al 41 en que está dispuesto a actuar, pero [para el 41] era un proceso más deliberado, mientras que el 43 se guía más por un poderoso sistema de navegación por inercia que por el intelecto. Sabe lo que quiere hacer, más o menos, y lo que necesita oír es cómo conseguirlo".

Quienes conocen bien a George W. Bush dicen que su capacidad de decisión se puede atribuir, en parte, a un poder superior. El año pasado se publicó una cita de Scowcroft en la que decía: "Es posible que la transformación se produjera con el 11-S y que el presidente actual, que es una persona muy religiosa, pensara que había algo de extraordinario, e incluso divino, en que una catástrofe así hubiera ocurrido cuando él era presidente. Que, en cierto modo, estaba destinado que así fuera, y que su misión era dirigir la guerra contra el terrorismo". Claro que, como también indica Scowcroft, el problema de las creencias absolutas "es que pueden hacernos caer en trampas, hacernos pensar que los fines justifican los medios. Puede ser peligroso creer que nuestros motivos son tan nobles que cualquier cosa que hagamos vale, porque la hacemos por una buena causa". La connotación paradójica está clara: desde cortar las relaciones tradicionales con los aliados hasta Abu Ghraib, cuanta menos ambigüedad moral tiene nuestra concepción del mundo, más fácil es justificar nuestras acciones.

Otro problema de este punto de vista, según Scowcroft, es que "si uno cree que sigue la ruta del bien absoluto, desviarse de ella es pecado". Es decir, que el absolutismo, o crea unas peligrosas esposas políticas o expone a EE UU a ser acusado de hipocresía. "Por ejemplo", observa Scowcroft, "defendemos la exportación de la democracia, pero apoyamos a una serie de líderes que son cualquier cosa menos democráticos, con el fin de favorecer otras políticas o incluso la difusión de la democracia en otros países. No se puede hablar de absolutos y luego practicar el pragmatismo sin exponerse a las críticas".

Aparte de las guerras ideológicas entre tradicionalistas y transformacionalistas, las divisiones dentro de los círculos selectos del NSC son también consecuencia de las personalidades y los estilos de gestión de los personajes principales. También en este aspecto llama la atención el contraste con la famosa armonía que reinaba en el equipo de Bush 41."Querría tener un NSC que funcionara como el de Brent", comentó Rice cuando todavía era consejera de Seguridad Nacional, "discreto, con una función fundamentalmente coordinadora, menos operativo, más pequeño". Para ello, intentó inspirar en su equipo una cultura de asesoramiento del presidente. "Cuando me entrevisto con cada director nuevo, le dedico mucho tiempo… y ellos pueden confirmar que siempre digo lo mismo: ‘Su primera responsabilidad es asesorar al presidente. Si eso significa que el presidente tiene un documento que quería que estuviera en un tamaño de letra del cuerpo 12 y está en 10, a usted le corresponde arreglarlo".

Aunque dentro de la Administración recibe grandes elogios por la atención y el apoyo que presta al presidente y por su estilo accesible como jefa, a Rice también la han criticado quienes opinan que ha convertido el NSC en una organización que sirve los intereses particulares del presidente, a expensas de los intereses nacionales. "Hay dos formas de ser consejero de Seguridad Nacional", dice Scowcroft: "asesorar al presidente o dirigir la institución. Lo difícil es hacer las dos cosas". Dentro del Gobierno, muchos que todavía trabajan en el NSC o en los organismos dependientes de él lo dicen de otra forma: como consejera de Seguridad Nacional, a Rice le preocupaba tanto estar constantemente junto al presidente, susurrarle al oído, ser su "álter ego en cuestiones de política exterior", que dejó que se debilitara el papel del NSC como órgano de coordinación. "No digo que no pretendiera desempeñar el papel de honrada intermediaria", dice uno. "Es sincera, entregada y muy lista. Pero no puede estar en dos sitios al mismo tiempo… Los miembros de este Gobierno son perros viejos, actores experimentados, y no se les puede dejar a su aire, porque te devoran". Un veterano funcionario muy relacionado con la Comisión bipartidista sobre el 11-S es aún más franco. "Llegamos a la conclusión, como grupo, de que el Consejo de Seguridad Nacional era disfuncional".

UN "HOMBRE IMPLACABLE".

El Departamento de Estado, aunque no pintaba mucho en esta historia, no carecía de influencia. Colin Powell llegó al cargo con un índice de popularidad superior al del presidente, y lo mantuvo durante todo su mandato. De hecho, su popularidad quizá le supuso un problema a la hora de contar con la confianza de los leales a Bush, que le consideraban una fuerza política por derecho propio. Un alto funcionario del Departamento de Estado que trabajó en estrecha relación con Powell sugiere que su popularidad también complicó su relación con el mundo exterior, porque se asumió la idea de que Powell era la voz de la razón, capaz de controlar los impulsos transformativos del Gobierno. "Muchas personas miran a Colin Powell y ven al soldado Colin Powell", explica. "Un muñeco al que quieren vestir con la ropa que les conviene… En el Foro Económico Mundial de 2003, en Davos, antes de la guerra [de Irak]…, se vio literalmente obligado a ser muy claro con los europeos y tener que decirles: ‘No soy el hombre que creen que soy. No voy a defender su postura en el Gobierno de EE UU. Tengo una forma de pensar distinta a la suya. Creo que tenemos que hacer algo en Irak. Creo que el presidente decidirá si es una acción militar o no. Pero ustedes tienen que comprender que yo no soy el portavoz de Europa dentro del Gobierno".

La pérdida de influencia de Powell cuando estaba en el Departamento de Estado fue también consecuencia de dirigir una burocracia inmensa en un mundo que exige rápidas respuestas ante las crisis. Marc Grossman, subsecretario de Asuntos Políticos de Powell, ha hablado de esto con él, y observa: "Los ciclos de decisión se han acelerado tanto que nuestra forma de hacer las cosas en el Departamento de Estado resultaba demasiado lenta… Una de las cosas que hemos intentado hacer es decir a todos los funcionarios que, si no cambiamos nuestra forma de trabajar, nos quedaremos fuera de juego. Seguirá habiendo un edificio y la gente seguirá viniendo al despacho, pero nos convertiremos en otra estructura burocrática sin importancia".

Sin embargo, el obstáculo que más frustración causó a Powell venía de 30 años atrás; la relación entre Cheney y Rumsfeld. Al parecer, a Cheney le gusta bromear sobre el tema: "Cuando miro a Don Rumsfeld, veo a un gran secretario de Defensa. Cuando Rumsfeld me mira a mí, ve a un antiguo ayudante de Don Rumsfeld". O, como dice otro buen amigo de Cheney, "a veces, cuando se les ve juntos en una fiesta, no está claro quién trabaja para quién".

A Kissinger se le ha oído decir que Rumsfeld era "el hombre más implacable" que había conocido. Es una opinión que no discute casi nadie. Y casi todos los que conocen a Rumsfeld reconocen que es excepcionalmente inteligente, trabajador y hábil. Pero su peculiar relación con uno de los vicepresidentes más poderosos de la historia y la excepcional red que une sus despachos y el resto de la Administración ha situado el centro de gravedad en cualquier lugar en el que estos dos hombres estén juntos, en sentido literal o figurado.

Un ex alto funcionario de la etapa de Bush padre, al analizar el primer mandato de Bush hijo, lo presenta del modo siguiente: "Los miembros del NSC opinan que el secretario de Defensa tiene cuatro puntos de entrada en la Casa Blanca. Puede acudir a Condi para las cosas sencillas. Puede ir a ver a Andy [Card, jefe de Gabinete de la Casa Blanca] para cosas un poco más complicadas, a Cheney, si es algo verdaderamente difícil, y, para acertar del todo, acudir directamente al presidente, en caso necesario. Es imposible que un sistema funcione así y funcione bien".

Muchos responsables de la Administración se han sentido frustrados por la constante negativa del Departamento de Defensa a atenerse a las reglas, por su tendencia a llegar a las reuniones sin preparación, negarse a discutir o impulsar ciertos temas y actuar a través de vías extraoficiales. Un miembro del equipo del NSC se quejaba de que se pasó la mitad del tiempo "arreglando los líos que había organizado el Departamento de Defensa, la mayor parte incluso en el Pentágono, intentando calmar a los jefes militares, a los que Rummy o sus chicos habían ignorado o irritado". Otro se queja de un caso en el que, después de una reunión de ayudantes, un alto funcionario del Pentágono llamó a Stephen Hadley, entonces viceconsejero de Seguridad Nacional, a la Casa Blanca, y le pidió que modificara las actas de la reunión para terminar cambiando la conclusión. Hadley tuvo que vérselas después con otro funcionario que, al parecer, le dijo: "¡Eh, esto no es la Rusia estalinista, aquí no se puede rescribir la historia!".

La aspereza entre la oficina del secretario de Defensa (OSD) y otros organismos es ya legendaria. Según una persona que estuvo en el equipo del NSC de Bush 43, estaban "fuera de control, era una pesadilla sin fin". Otro miembro del NSC durante el primer mandato dice que "la oficina del secretario de Defensa era una locura… Nos parecía que habían perdido la cabeza, tanto en política como en los procedimientos. De hecho, [Rumsfeld] dijo: "Me importa un pimiento lo que digan los del NSC, voy a hacer aquello a lo que me parezca que tengo derecho, como eslabón en la cadena de mando que va al presidente. Se comportaba como un capitalista de riesgo. Le gustaba aventurarse en diversas áreas, repartir cosas por aquí y por allá…".

EL PODER DETRÁS DEL TRONO.

Aparte del presidente, el vicepresidente Dick Cheney es, para muchos, el motor que mueve esta dinámica de grupo. El general Jay Garner, encargado durante un breve periodo de la reconstrucción iraquí, recuerda su frustración cuando le impidieron que contratase para su equipo a dos expertos en Irak del Departamento de Estado, "magníficamente preparados", porque Rumsfeld explicó que la decisión se había tomado "por encima de su rango". Posteriormente, Garner descubrió que las instrucciones habían salido de la oficina del vicepresidente.

Cheney ha contado con el mayor equipo de Seguridad Nacional de ningún vicepresidente en la historia de EE UU, superior a todo el personal del NSC en tiempos del presidente John F. Kennedy. Posee, además, una red de estrechos colaboradores que se extiende por toda la Administración y que responden directamente ante él o ante Lewis Scooter Libby, su jefe de gabinete, cuya categoría (ayudante del presidente) equivale teóricamente a la del consejero de Seguridad Nacional. Los cálculos sobre el número total de funcionarios, consultores y personal enviado por otros organismos que trabajan en cuestiones de seguridad nacional en la oficina del vicepresidente varían entre 15 y 35 personas; es imposible saberlo con certeza, porque las disposiciones de la ley sobre libertad de información no afectan a la oficina del vicepresidente, de modo que no tiene obligación de revelar los detalles de sus actividades.

Rice describe a Cheney como un elemento "valiosísimo", porque "ha podido ocupar un puesto en el comité de los principals [comité directivo del NSC] sin tener que defender ningún departamento, así que siempre es una voz maravillosamente sabia en las reuniones del comité". Otros tienen una opinión distinta, incluidos numerosos funcionarios de la Administración que consideran que el verdadero valor de las reuniones del comité directivo está en que el equipo de Seguridad Nacional pueda discutir con franqueza y sinceridad sobre los consejos que deben darse al presidente. Por desgracia, cuando Cheney está presente, no es sólo un viejo y sabio directivo sin cartera, como dice Rice. Es un gorila de 400 kilos cuyas opiniones tienen mucho más peso que las de los demás y que, por consiguiente, corta los debates y calla las discrepancias, queriéndolo o no.

Richard Haass, que estuvo en las administraciones de George H. W. Bush y George W. Bush y ahora preside el Council on Foreign Relations, explica que Cheney "mordía la manzana por tres costados. Sus asesores estaban en todas las reuniones. Asistía a las reuniones del comité directivo. Y luego se entrevistaba a solas con el presidente. Y, dadas las opiniones que emanaban de la oficina del vicepresidente, eso introducía cierto sesgo en el sistema… Como consecuencia, yo tenía la sensación de que, prácticamente en todas las reuniones, el Departamento de Estado partía ya por detrás, con una diferencia de dos y medio a uno".

A algunos les sorprende la notoriedad del vicepresidente en su cargo actual, sobre todo a quienes le consideraban un ministro profesional, pero no ideológico, en la Administración Bush. "El gran misterio, para mí, es Dick Cheney", dice un veterano republicano que le conoce desde la época de Ford. "Comenzó instintivamente desde una base conservadora, pero, si alguien le presentaba un argumento racional y convincente, no era un ideólogo. Ahora, por el motivo que sea, se ha vuelto ideólogo… y no sé si es porque es un vicepresidente con un poder extraordinario, más poder que cualquier otro en nuestra historia, y no hay nadie que se atreva a decirle: ‘Dick, no dices más que estupideces, ¿sabes?’. O si es porque sólo ahora puede sacar a la luz sus verdaderos sentimientos o porque ha sufrido algún tipo de transformación". En el aparato republicano, algunos reconocen que el 11-S fue un catalizador, que reveló las auténticas opiniones o personalidades de los miembros del grupo. "Los tradicionalistas apuestan por trabajar con arreglo a las tradiciones de la política exterior de EE UU en el siglo XX", explica Scowcroft. "Que en política exterior hay que avanzar en coordinación o de acuerdo con los amigos, los aliados y las organizaciones internacionales. Los transformacionalistas afirman que el 11-S demostró que la situación mundial estaba deteriorándose rápidamente y había que ser audaces. Los amigos y aliados sólo servirían para retenernos. Sabemos lo que hay que hacer y tenemos capacidad para hacerlo. Lo que hay que hacer es democratizar Oriente Medio. Eso engendrará paz y estabilidad, y, cuando se haya completado el proceso, recibirá el aplauso del mundo".

BUSH, segunda parte.

Los atentados contra el World Trade Center y el Pentágono provocaron cambios inmediatos e importantes dentro de la Casa Blanca. El 11-S, Cheney entró en acción y rápidamente pasó de ser un vicepresidente conservador y muy influyente a ser el centro del proceso de elaboración de políticas sobre una base ideológica que han descrito sus colegas. Rumsfeld, que, a mediados de 2001, era el miembro del Gabinete con más posibilidades de salir antes de tiempo, quedó redimido aquel día, como quedó garantizada la preeminencia de su departamento a medio plazo. La importancia de Rice, para un presidente que consideraba la seguridad nacional como su preocupación fundamental, aumentó en progresión geométrica; ella se fue acercando de forma inexorable hacia Bush y apartándose del proceso y la institución que, en circunstancias distintas, quizá habría podido dirigir como había hecho Scowcroft. Los neocon vieron la oportunidad de defender su argumento de que los equilibrios diplomáticos en Oriente Medio habían creado una situación de peligro para Washington y que había llegado la hora de tomar medidas más enérgicas, fuera cual fuera el coste. En cuanto al presidente, una persona cercana a la familia Bush, al comentar el sentimiento renovado que tiene el comandante en jefe de estar cumpliendo una misión, comenta: "No sé exactamente qué significa ser cristiano renacido, pero si significa que Jesús se ha introducido en tu alma, ¿eso quiere decir que uno es infalible? No conozco la respuesta. Pero quizá le da al presidente una seguridad que influye en su forma de reaccionar ante su equipo y ante todas las demás cosas". El rayo había golpeado y la transformación de los transformacionalistas estaba en marcha.

¿Seguirá al ascenso de los transformacionalistas la materialización de su visión? Un elemento clave es si conservarán su influencia en los próximos años, sobre todo a medida que la conmoción del 11-S vaya quedando relegada en la memoria.

Con la salida de Powell, muchos creyeron que el segundo mandato de Bush empezaba con una consolidación del poder de los neocon. Sin embargo, también existen varios factores de moderación. El primero, la vieja regla washingtoniana de que uno defiende la posición en la que está sentado. En el Departamento de Estado, Rice cambiará más que el departamento. Tendrá que impulsar su programa y entablar estrechas relaciones con los que trabajan allí, incluidos numerosos funcionarios del Servicio Exterior. Además, los proyectos fundamentales, como los que vayan surgiendo dentro del intento de hacer realidad el "gran Oriente Medio", serán iniciativas suyas, y las defenderá como tales. Y ha reunido un equipo de experimentados asesores que pertenecen más a la corriente tradicionalista. Muchos de ellos poseen amplia experiencia en relaciones transatlánticas, lo cual indica el deseo de que sea prioritario reparar las alianzas tradicionales. Tampoco parece probable que Rice vaya a sufrir la rivalidad habitual entre los secretarios de Estado y los consejeros de Seguridad Nacional, dado que en el NSC le ha sucedido su antiguo viceconsejero, Stephen Hadley.

Además, si EE UU es capaz de reducir gradualmente su implicación en Irak -y no ocurren grandes atentados terroristas-, la "militarización" de la política exterior estadounidense (como la denomina un funcionario del Departamento de Estado) irá debilitándose, con lo que disminuirá la influencia de un Departamento de Defensa que ya padece las consecuencias de sus propios errores. Es muy hipotético, pero, dado el deseo aparente de prestar más atención a asuntos internos como la Seguridad Social, la mentalidad de gabinete de guerra del círculo más allegado a Bush tendrá que enfriarse, y tal vez se devuelva un mayor equilibrio a la rivalidad entre los departamentos de Estado y Defensa, que constituye parte fundamental del NSC desde que se creó.

Al final, por supuesto, el voto decisivo estará en manos de Cheney y, sobre todo, de Bush. El NSC es distinto a otros órganos de la Administración estadounidense, para los que la Constitución prevé que la estructura institucional sea más importante que la influencia de cualquier persona. Cuando el presidente decide usarlo como una forma de escuchar diversas opiniones y ponerlas a prueba antes de su puesta en práctica, suele funcionar bastante bien. Si prefiere usarlo como un mecanismo más centrado en la puesta en práctica que en el debate -o más centrado en el debate que en la puesta en práctica, como ocurre en ocasiones-, funciona mal. Si decide ignorar las estructuras formales y utilizar las informales, que es lo que ha hecho la mayoría de los presidentes, las estructuras formales pierden importancia.

A ello hay que añadir la química del grupo y las personalidades individuales, que desempeñan un papel mucho más importante que cualquier aspecto preconcebido de su estructura a la hora de determinar su auténtica función. Es más, la estructura del comité (que es el grupo ad hoc en el que suele confiar el presidente, más que en el NSC como tal), se basa en una serie de negociaciones cambiantes entre el presidente y los miembros, por las que él concede o retira acceso, confianza, influencia y poder. Las leyes y la historia son mucho menos importantes que estas negociaciones, que construyen una y otra vez este organismo tan poderoso. Las filosofías, desde luego, tienen un papel fundamental en este proceso, porque son las que engendran afinidades y la cohesión del grupo. Los tira y afloja ideológicos son una tradición esencial del NSC, y las luchas de hoy tienen mucho en común con las del pasado, especialmente las que han desgarrado el Partido Republicano a lo largo de la era moderna.

La pregunta es si los próximos cuatro años van a seguir presenciando altibajos entre los puntos de vista contrarios de tradicionalistas o transformacionalistas o si hemos iniciado una nueva era en la que las amenazas a las que nos enfrentamos nos obliguen a adoptar los métodos propuestos por éstos. ¿Se verá sustituida la guerra contra el terrorismo por otros asuntos económicos o políticos que dicten las nuevas prioridades? ¿Empezarán a dar fruto sus políticas? Cuando conozcamos estas respuestas, sabremos si la brecha en el seno del aparato republicano de política exterior es síntoma de unos temblores momentáneos o de un movimiento de placas tectónicas dentro del partido que controla el comité encargado de dirigir el mundo."

@at

Elección del próximo PAPA (carta abierta a la curia romana).

Elección del próximo PAPA  (carta abierta a la curia romana).

A:Sacro Colegio Cardenalicio de la Iglesia católica.

DE: R. Scott Appleby.

ASUNTO: Elección del próximo Papa.



En el siglo XXI, eminencias, la Iglesia católica debe abordar con energía tres retos relacionados y urgentes que amenazan la vitalidad y la importancia del cristianismo.

En primer lugar, me refiero a una secularización nueva y agresiva, introducida por la dinámica de la globalización. Tanto en las sociedades tradicionales como en las desarrolladas, el materialismo creciente está abriendo paso a un tipo de secularidad que es indiferente u hostil a la fe religiosa. Un segundo hecho fundamental que afecta de forma directa al futuro del catolicismo es la feroz lucha interna por el alma del islam, la gran religión mundial que es, a la vez, la principal rival del cristianismo en número de adeptos y su posible aliada contra un concepto puramente materialista del desarrollo humano. Y, en tercer lugar, la aparición de la ingeniería genética y otras formas de biotecnología resalta la necesidad de actualizar la educación y la competencia de la Iglesia católica en ciencia y bioética.

El pontífice que suceda a su santidad Juan Pablo II debe afrontar estos tres retos con audacia. Si el próximo Papa no concibe la relación entre estos problemas y sus raíces en el contexto de un debate histórico sobre el significado de la religión para la humanidad, el catolicismo será incapaz de ofrecer una alternativa viable a los extremismos, encarnados en la militancia religiosa intolerante y el materialismo egocéntrico de una sociedad mundial de consumo.

El reto del laicismo.

La idea de que la experiencia humana puede interpretarse mediante análisis puramente empíricos y sociales, sin ninguna referencia a la trascendencia de los orígenes y la orientación de la humanidad, no es nueva, desde luego. La reducción del ser humano a un objeto es la tentación constante del mundo moderno; no hay más que ver la degradación de la vida en las guerras, los genocidios, las salas de torturas y las desigualdades sociales a lo largo del siglo xx. Pero esta concepción errónea de la humanidad ha encontrado un poderoso complemento en la nueva globalización, llena de fuerza y que domina, en la actualidad, las relaciones económicas, políticas y culturales entre los pueblos. La mercantilización de las relaciones sociales, que convierte a los individuos en dientes de las ruedas de la industria y la política, está presente prácticamente en todas las modalidades de interacción humana, incluida la religión.

La Iglesia católica lleva más de un siglo lanzando advertencias contra la interpretación de la humanidad exclusivamente a través de conceptos extraídos de la biología, la economía y la psicología. Ha proclamado, con renovado vigor desde el pontificado de Juan XXIII y el Concilio Vaticano II (1962-1965), que la fe en el carácter sagrado de la vida humana es el único fundamento seguro para proteger la dignidad del ser humano. En su labor de reafirmar esta piedra angular de las enseñanzas sociales del catolicismo, el próximo Papa tendrá que exhibir la misma fuerza y la creatividad que Juan Pablo II, que ha atravesado el mundo proclamando que la dignidad humana es el regalo de Dios a cada persona. La defensa de los derechos humanos, incluido el importantísimo derecho a la libertad de culto, debe seguir siendo el mensaje central del catolicismo al mundo. No es una tarea fácil: Karol Wojtyla recibió críticas cuando habló de la libertad religiosa en un viaje a India, donde los militantes hindúes le acusaron de practicar el proselitismo. Tampoco son bienvenidos los defensores de dicha libertad en bastiones del laicismo como las repúblicas postsoviéticas de Asia central o China, ni en naciones dominadas por una mayoría etnorreligiosa, como Arabia Saudí, Bosnia o Sri Lanka. La falta de popularidad y la desaprobación de los gobiernos no han detenido nunca a Wojtyla, y no deben detener a su sucesor.

Esta defensa fundamental de la dignidad y los derechos humanos es el fundamento moral de la evangelización. En su tarea de llevar el mensaje de Cristo a la gente, tanto a quienes han escuchado el Evangelio como a quienes no lo han hecho, Juan Pablo II rechazó de plano las alianzas con los Estados y su poder de coacción. Los concordatos con Estados-nación amigos -una amistad que, muchas veces, le costaba a la Iglesia un terrible precio moral y espiritual- pertenecen al pasado. El próximo Papa no puede volver a asociarse con ningún gobierno. La sociedad civil -la cuna de la autodeterminación política y el ámbito de expresión de la libertad humana en la cultura y la religión- es el medio en el que debe ponerse en práctica la misión divina de acercar Cristo al mundo y el mundo a Cristo.

El próximo Papa tiene que reconocer que la fe religiosa se ve como algo cada vez más contraproducente (en el mejor de los casos) desde el punto de vista de una sociedad seducida por la riqueza material, escéptica respecto a la verdad y recelosa del poder. En gran parte de Europa occidental, es frecuente que las afirmaciones de la identidad religiosa se reciban con desprecio y una incomprensión casi obstinada (valga como ejemplo los recelos que han despertado en Francia las chicas musulmanas por llevar velo a la escuela). En Irak, Siria, Indonesia, Malaisia, Argelia y partes de Latinoamérica, grupos religiosos de todo tipo han sufrido intimidaciones o clara persecución. En Estados Unidos, los cristianos conservadores se declaran partidarios de la libertad y la Carta de Derechos, pero sienten la tentación de regular lo que, en definitiva, sólo compete a Dios: la conciencia y los principios morales de sus conciudadanos.

Para la Iglesia católica sería desastroso capitular ante la globalización del libre mercado y, con ello, ganar el mundo pero perder el alma. Por tanto, el próximo Papa tiene que conservar la fuerza del discurso religioso -la peculiaridad del relato cristiano, con su escandalosa proclamación del perdón, el amor a los enemigos y la resurrección-, aunque lo traduzca para que llegue tanto a los de dentro como a los de fuera. Es preciso hacer que el argumento cristiano en defensa de los derechos humanos y el desarrollo equitativo sea reconocible para los dirigentes económicos y políticos, sobre todo aquellos para los que la fe no parece tener gran importancia. Proteger la dignidad humana y otorgar instrumentos económicos y políticos a los miles de millones de pobres a los que la globalización margina cada vez más debe ser una cuestión de política pública razonable, y no sólo de religión bien entendida.

El reto del islam.

"No hay obligación en la religión", dice el Corán, y el mundo islámico, hoy, intenta no coaccionar ni verse coaccionado. Esta realidad tiene que influir en la elección papal que posiblemente tengan que hacer ustedes dentro de poco. Desde luego, el próximo Papa debe mantener y extender las posturas adoptadas en el Concilio Vaticano II y promovidas por Juan Pablo II: el alejamiento del Estado en favor de la sociedad civil, de la teocracia en favor de la democracia y del exclusivismo religioso en favor de la libertad de culto. Pero, además, el próximo Papa debe tomar muy en serio al islam, principal rival mundial del cristianismo en la conquista de las almas de millones de africanos, asiáticos, europeos y, tal vez, americanos.

Las proyecciones demográficas más fiables indican que el cristianismo y el islam van a seguir creciendo de forma exponencial hasta que el hemisferio sur esté inundado con las modalidades pentecostales, carismáticas, militantes y sobrenaturalistas de ambas religiones. El historiador Philip Jenkins prevé una población mundial de 2.600 millones de cristianos en el año 2025, concentrada fundamentalmente en África, Asia y Latinoamérica. Según esas proyecciones, el islam crecerá a un ritmo similar en África y Asia. Hace mucho tiempo que el catolicismo europeo ya no es la forma dominante de expresión del cristianismo en el mundo; se ve eclipsado, cada vez más, por nuevas formas de piedad y solidaridad religiosas, creadas, en parte, por el contacto con el islam.

Ahora bien, la relación entre el islam y el cristianismo, las dos confesiones misioneras más poderosas del mundo, no se limita a la competencia y la rivalidad. El cristianismo tiene mucho que aprender de la experiencia moderna del islam, con su feroz resistencia a ciertas adaptaciones a la Ilustración, como la privatización de la religión y el muro de separación entre la religión y el Estado, y su desprecio hacia los agentes irreligiosos o indiferentes de la modernización. Los cristianos y musulmanes militantes se consideran el último bastión contra el agnosticismo de un mundo cada vez más laico. Ambos grupos expresan, con argumentos separados pero que resultan sorprendentemente afines, la crítica de que el materialismo que amenaza con arrebatar a la religión hasta el último atisbo de trascendencia es el producto más insidioso de la globalización.

El mundo pudo vislumbrar la posibilidad de una alianza entre el catolicismo y el islam durante la Conferencia Internacional sobre Población y Desarrollo celebrada en El Cairo en 1994. Tanto los representantes del Vaticano como los clérigos musulmanes denunciaron partes del Programa de Acción para 20 años aprobado por los asistentes, entre ellas las relativas a políticas reproductivas basadas, sobre todo, en el control de natalidad y el aborto. Las voces más avanzadas, tanto laicas como religiosas, expresaron su temor y su desdén ante la perspectiva de una guerra mundial de culturas que enfrentara a las dos grandes religiones patriarcales contra las fuerzas progresistas de los países ricos, democráticos y liberalizados.

Para acallar esos temores, el próximo Papa deberá ser el arquitecto de un diálogo cristiano-musulmán del que surjan alternativas a las políticas y los programas que violan los principios de las enseñanzas sociales del catolicismo. Los valores religiosos musulmanes se prestan a esa construcción comunitaria de la sociedad, pero los especialistas en ética de las dos confesiones deberán trabajar para alcanzar posturas comunes en aspectos que van desde la guerra justa hasta el control de natalidad.

Cuando impulse este diálogo, el próximo Papa tiene que evitar, con inteligencia, errores como los que ha cometido la Iglesia en el mundo moderno, entre ellos la tendencia del Vaticano a mirar hacia otro lado cuando se encuentra con elementos fascistas y autoritarios en su propia casa y en la de su posible aliado. La rama extremista del islam político busca el poder de coacción y se esfuerza para superar lo que algunos detractores musulmanes han llamado la fascinación idólatra por el poder del Estado. La Iglesia católica ya ha pasado por ahí. ¿Qué tuvo que sacrificar, por el camino, de su testimonio religioso y su integridad espiritual? El próximo Papa tiene que elaborar una respuesta que resuene tanto en los oídos de los musulmanes devotos como en los que desprecian la religión.

El reto de la ciencia y la bioética.

El próximo pontificado debe prestar especial atención a la defensa de la vida humana, su carácter sagrado y su dignidad, y cargarse de razones para que se considere al cristianismo como una voz clave en el debate sobre investigación y experimentación científica. En noviembre de 2002, la Congregación para la Doctrina de la Fe (el organismo encargado de promover y salvaguardar la doctrina de la Iglesia) publicó una ’Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas a la participación de los católicos en la vida política’, dirigida a los obispos católicos, los políticos y otros seglares involucrados en la vida pública. "Una conciencia cristiana bien formada", proclamaba el documento, "no nos permite votar por un programa político o una ley individual que contradigan el contenido fundamental de la fe y la moral". Entre los aspectos sujetos a la ley moral, proseguía, se encuentran el aborto, la eutanasia y los experimentos con embriones humanos.

Con estas declaraciones, la Iglesia se sitúa en medio de un complejo debate público sobre la propia esencia de lo que significa ser humano y cómo se define dicha esencia a través de las decisiones éticas en la ciencia y la medicina. La complejidad creciente del debate sobre la vida y la muerte obliga a la Iglesia a mantenerse al día de la ciencia y la tecnología, cuyos avances establecen los términos a los que debe atenerse cualquier proclamación convincente de la moral cristiana.

La Iglesia católica tiene que superar los obstáculos de su reputación como enemiga habitual de la investigación científica sin ataduras y su lentitud a la hora de desarrollar un grupo propio de científicos de primera categoría que trabajen en las disciplinas que le interesan. Eso hace que la Iglesia no esté en buena situación para abordar los dilemas éticos suscitados por la clonación humana y otras formas de ingeniería genética.

¿Por qué no emprende el próximo Papa una ofensiva de educación científica? El caso Galileo y otros episodios negativos siguen despertando gran interés, pero las aportaciones de los científicos católicos, la actitud relativamente abierta respecto a la evolución (tras la resistencia inicial, a comienzos del siglo xx) y la aceptación de la libertad de cátedra pueden ayudar a reconstruir las energías y la respetabilidad de la Iglesia en este ámbito. Un buen punto de partida sería mejorar y actualizar la Academia Pontificia de Ciencias (un órgano independiente, dentro de la Santa Sede, que tiene libertad de investigación en disciplinas científicas concretas).

El próximo Papa debe dirigir con una actitud intelectual y de amplias miras esta tarea crucial de situar la teoría católica a la altura de las prácticas actuales y la transformación constante de los horizontes éticos. La Iglesia no puede permitirse el lujo de pontificar desde una plataforma de conocimientos que ha quedado obsoleta.

Las cualidades que debe poseer el próximo Papa.

¿Qué cualidades debe poseer el próximo Papa para afrontar estos retos? En realidad, poca cosa: nada más que un intelecto de gran capacidad, formado mediante la lectura y el estudio disciplinado, no sólo de la filosofía y la teología católicas, sino también de la política, la economía y la ciencia contemporáneas; un profundo conocimiento y una experiencia personal de las lenguas, las culturas, las leyes religiosas y las costumbres del mundo islámico; y una comprensión real sobre el estado de las instituciones católicas de enseñanza superior, junto a la voluntad de absorber nuevas enseñanzas y hallazgos del mundo de la biotecnología.

No hace falta decir que estaría bien que se fijaran en el ejemplo de Karol Wojtyla. Dado que Juan Pablo II ha nombrado a 130 de los 135 cardenales con derecho a votar en el próximo cónclave, seguramente este consejo parece innecesario; el mundo cuenta con que escojan a un Papa que siga los pasos de su jefe actual. Es más, si no hay ningún candidato que obtenga el apoyo de los dos tercios durante los 12 o 13 primeros días de votación secreta, podrían tomar la decisión, por mayoría, de elegir al Papa por mayoría simple. En ese caso, parece que saldrían beneficiados los candidatos que son más conocidos, es decir, los cardenales que han ocupado puestos de responsabilidad destacados durante el pontificado de Juan Pablo II.

Sin embargo, si la historia indica algo en cuanto a las elecciones papales, es la preferencia de los electores por cambiar de rumbo, sobre todo después de un papado prolongado. Y sería superfluo, para no hablar de teológicamente incorrecto, intentar encontrar a un sustituto de Karol Wojtyla. Nunca podremos reemplazar al Papa polaco, ni siquiera con otro Papa polaco, cuyo espíritu, en cualquier caso, se habría forjado en una realidad católica diferente en Polonia, un paisaje cambiado para siempre por su predecesor. Además, la Iglesia católica no cree en la clonación.

CONCLUSIÓN:

Les pido una tarea difícil: deben elegir a un Papa que pueda proclamar el evangelio a líderes políticos, economistas, responsables del Banco Mundial, ingenieros genéticos y especialistas en ética, secularizados y agnósticos, que recomiendan las decisiones en materia de vida y muerte. Deben elegir a un Papa que pueda mantener la independencia política de la Iglesia católica, ganada a pulso, y resistir la tentación de construir alianzas con los poderes profanos. Y deben elegir a un pontífice que reconozca las afinidades del catolicismo con el islam, evite verse involucrado con extremistas y forje una alianza de trabajo con los moderados que, como la Iglesia católica, pretenden influir en la cultura y la educación a largo plazo, y no hacerse directamente con el poder.

Algunos de ustedes tienen una o más de estas cualidades; para encontrar a la persona que las posea en abundancia será necesaria la ayuda del Espíritu Santo. Les deseo lo mejor, y rezaré por ustedes.

George W. BUSH.

George W. BUSH.

George Walker BUSH, nace el 6 de julio de 1946 en New Haven, estado de Connecticut, EE.UU.

1. Continuador de una estirpe política.

Hijo del ex presidente George H. W. Bush (1989-1993) y el mayor de cuatro hermanos y una hermana (otra hermana, Robin, falleció de leucemia a los tres años de edad en 1953), nació en el estado de Connecticut, en Nueva Inglaterra, donde su padre, recién licenciado como piloto de la aviación naval en la guerra contra Japón, había fijado su residencia mientras estudiaba en la Universidad de Yale.

Los Bush eran una familia aristocrática de Massachusetts, en la tradición de los wasp (blancos, anglosajones y protestantes), que habían acrecentado su patrimonio con negocios afortunados en Wall Street; el fundador de la saga, Prescott Bush, comenzó también el hábito de combinar negocios y política y sirvió como senador del Partido Republicano (RP) por Connecticut. Cuando George Bush Jr. tenía dos años, su padre, ya licenciado, se trasladó con él y con su madre Barbara a Texas, donde emprendió una próspera carrera en la industria del petróleo. George Bush Jr. creció y se educó en este estado sureño, que se convirtió en su terruño adoptivo. La familia primero vivió en Odessa y desde 1951 en la más populosa Houston, donde Bush padre fundó su primera empresa petrolera.

El hijo recibió una esmerada educación en la Escuela Preparatoria Phillips de Andover, y en 1964, pese a la mediocridad de su expediente académico, se matriculó en la prestigiosa Universidad de Yale. En 1968 abandonó las aulas con una licenciatura inferior en Historia y acto seguido se alistó en la Guardia Nacional del Aire de Texas, donde recibió entrenamiento como piloto de combate hasta ser destacado en el 111 Escuadrón de cazas.

A pesar de poseer instrucción de cierta cualificación, no fue movilizado para la guerra de Vietnam y prestó todo el servicio militar en Texas. Reincorporado en 1973 a la plena vida civil, en 1975 obtuvo un máster en Administración de Empresas por la Harvard Bussines School y comenzó a trabajar en la industria energética de la ciudad texana de Midland, como intermediario en el comercio de minerales e inversor en prospecciones petrolíferas, para lo que montó la sociedad Bush Explorations. Fue en Midland donde conoció y contrajo matrimonio, el 5 de noviembre de 1977, con la profesora y bibliotecaria Laura Welch. La pareja tuvo dos hijas, las mellizas Barbara y Jenna, en 1981.

En 1978 Bush había reunido el dinero suficiente para, siguiendo la estela de su padre (quien por entonces ya tenía a sus espaldas una dilatada experiencia en el servicio público, como congresista, embajador y director de la CIA), abrir su propia empresa de explotación de hidrocarburos, Arbusto Energy; "arbusto" es precisamente la traducción al español de la palabra inglesa bush. En los cinco años siguientes la modesta compañía sufrió los embates de los bajos precios del petróleo y nunca reportó a su propietario beneficios significativos, pero le sirvió como trampolín a la política, su verdadera aspiración.


2. De empresario petrolero a gobernador estatal.

El mismo año 1978, poco antes de fundar la Arbusto Energy, Bush se presentó candidato al Congreso en las filas del partido de la familia por el distrito que incluía a Midland, Texas Oeste. Derrotó a dos competidores en las primarias del partido, pero en la elección general fue batido por el candidato del Partido Demócrata (DP). Tras este primer revés en las urnas (también su padre antes de salir elegido al Congreso en 1967 había perdido una apuesta senatorial en 1964), Bush volvió a la actividad profesional privada.

En 1983 su fortuna empresarial cambió de signo cuando Arbusto Energy fue adquirida por una compañía con no mucho mayor volumen de negocio, la Spectrum 7 Energy Co., en la que Bush pasó a figurar como ejecutivo jefe. Luego, en 1986, la Spectrum, que venía acumulando pérdidas valoradas en 400.000 dólares, fue a su vez absorbida por la Harken Energy Co., que reenganchó también a Bush dándole una participación sustancial en su accionariado y contratándole como director ejecutivo y consultor con unos altos honorarios.

En 1986 Bush, que había fijado su nueva residencia en Dallas, entró en el círculo de asesores de su padre, a la sazón vicepresidente con Ronald Reagan. De 1987 a 1988 estuvo en Washington para participar en su campaña presidencial, que culminó, luego de vencer al demócrata Michael Dukakis, con su entrada en la Casa Blanca el 20 de enero de 1989. De vuelta a Texas, Bush hizo una inesperada y exitosa incursión en el mundo del deporte que preparó su abandono de los azarosos negocios en el ramo de los hidrocarburos. Tras formar una sociedad de capitalistas adquirió el equipo de béisbol Texas Rangers de Dallas y se colocó como administrador general del club hasta su reventa. En la operación Bush ganó 15 millones de dólares, un beneficio 20 veces superior al capital invertido.

Éste fue el negocio definitivo en base al cual, a falta de cualquier experiencia en la administración pública o en la política local, hacer el salto a la alta política del estado. En 1990 se desprendió de todas sus acciones de la Harken -oportunamente, pues meses después la compañía anunció pérdidas millonarias y sus cotizaciones en bolsa se hundieron- y en 1991 acudió de nuevo a Washington para asistir a su padre en las primarias republicanas para optar a la reelección en 1992.

En 1993 Bush se embarcó en su propia campaña para conquistar el Gobierno de Texas, desde 1991 encabezado por la demócrata Ann Richards. El más extenso estado de Estados Unidos sólo había tenido dos gobernadores republicanos desde que volviera a la Unión en 1870 tras formar parte de la Confederación del Sur: Alvin Hawkins, en 1881-1883, y William Clements, en 1979-1983 y 1987-1991. Richards era una gobernadora popular, pero en las elecciones del 8 de noviembre de 1994 Bush, teniendo a su favor un respetable capital proveniente de las donaciones, la fama adquirida por la sustanciosa compraventa de los Rangers de Texas y el incuestionable peso de su ascendiente paterno, se alzó con la victoria con el 53,5% de los votos, de suerte que en enero de 1995 se convirtió en el 46º gobernador del estado sureño.

En Texas Bush se distinguió como un gestor meticuloso que introdujo severos controles del gasto en los presupuestos para mantener la inflación controlada y los mayores recortes impositivos que se recordaban. Fuera de Texas y de Estados Unidos adquirió más notoriedad por gobernar el estado en que más condenas a muerte se aplicaban, por el método de la inyección letal. Uno de los casos que más proyección internacional adquirió fue, en febrero de 1998, el de Karla Faye Tucker, la segunda mujer ejecutada en Texas desde 1863 y la primera en todo Estados Unidos desde 1984.

Pese a las peticiones de clemencia de Amnistía Internacional, el Parlamento Europeo y del papa Juan Pablo II, Bush, partidario incondicional de la pena capital al considerarla la mejor disuasión de la criminalidad, firmó la aplicación de la sentencia con la misma diligencia, como si de un simple trámite administrativo se tratara, mostrada con el resto de reos ejecutados en sus seis años de mandato. Cuando cesó como gobernador en enero de 2001, las ejecuciones en Texas desde 1982 (fecha en que comenzó a aplicarse el establecimiento de la pena capital en 1977) rozaban las 250, de las que él había autorizado 152 en seis años.

Pero esta práctica era reclamada por la mayoría de los texanos, según las encuestas, así que el 3 de noviembre de 1998 Bush ganó la reelección frente al aspirante del DP, Garry Munro, con un arrollador 69% de los votos, victoria sin precedentes que reveló amplios apoyos de colectivos tradicionalmente descuidados por los republicanos, como los hispanos. Bush cultivó los tratos con sus líderes políticos y sindicales, se esforzó en dirigirse a ellos en español, expresó su respeto por su cultura y tradiciones y les convirtió en principales destinatarios de su concepto de "sociedad integrada", en la que todos, sin distinción de raza, tenían derecho a las mismas oportunidades y servicios sociales. Al frente del estado con más kilómetros de frontera con México, Bush estableció también unas fructíferas relaciones de cooperación con las autoridades del país azteca, sobre aspectos de interés común como la inmigración ilegal, el medio ambiente y los flujos comerciales.


3. Candidato presidencial republicano con plataforma derechista.

Su éxito en Texas animó a Bush a embarcarse en una empresa más ambiciosa: la Presidencia de Estados Unidos. En la familia siempre se había acariciado la perspectiva de que alguno de los hijos llegara a presidente, repitiendo los pasos del padre, retirado desde que perdiera la reelección ante el demócrata Bill Clinton en 1992.

Antes de 1994 no estuvo claro si iba a ser George el elegido o su hermano menor Jeb, que hasta 1998 no consiguió ser elegido gobernador de Florida. De hecho, durante años sonó más la apuesta de Jeb, ya que el currículum de su hermano presentaba algunos pasajes políticamente incorrectos: apercibimiento de expulsión de Harvard por mala conducta; afición al alcohol, vicio del que consiguió rehabilitarse en 1986; sendos arrestos por hurto y por conducir ebrio (el último en 1976); y, la sospecha de consumir drogas blandas.

De hecho, en alguna ocasión él mismo se calificó de "oveja negra" de la familia y reconoció no tener "nada en común" con su preclaro progenitor. El caso es que la experiencia gubernativa y, como una década atrás lo fueron las ayudas de su esposa y de su asistente espiritual (el carismático predicador evangelista Billy Graham, que le convirtió en un devoto lector de la Biblia y en un hombre de oración diaria) para abandonar la bebida, los ánimos que recibía por doquier removieron todas las incertidumbres. El 2 de marzo de 1999 Bush anunció en Austin su candidatura presidencial en 2000 y seguidamente se puso en marcha un vasto movimiento de apoyo, que desde el primer momento le identificó como el hombre del aparato del partido y como el favorito de las primarias del RP.

El 25 de enero de 2000 Bush empezó con buen pie al vencer en el caucus de Iowa, pero el 1 de febrero sufrió una debacle ante John McCain, el senador por Arizona, en la emblemática primaria de New Hampshire. En los meses siguientes la amenaza del popular McCain a su primacía potencial fue diluyéndose al adjudicarse las primarias en sucesivos estados, proyectándose como un candidato concebido para ganar al precio que fuera a todos sus rivales internos además de al candidato que se impusiera en el campo demócrata, que, todo indicaba, iba a ser el vicepresidente Al Gore.

La omnipresencia de los asesores, oficiales de campaña y, significativamente, viejos rostros de las administraciones de Reagan y de su padre, más el apoyo total de los sectores más derechistas del RP, reportaron a Bush la imagen de un candidato prácticamente prefabricado por el partido y de limitada aportación personal a la campaña, así como un político con escasos conocimientos como para pretender la jefatura del país más poderoso del mundo.

Estas denunciadas carencias de Bush quedaron espectacularmente de manifiesto en política internacional cuando en una entrevista televisada un periodista le preguntó maliciosamente por los dirigentes de India, Pakistán, Taiwán y la república rusa de Chechenia, y sólo supo decir la mitad del nombre de uno de ellos ("el presidente Lee de Taiwán"). Otras meteduras de pata considerables fueron confundir Eslovenia y Eslovaquia, llamar a los habitantes de Grecia "grecianos" ("Grecians") y a los de Kosovo "kosovarianos" ("Kosovarian"), o, de acuerdo con la revista Glamor, creer que los talibán, el régimen integrista islámico aupado al poder en Afganistán, eran el "más grande grupo de música rock de Estados Unidos"; el aspirante presidencial explicó a su atónito entrevistador que, ciertamente, había "oído ese nombre (talibán) muchas veces antes".

El 3 de agosto la Convención Nacional Republicana reunida en Filadelfia le proclamó candidato presidencial del partido y días después se confirmó que Gore iba a ser su contendiente por la sucesión de Clinton. Comenzaba la verdadera campaña presidencial, y Bush empezó a precisar su plan de Gobierno más allá del ideario anunciado previamente y centrado en el vago concepto del "conservadurismo compasivo" (compassionate conservatism).

La mayoría de sus puntos programáticos consistían en las proclamas tradicionales de los republicanos, como la reducción general de los impuestos y la limitación de los objetivos sociales del Estado a aspectos tales como el mantenimiento de los programas de protección básicos y mejoras en la educación. Ahora bien, la formulación de estos planteamientos se hizo con tiento, pues la experiencia de su padre demostraba que las agresiones directas al ya de por sí limitado welfare state, originado con el New Deal rooseveltiano, tenían un precio en las urnas.

Asunto central de las propuestas económicas era qué destino dar al superávit de las finanzas públicas que iba a legar la administración Clinton, estimado para 2000 en los 168.000 millones de dólares. Mientras que Gore proponía destinar el 90% de los excendentes a amortizar la totalidad de la deuda pública para 2012 y el 10% restante a aliviar las cargas fiscales de las clases media y baja, Bush propugnaba que fuera de hasta el 33% la cuota con la que financiar el recorte de todos los tramos impositivos, unos 1,3 billones de dólares de ahorro para los contribuyentes.

Sobre la protección social, el demócrata consideró avanzar hacia una cobertura médica universal, empezando por los niños, y asegurar la viabilidad del sistema público de pensiones por jubilación, la Social Security, hasta 2054 como mínimo. Bush rechazó la propuesta y aseguró que la única manera de mantener y reforzar la protección social sería privatizando parcialmente la Social Security y totalmente la asistencia sanitaria a la tercera edad, Medicare, programa federal creado por la administración Johnson que es de carácter semipúblico.

Analistas de dentro y fuera de Estados Unidos se refirieron a un Bush intelectualmente pobre, incapaz de formular ideas complejas, sin convicciones firmes y sumamente convencional, pero también apuntaron el riesgo de subestimarle. En efecto, esos atribuidos defectos podrían volverse en ventajas prácticas sobre el "técnico" Gore, cuya rigidez mediática mutada en suficiencia intelectual irritaba a extensos sectores de votantes, según reflejaban las encuestas de popularidad, casi siempre favorables a su oponente republicano.

Bush jugó a ser el candidato de la tradición, de las clases medias blancas hostiles al poder federal y sus pretensiones reguladoras, que ahora gozaban de una nueva prosperidad pero que temían los cambios por venir. En esta línea, causó sensación cuando, rompiendo con una usanza de su partido, apostó por la integración de los hispanos en la sociedad, levantando trabas a la inmigración en un momento en que el país necesitaba mano de obra y aceptando la enseñanza bilingüe en las escuelas.

De hecho, el equipo electoral de Bush se lanzó a la búsqueda del centro político, que desde la victoria de Clinton en 1992 habia demostrado ser la llave para acceder a la Casa Blanca. Aunque sus padrinos eran gentes inequívocamente comprometidas con las últimas administraciones republicanas, identificadas por muchos con el culto al individualismo, la defensa clasista y el enriquecimiento insolidario, y aún con los postulados derechistas más intransigentes, Bush juzgó oportuno desideologizar su plataforma e incidir en la importancia de la vertebración social, en las obras caritativas de las iglesias (él pertenece a la metodista) y los gobiernos locales, y en un sentido individual de la "responsabilidad cívica" para descargar a la administración federal de lo mayor de las gravosas partidas sociales.

Para contrarrestar las acusaciones de ofrecer una oratoria poco convincente y un discurso huero, Bush desarrolló una "ofensiva de encanto", apelando la simpatía de las minorías, multiplicando sus comparecencias populistas al más puro estilo local, presentándose como un padre de familia vaquero y campestre desapegado de los engorros burocráticos, haciendo incursiones en temas del repertorio demócrata o regodeándose en un sentido del humor autodenigratorio que, por ejemplo, resultaba impensable en el hierático Gore. En el último tramo de la campaña se potenció la personalidad del candidato y su padre se retiró a un segundo plano para no acrecentar los comentarios irónicos sobre "el hijo de Bush" y la confusión de sus nombres.

Decepcionando a muchos seguidores ubicados en la extrema derecha religiosa, Bush rehusó posicionarse taxativamente contra el aborto (legal desde 1973), si bien ratificó su respaldo incondicional a la pena de muerte y al derecho de los ciudadanos a poseer armas de fuego. Así, de ser elegido presidente, aseguró, ni decretaría una moratoria de las ejecuciones a nivel federal ni impulsaría nuevas leyes que dificultasen el acceso de particulares a las armas de defensa personal. El caso era que como gobernador Bush había aprobado medidas más en el sentido contrario, de facilitar la adquisición de armas de fuego, lo que le garantizó el apoyo cerrado de la poderosa Asociación Nacional del Rifle (NRA).

Para el progresismo militante, la izquierda del DP y la inmensa mayoría de los afroamericanos, Bush era un personaje totalmente vacuo y un mero mascarón de proa de la derecha más reaccionaria, que en los años de Clinton se había empeñado en boicotear desde dentro o fuera de las instituciones toda iniciativa de alcance social y ahora se aprestaba a copar el poder. Así que llamaron a rebato y a votar por Gore, candidato que si no suscitaba entusiasmos al menos sí garantizaba que las tímidas conquistas de la administración saliente en aquella materia no iban a sufrir retrocesos.

4. Programa exterior de repliegue y unilateralismo.

Bush también recortó sus desventajas iniciales en cuanto a política exterior, terreno en el que Gore, con toda su experiencia gubernamental, daba la sensación de estar altamente cualificado. La clave fue el fichaje de un elenco de prestigiosos políticos peritos en la asignatura, destacando dos figuras de la administración de su padre: Richard Cheney, ex secretario de Defensa y candidato a la Vicepresidencia, que dirigió la campaña entre bambalinas; y Colin Powell, archipopular general de color retirado y otro veterano de la guerra del Golfo de 1991, cuando dirigía la Junta de Jefes del Estado Mayor.

Según los analistas, Cheney, Powell, probable secretario de Estado, y el posteriormente incorporado al equipo Donald Rumsfeld, llamado a ocupar la Secretaría de Defensa que ya desempeñara en los años setenta con Gerald Ford, aportaban experiencia, una visión predecible de las relaciones internacionales y, de paso, un talante de conservadores responsables bien integrados en el establishment.

Precisamente, la predictibilidad, la línea inequívocamente conservadora y los visos de retorno a antiguos esquemas de la visión internacional de Bush y sus colaboradores suscitaron inquietudes fuera de Estados Unidos. El aspirante republicano anunció que no impulsaría la pendiente ratificación del Tratado de Prohibición Total de Pruebas Nucleares (CTBT), firmado por Clinton en septiembre de 1996 y vetado por el Senado en octubre de 1999, y que desarrollaría la versión completa, no obstante su coste desorbitado, del programa de Defensa Nacional Antimisiles (NMD), pensado para resguardar el territorio nacional de un ataque con misiles de largo alcance.

En fase de proyecto y evaluación bajo Clinton, la NMD aventaba reminiscencias de la nunca realizada, por utópica, Iniciativa de Defensa Estratégica (IDE) reaganiana, vulgarmente conocida como Guerra de las Galaxias. También levantaba serias dudas de viabilidad tecnológica, puesto que el primer ensayo de interceptación de un misil atacante, en octubre de 1999, había salido bien, pero los dos siguientes, en enero y julio de 2000, constituyeron un fracaso, induciendo a Clinton a declarar en suspenso el proyecto y a trasladar la decisión de proseguirlo a su sucesor en las urnas. Finalmente, aseguró Bush, tampoco se iban a escatimar los gastos de defensa, toda vez que en el mundo se percibían viejos y nuevos peligros para la seguridad de Estados Unidos.

De acuerdo con la denominada Doctrina Powell, Estados Unidos sólo debería intervenir en aquellas crisis en que los intereses nacionales estuvieran en juego. Según el mismo Bush, cuando América usara la fuerza en el mundo "las causas deberían ser justas, las metas claras y la victoria, apabullante". Para Gore, en cambio, el país tenía una misión en el mundo, la de defender la democracia y los Derechos Humanos, y sus tropas podían y debían participar en operaciones de gran magnitud que definió como de "construcción de naciones".

Bush replicó que ni era esa la función de las Fuerzas Armadas ni Estados Unidos debía erigirse en el "bombero arrogante" que acude a apagar los incendios planetarios; antes bien, propugnó una superpotencia "humilde", partidaria de que fueran coaliciones regionales de naciones las que trabajaran por la seguridad y la paz en sus áreas (como Australia en el Sudeste Asiático, Nigeria en África Occidental o los aliados europeos en los Balcanes). Según Bush, el modelo perfecto de intervención militar era la campaña de 1991 contra Irak, no así las invasiones con propósito humanitario en Somalia en 1992 (a la sazón, comenzada por su padre) o Haití en 1994. Por esa razón, Bush no tuvo reparos en alabar la decisión de Clinton de no intervenir en su momento en las crisis de Rwanda y Sierra Leona.

Rusia y China tendrían que acostumbrarse a un lenguaje menos complaciente en lo relativo a sus actuaciones represivas en el interior y el resurgimiento nacionalista de su política exterior, mientras que la ONU debería componérselas con menos presencia estadounidense en sus misiones de paz. El objetivo central era recomponer las capacidades clásicas del Ejército, según Bush debilitado por Clinton por implicarlo en operaciones para las que no estaba concebido, así que se contaba con una pronta partida de los contingentes desplegados en Bosnia y Kosovo (en cuyo nombre se hizo una guerra que él había apoyado sin reservas) como parte de las misiones de pacificación de la OTAN.

Sobre América Latina, Bush precisó que no se toleraría el retorno al poder de los militares en ningún país, se apoyarían los esfuerzo de consolidación de la democracia y se aceleraría la conclusión del Área de Libre Comercio de Las Américas (ALCA), extendiendo los acuerdos de libre cambio bilaterales de Estados Unidos al mayor número posible de países. El bloqueo a Cuba no se atenuaría un ápice y se consideraría prioritaria la relación con México, desde el 1 de diciembre de 2000 presidido por el conservador Vicente Fox después de una prolongada hegemonía del partido PRI.

En definitiva, Bush proponía mantener la supremacía internacional de Estados Unidos, pero retornando a planteamientos clásicos de contención, prefiriendo la relación intergubernamental sobre la cooperación en instancias supranacionales, y lo unilateral sobre lo multilateral. Esta postura fue calificada por muchos observadores, empezando por los de los países aliados de la OTAN, como de neoaislacionista e imprudente, sobre todo en el capítulo de la NMD, abiertamente rechazado por los gobiernos citados por considerarlo una respuesta exclusiva a una amenaza, la de un ataque nuclear por parte de estados o grupos incontrolables, que era de alcance global y atañía a todos. Rusia y China basaban su oposición frontal al proyecto en el temor a que desatase una carrera de armamentos en todo el mundo.

Precisamente, Powell tendría como misión inicial convencer a rusos y chinos de que la NMD y el programa específico para Extremo Oriente, la Defensa de Teatro Antimisiles (TMD), concebido para proteger a los socios y aliados en la región -Japón, Corea del Sur y Taiwán- frente a un hipotético ataque con misiles de corto o medio alcance, no representaban una amenaza contra ellos ni tampoco era el principio de un rearme general, mientras que Cheney se perfilaba como el verdadero arquitecto de la nueva política exterior. Otros analistas aseguraron que las ineludibles responsabilidades internacionales de Estados Unidos obligarían a los republicanos a moderar su discurso, y recordaron el caso del mismo Clinton, quien llegó a la Casa Blanca pregonando la prioridad absoluta de los asuntos internos y salió de la misma como el presidente más intervencionista en muchos años.


5. Una victoria electoral bajo sospecha.

Las elecciones presidenciales del 7 de noviembre de 2000, a las que los dos candidatos que contaban llegaron codo con codo en los sondeos, pasaron a la historia electoral de Estados Unidos como las más reñidas y caóticas. Gore, con el 48,4%, superó a Bush en cinco décimas en votos populares (328.000 en números absolutos), pero éste, gracias al sistema de winner take-all ("todo para el ganador"), se aseguró los votos electorales, 246, de 29 estados, y se adelantó en el estado crucial de Florida, que aportaba los 25 compromisarios que le faltaban. Por lo que respecta a las elecciones al Congreso, el RP vio disminuida su ventaja sobre el DP en tres escaños en la Cámara de Representantes, quedándose con 221 diputados, y perdió cinco puestos en el Senado, empatando en 50 senadores con la formación rival.

Lo estrechísimo de la ventaja de Bush en el estado gobernado por su hermano, de tan sólo unos pocos cientos de votos, dio lugar a un extraordinariamente embrollado proceso de demandas de recuentos manuales en los condados conflictivos, descubrimientos de tarjetas perforadas (uno de los cinco sistemas de voto) invalidadas, revelaciones de votos erróneos, contraórdenes para parar los escrutinios y hasta imputaciones de fraude, con la implicación de los servicios jurídicos de ambos candidatos y los tribunales supremos de Florida y Estados Unidos.

El 12 de diciembre, transcurrido más de un mes desde las elecciones y cuando Bush continuaba en cabeza por 537 votos populares, el Tribunal Supremo Federal, por cinco votos contra cuatro, puso fin a la peripecia anulando la orden del Tribunal de Florida para recontar 45.000 votos desechados por las máquinas computadoras, alegando que el mandamiento no iba a poder completarse antes de la fecha límite del 18 de diciembre establecida por la ley para la conclusión del escrutinio: el candidato republicano se quedó, después de todo, con los 271 votos electorales, uno más de los necesarios para vencer.

Bush había triunfado al final, pero su mandato iba a inaugurarse con el sambenito de presidente "ilegitimo" por deber en última instancia su elección a unos jueces que a la postre eran tildados de conservadores. Sobre este particular, la prensa liberal de la costa este insistió en el dato de que de los nueve jueces del Supremo sólo dos fueron nombrados por Clinton, proviniendo el resto de las administraciones de Nixon, Ford, Reagan y Bush padre.

En un sector de la opinión pública se extendió la convicción de que de haberse recontado el voto de Florida hasta el final -pese a los riesgos para el sistema democrático en su conjunto que una provisionalidad indefinida pudiera haber acarreado-, se habría revelado la victoria de Gore. Con todo, apenas un año antes muy pocos observadores internacionales habían creído seriamente que Bush pudiera acorralar a un candidato que heredaba de Clinton un legado moderadamente positivo de prosperidad económica, optimismo en el porvenir inmediato y sensación de seguridad.

Recuperado el procedimiento normal, el 21 de diciembre Bush cesó como gobernador de Texas, el 6 de enero de 2001 el Congreso electo ratificó su elección y el 20 de enero tomó posesión como el 43º presidente de Estados Unidos. Se trató de la segunda vez que un vástago de ex presidente llegaba a la Casa Blanca: John Quincy Adams, presidente en 1825-1829, fue el hijo de John Adams, quien lo fuera en 1797-1801.

En el discurso inaugural Bush relativizó el tono desconfiado y regresivo de su visión internacional, comprometiéndose con las obligaciones inherentes a ostentar la primacía en un sistema internacional fluido y en la defensa de los aliados en Europa y Asia. En las semanas previas, Bush, contradiciendo su apuesta centrista y cargando las armas de unos colectivos (negros, blancos de izquierdas, ecologistas, feministas) que le prometían una guerra sin cuartel, alineó un plantel de colaboradores claramente escorado a la derecha.

Paradójicamente, el gabinete y la administración presidencial propuestos eran los más pluriétnicos de la historia, pero estaban cuajados de personalidades intensamente derechistas, hostiles a las reivindicaciones de los grupos de presión liberales o partidarias de no poner trabas a las actividades del gran capital financiero y la gran empresa extractiva de recursos naturales, con todas las implicaciones sociales y sobre el medio ambiente que pudieran derivarse. Un nombramiento especialmente polémico fue el del senador ultraconservador John Ashcroft para la Fiscalía General. Acérrimo enemigo del aborto, defensor a ultranza de la pena capital y con prejuicios raciales y machistas, Ashcroft fue no obstante aprobado por el Congreso luego de negociar Bush el apoyo necesario de varios legisladores demócratas.


6. Coherencia entre lo prometido y lo aplicado en política interior.

Contrastando grandemente con el debut inconsistente de Clinton en 1993, Bush se lanzó a aplicar su programa electoral nada más tomar posesión, con una contundencia que no dejaba lugar a dudas sobre su plataforma derechista. De entrada, inició los procesos de suspensión de las últimas disposiciones de su predecesor en los terrenos social y medioambiental, como la preservación de la explotación económica de 23 millones de hectáreas de bosques, la venta en farmacias de la píldora abortiva RU-486 con cargo al dinero público (excepto en los casos de violación o grave riesgo para la madre) o las directrices sobre el programa Medicare de asistencia sanitaria a la tercera edad.

Al primer parón se le sumó un plan, aprobado por la Cámara de Representantes en agosto, para abrir la reserva natural ártica de Alaska a las prospecciones petroleras, y el segundo se complementó con la retirada de fondos a las organizaciones internacionales que incluyen el aborto entre las fórmulas de planificación familiar. En añadidura, Bush ordenó desmantelar el directorio de la Oficina Nacional del SIDA que se encargaba de la cooperación internacional en el combate contra la pandemia.

En lo económico, Bush asumía la Presidencia cuando parecía que ya no daba más de sí la dilatada fase, presuntamente indefinida, de crecimiento sostenido, luego de estallar la burbuja de los nuevos valores tecnológicos en los mercados bursátiles, e incluso cundía la amenaza de una recesión: el cuarto trimestre de 2001 registró una tasa positiva de sólo el 1,1% y en enero el paro volvió a remontar tras marcar la cota históricamente baja del 4%. En febrero Bush presentó al Congreso su plan de reactivación económica que incluía el proyecto de recorte de impuestos más ambicioso desde la era Reagan, unos 1,6 billones de dólares en los próximos diez años, período en el que, de paso, se cancelaría un tercio de la deuda nacional, otros 2 billones de dólares, punto este último que no constaba en su oferta de campaña.

Echando mano al superávit presupuestario, el Gobierno contemplaba un crecimiento total del gasto del 4%, con incrementos significativos tanto en la Defensa como en la Educación y la protección social. Los congresistas juzgaron demasiado arriesgado este paquete y el 26 de mayo el Senado concedió a Bush un recorte impositivo por valor de 1,35 billones de dólares, lo que se ajustaba mejor a la promesa electoral. El visto bueno matizado del Legislativo supuso un importante éxito del flamante presidente, y además vino después de conocerse que en el primer trimestre del año la economía había crecido un 2%, sensible recuperación que brindó argumentos a los que habían insistido en que la deceleración de la segunda mitad de 2001 era sólo un sobresalto pasajero.

El 17 de mayo Bush presentó el plan gubernamental para hacer frente a la fuerte demanda de energía que, en vez de incidir en el ahorro del consumo y el desarrollo de las fuentes de energía alternativas y con menor impacto sobre el medio ambiente, se basaba justamente en el aumento de la oferta. Todas estas decisiones y enfoques de la administración Bush parecían destinados a satisfacer los intereses de la derecha religiosa y las grandes corporaciones industriales, sobre todo las dedicadas a la extracción de materias primas y, muy especialmente, las firmas petroleras. Pero esta prelación estratégica del petróleo y las energías fósiles iba a influir también, y muy poderosamente, en la acción internacional de Estados Unidos.

Sin ir más lejos, el 28 de marzo y para consternación internacional, Bush desveló a través de su portavoz que rechazaba los compromisos del Protocolo de Kyoto de diciembre de 1997 sobre el cambio climático, los cuales fijan una reducción media del 5,2% de los seis gases más responsables del efecto invernadero por los países industrializados desde 2008 a 2012; aportando sólo el 5% de la población mundial, Estados Unidos emite no obstante el 25% de los gases contaminantes.

La Casa Blanca justificó su negativa a ratificar el Protocolo, que precisaba este paso de al menos 55 signatarios para entrar en vigor, porque no iba en "el mejor interés económico" de Estados Unidos. Como argumentación, se adujo que Kyoto no comprometía a los países en vías de desarrollo, incluidas las superpobladas China e India, y además que no había suficiente evidencia científica del calentamiento global del planeta por causa de las emisiones excesivas de anhídrido carbónico y otros gases nocivos.


7. Revisión de doctrinas y primeros desmarques en política exterior.

La actitud contracorriente ante el Protocolo de Kyoto, lejos de ser excepcional, prologó lo que iba a ser una pauta sistemática, ya que Bush tampoco demoró concretar otros varios puntos de la campaña electoral en lo tocante a la defensa y la política internacional. El 9 de febrero anunció una revisión histórica de la doctrina de defensa estratégica de Estados Unidos ligada a tres grandes actuaciones. En primer lugar, la reducción sustancial del arsenal de armas nucleares de largo alcance, mejor si se hacía coordinadamente con Rusia, pero recurriendo a los recortes unilaterales si era preciso.

Simultáneamente, se procedería a la modernización tecnológica de las fuerzas convencionales para la potenciación de todas las capacidades militares que no requieren la implicación de soldados (satélites espía, guerra electrónica, aviones invisibles al radar y sin piloto, armamento inteligente). El nuevo concepto de la defensa buscaba dotar a las Fuerzas Armadas de sistemas armamentísticos de nueva generación, más mortíferos, más precisos y con menor riesgo para los combatientes humanos propios, tratando de avanzar en el objetivo de bajas cero.

Naturalmente, la NMD era el tercer pilar del plan estratégico. El presidente informó a los muy reticentes aliados europeos que el escudo antimisiles de largo alcance era irreversible y les garantizó, así como a los aliados asiáticos, la cobertura por el mismo no obstante su concepción unilateral y nacional. En su anuncio de confirmación el 1 de mayo de que el programa tenía luz verde pese a los fracasos en los ensayos de interceptación de misiles intercontinentales el año anterior, Bush adujo que el concepto de equilibrio nuclear del terror estaba obsoleto y que los grandes arsenales nucleares no resultaban eficaces para defenderse de eventuales ataques con misiles de países "irresponsables" (desde el año anterior hacía fortuna la expresión rogue states, "estados bribones") o de organizaciones terroristas dotadas de capacidad nuclear ofensiva.

La NMD y la TMD eran incompatibles con el Tratado de Antimisiles Balísticos (ABM) soviético-estadounidense de 1972, pero Bush insistió en que la Guerra Fría había terminado y que las nuevas necesidades y peligros hacían perentorio ir "más allá de las limitaciones" del ABM. Con esta ambiciosa apuesta, la administración Bush, de hecho, certificaba el entierro de cinco décadas de estrategia nuclear basada en distintos conceptos de la disuasión, entendida generalmente como la amenaza de recurrir a una represalia nuclear, en proporción de causar daños difícilmente asumibles por el que la sufre, contra una potencia nuclear (invariablemente, la URSS, mientras duró la Guerra Fría y la bipolaridad, aunque el concepto podía extenderse a la nueva Rusia o a China) para asegurarse de que el oponente no lanzará un primer ataque.

Para Rusia y China, esta estrategia claramente defensiva, de repliegue y con vocación de asegurar la invulnerabilidad del territorio de Estados Unidos (pretensión característica de la IDE reaganiana), denotaba la hostilidad de Washington hacia ellos, e insistieron en que la NMD y la TMD sólo iban a estimular la desconfianza en las relaciones internacionales y el descontrol de armamentos, un análisis sombrío que fundaban también en el descarte por Bush de la ratificación parlamentaria del CTBT.

Así, la administración Bush tuvo prontas tarascadas en sus relaciones bilaterales ambos gobiernos. Con Moscú, en marzo se creó un incidente diplomático por la expulsión de 50 miembros del personal de la embajada rusa en Washington bajo la acusación de espionaje. Y con Beijing, el 1 de abril se abrió una crisis en toda regla por el incidente de la captura de un avión estadounidense EP-3 que, según las autoridades chinas, realizaba labores de espionaje sobre la isla de Hainán cuando colisionó con uno de los cazas chinos que salieron a su encuentro para conminarle a que abandonara el espacio aéreo nacional; tras dos semanas de mutuas negaciones y acusaciones, el Gobierno chino liberó a los 24 tripulantes del aparato y se emprendieron pasos para dar carpetazo a la grave trifulca.

Los analistas se sorprendieron por el tono virulento, propio de la Guerra Fría, empleado por los altos miembros de la administración de Bush, quien ya en la campaña electoral se había referido al gigante asiático como un "competidor estratégico" de Estados Unidos, en calculada inversión de la "asociación estratégica" chino-estadounidense predicada por Clinton. A comienzos de mayo, el anuncio por el secretario Rumsfeld de la suspensión de las relaciones militares y el inmediato mentís desde el propio Pentágono reveló descoordinación en las cada vez más perfiladas alas dura y blanda dentro de la administración Bush y arrojó confusión a la situación de las relaciones bilaterales, que el secretario de Estado Powell se afanaba en devolver al nivel anterior a la crisis del avión presuntamente espía.

El Gobierno chino dio a entender que consideraría una agresión que Estados Unidos vendiera moderno armamento defensivo o extendiera el paraguas de la aún embrionaria TMD a Taiwán, posibilidades que contaban con enérgicos patrocinadores en el Departamento de Defensa y en los comités de Servicios Armados y Asuntos Exteriores del Senado.

A mayor abundamiento, el Departamento de Estado cambió la política clintoniana de diálogo con Corea del Norte por otra de confrontación, que puso en un brete a la posibilista sunshine policy del presidente surcoreano y premio Nobel de la Paz, Kim Dae Jung, dirigida al imprevisible régimen comunista de Pyongyang, acusado por Washington de contribuir a la proliferación mundial de armas de destrucción masiva, sobre todo en tecnología de cohetes, y que desde 1994 estaba sometido a un régimen subsidiado de control sobre su programa nuclear.


8. Entendimiento con Rusia, asincronía con Europa, connivencia con Israel.

Las relaciones con Rusia, sin embargo, se adentraron rápidamente por un vericueto sosegado, en buena parte gracias a la actitud moderada y cautelosa del presidente Vladímir Putin. Bush y Putin sostuvieron su primer encuentro en Ljubljana, Eslovenia, el 16 de junio y constataron las importantes diferencias en los respectivos análisis de las amenazas a la seguridad mundial.

El NMD, cuyo primer ensayo -exitoso- bajo la presidencia de Bush tuvo lugar el 15 de julio, y la vigencia del ABM constituían el principal capítulo de desacuerdo, ya que Putin, lejos de la consideración por Bush del tratado firmado en 1972 como una "reliquia del pasado", se refirió a éste como una "piedra angular de la arquitectura contemporánea de seguridad", y advirtió contra su ruptura unilateral, si bien se mostró dispuesto a negociar con Estados Unidos un nuevo marco de seguridad global, identificando las amenazas y elaborando una estrategia de respuesta compartida.

En su segunda reunión, el 22 de julio en Génova con motivo de la 27ª cumbre del G-8, Bush y Putin, haciendo gala de unas formas cálidas, vincularon el futuro de la defensa antimisiles a un nuevo avance en el desarme nuclear estratégico, y esta línea de entendimiento se reforzó en su tercer encuentro, el 21 de octubre en Shanghai, con motivo de la IX Cumbre de la Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC), al calor ya de la ola de solidaridad mundial con Estados Unidos por la catástrofe de los atentados del 11 de septiembre contra Nueva York y Washington.

Más complicadas se presentaron las relaciones de la administración Bush con los socios del viejo continente en el ámbito de la Unión Europea (UE). Por de pronto, estaba la larga lista de contenciosos comerciales, entre ellos las limitaciones comunitarias a las exportaciones estadounidenses de carne hormonada o productos transgénicos, las barreras arancelarias del país americano al acero europeo y las subvenciones agrícolas de unos y otros. Además, pesaban la campaña internacional de la UE contra Estados Unidos por su boicot al Protocolo de Kyoto, las diferentes actitudes ante el conflicto de Oriente Próximo y, en general, las iniciativas unilaterales de Bush en todos los ámbitos, un cuadro de discrepancias que poco después, con las cuestiones de Irak y la lucha antiterrorista, iba a agravarse.

El primer desplazamiento al extranjero de Bush como presidente fue, no a Canadá, como era tradición en todos los presidentes debutantes, sino a México, el 16 de febrero, para entrevistarse con el presidente Fox en San Cristóbal, León, estado de Guanajuato, en un entorno rural que los medios de comunicación bautizaron como la "cumbre de los rancheros". Bush se sentía más cómodo en este tipo de encuentros si el protocolo era relajado y la indumentaria informal, propiciando una atmósfera de cierta campechanía. En lo sucesivo, Bush se iba a llevar a determinados líderes extranjeros tenidos en estima a su propio rancho de Crawford, Texas, un escenario propicio para las guisas desenfadadas y los atuendos "sin corbata".

El 23 de febrero recibió en Camp David al primer visitante extranjero, el primer ministro británico Tony Blair, quien pronto a demostrar ser su aliado más inquebrantable en las lides internacionales. La segunda salida al exterior de Bush sí fue a Canadá, a Quebec, para asistir a la III Cumbre de Las Américas, del 20 al 22 de abril, donde el presidente expresó su compromiso en firme para crear el Área de Libre Comercio continental (ALCA) en 2005, no obstante la confirmación simultánea -en flagrante contradicción con el alegato librecambista- de que Estados Unidos se reservaba blindar el mercado nacional a las exportaciones agropecuarias latinoamericanas mediante nuevos aranceles aduaneros y subsidios a sus productores.

El 12 de junio Bush emprendió una gira por Europa que hasta el día 16 le llevó, en este orden, a España, Bélgica, Suecia, Polonia y Eslovenia. El 13 asistió al Consejo de jefes de Estado y de Gobierno de la OTAN en Bruselas, donde enfatizó su apoyo a la expansión de la Alianza Atlántica a los países de Europa central y oriental en los próximos años y al proyecto europeo de defensa coordinada con el mando aliado, y el 14 participó en Gotemburgo en la cumbre Estados Unidos-UE, donde constató las diferencias de criterio con los comunitarios, si bien los participantes prefirieron incidir en que eran "más las cosas que nos unen que las que nos separan".

El 19 de julio Bush estuvo de vuelta a Europa para hacer una visita oficial al Reino Unido y, como se anticipó arriba, tomar parte en la cumbre genovesa del G-8 entre los días 20 y 22. El 23 fue recibido por el Papa Juan Pablo II en el Vaticano y el 24, de regreso a Washington, hizo escala en Kosovo para estar con las tropas destinadas en la fuerza de paz de la OTAN, la KFOR.

Por otro lado, el 25 de febrero Bush acogió en la Casa Blanca a Ariel Sharon, el líder de la oposición derechista de Israel que acababa de ganar las elecciones y que se preparaba para ser primer ministro. Desde el primer momento se vio que la administración de Bush, espoleada por el siempre poderoso lobby judío de Estados Unidos y, sobre todo, guiada por un grupo de altos funcionarios y asesores del Departamento de Defensa, varios de ellos mismos judíos, empapados de un sionismo maximalista y de una hostilidad visceral a lo palestino, no estaba por la labor de ejercer el papel de potencia mediadora en el conflicto de Oriente Próximo, tal como, por ejemplo, lo había desempeñado, y muy eficazmente, la administración de Bush padre.

Esta implicación, para ser creíble, requería una cierta equidistancia entre las partes en conflicto. Una equidistancia, lógicamente, formal, en el ámbito táctico de la mediación, que supondría exigir concesiones a unos y otros con un énfasis similar y, de ser preciso, apretando las tuercas bajo amenaza de sanciones, y es que no puede olvidarse que Israel es un aliado estratégico inquebrantable que recibe de Estados Unidos una ingente ayuda económica y militar.

Nada más lejos de este esquema, Bush y sus colaboradores fueron asumiendo el lenguaje y los análisis del Gobierno israelí y dejaron a los territorios palestinos autónomos y ocupados a merced de la maquinaria de guerra de Israel, que desde el estallido de la segunda Intifada palestina en octubre de 2000 se afanaba en destruir las capacidades terroristas, responsables de una espiral creciente de atentados y asesinatos de ciudadanos israelíes, de los grupos y partidos palestinos que, supuestamente, ni la OLP ni la Autoridad Nacional Palestina (ANP) bajo la presidencia de Yasser Arafat estaban en condiciones de impedir.

El mensaje que transmitieron Bush y Powell a Sharon es que mientras durase la Intifada, Israel estaba en su derecho a tener sepultado el malhadado proceso de paz y a responder adecuadamente a los zarpazos del terrorismo palestino. Cuando el Gobierno israelí lo que hizo fue, al socaire de una defensa antiterrorista considerada legítima por la comunidad internacional, lanzarse a la destrucción sistemática de los medios y capacidades de la ANP y, en general, de las estructuras civiles de los palestinos en Cisjordania, lanzando devastadoras incursiones terrestres contra las ciudades palestinas, bombardeando indiscriminadamente campos de refugiados y arrasando viviendas y plantaciones para construir nuevos asentamientos de colonos judíos (además de cometer terrorismo también con su procedimiento de "asesinatos selectivos" de cabecillas palestinos), Bush se limitó a pedir a Sharon que comediera sus mortíferas represalias bélicas y que finalizara la asfixia económica de las poblaciones palestinas.

El presidente, desentendiéndose de los desmanes diarios en Palestina, se negó a reunirse con Arafat mientras éste no condenara "la violencia" y el 28 de marzo Estados Unidos vetó en la ONU el envío de una fuerza de observadores a los territorios ocupados, echándole a Israel en su soledad internacional un capote de protección que sería la tónica en los meses siguientes


Varias fuentes. Resumen con datos hasta AGOSTO de 2001. @torres.

Sobre los IGNORANTES.

Sobre los IGNORANTES.


- Cuando veo a un IGNARO, me jode verlo aunque sea Genaro.
- Cuando diviso a un NESCIENTE, me desagrada aunque sea valiente.
- Cuando, por descuido, me acerco a un INSIPIENTE, maldigo a todo bicho viviente.
- Cuando me tropiezo con un AYUNO, lo machaco sea alto o “Torrebruno”.
- Cuando intuyo a un LIMPIO, lo ignoro y no lo ensucio pero tampoco lo …
- Cuando me aborda un PROFANO, no le escupo pero no le doy la mano.
- Cuando me para un INDOCTO, lo mando a darle el coñazo a otro.
- Cuando sueño con un LEGO, … despierto… ya volveré luego.
- Cuando “atopo” con un ILITERATO, lo jodo durante un rato.
- Cuando vislumbro a un ILETRADO, ¡MIGUELito, ya la has cagado!.
- Cuando aparece un ANALFABETO, ¡Carallo!, ¿Dónde me meto?.
- Cuando recibo a un DESAVISADO, ¿Qué hice?, ¿Dónde he tocado?.
- Cuando veo a un PEDANTE, no pongo el yo por delante.
- Cuando me encuentro a un APRENDIZ, lo valoro por lo que miente y lo juzgo por el tamaño de su nariz.
- Cuando me ofrecen a un NECIO, se lo vendo a su madre a bajo precio.
- Cuando me para un INEPTO, no quedo quieto.
- Cuando aparece un INEDUCADO, aunque ya haya cagado voy al escusado.
- Cuando llega un GROSERO, a la hora de cagarse en su madre soy el primero.
- Cuando se adivina a un IDIOTA, si no votó lo boto.
- Cuando te anuncian a un ZOTE, baila el perro “pirulo” y ¡olé!, ¡olé!.
- Cuando te invita a su casa un MODORRO, quédate en la tuya que es un ahorro.
- Cuando te encuentras a un CALABAZA, no le des baza.
- Cuando te mira un ALCORNOQUE, que te mire y no te toque.

© Antonio Torres Sánchez.

ARMAS bajo CONTROL.

ARMAS bajo CONTROL.

Las ARMAS avivan los conflictos, la pobreza y el sufrimiento.


En nuestro trabajo en todo el mundo, Oxfam, Amnistía Internacional y la Red Internacional de Acción Contra las Armas Ligeras somos testigos del coste humano de los abusos causados por las armas, y trabajamos en favor de un control más estricto del armamento convencional.

Sin un control estricto, las armas seguirán avivando los conflictos violentos, la represión estatal, la delincuencia y la violencia doméstica. A menos que los gobiernos actúen para detener la proliferación de armas, se perderán más vidas, se cometerán más violaciones de los derechos humanos y se negará a más personas la oportunidad de una vida digna.

La situación es crítica. Deben tomarse medidas urgentes inmediatamente. Los gobiernos deben emprender acciones a todos los niveles para poner fin al sufrimiento que provoca el descontrol en el comercio de armas.


El problema.

Cada día millones de hombres, mujeres, niñas y niños viven bajo la amenaza de la violencia armada. Cada minuto uno de ellos muere asesinado. Desde las bandas armadas de Río de Janeiro y Los Ángeles, hasta las guerras de Liberia e Indonesia, las armas están fuera de control.

Las armas ligeras contribuyen de forma significativa a la pobreza y al sufrimiento y desarrollan un papel clave en las violaciones de los Derechos Humanos y del Derecho Internacional Humanitario. Se infligen más heridas, muertos, desplazamientos, violaciones, raptos y torturas con armas ligeras que con cualquier otro tipo de armas. Por este motivo, el secretario general de Naciones Unidas las calificó como "las auténticas armas de destrucción masiva".

"Fue después del ataque cuando llegaron al pueblo armas para defenderlo. Pero entonces la amenaza sobre el pueblo fue mayor. ¿Por qué? Los (rebeldes) querían hacerse con las armas". Habitante de Yakawewa en Sri Lanka, 1998.

Demasiadas armas.


640 millones de armas circulan por el mundo y cada año se fabrican 8 millones más y 16.000 millones de balas: 2 por cada hombre, mujer, niña y niño del planeta.

Las armas son cada vez más dañinas y de efectos más indiscriminados para la población civil. Muchas armas son sencillas y duraderas: su uso no precisa de mucho entrenamiento y pueden seguir operativas durante más de 40 años.

"Ha bajado mucho el precio: solía ser seis vacas por un AK y ahora puedes conseguir un rifle nuevo por un buey y seis cabras". Charles Logwe, antiguo comerciante de armas en el norte de Uganda, 2001.

En manos equivocadas.

La falta de control en el comercio de armas hace que éstas viajen con demasiada facilidad y lleguen a manos de grupos y personas que las utilizan para violar las Derechos Humanos o el Derecho Internacional Humanitario.

Cuando no existe un control estricto, abusan de las armas tanto los ejércitos durante un conflicto armado, como los cuerpos de seguridad que ejercen la fuerza indebidamente, las empresas privadas de seguridad y las bandas criminales.

La violencia armada no se limita a las guerras, sino que se está generalizando en las calles y en los hogares de miles de familias. Actualmente, más de la mitad de las armas convencionales está en manos de civiles.

La industria armamentística.

"Los soldados de Georgia solían darnos balas de verdad para que jugáramos y, si les regalábamos vodka o cigarrillos, nos daban cualquier cosa - un arma pequeña o una granada". Georgi, de 14 años, Georgia.

El negocio de las armas es escenario de corrupción y sobornos generalizados, y se nutre de los beneficios que dan unas máquinas diseñadas para matar y mutilar a seres humanos. Entonces, ¿quién obtiene beneficios con este horrible comercio? Los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU –Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Rusia y China–son responsables del 88 por ciento de las exportaciones de armas convencionales de las que se tiene noticia. Desde 1998 hasta 2001, Estados Unidos, el Reino Unido y Francia obtuvieron, por la venta de armas a países en desarrollo, una suma superior a la que gastaron en Ayuda Oficial al Desarrollo.

Mientras lees esta página, 1.135 empresas, en más de 98 países, fabrican armas convencionales, munición y piezas.

Fuera de control.


Matar es cada vez más fácil: se puede hacer a mayor distancia, con mayor indiferencia y menor esfuerzo. Además, el suministro de armas a países donde se violan los derechos humanos es constante y transmite el mensaje de que la comunidad internacional tolera, e incluso respalda, este tipo de actos.

Por todo esto cabría esperar que este comercio estuviera estrictamente controlado, pero no es así. Mientras la atención internacional se centra en la necesidad de controlar las armas de destrucción masiva, el comercio de armas convencionales sigue en un vacío legal y moral. A día de hoy, no existe ninguna ley internacional exhaustiva y vinculante que regule el comercio de armamento convencional y las armas se siguen vendiendo sin ningún control sobre su destino y uso final.

Fuera de la ley.

El negocio de las armas no se parece a ningún otro. Debido a su relación con la seguridad nacional y la política exterior de cada país, lleva muchos años funcionando en un ambiente de secretismo, y su control no está regulado por la Organización Mundial del Comercio, sino por los diferentes gobiernos. Por desgracia, los gobiernos no siempre están dispuestos o son capaces de controlar las ventas de armas de forma responsable. Asimismo, lo más frecuente es que la legislación nacional, si la hay, sea lamentablemente inadecuada y esté plagada de vacíos legales. Además, los mecanismos existentes no son obligatorios y apenas se aplican.

Lagunas legales.

Algunos gobiernos exigen un Certificado de Uso Final que indique el destinatario de las armas y para qué van a utilizarse con el fin de impedir que caigan en manos equivocadas. Pero este sistema es fácil de sortear, ya sea porque el órgano que concede el permiso no hace casi nada para verificar la documentación, o porque los certificados se obtienen mediante canales corruptos. Muchas veces, las armas terminan en un lugar diferente porque el punto de destino citado en el certificado es sólo una parada de tránsito o sencillamente es falso.

Veamos, por ejemplo, el caso de Canadá: treinta y tres helicópteros militares canadienses se enviaron a Colombia –un país con un historial terrible en materia de derechos humanos– a pesar de que el gobierno canadiense tiene estrictos controles sobre la venta de armas a este Estado.

¿Cómo sucedió? Los vacíos en la ley canadiense permitieron que las armas fueran enviadas primero a Estados Unidos, un país para el que Canadá no exige Certificado de Uso Final, y donde no hay garantías de que las armas no serán nuevamente exportadas.

Los intermediarios.

Los intermediarios son los que organizan las transferencias entre los vendedores y los compradores. Muchos han sido acusados de suministrar armas a los peores conflictos del mundo, a zonas con graves crisis de derechos humanos y a países sometidos por la ONU a embargos de armas, como Angola, Afganistán, Iraq, Ruanda y Sierra Leona, por citar unos pocos.

En la mayoría de países la legislación sobre exportaciones de armas no regula el tema de los intermediarios. Y allí donde existe regulación, los “intermediarios-traficantes” sin escrúpulos, con la ayuda que reciben de los transportistas de armas y algunos bancos que les permiten tener cuentas bancarias en el extranjero, evitan ser detectados y ocultan bien el rastro que dejan.

Es necesario un control y regulación del tráfico, el transporte y los intermediarios que intrevienen en el comercio de las armas.

Licencias.

Un número cada vez mayor de fabricantes de armas exportan sus conocimientos y su tecnología a otros países con leyes más laxas en materia de armas, lo que permite que se fabriquen armas bajo licencia en territorios donde el control sobre las exportaciones es aún menor. De este modo, es muy fácil que los exportadores sorteen los controles que prohíben la venta de armas a los países en conflicto.

Los gobiernos de al menos 15 países, entre ellos Francia, Estados Unidos, Reino Unido, Israel, Suiza y Alemania, permiten que las empresas concedan licencias para la fabricación de sus armas y munición en otros 45 países, muchos de los cuales tienen un control sobre la exportación de armas aún más débil. Esto aumenta las probabilidades de que las armas que fabrican caigan en manos equivocadas.

Las consecuencias.


En nuestro trabajo, Amnistía Internacional, IANSA y Oxfam, somos testigos a diario de cómo las armas se utilizan para perpetrar violaciones generalizadas de los derechos humanos, ya sea en conflictos, actos criminales, operaciones policiales, represión por parte del estado o en casos de violencia doméstica.

Las armas son un factor decisivo a la hora de instigar, prolongar e intensificar los conflictos y la violencia armada, incrementando las víctimas civiles. Las armas se utilizan arbitraria e indiscriminadamente para matar o herir, para amenazar a la gente y expulsarla de sus hogares.

A más largo plazo, las armas obstruyen las posibilidades de desarrollo e interfieren en los derechos de la gente a una vida digna y a los servicios de salud y educación.

Muchas víctimas.

Millones de hombres, mujeres y niños viven cada día bajo la amenaza de la violencia armada. Las armas se utilizan para matar, pero muy a menudo también se usan como método de coerción para realizar cualquier tipo de abuso: heridas y mutilaciones, reclutaciones a la fuerza, violaciones de mujeres a punta de pistola, reclutación forzosa de niños y niñas soldado, torturas y arrestos arbitrarios, desplazamientos de población, secuestros y raptos de rehenes, desapariciones, etc...

La violencia armada acaba con la vida de 500.000 personas al año y causa daños físicos, psicológicos y emocionales enormes a millones de familias. Comunidades enteras viven inmersa en el dolor y ven como la esperanza se convierte también en una víctima de las armas.

“¿De qué modo se espera que gritemos? ¿Cuánto dolor y sufrimiento se piensa que podemos soportar? ¿Cuántas cabezas y manos han de quedar mutiladas por los mísiles antes de que alguien nos preste atención?” Emily Baker, cuyo marido fue asesinado en el conflicto de Liberia, 2003.


Desarrollo interrumpido.

El gasto en armamento y en mitigar los problemas causados por las armas, disminuye la capacidad de los países de promover el desarrollo. África, Asia y América Latina gastan anualmente 22.000 millones de dólares en armamento. Sólo con la mitad de esta suma se habría podido lograr una educación primaria universal y la reducción de la mortalidad materno infantil.

En los países gravemente afectados por la violencia armada, el comercio y la producción se resienten, desaparece el turismo y la gestión estatal de las infraestructuras y los recursos nacionales se ve gravemente afectada.

A menudo, las armas se utilizan para impedir el acceso a hospitales, tierras de cultivo, escuelas y mercados: los centros de salud se convierten en objetivo militar, las escuelas cierran o son utilizadas como “campos de refugiados” y las tierras de cultivo están plagadas de minas. Esto empeora las condiciones de vida y provoca mayor pobreza.

Además, las armas obstaculizan el acceso a la ayuda humanitaria e incluso la manipulan y utilizan como arma de guerra.


Cultura de la violencia.

Impera el falso mito que las armas protegen.


“En mi pueblo todos los hombres tienen una pistola, una pistola propia. Si no tienes una propia, en ese caso “Yu nogat nem”, no eres nadie en el pueblo. Pueden violar a tu mujer. Pueden robarte. Pueden hacerte cualquier cosa”. Francis Danga, Papúa Nueva Guinea, 2000.

La presencia de armas genera un clima de miedo que alimenta la percepción de inseguridad y lleva a demandar más armas: grupos e individuos inseguros deciden armarse con el fin de protegerse y sus actos son interpretados como una amenaza por otros, que a su vez, también se arman. Así se refuerza un círculo vicioso que es difícil de romper y que provoca una carrera de armamento con el grupo, comunidad o país vecino.

Tener y utilizar armas es cada vez más habitual en todo el mundo. Su poder es a la vez simbólico y real: no es preciso usarlas para que tengan efecto. Además su posesión resulta atractiva y acaba contaminando símbolos, actitudes, valores y creencias de las culturas.

“Antes se asaltaba pero nunca se mataba. Sin embargo, cuando la gente tiene armas, empieza una carrera armamentística como muestra de poder. Si la comunidad vecina adquiere armas, ellos también”. Francis Komen, subinspector de districto en Isiolo, norte de Kenia, 2002.

“Los hombres que mataron a estas chicas creen estar fuera de la ley: llevan pistolas como si llevaran joyas -para parecer “gángsteres”- y en algún momento las utilizarán. Si no encontramos el modo de hacer que reintegren en la sociedad, continuarán matando y destrozando vidas, ya que no tienen otro sistema de valores que no sea el de las armas”. Trabajador universitario de Birmingham, Reino Unido, tras el asesinato de dos chicas, enero de 2003.

¿Actuar ahora?.

La situación se encuentra en un punto muy crítico. Hay millones de armas en circulación y pueden encontrarse prácticamente en cualquier rincón del mundo. A menudo se utilizan para cometer flagrantes violaciones de los derechos humanos y millones de personas están sufriendo las consecuencias. Se requiere una acción gubernamental inmediata. Los gobiernos tienen la obligación de proteger a sus ciudadanos dentro de sus fronteras, pero también de hacer todo lo posible para prevenir la vulneración de los derechos humanos y los crímenes de guerra en otros países.

Guerra contra el terror.


La “guerra contra el terror” tendría que haber centrado la voluntad política en prevenir que las armas cayeran en manos equivocadas. Pero desde los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, algunos proveedores han relajado sus controles con el fin de armar a los nuevos aliados contra el terrorismo, independientemente de su desprecio por lo derechos humanos y el Derecho Internacional Humanitario.

Armas como norma.

Asimismo, estamos presenciando un cambio a largo plazo en el que las armas se están convirtiendo en una parte integral de la vida – y, por consiguiente, en un instrumento letal cada vez más común – en comunidades y ciudades de todo el mundo. La posesión y uso de armas cada vez más mortíferas se está convirtiendo en la norma.

El reto que afronta la comunidad internacional es urgente: los gobiernos deben cooperar para controlar y limitar las transferencias de armas y la proliferación de su producción. En contra de los que argumentan que no se puede hacer nada para controlar la entrada de armamento, Oxfam y Amnistía Internacional creemos que si es posible.

Las soluciones.


Mientras la atención internacional se centra en la necesidad de controlar las armas de destrucción masiva, el comercio de armas convencionales sigue en un vacío legal y moral. Los mecanismos existentes no son obligatorios, apenas se aplican y están plagados de lagunas legales. Por ello, Amnistía Internacional e Intermón Oxfam proponemos una acción urgente y combinada, desde el ámbito comunitario hasta el internacional, con el fin de controlar la proliferación de armas y el abuso de ellas de manera efectiva.

Ámbito local - Comunidades más seguras.

Hay que lograr reducir la demanda de armas en las comunidades más afectadas por la violencia armada. Para ello, es imprescindible restablecer la confianza en la seguridad no armada. ¿Cómo?

--- a través de programas de resolución no violenta de conflictos
--- a través de programas de recolección y destrucción de armas
--- controlando los arsenales de los cuerpos públicos para que no sean revendidos a traficantes
--- reformando el sector policial, militar y de seguridad
--- llevando a los tribunales y condenar las violaciones de derechos humanos para poner fin a la impunidad


“Soy una víctima. Me robaron el ganado. No nos quedó otra alternativa que utilizar las pistolas para proteger a nuestras familias de los asaltantes. (...) Renunciar a las armas no es un problema siempre que me puedas garantizar que nuestros vecinos también están desarmados y que puedas asegurar mi protección”. Habitante de Kina, Isiolo, norte de Kenia, 2002.

Ámbito regional - Reforzando los instrumentos existentes.


Deben desarrollarse y reforzarse los acuerdos regionales sobre control de armas así como establecer controles para proteger el Derecho Internacional Humanitario y los derechos humanos.

Entre las iniciativas regionales impulsadas hasta hoy, tenemos que fijarnos en la UE, que en 1998 aprobó un Código de Conducta en materia de Exportación de Armas, con el fin de establecer criterios para los gobiernos a la hora de autorizar o denegar licencias de exportaciones de armas. De momento, este instrumento no es obligatorio, pero creemos que su fortalecimiento es imprescindible y por ello, es uno de los objetivos que persigue la campaña.

Ámbito nacional - Necesidad de una Ley española.

En España, como en otros países, tenemos deberes pendientes: necesitamos mayor control y transparencia en las exportaciones de armas. Es urgente elaborar una ley para poner fin a las lagunas legales existentes que facilitan el tráfico ilegal y para supervisar de forma estricta el uso final de las armas.

Con las anteriores campañas para el control de las exportaciones españolas de armas (“Hay secretos que maten” y “Adiós a las armas”), se avanzó en la transparencia y responsabilidad del gobierno. Sin embargo, se siguen autorizando ventas a destinos muy sensibles y sin garantías.

En España hay mucho que hacer: la aplicación estricta del Código de Conducta de la UE, conseguir una ley sobre transparencia informativa, así como un estricto control parlamentario de las exportaciones de armas, son sólo algunas de las asignaturas pendientes.

Ámbito internacional - Necesidad de un tratado internacional.

Mientras la atención internacional se centra en la necesidad de controlar las armas de destrucción masiva, el comercio de armas convencionales sigue sin una legislación eficaz.

En los últimos años, se ha admitido el problema de la proliferación ilícita de armas ligeras y se han tomado algunas medidas importantes: firma de los Principios Reguladores de las Transferencias de Armas Convencionales, adopción del Código de Conducta de la Unión Europea y desarrollo de unas “directrices sobre buenas prácticas”. Sin embargo, los mecanismos existentes no son obligatorios, apenas se aplican y están plagados de lagunas legales.

Por este motivo, es imprescindible conseguir que todos los gobiernos del mundo adopten un Tratado Internacional sobre Comercio de Armas exhaustivo y de obligado cumplimiento que regule todo el armamento convencional, como ya existe para las armas de destrucción masiva.


Este Tratado ayudará a impedir que las armas caigan en manos de asesinos indiscriminados y de responsables de abusos y violaciones de los derechos humanos.

El Tratado Internacional sobre el Comercio de Armas.

El Tratado Internacional sobre Comercio de Armas obligará a los gobiernos firmantes a controlar sus transferencias de armas de acuerdo con los principios de los Derechos Humanos y el Derecho Internacional Humanitario.

¿Qué proceso debe seguir el Tratado?.

1º- Las ONG elaboramos un proyecto de tratado que está siendo presentando a los gobiernos y que reúne en un solo documento, las obligaciones de los Estados en materia de exportaciones de armas.

2º - Una vez recibido el proyecto de Tratado, aquellos gobiernos interesados convocarán una conferencia de estados para redactar el Tratado de Comercio de Armas.

3º- Desde entonces, deberá ser firmado y ratificado por un número determinado de Estados para que entre en vigor.

4º- Una vez haya entrado en vigor y se incorpore en la legislación de los países que lo hayan ratificado, se podrá recurrir a los tribunales de justicia cuando este se incumpla.

¿Qué aspectos concretos regulará el Tratado?.

1. Obligará a todos los Estados a elaborar unos procedimientos para transferir armas.
2. Prohibirá las transferencias de armas a países sometidos a embargos.

3. Prohibirá las transferencias de armas que tienen efectos indiscriminados o causan sufrimiento innecesario, como las minas o las armas cegadoras o láser.

4. Prohibirá las transferencias de armas a países donde se cometan violaciones de los derechos humanos, el Derecho Internacional Humanitario, genocidio, crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad.

5. Denegará las transferencias cuando exista el riesgo de que vayan a utilizarse para cometer delitos violentos o cuando puedan poner en peligro la seguridad regional y el desarrollo sostenible.

6. Aplicará estos principios por igual a Estados, intermediarios y transportistas.

El Tratado no se plantea ni pide una prohibición total de las armas, sino un control estricto de su comercio y su uso. Aunque algunos tipos de armas sí están prohibidas, la mayoría tienen un uso legítimo según el Derecho Internacional para la autodefensa y la protección de los ciudadanos. Sin embargo, el Derecho Internacional también exige que se respeten los derechos humanos y las libertades. Lo que persigue el Tratado es que se cumplan estas normas de forma efectiva y que se pueda recurrir a la justicia en caso de que estas obligaciones se incumplan.

Ya son diez los países que apoyan la iniciativa de un Tratado Internacional de sobre Comercio de Armas: Costa Rica, Mali, Camboya, Finlandia, Islandia, Kenia, Eslovenia, Brasil, Holanda y Macedonia.

Ejemplos de cómo funcionará el Tratado.

En Kenia, en 1997 la policía entró en una catedral tras unos manifestantes y lanzó gases lacrimógenos y pelotas de goma. Amnistía Internacional descubrió que los gases habían sido fabricados en el Reino Unido. Tras una fuerte campaña, consiguió que el gobierno británico denegase una exportación del mismo material al mismo país por valor de 1’5 millones de libras. En 1999, la policía usó de nuevo e indebidamente gases lacrimógenos y Amnistía descubrió que una empresa francesa (Nobel Securite) había proporcionado a Kenia el material que el gobierno británico había denegado exportar, violando así el Código de Conducta de la UE. Si el Tratado Internacional hubiera estado en vigor, y ambos países fueran Estados partes, no se hubieran llevado a cabo esas transferencias.

Nepal. Alemania rechazó la solicitud de venta de unos rifles G36 a Nepal, pero Bélgica la aceptó. En verano de 2002 un ministro verde del entonces gobierno de coalición dimite a causa de esta venta y origina una crisis de gobierno. Finalmente la crisis se resuelve con la mejora de la ley belga, que entre otras cosas, incorpora a su ley de exportaciones el Código de Conducta de la UE. Este hecho muestra la necesidad de instrumentos legalmente vinculantes y de un instrumento jurídico global, que se pueda aplicar a todos los países por igual.

 

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Panfletos, libelos y otras vísceras.

Panfletos, libelos y otras vísceras.

PANFLETO es un escrito, generalmente de contenido político e inspirado por algún hecho de actualidad dirigido contra una persona, un partido político o una institución. Suele ser un opúsculo de carácter agresivo breve y conciso, escrito para desacreditar a la vez que se ofende, y se caracteriza por una intención polémica. En un panfleto no se cuenta una historia, ni se describe una situación, ni se defiende una postura: se pretende convencer, conseguir adeptos. Libelo, en cambio, es cualquier escrito en el que se denigra, infama o injuria a alguien o algo. Cuanto más democrático es un país más difícil es establecer la frontera entre la libertad de expresión e información y el derecho al honor y la intimidad. Un exceso del ejercicio de la libertad de prensa dejaría camino abierto al libelo vulnerando los derechos individuales de personas e instituciones. Pero una protección inapropiada de la privacidad, especialmente de personajes públicos haría que cualquier panfleto vulnerara la libertad de expresión.

Ha hecho bien Mariano Rajoy pidiendo a sus compañeros de partido que hagan oposición con inteligencia, con finura, con educación y no desde las vísceras. Las leyes de difamación generalmente castigan las aserciones falsas y están diseñadas para asegurar que no se daña injustamente la reputación de un individuo. Las de desacato, en cambio, eran intimidatorias y castigaban por igual la verdad y las falsedades, lo que permitía enmudecer la información y aherrojar la opinión. Lo que está claro es que resulta indigna y deshonrosa la atribución gratuita de hechos a una institución o a una persona. Sea panfleto o libelo, el video de Faes es una basura intelectual. No porque ofenda el honor y la dignidad de entidades estatales, instituciones nacionales o funcionarios públicos sino porque ofende la dignidad y el honor de quienes no resisten la tentación de verlo.



Luis Ignacio Parada.

LOS AMOS DEL MUNDO.

LOS AMOS DEL MUNDO.

El Club de Bilderberg.

Cada mes de mayo una caravana de limusinas negras se dirige hasta el hotel escogido por la organización. En su interior, un centenar de banqueros, jefes de gobierno, economistas, presidentes de multinacionales, académicos y responsables de los medios de comunicación. Todos ellos se encierran durante un intenso fin de semana pocos días antes de la reunión del G8. El sistema de seguridad para proteger a este grupo es tan elitista como sus miembros. Entre ellos, varios agentes de la CIA.

La prensa está prohibida. Nadie informa sobre lo que allí se debate, no hay fotos oficiales. Las reuniones anuales de esta selecta asociación, conocida como Club Bilderberg, se celebran desde 1954 en “una atmósfera de estricto secretismo”. Así las define la mismísima Enciclopedia Británica. Ellos se defienden de las acusaciones de “oscurantismo” alegando que no son “un club secreto, sino privado”.

La última edición de la cumbre de Bilderberg se celebró entre el 15 y el 18 de 2003 en el Hotel Trianon Park de Versalles. La prensa convencional apenas si ha publicado unas líneas sobre el encuentro, a pesar de que la combinación de invitados es más que llamativa y “noticiable”. Para empezar, ¿qué hacen bajo el mismo techo los directivos de France Telecom, la Coca-Cola, The Wall Street Journal, el consejero de Relaciones Públicas de Tony Blair, la Banca Morgan, el gobernador del Banco de Francia y el primer ministro de Dinamarca?

La cosa no queda ahí. Entre los políticos desplazados hasta Versalles también se hallaban relevantes miembros de la Administración Bush como Richard Perle y Paul Wolfowitz; el ex presidente francés Valery Giscard D’Estaing (artífice del proyecto de Constitución Europea), Anna Lindh (la ministra de Asuntos Exteriores sueca asesinada el pasado septiembre), Klaus Schwab (presidente del Foro de Davos) y José M. Durao (primer ministro portugués).

Otras multinacionales y empresas congregadas en Bilderberg 2003 fueron la Danone, la Danish Oil and Gas Corporation y la Heineken N.V.. Entre los representantes de los medios de comunicación, estaban Juan Luis Cebrián (Prisa) y periodistas de Die Zeit, La Republica, Le Figaro y The New York Times.

Poco se sabe de las conclusiones a las que llegaron los citados en Versalles. Sólo algunas filtraciones publicadas por la prensa independiente dejan entrever cierto malestar a causa de la invasión de Irak. Donald Rumsfeld, un ilustre bilderberger, había asegurado el año anterior que no habría guerra. Durante esta edición se hizo sentir la división entre ambos lados del Atlántico a causa del conflicto iraquí. Ello es motivo de disgusto para los padres de Bilderberg, quienes, precisamente, crearon el grupo con el fin de fortalecer el vínculo transatlántico.

"Sumos SACERDOTES del capitalismo".

El príncipe Bernardo de Holanda fue el primero en imaginar “una entidad destinada a fortalecer la unidad atlántica, a frenar el expansionismo soviético y a fomentar la cooperación y el desarrollo económico de los países del área occidental”. Para constituirla, el padre de la actual reina de Holanda contó con el apoyo de la Banca Rothschild, de Rockefeller y de Henry Kissinger, quienes desde el principio forman parte del núcleo fuerte del grupo, al que algunos han bautizado como “los sumos sacerdotes del capitalismo”.

Según los expertos en Bilderberg, el Club funciona según el sistema de círculos concéntricos. Concretamente, esta asociación cuenta con un comité directivo –el Steering Comitte- compuesto por unas cuarenta personas. Éstas escogen a los invitados de la edición del año en curso según la agenda temática prevista. La norma más o menos establecida es que cada uno de los miembros del comité directivo invite a otras dos personas. En total, unas ciento cincuenta personas como máximo.

Los miembros del Steering Comitte debaten sobre los asuntos más discretos. Después, el centenar largo de asistentes celebra otras reuniones de carácter más general. En ninguno de los casos, las conclusiones se harán públicas, aunque en los últimos años se emiten unas notas de prensa finales en las que se enuncian los temas tratados durante el intenso fin de semana. Uno de los más repetidos es el de la energía nuclear. Recientemente, la biotecnología es otro de los asuntos estrella.


También en las última ediciones, la secretaría del Grupo Bilderberg hace pública una lista con casi todos los participantes. Estos no figuran agrupados por delegaciones, sino por orden alfabético, algo que muchos consideran una prueba más de que a la hora de decidir sobre los asuntos internacionales los países cuentan menos que las multinacionales.

En cualquier caso, en la lista oficial no están todos los asistentes, sino que siempre hay algún espontáneo, como Colin Powell, secretario de Estado de EE.UU., quien el pasado mes de mayo recaló en Versalles para informar sobre los progresos en el Irak ocupado. Asimismo, algunos bilderbergers solicitan que sus nombres permanezcan en el anonimato.

En los últimos años algunos medios de comunicación independientes trabajan durante los meses previos a la cumbre para descubrir el lugar del encuentro. Después montan guardia y fotografían cualquier movimiento en los entornos del hotel escogido. Esas imágenes pueden verse en la internet. Otra fuente importante para saber qué se decide en Bilderberg son las filtraciones de los invitados, realmente escasas gracias a la cuidada selección del Steering Committee.

En internet también se encuentran documentos con los nombres de los bilderbergers de las diferentes ediciones. Entre estos aparecen los diferentes secretarios de la OTAN, Giovanni Agnelli (presidente de la Fiat, uno de los principales bilderbergers hasta que falleció hace ahora un año), el norteamericano Steve Case (AOL Time Warner), Karl Otto Pöhl (ex presidente del Bundesbank) y James Wolfensohn (presidente del Banco Mundial.

La nómina de bilderbergers es sorprendente. Por ello, la revista The Economist escribió hace unos años que “cuando alguien hace escala en Bilderberg, ya llegó”. La frase tiene sentido si se tiene en cuenta que Bill Clinton y Tony Blair asistieron a las cumbres poco antes de convertirse en los gobernantes de sus respectivos países. También son sonadas las gestiones de Kissinger y Agnelli para convencer a Berlusconi de la importancia de que el bilderberger Renato Ruggiero fuese nombrado ministro de Exteriores. El último secretario general de la OTAN, Jaap de Hoop Scheffer, también ha asistido a las reuniones del Club.

Otras supuestas maniobras de los bilderbergers han sido denunciadas tanto por publicaciones de izquierdas como por otras de derechas. Los izquierdistas de Big Issue aseguraban que en la reunión celebrada en Sintra (Portugal) en 1999 se decidió dar carta blanca a Rusia para bombardear Chechenia. Los partidarios de Margaret Thatcher también acusan al Club de haber presionado para conseguir apartarla de la política por oponerse al euro. Curiosamente, el Club de Bilderberg es acusado tanto de nazi como de antisemita, de conservador como de “socialista”.


EN ESPAÑA.

España ha sido una vez sede de un encuentro del Club. En 1989, Felipe González dio la bienvenida al grupo en el balneario pontevedrés de La Toja. En aquella ocasión estuvieron presentes el ex secretario general de la OTAN Lord Carrington, el ministro de asuntos exteriores austriaco, Franz Vranitzky, Jesús de Polanco y Miguel Boyer.

Entre los españoles que han pasado por Bilderberg en alguna de sus ediciones se encuentran Manuel FRAGA, el financiero Jaime de Carvajal y Urquijo (director de Ford España), Rodrigo Rato (vicepresidente del Gobierno y ministro de Economía), Pedro Solbes (comisario europeo para asuntos monetarios), Matías Rodríguez de Iriarte (vicepresidente del BSCH), Joaquín Almunia (ex secretario general del PSOE), Ramón de Miguel (secretario de Estado para Asuntos Exteriores) y Francisco González (presidente del BBVA).


La elección de las sedes de los encuentros no son aleatorias. Del mismo modo en que no es casual que el Club se reúna poco antes que el G8, es significativo que la edición del 2001 tuviese lugar en la ciudad sueca de Goteborg, donde pocos días después se celebró la cumbre semestral de la Unión Europea. Entre los países que más veces han acogido a los bilderbergers destaca Suecia, Estados Unidos y Canadá. El próximo mes de mayo BILDERBERG celebrará su 50 aniversario.



Los grandes de BILDERBERG.

La composición del Club de Bilderberg es muy variada. Se calcula que un tercio de sus miembros pertenece al mundo de la política y el resto al de las finazas, los medios de comunicación y la industria.

Donald Rumsfeld.

Secretario de Defensa de Estados Unidos con importantes conexiones empresariales. Quien en otro tiempo negociara con Sadam Hussein coincide con otros importantes miembros de la administración Bush en los encuentros de Bilderberg. Richard Perle y Paul Wolfowitz son algunos de ellos.


Reina Sofía.

Reina de España. La esposa del rey Juan Carlos I cuenta con una fundación que lleva su nombre. Esta institución colabora con el proyecto de Muhammad Yunus y sus microcréditos, por el cual se conceden préstamos a muy bajo interés a personas de zonas desfavorecidas. En Bilderberg también se dan cita otros miembros de las casas reales europeas.


Alan Greenspan

Gobernador del Banco de la Reserva Federal de Estados Unidos y ex director de la banca Morgan. La influencia de este organismo en la economía mundial es obvia. También lo es la suya personal, ya que Greenspan ha estado siempre vinculado a los últimos dirigentes conservadores de EE.UU. Entre ellos, Nixon y Reagan.


Juan Luis Cebrián, Consejero delegado del Grupo PRISA y presidente de la Asociación de Editores de Diarios Españoles (AEDE). Quien fuese director de El País es uno de los Bilderbergers más constantes. También son habituales del encuentro los directores de The Washington Post, The Wall Street Journal, La Republica, The Financial Times.


Henry Kissinger.

Ex secretario de Estado de los EE.UU. El Premio Nobel de la Paz en 1973 es acusado de ser responsable de la muerte de cientos de civiles en Laos y Camboya. Asimismo, apoyó el golpe de estado de Pinochet en Chile contra el gobierno socialista de Allende. Este norteamericano, nacido en Alemania, es el fundador de Kissinger Associates, donde hasta hace poco trabajaba Paul Bremer, administrador civil de Estados Unidos en Irak.

David Rockefeller.

Multimillonario. Durante 35 años, este miembro de la dinastía Rockefeller fue el responsable de la Chase Manhattan Bank, además de otros muchos negocios. El fundador de la Comisión Trilateral también desea ser conocido por su labor como mecenas y obras benéficas.


George Soros.

Multimillonario. Este húngaro que se convirtió en una de las principales fortunas del mundo mediante una operación especulativa, se distingue ahora por financiar diferentes proyectos humanitarios a través de la fundación que lleva su nombre. También se ha metamorfoseado en un curioso crítico de la globalización que defiende la “inmoralidad” del mercado.


Esperanza Aguirre Gil de Biedma.

Presidenta de la Comunidad de Madrid. Sorprendentemente, quien fuera presidenta del Senado y ministra de Cultura del Partido Popular es una de las españolas que más a menudo ha participado en los encuentros de Bilderberg. Casada con el conde de Murillo, su patrimonio inmobiliario es muy importante.


OTROS LOBBYS.

La Mesa Redonda de Industriales (ERT).

Miembros: Una cincuentena de industriales europeos que facturan más de 950.000 millones de euros (60% de la producción industrial europea). Destacan los presidentes de Siemens, Bayer, Deutsche Lufthansa, Carlsberg, Renault, Nokia, Fiat, Pirelli, Vodafone, BP, Ericsson y Nestlé, entre otros.


Españoles: César Alierta Izuel, de Telefónica; Alfonso Cortina, de Repsol YPF; José Antonio Garrido, de Iberdrola.

Desconocida por la mayoría de los mortales, este lobby fue creado en 1983 con el objetivo de “representar a los industriales europeos”. Veinte años después, la ERT representa a todos los ciudadanos europeos, ya que sus “sugerencias” y “documentos” son adoptados por los órganos de gobierno comunitarios sin apenas variar una coma. Su poder en materia legislativa es enorme. Tal como denunciaba hace unos meses la revista Opcions –editada por el Centre de Recerca i Informació sobre Consum, CRIC-, algunas decisiones de la Unión Europea han sido tomadas justo después de una reunión de la Mesa Redonda. Entre ellas, destaca un escrito de la ERT de 1985 en el que proponía un plan para eliminar las barreras comerciales en Europa. Un año después, el Acta Única Europea copió el documento de la ERT. Sólo cambió la fecha en que el Mercado Único debía ser una realidad, 1992 en lugar de 1990. La moneda única también fue sugerida por la ERT un año antes del Tratado de Maastricht.

El Foro Económico Mundial de DAVOS (WEF).

Miembros: Jefes de estado, Kofi Annan, Bill Gates, ABB, Audi, The Coca-Cola Company, Manpower, HP, Microsoft, IBM.

Españoles: José María Aznar, Jordi Pujol, Ana Patricia Botín (presidenta de Banesto), Guillermo de la Dehesa (presidente del Centre for Economic Policy Research, antiguo representante del Banco Pastor).


Klaus Schwab, un profesor de Economía suizo, propuso en 1970 la creación de un grupo que reuniera a jefes de estado y dirigentes de grandes empresas para debatir de modo informal sobre cuestiones económicas de carácter mundial. Un año después se celebró en Davos (Suiza) la primera de estas reuniones. Los miembros del Foro pagan 30.000 francos suizos anuales para asistir a los encuentros, que se celebran en enero. En la actualidad, sus protagonismo rivaliza con el del Foro Social Mundial de Porto Alegre.
El movimiento antiglobalización ha hecho que Davos se abra a personalidades y personajes con perfiles muy distintos al de sus fundadores. Entre éstos, destaca la visita de Lula en la pasada edición. También han pasado por Davos la secretaria general de Amnistía Internacional, Irene Khan, y la actriz Julia Ormond. Por todo ello, muchos opinan que Davos se está “banalizando” y temen que acabe convirtiéndose en una especie de Aspen, la reunión a la que acuden desde el jefe de la CIA hasta el presidente de la Time-Warner, y donde los mandamases juegan al tenis y esquían entre charla y charla. Sin embargo, los miembros estables de Davos pueden seguir confiando en su operatividad. Aunque ya se habían reunido en enero 2003, quince días después de que Bush anunciase el fin de las grandes operaciones militares en Irak, se congregaron en Amman para hablar sobre la reconstrucción y, en opinión de muchos, “repartirse el bacalao”.

LA TRILATERAL.

Miembros: Madeleine K. Albright, Henry A. Kissinger, Tyssen, Mobil, Peugeot-Citroën, FIAT, Mitsubishi, Bill Emmot (The Economist), Barclays Bank, Exxon, General Electric, Richard B. Cheney.

Españoles: Trinidad Jiménez (PSOE), Miguel Herrero de Miñón (ponente constitucional, abogado y consultor internacional), Nemesio Fernández-Cuesta (Repsol-YPF), Jaime Carvajal Urquijo (director de la Ford España), Ana Patricia Botín (directora de Banesto, Consejera del BSCH), Abel Matutes, (ex ministro de Asuntos Exteriores, director de Empresas Matutes), Emilio Ybarra (Presidente del BBVA), Pedro Ballvé (Director de Campofrío), Antonio Garrigues Walker (abogado), Mario Vargas Llosa, entre otros.

David Rockefeller, uno de los más destacados miembros del club Bilderberg fundó en 1973 la Comisión Trilateral, porque se sentía “preocupado” por el deterioro de las relaciones entre América, Europa y Japón. Para la fundación de este grupo contó con la inspiración y ayuda del polaco Zbigniew Brzezinski, antiguo asesor de Seguridad Nacional de Jimmy Carter.

Brzezinski se ha vanagloriado de ser el creador de la trampa afgana. Fue él quien instó al gobierno norteamericano a apoyar a los muyaidines talibanes para que combatieran contra los soviéticos. Según él, era una oportunidad única para “que la URSS tuviera su propio Vietnam”. La trampa sigue teniendo consecuencias hoy día, entre ellas la guerra contra el terrorismo inaugurada tras el 11 de Septiembre.
En la actualidad, la Comisión Trilateral congrega a 350 personas del stablishment una vez al año. Los participantes pertenecen al mundo de los negocios, los medios de comunicación, la política internacional y las ONGS.

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