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Los JESUITAS.

Los JESUITAS.

PRESENTACIÓN.

En 1767, los jesuitas fueron acusados de servir a la curia romana en detrimento de las prerrogativas regias, de fomentar las doctrinas probabilistas, de simpatizar con la teoría del regicidio, de haber incentivado los motines de Esquilache un año antes y de defender el laxismo en sus Colegios y Universidades. El destierro que, de madrugada, les sorprendió en sus residencias, respondía a una importante maniobra política que venía gestándose desde que en abril de 1766, se emprendiera la Pesquisa Secreta, creada con la excusa de descubrir a los culpables de los disturbios madrileños de marzo del mismo año, pero que pretendía, como auténtico objetivo, comprometer a la Compañía de Jesús en los alborotos populares que habían hecho huir de Madrid al monarca. Así, con una efectividad y un sigilo sin precedentes, en la madrugada del 2 de abril de 1767, Carlos III expulsó a todos los jesuitas que habitaban en sus dominios.

ALGUNAS NOTAS SOBRE LA HISTORIA DE LA COMPAÑÍA.

El nacimiento de la COMPAÑÍA de JESÚS.

La Compañía de Jesús nació entre 1538 y 1541, en un momento histórico en el que se estaba produciendo una profunda renovación de la espiritualidad. Entre las órdenes religiosas se estaba asentando el movimiento de la observancia. El protestantismo avanzaba por Europa. El erasmismo, considerado heterodoxo, era perseguido. Y las autoridades católicas consideraban cada vez más necesaria la convocatoria de un Concilio general.

La Compañía apareció gracias a la iniciativa de Ignacio López de Loyola. Un personaje extraño, controvertido, difícil de clasificar, que podemos situar ideológicamente entre las inquietudes renacentistas y los rasgos propios de épocas anteriores.


San Ignacio nació en Loyola (Guipúzcoa) en 1491. Recibió una educación pobre y elemental, con una base religiosa sólida (más por la intensidad de las repeticiones que por la calidad de los conocimientos). Dedicado a la milicia, adquirió cierto renombre a nivel local. Tuvo una intensa actividad tanto militar como cortesana (aunque no intelectual). Se volcó en la lectura de libros de caballería lo que quizá le hizo tener grandes sueños de grandeza. Llegó a aspirar al amor de la Infanta Catalina, hermana de Carlos I, cosa que no vio el emperador con muy buenos ojos.

En 1521 (a los 30 años) cambió radicalmente de vida. Tras ser herido en el sitio de Pamplona por las tropas francesas, San Ignacio tuvo que guardar una penosa y larga convalecencia. Durante ese tiempo tuvo la oportunidad de leer la «Flos Sanctorum» (vidas ejemplares de santos), la «Vita Christi» de Rodolfo de Sajonia, y el «De imitatione Christi» de Thomas Kempis. Estas lecturas y su afición por los libros de caballería le llevaron a perfilar un nuevo ideal caballeresco dentro de su época: el de caballero de Cristo, un caballero andante en defensa de Dios. Y de acuerdo con dicho ideal, decidió romper con su vida anterior e irse a los Santos Lugares.

A mediados de 1522, ya repuesto, San Ignacio abandonó su casa y peregrinó a Montserrat. Intercambió sus ropas con un mendigo y se hizo anacoreta. Tras un tiempo, marchó a Manresa, donde se dedicó a la caridad, la oración y la mortificación física.

Dos años después, en 1524, comenzó a acercarse a la mística de un modo más intelectual. Y empezó a vivir una serie de experiencias «sobrenaturales», «místicas», que fue plasmando en pequeñas notas literarias (que en el futuro le servirían para hacer proselitismo en la Universidad). Por fin, marchó a Jerusalén. Volvió a España, convencido de que necesitaba más formación eclesiástica e intelectual a fin de convertirse en un «caballero de Cristo».

Por ello, en 1525 se inscribió en una escuela de gramática para aprender latín con los niños. Posteriormente, en 1527 se matriculó en la Universidad de Alcalá, la universidad puntera del momento (ya que, aprobado el erasmismo, reunía a los representantes de la nueva espiritualidad). Acusado de filoalumbradismo, fue procesado en tres ocasiones por la autoridad episcopal (no la Inquisición). No fue, sin embargo, condenado. No parece que San Ignacio fuese alumbrado; buscaba una vía espiritual nueva que, como veremos más adelante, no coincidía desde luego con la alumbrada.

Tras su estadía en Alcalá, el guipuzcoano viajó a París, ciudad en la que permaneció entre 1528 y 1535. Se matriculó en la Sorbona y en ella se convirtió en un declarado papista. Durante este período acabó de perfilar lo que iba a ser la Compañía de Jesús. Conoció, entre otros, a Pedro Fabro, Francisco Javier, Diego Laínez, Alfonso Salmerón, Bobadilla y Rodríguez, hombres que se constituirían en los futuros pilares de la Compañía. Este grupo, lejos de interesarse por la lucha contra el protestantismo, se movió en un ambiente original, con la idea de promover una cruzada hacia Oriente, para convertir a los infieles (proyecto en el que podemos apreciar el germen de la voluntad evangelizadora misional que mostraría la Compañía). Movidos por este ideal, el 15 de agosto de 1534 los arriba citados se reunieron en Mont-Maître e hicieron votos de pobreza y castidad, y decidieron ir a Tierra Santa. No obstante, el proyecto fracasó y entonces decidieron marchar a Roma donde se pusieron al servicio del papa. Allí, viendo el inmenso trabajo que ofrecía la reforma de la Iglesia, surgió la idea de transformar el grupo de amigos en una orden religiosa dedicada al apostolado.

Aunque en 1538 ya eran conocidos con la denominación de Compañía de Jesús, la institucionalización de la nueva orden no se produjo hasta dos años después, cuando Paulo III la aprobó por medio de la bula Regimini militantes ecclesias. Sus constituciones la dotaron de un grado de modernidad que la diferenciaba claramente del resto de las órdenes de la época. Desde un primer momento destacó por su carácter plenamente renacentista. La Compañía se caracterizó especialmente por su obediencia absoluta al papa. Asimismo, adaptó el sentido monástico a la necesidad de movilidad del apostolado en un mundo en constante cambio. Y comenzó a definirse por una serie de factores, entre los que podemos resaltar el respeto individualizado; la sustitución del oficio cultual por la oración mental; la exigencia entre los miembros de un cierto nivel cultural (punto cuya importancia creció cuando San Ignacio acogió el ministerio de la enseñanza como una de la labores principales de la Compañía). En un principio, la Compañía no poseía un ministerio específico, lo que daba a sus miembros mayor libertad, siempre teniendo en cuenta el arraigo que en ellos tenía el principio de obediencia. Por ello, los jesuitas podían dedicarse a cualquier tipo de apostolado, siempre que fuera a mayor gloria de Dios. También les distinguió el carácter misionero al servicio del papa, al que se ligaban -los que lo desearan mediante un especial 4º voto-.

La Orden se estableció con una jerarquía: un general de la orden, con carácter vitalicio, elegido por una congregación general, considerada como el supremo órgano legislativo; procuradores en cada provincia; consejeros nacionales -también electos por la Congregación- con la misión de ayudar a los generales provinciales. Los demás cargos los designaban dichos generales o prepósitos provinciales.

La Orden se dividía asimismo en una serie de grados. Los novicios aspiraban al sacerdocio y se dividían en dos grupos según la edad o sus conocimientos. Los novicios llamados escolares eran los que se iniciaban en los estudios de gramática latina (que duraban generalmente unos dos años). Después hacían los votos simples y perpetuos (castidad y pobreza). Tras profesarlos, entraban en la fase de juniorado, en la que se dedicaban durante tres o más años a los estudios clásicos (Artes y Teología). Tras esta etapa venía su ordenación sacerdotal. Y por último, pasaban el período de 3ª probación, de modo que, obligándose a cumplir dos nuevos votos, se convertían en profesos, aceptando todas las responsabilidades de la orden, con todas las obligaciones y los derechos. A los profesos se les reservaban los cargos de profesores en los colegios.

Los miembros de la Compañía que no asumían todas las responsabilidades, ni profesaban los cuatro votos -solía faltarles el 4º voto, de obediencia al papa-, disfrutando de mayores libertades, eran denominados coadjutores espirituales, y se ocupaban de cargos de menor importancia. Había también coadjutores legos, dedicados a tareas menos cualificadas, «viles», manuales.

La espiritualidad de la Compañía se basó en el abandono activo, la obediencia al superior y, en última instancia, al papa, y la mortificación del egoísmo y el orgullo. Los ejercicios ignacianos fueron utilizados por otras órdenes y han seguido practicándose hasta nuestros días.

Desde el punto de vista económico, la orden estaba obligada a una pobreza estricta. Sólo las casas de estudio y las de formación de jóvenes podían tener rentas propias. Los profesos renunciaban a cualquier riqueza, y también a cualquier prelacía o cargo eclesiástico.

A la muerte de San Ignacio, en 1556, los miembros de la Compañía ya ascendían a más de un millar, y sus casas, más de cien, se repartían por doce provincias. En 1615, el número de jesuitas alcanzó la cifra de 13.000, y había establecimientos en Francia, Portugal, Flandes, Polonia, Italia, España y América. La Compañía se desarrollaba con gran rapidez.

Los JESUITAS y la EDUCACIÓN.

La Compañía de Jesús destacó especialmente en el campo de la educación. En España, en vísperas de la expulsión, los jesuitas poseían 105 colegios y 12 seminarios; en Ultramar tenían 83 colegios y 19 seminarios más. La influencia jesuítica se extendió también en el campo universitario. De una parte fundaron una Universidad en Gandía en el siglo XVI por Francisco de Borja, duque de Gandía. En las demás universidades contaron, igualmente, con cátedras de teología suarista (así llamadas porque enseñaban el modelo teológico del jesuita Suárez). Su labor fue notable también en la Universidad literaria de Cervera.

A partir del siglo XVII la Compañía prácticamente monopolizaba la enseñanza secundaria (las escuelas de Gramática), imponiéndose sobre los conventos dominicos o las escuelas municipales. Estas escuelas proporcionaban conocimientos de la lengua latina, lo que adquiría una gran importancia si tenemos en cuenta que para efectuar el ingreso en una universidad era necesario superar una prueba de esta materia. Las causas del éxito jesuita en el campo de la enseñanza hay que buscarlas en la captación de las conciencias de las oligarquías municipales, así como en el hecho de impartir docencia de materias universitarias (Filosofía, Teología). De esta forma se preparaba a los alumnos fuera de las Universidades, para después someterse a examen en ellas y obtener así el grado con mayor facilidad en virtud de su mejor preparación.

La Compañía influyó por tanto en la sociedad española a través de la educación. No conformes con captar al estudiantado adolescente, ampliaron la oferta docente. No se limitaron a explicar la Gramática latina y las Humanidades (Historia, Geografía), sino que intentaron hacerse con la educación de las Escuelas de primeras letras. En la mayor parte de sus colegios se dedicaron también a la enseñanza de Artes y Teología. En Artes se incluía la Filosofía, y dentro de ésta se estudiaban las ciencias exactas, y entre ellas, las Matemáticas. En Teología, seguían el modelo suarista, cargando las tintas en los temas de moral (laxista o probabilista) y de tipo casuístico, que necesitaba de la figura del confesor.

Se ha comentado anteriormente que en el momento de la expulsión existían 105 colegios jesuitas, estratégicamente distribuidos (cualquier ciudad medianamente grande tenía su colegio jesuita). De esta forma, el espíritu jesuítico fue calando en la sociedad. Los estudios jesuitas adquirieron tal prestigio, que el mantenimiento de un centro de estudios estable necesitaba muchos recursos tanto humanos como económicos. Esta nueva necesidad llegó a hacer peligrar la vocación misional, pues todos los miembros de la Compañía se volcaron con ardor en esta tarea educativa.

Al analizar los métodos de enseñanza del latín por parte de los jesuitas, se observa que los métodos pedagógicos empleados no son muy diferentes a los actuales, pero indudablemente, en comparación con los que existían, suponían un progreso notable. Se basaban en la competitividad más que en la emulación o la repetición. En sus colegios, los jesuitas se volcaron con el teatro. Realizaban un gran número de representaciones y de esta forma involucraban a los padres y familias en las obras. Era una forma sutil de aumentar su influencia en la sociedad de la época.

Pero conforme se acerca el fin del siglo XVIII, el prestigio de la Compañía se va perdiendo. Los jesuitas ofrecían una serie de conocimientos auxiliares, y la preparación para avanzar más allá de los conocimientos que eran requeridos por la sociedad. Los colegios con facultades de Filosofía o de Teología van imponiéndose a las grandes universidades, donde también van introduciéndose estas disciplinas. La labor de los jesuitas va a ser muy atacada sobre todo en el reinado de Carlos III, porque el enemigo del monarca fue el denominado partido colegial. Se identificó a jesuitas y colegiales, entrando los miembros de la Compañía en igual consideración que los enemigos políticos de Carlos III. En 1759, los jesuitas fueron expulsados de Portugal y de todos los dominios portugueses. Ese mismo año Carlos III fue nombrado rey de España; vino de Nápoles y estaba asesorado en todo momento por Tanucci, enemigo acérrimo de la Compañía. En 1764, se expulsó a los jesuitas de Francia. En 1767, de España. En 1768 sufrieron la misma suerte en América y Filipinas. Entre 1768 y 1769, la expulsión se produjo en Nápoles y el ducado de Parma. Comenzaba así la lucha contra la Compañía, que culminaría con la extinción de la misma con el papa Clemente XIV.

Los Padres CONFESORES jesuitas.

De gran interés y prueba del gran poder que llegó a alcanzar la Compañía, especialmente en España, fue el papel que los jesuitas desempeñaron en el Confesionario Real. El tema del Confesionario carece de estudios rigurosos, a excepción hecha del análisis de Pedro M. Lamet (Yo te absuelvo, Majestad) y de los artículos de L. Cuesta).

En 1552, los miembros de la Compañía no observaron la posibilidad de alcanzar el Confesionario Real, mientras las demás órdenes pugnaban por ese cargo privilegiado. Ese mismo año, el rey de Portugal Juan III quiso tomar por Confesor a un jesuita, Luis González, que rehusó el ofrecimiento arguyendo que el cargo no iba bien con la humildad de la Compañía. San Ignacio se lo reprochó diciendo que un jesuita que hacía el bien no podía renunciar a tal labor: la santificación de un príncipe podía influir en la santificación de la sociedad, y un jesuita no debía temer el riesgo de ser Padre Confesor. El tema se discutió en el seno de la orden y el P. Claudio Acquaviva, sucesor de San Ignacio, escribió un libro modelo para el confesor de reyes De Confesaris realis. A mediados del XVII, el P. Nithard sería confesor de la reina Mariana, excediéndose en sus cometidos y llegando a ser valido de la reina aunque por tiempo efímero. Luego, los dominicos dominaron el Confesionario, hasta que en el XVIII pasó a ser casi exclusivo patrimonio de los jesuitas.

El Padre Confesor de Felipe V fue el P. Guillermo Daubenton. Éste llegó a España recomendado por Luis XIV, cuyo confesor también era jesuita. Daubenton era ya famoso en Francia. Fue rector del Colegio de Estrasburgo, escritor sagrado de renombre, General en la región de Champagne y un experto predicador. Entre 1700 y 1705 dirigió la conciencia del rey, entrometiéndose en los asuntos políticos hasta su caída en desgracia frente al partido de la Princesa de los Ursinos, lo que le hizo volver a Francia. Entre 1705 y 1715 Felipe V, por recomendación de Daubenton, escogió al P. Pedro Robinet. Debido a su amistad con Macanaz y a su colaboración en los primeros concordatos no era muy apreciado entre los miembros de su propia Compañía. Ello se agravó tras la declaración de Clemente XI en plena Guerra de Sucesión española, nombrando rey al Archiduque austriaco, mientras Robinet continuó apoyando a Felipe. Además se extendió la idea de que Robinet era partidario del Memorial de los 55 puntos de Macanaz. La caída de Macanaz y de la Princesa de los Ursinos, y la muerte de la reina Mª Luisa, supusieron la marcha de Robinet a Francia y la vuelta al Confesionario de Daubenton. Éste actuó entre 1716 y1723 como Confesor Real. Daubenton era francófilo y antirregalista. Según el historiador alicantino P. Belando, Daubenton traicionó el secreto de confesión del monarca, que le había manifestado que pensaba dejarle el trono a su hijo Luis. El Confesor faltó al secreto y se lo contó al duque de Orleans. Éste escribió a Felipe V entregándole también la carta del jesuita. Felipe V abroncó a Daubenton y según la versión de Belando, cayó de bruces. Los jesuitas, en cambio, afirmaron, contra la versión de Belando, que murió de gota.

Tras su muerte, de nuevo un jesuita ocupó el Confesionario: fue el P. Gabriel Bermúdez, predicador insigne. Fue tal vez elegido un español para contentar a los sectores populares. Antes de acceder al cargo ya se encargaba de la educación de los hijos de Felipe V. En este momento, Isabel de Farnesio estaba en la Granja ofuscada con el acceso al trono de Luis I. A la muerte de Luis I, Bermúdez le dijo al rey que tras sus juramentos de no volver a gobernar, no podía continuar en el trono. La reina pidió al nuncio Aldobrandini que hablase con el monarca para decirle que podía volver a gobernar pese a los juramentos. La suerte de Bermúdez estaba echada. A pesar de ello cometió otro desliz al apoyar, conforme a las recomendaciones del General de la Orden, la política francesa. Farnesio descubrió el asunto y Bermúdez fue destituido en 1726.

Le sustituyó el jesuita escocés P. Guillermo Clarke, elegido por la reina porque era el confesor de los embajadores de Alemania en Madrid (Isabel quería colocar a uno de sus hijos en el Imperio). Clarke decepcionó a la reina porque sus palabras no coincidían con sus acciones. Clarke murió siendo confesor en 1743.

Le sucedió en el cargo otro jesuita, el francés P. Jaime Antonio Lefevre. Ocupó el confesionario hasta la muerte de Felipe V y durante el primer año de reinado de su hijo Fernando VI. En abril de 1747 el monarca lo despidió, colocando en su puesto a un nuevo jesuita, el cántabro P. Francisco Rávago, la figura más descollante de los confesores reales. El rey le encargó que alejara a Isabel de Farnesio a La Granja, cosa que hizo con habilidad. Después le encargó tareas más importantes, como la negociación secreta del Concordato de 1753. Contaba también con el apoyo del gobierno (Carvajal y Ensenada). Su posición fluctuó entre dos fidelidades: al rey y a la Compañía. Se enfrentó incluso con el Papa Benedicto XIV (a pesar de su cuarto voto) al defender los principios regalistas. Por ello no pudo evitar indisponerse con gran parte de la jerarquía y el estamento eclesiástico español, lo que representó algo decisivo.

El Inquisidor Pérez Prado debía actualizar el Índice de Libros prohibidos. En él incluyó las obras de los escritores jansenistas, y las del cardenal Noris, que no era jansenista pero que había defendido a Jansenio contra los ataques de los jesuitas. Noris era agustino, por lo que los agustinos se enemistaron con Pérez Prado. Los dominicos, con buenas relaciones con los agustinos, se enemistaron también con el inquisidor. Los obispos partidarios del jansenismo histórico también manifestaron su repulsa a Prado. Rávago defendió al inquisidor, ganándose la enemistad de los adversarios de Pérez Prado. El Papa advirtió a Rávago, pero éste no le hizo caso, enemistándose también con él. Así los jesuitas se enemistaron con las órdenes, las jerarquías y también cada vez más con sectores populares. También fue mal visto por los elementos de la corte que buscaban una política renovadora. Con la reina se enemistó por el asunto del Tratado de Límites con Portugal. La conjunción de todas estas fuerzas poderosas le llevaron a caer finalmente en desgracia.

Con la llegada al trono español de Carlos III (1759) se acabó con la tradición de los confesores reales pertenecientes a la Compañías, por influencia de Tanucci. A partir de entonces se eligieron confesores franciscanos, destacando el P. Joaquín de Eleta.


La expulsión de los jesuitas de PORTUGAL.

En Portugal se desencadenó una lucha ideológica y publicística contra los jesuitas. Al hablar de este país, no se puede dejar de tratar la figura de Sebastián José de Carvalho e Mello, marqués de Pombal, que ejerció un poder absoluto hasta la muerte de José I en 1777.

Los jesuitas portugueses (sobre todo el P. Malagrida) hicieron creer al pueblo que los terremotos y las desgracias que habían asolado el país eran un castigo divino por el mal gobierno. El gobierno de José I se encarga de propagar ante el pueblo la resistencia de los jesuitas a dos monarcas europeos (Carlos III y José I). En este contexto agitado se nombró primer ministro al Marqués de Pombal, partidario de una reforma radical y de espíritu ilustrado, que fomentó la economía y que asimismo consiguió la abolición de la esclavitud y la reconstrucción y modernización de Lisboa. Pombal, al ascender al poder en 1750, quiso acabar con los jesuitas. En 1754 y 1755 éstos habían ofrecido resistencia armada a la decisión de España de ceder siete de sus misiones a cambio de la colonia de Sacramento. Habían mostrado su hostilidad a la Compañía comercial creada por Pombal para Maranho y Pará. La primera advertencia fue la destitución del confesor real, cargo que como en otras cortes europeas, ocupaba un jesuita.


Pombal se apoyó en un consejero, el P. Pereira de Figuereidoa. En 1758 y tras muchas quejas a Benedicto XIV, consigue un breve para que el cardenal Saldanha visite y reforme la Compañía en los dominios portugueses. Saldanha lamentaba que los jesuitas tuviesen independencia respecto al clero secular porque deseaba que los indios fueran catequizados por clérigos seculares y no regulares. Se consiguió paralizar las actividades económicas de los jesuitas y se les prohibió predicar y confesar. Entonces, un hecho casual puso en manos de Pombal el pretexto para eliminar a la Compañía: un atentado que sufrió el monarca la noche de 3 de septiembre de 1758. El rey volvía de ver a su amante y tres hombres a caballo le dispararon, hiriéndole en un brazo. Existen otras versiones del atentado, lo que demostraría la existencia de ciertas manipulaciones. El incidente se silenció y se investigó. El 13 de diciembre de 1758 se apresó a los causantes del atentado. El duque de Aveiro fue apresado como autor material del atentado. En los días siguientes fueron encarcelados miembros de la nobleza, implicados en el asunto, incluso la condesa de Tavora, amante del rey. Incluso el P. Malagrida fue encarcelado. Esa noche, las casas y colegios de jesuitas fueron cercados por el ejército, se recogieron los archivos de estas casas y se confinó a los religiosos en los recintos. Se explicó al pueblo la existencia de un complot por una parte de la nobleza, en connivencia con los jesuitas, para dar un golpe de Estado asesinando al rey. Se decía que la marquesa de Tavora se hallaba bajo la instigación de su padre espiritual, el jesuita Malagrida. Y detrás de todo se hallaba la Compañía, por ser defensora del tiranicidio. El 12 de enero de 1759 ya se había dictado sentencia. El duque de Aveiro y sus hijos fueron condenados a ser descuartizados y quemados, siendo sus bienes requisados y sus títulos borrados de la heráldica. Igual suerte corrió el marqués de Tavora. Pombal encontró así la excusa para actuar sobre los jesuitas. El 19 de enero se expide un real decreto confiscando todos los bienes de la Compañía de los dominios portugueses de Portugal, Asia y América, y se encarceló a los jesuitas. El 20 de abril gestionó con Clemente XIII la obtención de un breve para proceder contra los jesuitas, acusados de lesa majestad. El Papa (inclinado hacia los jesuitas) no accedió, porque Pombal quería extenderlo a toda la Compañía en Portugal, y no sólo para los jesuitas involucrados. Pombal llenó el país de propaganda antijesuítica. Un año justo después del atentado (1759) se decretaba la expulsión de los jesuitas de Portugal. Salían en embarcaciones con rumbo a los Estados Pontificios. Desembarcaban en Civita Vecchia donde debían procurarse un sustento, pues Pombal no les dio ninguna pensión. El Papa se vio obligado a aceptarlos, sentando un precedente que Carlos III no olvidaría. A partir de este momento los jesuitas marchaban a Italia sin dinero. En Italia, los jesuitas italianos se veían ante una difícil posición: no sabían si acogerles o desentenderse de ellos. Los jesuitas españoles enviaron dinero a Roma para ayudar a sus correligionarios portugueses.

Pero en Portugal, Pombal pretendía lograr que el gobierno del rey tuviera menos obstáculos. Logró expulsar al nuncio apostólico y controlar la Inquisición portuguesa, a la que entregó a Malagrida, que fue ejecutado. Pombal consiguió que el monarca diera poderes al metropolitano de Lisboa para que confirmara y consagrara a los obispos sin tener en cuenta al Papa. A partir de estos momentos se persigue todo lo que huela a jesuitismo. Cuando más adelante el Papa intentó reconciliarse con Portugal, obtuvo la respuesta de que las relaciones se recuperarían cuando se suprimiese la Compañía en todo el orbe. Tanucci estaba de acuerdo con Pombal sobre la extinción. En España también Roda comulgaba con estas ideas. Pombal mientras tanto promovía la publicación de obras regalistas (escritas por Pereira). La Universidad de Coimbra se abrió a las ideas enciclopedistas. Pero Pombal no tuvo un final feliz. En 1777, cuando ya había conseguido todos sus logros, a la muerte de José I le sucedió su hija Dª. María I de Portugal, la Piadosa, que dio un giro a la situación: la nobleza más reaccionaria de Portugal pidió la rehabilitación de la casa de Tavora, lo que se consiguió en 1781. Las cárceles se abrieron y se dio libertad a los inculpados en 1759. Pombal cayó en desgracia y fue desterrado de la Corte. En 1782, moría ante la consternación de los personajes ilustrados de Europa.

La expulsión de los jesuitas de FRANCIA.

En Francia, el ambiente respecto a la Compañía era hostil desde tiempo atrás. El motivo era la rivalidad existente entre los jesuitas y una facción «el tercer partido», que seguían a Jansenio y estaban infiltrados en altos puestos de la administración. Tras la muerte de Luis XIV la influencia jesuita había comenzado a declinar, mientras que los partidarios de Jansenio habían iniciado una escalada. A partir del reinado de Luis XV conocieron un gran auge, coincidiendo con la ocupación de Fleury del Confesionario Regio, desde donde se adueñó de la política. Los Parlamentos (cortes de justicia territoriales que se encargaban de la justicia y también de la administración local) tenían desde los tiempos de la Fronda cierta autonomía y también una gran influencia sobre su entorno. Los jueces que integraban estos Parlamentos eran miembros de la burguesía. Estos funcionarios eran también de ideas filojansenistas, es decir, defensores de los puntos jansenistas más relacionados con las ideas galicanas (independencia de la Iglesia francesa con respecto a Roma, independencia del poder temporal respecto al espiritual). Estos Parlamentos chocaron en casi todos los lugares con el jesuitismo ultramontano. La animosidad se convirtió en una lucha sorda, latente a lo largo de los años entre ambas facciones, con intermitencias en la primera mitad del XVIII.

En estas circunstancias, los jesuitas cometieron un error aprovechado por los Parlamentos. En las Antillas francesas, concretamente en la Martinica, se produjo la quiebra económica de una incipiente compañía mercantil presidida por un misionero jesuita llamado Lavalette. Lavalette que era el Superior de la Compañía en la zona de las Antillas y los acreedores inmediatamente pidieron recuperar sus acciones o que se les devolviese el dinero invertido.

Ante la insolvencia de Lavalette, los acreedores se reunieron y acudieron a comprobar si las deudas podían ser pagadas por los jesuitas franceses. Éstos se negaron a pagar y cometieron la imprudencia de llevar el pleito al Parlamento de París. Éste, lógicamente, no dudó en dictar una sentencia que hacía responsable a toda la Compañía de la deuda de Lavalette. Estos incidentes ocurrieron en 1761, estando recientes los sucesos de Portugal. Meses más tarde, los enemigos de los jesuitas dieron una paso adelante solicitando al Parlamento de París que se reafirmara la sentencia y que revisara los estatutos de la Compañía en el momento de su instalación en Francia.

Los jueces instructores del Parlamento realizaron la investigación y el resultado fue sorprendente: los jesuitas no tenían legitimada su presencia en el país (no existía ninguna real orden que justificase su instalación en Francia). Un análisis más detallado de los estatutos ponía de relieve que los jesuitas resultaban incompatibles con la obediencia al rey. La existencia de la Compañía, que debía fidelidad a un poder extranjero (el Papa), resultaba inadmisible con la monarquía absoluta. Luis XV, que se mostraba favorable a la Compañía, junto con algunos obispos, intentaron legalizar el estado de la orden.

Se propuso al General en Roma que los jesuitas aceptasen jurar los principios galicanos de la Iglesia francesa. Ricci, el General, no aceptó el trato. En agosto de 1762, por real decreto y decreto del Parlamento de París fue abolida la Compañía en Francia y se confiscaron las propiedades jesuitas. La Compañía era considerada «perversa, destructora de todos los principios religiosos e incluso de la honestidad, injuriosa para la moralidad cristiana, perniciosa para la sociedad civil, sediciosa, hostil a los derechos de la nación y del poder del rey». El Parlamento se declaraba contra la moral laxista y el tiranicidio. Así, la Compañía de Jesús era expulsada de Francia, en un paso más para reforzar una monarquía basada en el derecho divino.

La expulsión de los jesuitas en ESPAÑA.

La Compañía de Jesús fue expulsada de España a principios de abril de 1767, entre la noche del 31 de marzo y la mañana del 2 de abril. Fue una operación tan secreta, rápida y eficaz -o más- que la de extrañamiento de los moriscos en 1609.

La práctica totalidad de los historiadores están de acuerdo en afirmar el carácter sorpresivo y drástico de la expulsión. Pese a que corrían malos tiempos para la Compañía -recordemos que los jesuitas fueron acusados de instigar la oleada de motines del año anterior-, nadie en su seno podía imaginar que iba a producirse tamaño acontecimiento.

Los jesuitas eran conscientes del acoso que venían sufriendo pero no tuvieron noticia alguna de la medida que Carlos III se disponía a tomar hasta el momento mismo de su aplicación. Aunque a lo largo del año el gobierno realizó una Pesquisa reservadísima entre gran parte de los obispos españoles, no hubo filtraciones al respecto de su contenido. Tampoco tuvieron ninguna noticia del decreto de expulsión, dictaminado por el fiscal Campomanes y aprobado por una Sala reducidísima y previamente seleccionada de consejeros el 29 de enero de 1767. Ni de la ratificación real de dicho decreto el 20 de febrero siguiente. Es curioso que no se filtrase ni un solo rumor de las altas jerarquías al pueblo. Tampoco trascendió el contenido de un pliego cerrado (impreso en la Imprenta Real, perfectamente incomunicada) que el conde de Aranda remitió a los jueces ordinarios y tribunales superiores de todas las poblaciones en las que había establecimientos jesuitas (más de 120), en el que se hallaban las instrucciones reservadas para la expulsión, y que no podía ser abierto hasta la misma noche del primero de abril.

El secreto estaba motivado por la intención de paralizar cualquier maniobra de protesta por parte de los numerosos simpatizantes de la Compañía, sobre todo, dentro del estamento nobiliario y de las clases populares. También se quería evitar que los jesuitas pudiesen huir, enajenar sus bienes, deshacerse de sus archivos, de sus papeles comprometedores, puesto que las órdenes reales incluían la confiscación de los bienes, de las «temporalidades» de la Compañía.

La noche del 31 de marzo en Madrid, y al amanecer del 2 de abril en el resto de España, todas las casas jesuitas fueron clausuradas y sus miembros incomunicados. Según relatan las crónicas de la época, la operación fue perfecta. Ello explica la sorpresa y el miedo que sintieron los jesuitas (como manifestaba en sus escritos el Padre Isla), en especial, los jóvenes novicios.

Las medidas se llevaron a cabo en toda España del mismo modo, siguiendo instrucciones minuciosamente precisas. Los comisarios, asistidos por notarios y testigos, ordenaron reunir a todos los miembros de las comunidades en las salas capitulares. Allí, procedieron a pasar lista a los concurrentes, y tras comprobar la presencia de los censados, mandaron a los notarios que procediesen a la lectura del real decreto de extrañamiento.

El contenido de la Pragmática no aclara los motivos por los cuales Carlos III decidió decretar la expulsión. El texto es premeditadamente poco preciso. El monarca justificaba la medida afirmando que la adoptaba «por gravísimas causas relativas a la obligación en que me hallo constituido de mantener en subordinación, tranquilidad y justicia mis pueblos, y otras urgentes, justas y necesarias que reservo en mi real ánimo; usando de la suprema autoridad económica que el Todopoderoso ha depositado en mis manos para la protección de mis vasallos y respeto de mi corona...»

Pese a la imprecisión, el decreto parece acusar a los jesuitas de perturbar el orden público, de manera que aparecen condenados como enemigos políticos. El primer artículo refuerza esta idea cuando el monarca tranquiliza al resto de órdenes religiosas, en las que pone su confianza, y muestra su satisfacción y aprecio por su fidelidad, su doctrina, su observancia de las reglas y, sobre todo, por su abstracción de los negocios de gobierno.

Por el contrario, el edicto dejó bien claro cuál iba a ser el destino de los expulsos, y qué iba a ocurrir con sus bienes y temporalidades (artículos 3-12). En lo que respecta al patrimonio apuntaba que todos los bienes pasarían a manos del Estado, para ser dedicados a obras pías (dotación de parroquias pobres, fundación de seminarios conciliares, creación de casas de misericordia) de acuerdo con el parecer de los respectivos obispos.

Por otra parte, en cuanto a los jesuitas, el articulado es en general bastante severo. Pese a ello, contiene algunas concesiones de orden humanitario, algo que no había ocurrido en Portugal o Francia. Entre ellas destaca el hecho de que una parte de las temporalidades confiscadas sería dedicada a componer pensiones individuales que los expulsos recibirían de modo vitalicio para su manutención. Esta porción sería de 100 pesos anuales para los sacerdotes y de 90 para los coadjutores. El gobierno decidió no pasar estipendio alguno ni a los novicios ni a los estudiantes con la intención de que decidiesen dejar la Compañía y abjurar de su jesuitismo, de modo que pudiesen permanecer en España. En el exilio no percibirían un solo peso hasta que se ordenasen sacerdotes. Las pensiones habrían de ser entregadas en dos pagas semestrales, por medio del Banco del Giro, a través del Embajador español en Roma.

El resto del articulado (13-19) hacía referencia explícita a la cuestión que más inquietaba a la Monarquía, una vez expulsada la Compañía: el deseo de borrar su memoria. Y para conseguir tal pretensión, acallar la voz de los simpatizantes y eliminar todo tipo de objeción pública al decreto, Carlos III fijó duros castigos que serían aplicables a cuantos mantuviesen correspondencia con los jesuitas, y a todos los que hablasen o escribiesen públicamente contra la decisión real o sobre la Compañía (a favor o en contra).

Volviendo a la cuestión de las instrucciones de los comisionados, éstas preveían con detalle todas las medidas que habían de adoptar para acometer con éxito el desalojo. Y según dichas directrices pasaron a la acción.

Tras conocer la misión que tenían que llevar a cabo, los comisarios se dirigieron hacia los diferentes establecimientos jesuitas. Una vez allí, irrumpieron en sus dependencias y ordenaron a los superiores que convocasen a todos los moradores de las casas en las salas capitulares. Después, ordenaron a los notarios que diesen lectura del decreto de expulsión. Tras dicho acto, tomaron las medidas oportunas para conseguir controlar las casas. Acto seguido, comprobaron los nombres de los concurrentes, para comprobar si había algún jesuita ausente. Luego, procedieron a requisar los caudales y a inventariar los diferentes bienes. A continuación, dispusieron los medios necesarios para el traslado de los jesuitas a las distintas «cajas» o puertos de embarque, y antes de que hubiesen transcurrido 24 horas desde el momento de la presentación del decreto, las diferentes comitivas partieron. Los jesuitas de la Provincia de Castilla fueron a Santiago de Compostela; los de la de Aragón a Salou; los de la de Toledo a Cartagena; y, por último, los de la de Andalucía fueron dirigidos hasta el Puerto de Santa María. La tropa los acompañó durante el trayecto. En las ciudades por la que pasaron, las autoridades civiles se encargaron de mantener el orden y de evitar cualquier manifestación popular en contra del extrañamiento. La incomunicación de los jesuitas a lo largo del viaje fue total. Únicamente quedaron en España los procuradores de las diferentes casas de la Compañía, a fin de que finalizar los inventarios ante los agentes del fisco. Una vez acabada esta labor partieron inmediatamente al exilio.

Al no ser suficientes los barcos españoles para trasladar a los expulsos, el gobierno se vio obligado a contratar naves extranjeras. Todos los barcos fueron acondicionados para el viaje, habilitándose en ellos lugares para dormir y hornillos para preparar las comidas.

A pesar de que los historiadores han trazado paralelismos más o menos trágicos entre las expulsiones de los moriscos y de los jesuitas, hay diferencias considerables entre ambas. La de los jesuitas no fue un hecho celebrado indiscriminadamente por todos los españoles. Un amplio sector del pueblo -las capas más bajas- lamentaron el suceso, porque eran conscientes de que no había motivos religiosos tras la expulsión. Además, Carlos III trató con bastante respeto a sus enemigos políticos; les dio pensiones vitalicias, aunque la inflación las hiciera poco valiosas. Asimismo, permitió a los jesuitas llevarse sus efectos personales y el dinero que tuvieran (aunque la premura con que se efectuó la operación hizo que los jesuitas casi no pudiesen coger siquiera lo imprescindible). No les permitió, en cambio, llevar libros.

Pese a que se vivieron escenas no exentas de dramatismo, durante el trayecto terrestre los jesuitas no sufrieron ni perpetraron actos violentos. Los profesos salieron desde el primer momento, por solidaridad. Partieron incluso jesuitas muy ancianos, de salud muy quebrantada (como el Padre Isla o el Padre Idiáquez). También marcharon profesos muy próximos a la nobleza -como los hermanos Pignatelli-. No obstante, la cohesión del grupo fue perdiéndose progresivamente, durante la estancia en Córcega, sobre todo, ante unas condiciones que se asemejaban a las de un campo de concentración.

Carlos III actuó en un plan de plena legalidad, tirando de la regalía de derecho, ante la inexorable amenaza jesuita sobre las tierras españolas. El rey actuó sin contar con el permiso de Clemente XIII. Sí tuvo la delicadeza de avisar al pontífice de la decisión tomada, inmediatamente después de ejecutarla. El monarca se cuidó mucho de indicarle que los exiliaba a los Estados Pontificios. Tampoco lo sabían los jesuitas. Clemente XIII respondió diplomáticamente, y fue muy poco piadoso ante quienes habían sido durante siglos sus más acérrimos defensores (recordemos el cuarto voto). Ahora bien, cuando el papa supo que los expulsos iban a los Estados Pontificios contestó con dureza a Carlos III mediante una bula (con la frase de César al morir a manos de Bruto), diciendo que no los iba a recibir en sus territorios.

Cuando los expulsos llegaron a Civitavecchia, esperando ser recibidos con los brazos abiertos, vieron como eran recibidos por los cañones del papa, negándoles la entrada. El papa arguyó argumentos razonables, pero de corte materialista: los Estados Pontificios atravesaban momentos de aguda carestía, y no podían soportar la presencia de los jesuitas. Temía alteraciones de orden público. El papa también estaba harto de los jesuitas portugueses y franceses que malvivían a expensas del erario pontificio.

A pesar de que esta negativa trastornó seriamente a la diplomacia española, ésta actuó raudamente para encontrar un lugar donde dejarlos. Grimaldi planteó dejarlos por la fuerza en los Estados Pontificios. Pero el rey se negó. Entonces, se planteó la posibilidad de descargar a los jesuitas en la Isla de Elba. Pero apareció la opción de dejarlos en la isla de Córcega. En ella había un ambiente de gran tensión. Córcega pertenecía a la soberanía de la República de Génova, y se había levantado por la independencia, encabezada por el rebelde Paoli, que respondía a las características del despotismo ilustrado. Francia apoyaba a Génova, que no tenía fuerzas suficientes para hacer frente al levantamiento. En todas las ciudades porteñas de Córcega había una guarnición francesa. Por lo tanto, la situación era una especie de polvorín, pues el interior de la isla ya era dominado por los rebeldes.

La diplomacia española tenía que pactar con Francia, con Génova o con Paoli si Génova se negaba a admitirlos (lo que enfrentaría a los españoles con el rey francés).

Entre los jesuitas comenzó a extenderse la desesperación tras el fracaso del desembarco en Civitavecchia. Además, los patronos de los barcos sólo habían sido contratados para el viaje al citado puerto, y tenían compromisos comerciales posteriores. Muchos jesuitas pasaron a otros barcos, en los que se hacinaron aún más. Marcharon finalmente hacia Córcega. Llegaron a Bastia, donde las tropas francesas les impidieron el desembarco. Los barcos estuvieron rodeando la costa corsa durante varios meses, afrontando el calor del verano y las frecuentes tormentas.

Una vez llegaron a buen puerto las negociaciones, los jesuitas pudieron desembarcar en los distintos «presidios» de Córcega, hecho que se produjo entre julio y septiembre de 1767. Allí pasaron poco más de un año, en unas condiciones lamentables.

Entre octubre y noviembre de 1768 fueron expulsados por los franceses, siendo llevados de nuevo hacia Italia. Aunque la situación era dramática, renovaron sus esperanzas ante la posibilidad de recalar finalmente en Roma.

Sin embargo, las conversaciones entre Carlos III y Clemente XIII se agriaron. Tras duras discusiones, el papa accedió a que desembarcaran en Italia. Allí, los jesuitas se desperdigaron por poblaciones como Bolonia, Ravena, Forli o Ferrara. En estas legaciones vivieron hasta 1773-74.

No obstante, aún les quedaba por vivir un último y atroz varapalo. A la muerte de Clemente XIII le sucedió en el solio pontificio Clemente XIV, un declarado antijesuita. El nuevo pontífice firmó la extinción canónica de la Compañía de Jesús.

Los jesuitas españoles, sobre todo los más cultos, al dejar de existir la Compañía se trasladaron a Roma y en la Ciudad Eterna encontraron trabajo como empleados de los obispos o como preceptores de los hijos de los miembros de la nobleza. Su aportación a la cultura italiana fue muy importante. Los italianos se beneficiaron de sus altísimos conocimientos.

Los EFECTOS de la expulsión.

Los efectos del extrañamiento de la Compañía de Jesús deben medirse desde una perspectiva cualitativa más que desde un punto de vista cuantitativo. Y no sólo en el campo eclesiástico, sino también en el cultural o el económico.

Las cifras de expulsos fueron modestas. El cálculo del Padre Luengo arroja unas cifras de 2.746 jesuitas. Contando los de Ultramar, el número total rondaría los 5.500-6.000. No obstante, el ruido que causó la expulsión fue ensordecedor. Los números contrastan con la magnitud de la organización. No sólo estaba en juego el número de jesuitas, sino que se trataba del tema de la seguridad del Estado, el progreso de las reformas, el tema de la educación en España. En el campo de la espiritualidad la expulsión supuso el fin de la influencia poderosa de los jesuitas sobre las conciencias (sobre la familia real, sobre la nobleza -las clases acomodadas se favorecían de la facilidad vital que ofrecía el laxismo moral que proponía la concepción jesuita, contraria al rigorismo que propugnaban otras órdenes como la franciscana o la dominica-, y sobre el pueblo -por medio de los ejercicios espirituales-).

En el campo de la educación, se privó de profesores a más de un centenar de colegios. Se creó un vacío pedagógico difícil de solucionar a corto plazo, con severas consecuencias. No obstante, la rápida reacción del gobierno evitó que éstas fueran terribles. Convocó oposiciones a las cátedras y a las plazas de gramática, dotándolas con los bienes confiscados de los jesuitas. Además una cláusula impedía que los nuevos «beneficiados» fueran eclesiásticos, lo que contribuyó al proceso de laicización de la educación. A nivel universitario se acabó con la «escuela jesuítica», hecho deseado por las otras corrientes. Además se prohibió por ley que las universidades impartieran teología suarista, según el maestro Suárez; así creían que se terminaba con la infructuosa disputa teológica de escuelas. Se impuso una teología positiva y una moral de corte rigorista, duro, férreo. La Ilustración española manifestó así su componente regeneracionista (buscaba las fuentes del cambio en la España del Siglo de Oro, en Vives, Quevedo, Erasmo). Es posible que se produjera una pérdida en el nivel cultural por la sustitución del sistema y también en la enseñanza de las Humanidades. Pero no parece que existiera una gran nostalgia por la pérdida de los jesuitas. El área de la investigación también lo sintió muy notablemente, tanto en el campo de las Humanidades (Isla, Luengo) como en el de las Ciencias. España no podía permitirse el lujo de desprenderse de tales figuras.


Las CAUSAS de la expulsión.

En primer lugar hay que hablar sobre el silencio que acompañó a la gestación del extrañamiento (que duró un año). Este silencio ha tenido una consecuencia nefasta para el estudio de los historiadores. Los apologetas de la Compañía contribuyeron a la confusión con sus escritos. Los historiadores del XIX de tendencia conservadora (Menéndez Pelayo, sobre todo) incrementaron la confusión. Tras el hallazgo de la Pesquisa secreta que realizó Campomanes tras los motines de 1766 y del Dictamen que el propio fiscal redactó a modo de conclusión de ésta, se confirmaron algunas de estas hipótesis. No obstante, éstos no dejaban de ser unos documentos excesivamente subjetivos pues mostraba las propias ideas del fiscal que cargaba las tintas sobre la participación de los jesuitas en los motines antes señalados. Estos motines eran, por tanto, una de las razones esgrimidas, pues a los jesuitas se les consideró artífices de ellos. Sobre las revueltas existieron también muchas explicaciones. Una tradicional es que se debieron a una crisis de subsistencias padecida en toda España, y especialmente en Madrid, donde la subida del precio del trigo amotinó al pueblo el Domingo de Ramos y el Lunes Santo de abril de 1766.

Esta hipótesis ha sido defendida por historiadores de tanto prestigio como Gonzalo Anes o Pierre Vilar. Sin embargo, otro historiador como Teófanes Egido desacredita esta razón.

Existe también otra tesis tradicional. El conde de Aranda atribuyó los motines a la xenofobia existente contra el marqués de Esquilache, junto a la carestía. Además Aranda afirmaba que los tumultos posteriores fueron motivados por las represiones reales. Para explicar los motines del 66 sobrarían estas razones. También entraría el tema de la iluminación de Madrid. Carlos III intentó solucionar el tema de la oscuridad, del miedo a la noche. Y el intento de Esquilache de acabar con el chambergo (sombrero de ala ancha) y con la capa alta.

Tras los motines, Campomanes encargó la realización de la Pesquisa secreta para reconocer a los culpables. Ya sabe que los tumultos no fueron provocados por el pueblo de Madrid. Movilizó por el país una red de espías a sueldo. Ordenó también una censura férrea del correo: se violó la correspondencia de los jesuitas. Y se crearon comisiones en todas las diócesis para que investigaran los sucesos en las poblaciones en las que ha habido motines. Estas informaciones, en lugar de pasar indiscriminadamente a los jueces y oidores del Consejo de Castilla, pasaron a unos cuantos, al llamado «Consejo extraordinario», que valoró el proceso contra los motines y después el de la expulsión de los jesuitas. Con la excusa de un tratamiento se formó esta comisión, en la que los componentes eran tomistas, contrarios a los jesuitas. Esta comisión indicó en junio de 1766 que habían sido privilegiados los incitadores del pueblo. Se escribió al embajador español en Francia que tras los motines estaba la mano de los jesuitas. En septiembre se decía que los motines habían sido articulados por el «cuerpo peligroso», es decir, los jesuitas. Con este material, Campomanes elaboró el Dictamen decisivo, en el que aparecían todas las acusaciones contra la Compañía que se convertirían en el tiempo en un tópico: formidable conspiración, trama, horrible movimiento instigado por manos ocultas; y tal conspiración sólo tiene una finalidad: mudar de gobierno en beneficio de los jesuitas. Incluso se afirmó que se quería atentar contra la vida de un hombre, el rey (la doctrina del tiranicidio). Se afirmó que los jesuitas habían preparado el ambiente, escribiendo las sátiras contra el gobierno. Se decía que uno de los motivos era la pérdida del confesionario real y que ridiculizaban al rey, que estaba amancebado con la mujer de Esquilache.

Los historiadores acusan al fiscal de hacer el Dictamen desde una postura de odio declarado a la Compañía, a partir de testimonios tendenciosos.

Los investigadores actuales buscan nuevas causas. Se habla de que pudo estar tras los motines el llamado «partido español». Una parte de la nobleza española que desde 1759, cuando llegó Carlos III a España, temía que el monarca acabara con sus privilegios, favoreciendo a una cohorte de ministros extranjeros que llegaron con él. Y algo de razón tenía el partido pues vino acompañado de Grimaldi, de Esquilache, y se dejó influir mucho por su mentor Tanucci.

Encabezaban el partido el duque de Alburquerque y el duque de Alba. Ambos habían tenido influencia política durante el reinado de Fernando VI, y a la llegada de Carlos III perdieron sus prebendas. Alba fue apartado del muy bien remunerado cargo de mayordomo mayor de la reina. Pero esto no era nada comparado con la aplicación del Concordato de 1753, pues implicaba la pérdida de muchos privilegios que tenían desde el siglo XVI, como el derecho a presentar y proveer los beneficios eclesiásticos en sus estados. Esta tesis la apoya un trabajo de Jacinta Maciá Delgado: El motín de Esquilache a la luz de los documentos. En él expone la participación indirecta de la nobleza, ante la amenaza de sus inmemoriales privilegios. Esta acusación no libera en modo alguno a los jesuitas de su participación. Es más, sabemos de la buena relación entre jesuitas y nobles. Se puede descartar al duque de Alba porque felicitó efusivamente a Carlos III a raíz de la expulsión de la Compañía. El hecho de la implicación de los jesuitas no nos permite generalizar que toda la Compañía deseara la caída del gobierno. Para Campomanes no existía ninguna duda en este aspecto; inculpaba a toda la Compañía del complot, amparándose en la unidad de los jesuitas, propiciada por su rígida obediencia, en su comportamiento monolítico. Y el efecto del Dictamen fue completamente exitoso, dando origen a la Pragmática Sanción que conllevaría la expulsión de la Compañía de España.

El PAPEL del CLERO en la expulsión.

Cuando se habla de la expulsión siempre aparecen como causantes, a nivel propagandístico, los jansenistas y los regalistas. Ambos términos aparecen contrarios al jesuitismo. Estos encarnizados enemigos contribuyeron a crear una mala imagen de la Compañía.

El jansenismo era una corriente espiritual que apareció en Francia y que tras desarrollarse en este país comenzó a extenderse por Europa. En España y Portugal el éxito del jansenismo fue menor y el movimiento, además, sufrió una evolución desde posturas claramente dogmáticas y teológicas a otra vertiente más práctica. Así, el «jansenismo español» se mostraba claramente diferenciado del francés del siglo XVII.

La doctrina recibe el nombre del flamenco Cornelius Jansen, Jansenio, obispo de Ypres (1585-1638). Vivió las discusiones teológicas de agustinos y jesuitas que tenían como origen el tema de la gracia y de la predestinación. Estas cuestiones no habían sido resueltas de modo satisfactorio por el Concilio de Trento. Los dominicos secundaban a los agustinos. Éstos defendían que Dios predestinaba a los hombres a la salvación por un decreto absoluto de su omnipotencia, por medio de la «gracia eficaz». Los jesuitas mantenían una opinión contraria; daban mayor libertad al hombre en el tema de la salvación. Dios conoce al hombre, sabe si el hombre se salvará o se condenará; por ello, con el nacimiento, Dios concede una gracia suficiente para salvarse; el hombre que aprovechaba la gracia y vivía con buenas obras, se salvaba.

Esta polémica dio lugar al odio de escuelas, el «odius teologicus».

Jansenio se decantó por las ideas de los agustinos. Pero en su doctrina radicalizó estos postulados. En primer lugar, exageró el papel de la gracia eficaz. Ésta era un regalo de Dios, y sólo Dios sabía a quién se lo tenía que dar. El hombre no sabía si tenía esta gracia o no. Por tanto, el hombre estaba indefenso ante la salvación y debía llevar una vida muy rígida desde el punto de vista moral para hallarse entre los elegidos. Se excluía toda cooperación personal de la voluntad humana y entrañaba una disciplina de penitencia rígida.

Estas ideas las plasmó en una obra el Augustinus, que fue condenada por la Iglesia por la bula In eminenti (1642) y por la bula Cum occasionem (1653). La condena se llevó a cabo por una delación de los jesuitas franceses, apoyados por los jesuitas de los demás países de la Cristiandad.

A pesar de su condena, la doctrina se desarrolló en Francia gracias a los seguidores de Jansenio (abate Saint-Cyran, Jean de Hauranne). Éstos impusieron un modelo de vida religiosa de extremo rigor y de humildad. Fundaron centros de espiritualidad muy rigoristas, solidarios y dedicados al estudio. El foco difusor fue la antigua abadía cisterciense de Port-Royale; una abadía protegida por una familia nobiliaria, los Arnold.

El jansenismo se extendió entre las clases privilegiadas de Francia dando lugar a conflictos de todo tipo, sobre todo durante el reinado de Luis XIV. Irrumpió en Francia como un movimiento espiritual de profundas raíces teológicas, con implicaciones morales, proponiendo un nuevo modelo de vida cristiana.

A este jansenismo se le sumaron también unos componentes de tipo político, regalista, porque acabó defendiendo la supremacía del poder temporal sobre el espiritual, convirtiéndose en enemigo de toda posición ultramontana. Una de sus principales características fue por tanto un marcado antijesuitismo.

El jansenismo español del XVIII no tiene nada que ver con el jansenismo dogmático de Jansenio. Menéndez Pelayo, al buscar con lupa a los heterodoxos españoles del XVIII tropezó con un gran obstáculo a la hora de hallar jansensitas. Si entendía como tales a los que defendían las cinco proposiciones de Jansenio sobre la gracia, condenadas por la bula Unigenitus, no hallaba ningún jansenista. Este autor concluía que el XVIII no había sido un siglo teológico. Las preocupaciones se creaban por cuestiones canónicas y las leyes de la Iglesia; también surgieron polémicas por la primacía entre papas y obispos, y entre papas y concilios, sobre cuáles eran los límites de la potestad eclesiástica y el poder secular. Pero Menéndez Pelayo, a pesar de la inexactitud del término, decía que en España no existieron los jansenistas dogmáticos. En cambio, hablaba de otros «jansenistas» que se parecían a los solitarios de Port-Royal.

Partidarios de un fuerte rigorismo moral, los puntos en común versaban sobre su deseo de vivir con gran austeridad. También defendían la idea de volver a la antigua disciplina de la Iglesia primitiva. Otro punto general era la postura crítica contra los excesos de la Curia Romana y el poder omnímodo del Papa. Junto a todo esto, el aborrecimiento hacia la Compañía de Jesús y la necesidad de la creación de una Iglesia de corte nacional definían sus rasgos. Menéndez Pelayo advertía lo que otros historiadores han corroborado: la imposibilidad de hablar de un jansenismo dogmático y la existencia de un jansenismo histórico. Mestre o Appolis han descubierto nuevos rasgos de este jansenismo español. Le definía la preferencia por una religiosidad interiorizada, no gestual, que en España adquiría una peculiaridad pues conectaba con el erasmismo y con la filosofía Christi (defendida por Erasmo). Además, el biblismo (la necesidad de beber en lo que se llama la teología no especulativa, consagrando las Sagradas Escrituras como fuente única) era otra de sus características. Y a todos estos rasgos se sumaba la adscripción a las corrientes de la crítica histórica para fundamentar, recopilar y ordenar los cánones de la Iglesia y contraponerlos a las leyes civiles, para que así saliera a la luz la verdad de las leyes.

Este jansenismo español no estuvo integrado por un grupo uniforme de personas con un cuerpo ideológico determinado. A lo sumo, el jansenismo implicó una serie de actitudes o rasgos que a veces fueron asumidos globalmente por intelectuales españoles (ej. Mayans), y otros que asumieron unos rasgos determinados (ej. Roda). No existió un grupo, sino gente que conectaba con estas ideas. Pensaban que la defensa de estas ideas podía servir para sacar a España del marasmo en que se encontraba. Jansenismo equivale a una postura regeneracionista, regenerar España, en el sentido de volver atrás, a los modelos antiguos, a la Iglesia primitiva. Buscaban sus modelos de actuación en españoles de la época clásica (s. XVI) no contaminados por el Barroco. Esto no quiere decir que no existieran jansenistas con matices extranjerizantes. Pero otro de los rasgos comunes a estos jansenistas históricos es su posición antijesuita.

Junto al jansenista, aparecía como enemigo del jesuita, el regalista, con sus dos facies. Por un lado, la facies beneficial (control de los nombramientos y rentas de la Iglesia) y por otro, la facies episcopalista (que tendía a dar mucho peso a la institución del episcopado, resaltando su origen divino para contrarrestar el poder del Papa). El regalista no podía observar con buenos ojos la existencia de la Compañía, obediente a Roma, un poder extranjero. Los consideraban, por tanto, como enemigos de la monarquía, pues limitaban su campo de actuación.

En el siglo XVIII se puede hablar de obispos filojansenistas, gracias a los trabajos de Mestre. Éstos aparecieron en la escena política española a comienzos del reinado de Carlos III. Con la llegada de éste al poder, el grupo de obispos de tendencia jansenista se hizo más numeroso y vio crecer su poder al estrechar sus relaciones con determinadas figuras del gobierno. En la época de Carlos III en Valencia apareció un círculo de futuros obispos que se educaban bajo la tutela del arzobispo de la ciudad, Andrés Mayoral (1737-1769). En su corte protegía y animaba a una serie de eclesiásticos que fueron nombrados obispos por Carlos III. Así, aparecieron una serie de obispos filojansenistas: Felipe Beltrán (en Salamanca, que estuvo detrás de la reforma de los Colegios mayores), José Climent (en Barcelona, antijesuita convencido), Pedro Albornoz y Tàpies (en Orihuela, dominico, tomista, y no tanto filojansenista como antijesuita), José Tormo y Juliá (en la ciudad anterior, tomista, jansenita, reformó el Seminario eliminando las cátedras de doctrina jesuítica), Francisco Armanyà (en Lugo y Tarragona, manifestó abiertamente su favor por la expulsión) y Rafael Lasala (obispo auxiliar de Valencia).

Otro grupo lo constituyeron los toledanos. Eran tomistas y antijesuitas. Destacaban Francisco Antonio Lorenzana, Francisco Fabián y Fuero, José Javier Rodríguez de Arellano (que escribió la pastoral al Papa para que extinguiera la Compañía). Buruaga (en Zaragoza) y Rubín de Celis (en Murcia) también se incluirían en esta categoría.

Pero la Compañía también contaba con sus partidarios entre los propios obispos, como José Carvajal y Lancaster (Cuenca), Irigoyen (Pamplona), etc. Eran de avanzada edad y debían su ascenso a la mitra a la influencia de los Padres Confesores. Simpatizaban con Roma y eran partidarios de la autoridad incontestable del papa. Estos prelados filojesuitas recelaban del gobierno español y de su política regalista.

Los filojansenistas eran episcopalistas, es decir, partidarios de una mayor autonomía del episcopado español respecto a la Santa Sede. Consideraban que los obispos tenían autoridad para poder convocar Concilios provinciales y sínodos diocesanos para llevar a cabo la reforma en España. Deseaban además ampliar sus competencias jurisdiccionales, competencias que acababan donde empezaban las inmunidades del clero regular, por lo que querían tenerlo bajo sus órdenes. Se inclinaron con mayor o menor intensidad hacia las posturas regalistas, porque con el apoyo del monarca creían más fácil lograr sus objetivos.

Los obispos conservadores, desde el punto de vista moral, se decantaban más hacia el laxismo o probabilismo. En cambio, los filojansenistas eran partidarios del rigorismo o probabiliorismo, que les servía para reformar la Iglesia española y para acabar con la espiritualidad exterior. Este rigorismo conectaba con el programa ilustrado, de ahí que el gobierno simpatizase con este grupo de obispos.

Las relaciones entre ambos grupos se fueron agriando con el transcurso del XVIII. Fueron importantes las polémicas entre ambos grupos de obispos, casi siempre por algún motivo relacionado con los jesuitas. Ejemplo de esto fue el caso del cardenal Noris. Era una cardenal agustino, que había vivido a fines del XVII, gran teólogo. Debido a las afinidades de agustinismo y jansenismo, Noris aplicaba las ideas de San Agustín a Jansenio, alejándose del jansenismo doctrinal. El Papa había visto la obra de Noris con buenos ojos. Pero en España los jesuitas presionaron a Fernando VI a través de Rávago para que el inquisidor Pérez Prado incluyese el libro de Noris en el Índice. Pérez Prado lo incluyó en el Índice en 1747. El tema levantó gran polvareda en los círculos intelectuales. Y no se apaciguó con la caída de Rávago.

En 1771 aparece una nueva polémica que avivó aún más el enfrentamiento en el seno de la jerarquía eclesiástica española: el caso del catecismo de Mesenguy. Este catecismo fue publicado en Francia con gran éxito. Era de corte claramente jansenista. Negaba la infalibilidad del Papa y pretendía el poder de un concilio para contrarrestar esa falibilidad. Era por tanto marcadamente antijesuita. Clemente XIII condenó el catecismo y envió un breve a España con la condena.

Carlos III, en principio, pensó obedecer al Papa. Pero el nuncio en España, junto al inquisidor general, Quintano Bonifaz, se adelantó y publicó el breve sin la aprobación real. El rey entró en cólera y aprovechó la ocasión para imponer el exequatur. Se enfrentó a Roma y expulsó al inquisidor de la Corte. Estas medidas regalistas significaron un duro golpe para los jesuitas y el clero ultramontano.

Otra cuestión va a agravar la situación ganando partidarios para el antijesuitismo. Es el asunto del proceso de beatificación de Juan Palafox y Mendoza, obispo de Puebla de los Ángeles en Méjico (1756). Palafox se había caracterizado por sus simpatías hacia los jansenistas y su repulsa por la Compañía de Jesús. En Italia luchaban los jansenistas por su beatificación, oponiéndose con contundencia los jesuitas. En España no se hablaba del tema. Los intelectuales jansenistas italianos escribieron a España para recabar apoyo para su propósito, especialmente en círculos cercanos al gobierno. Con la llegada de Carlos III al trono y la subida al poder de los manteístas (y sobre todo, Roda). la situación iba a cambiar totalmente. El Confesor Real era el Padre Eleta (que era de Osma, como Palafox). Roda comentó al confesor que los italianos iban a beatificar a un obispo nacido en Osma. Eleta se convirtió en el máximo defensor de la beatificación de Palafox, ganándose la enemistad de los jesuitas. Los ánimos se enconaron de nuevo. Es cierto que la beatificación no se llevó a cabo pero levantó tal polvareda que algún autor ha visto en esta polémica una causa de la expulsión (Blanco-White dice que Eleta se hizo antijesuita sólo por la cuestión de Palafox, y se lo transmitió a Carlos III).

El ambiente siguió siendo intranquilo por otra polémica: la que giró en torno al culto del Corazón de Jesús. Este nació a finales del siglo XVII en Francia y había sido promocionado por San Juan Eudes y por Santa Margarita. Se difundió con gran rapidez a comienzos del XVIII. Se fundaron congregaciones con el nombre de Hermanos del Sagrado Corazón de Jesús. En España, los jesuitas introdujeron la devoción. El P. Hoyos se encargó de propagar el culto por el país. Felipe V influido por el Confesor jesuita se hizo muy devoto del Sagrado Corazón de Jesús; incluso solicitó un oficio en favor del Sagrado Corazón de Jesús. Roma no veía este culto con malos ojos, pero no quería oficializarlo. Por ello paralizó los trámites. Aunque no concedió la misa, en España siguió extendiéndose el culto. Pronto aparecen también sus detractores: los obispos de corte rigorista y filojansenistas no lo consideraban algo serio y lo veían propio del fanatismo religioso y supersticioso que alejaba a los cristianos de la religión interiorizada. Hacia 1765 los partidarios del Sagrado Corazón, sabiendo del projesuitismo de Clemente XIII, volvieron a escribirle para solicitar la gracia de la misa de oficio que había demandado Felipe V. Pero el gobierno español había cambiado con respecto a los tiempos de ese monarca. El gobierno informó a la Santa Sede que el único que podía solicitar tal acción era el rey Carlos III y que no hiciese caso a los obispos. El asunto se paralizó.

Pero todavía la oposición entre clero jesuita y clero antijesuita se va a acentuar más a partir de 1758 por la aparición del libro «Fray Gerundio de Campazas», escrito por el jesuita P. Isla. La aparición del libro incrementó la discordia. Sobre el P. Isla se ha escrito infinidad de trabajos. Hay un breve artículo de R. Olaechea: «Perfil sociológico del escritor José Francisco de Isla» en El Padre Isla, su obra, su tiempo, León, 1983. Se trata de la transcripción de una conferencia que dio en esta ciudad en 1981 con motivo del segundo centenario de la muerte del jesuita. Isla era un hombre de gran brillantez, ingenioso, dicharachero y con gracejo singular. Ingresó tempranamente en la orden: a los 15 años. Se le despertó una vocación literaria que se manifestó en el género de la polémica literaria. Utilizó el género epistolar, que es el que más se adaptaba a su voracidad crítica. La Compañía no le encargó la labor pastoral sino que le permitió escribir. En Villagarcía concibió la idea de escribir un nuevo Quijote inventando un personaje fustigador de uno de los males más extendidos en la Iglesia: los sermones, que habían degenerado de manera terrible desde la época barroca. Habían dejado de ser piezas útiles para convertirse en largos discursos enrevesados, ininteligibles, que sólo resaltaban la figura del predicador.

El P. Isla fue afortunado en criticar estos aspectos. Ridiculizó al predicador presuntuoso e ignorante: Fray Gerundio de Campazas. La novela alcanzó un éxito increíble. Se publicó entre el 22 y 23 de febrero de 1758. Se editaron 1.500 ejemplares, una gran tirada para la época. El primer día se vendieron 800 ejemplares. Pronto se acabaron. A Fernando VI, al duque de Alba, Mayans, incluso al papa, a todos ellos, les gustó la obra. Pero los enemigos de Isla lograron que la Inquisición retirara la obra. La Inquisición interrumpió la segunda edición entre el 17 y el 24 de marzo de 1758 y no dejaron salir la segunda parte manuscrita. Después el libro fue prohibido y no se volvió a imprimir más que clandestinamente (ediciones furtivas en los años posteriores yen italiano, francés, inglés, alemán...). El libro apareció en un momento político poco adecuado pues los jesuitas tenían ya muchos enemigos. El Fray Gerundio contribuyó a incrementar el odio a los jesuitas porque creían que el libro proclamaba la superioridad de los jesuitas sobre otras órdenes. Fray era el título que se daban los clérigos dominicos, agustinos, etc. Se acentuó el odio contra la Compañía. El carácter crítico de Isla también incrementó este sentimiento.

La LOGÍSTICA de la expulsión.

Los cerebros de la expulsión fueron Roda y Campomanes. La logística correspondió al presidente del Consejo de Castilla, el conde de Aranda. Por ello la historiografía del XIX le identificó equivocadamente como el artífice de la expulsión. Para que la expulsión se llevase a buen efecto Aranda debió de superar muchos obstáculos. Tuvo que organizar los pormenores del viaje de los puertos de embarque a Civitavecchia. El secretario de Marina era a quien correspondía esta operación. Pero a Julián de Abiaga se le consideraba projesuita. Por eso se le tuvo engañado hasta el momento de la expulsión (le contaron que se trataba de maniobras militares). Sin embargo Abiaga, por los preparativos, pudo suponer que no se trataba de maniobras.

Los jesuitas fueron repartidos en cajas o puertos para el viaje. Los de Castilla fueron a los puertos de Bilbao, Santander, Gijón. Y de allí se dirigieron a La Coruña, desde donde partirían a Italia. Los de Andalucía central, oriental y Extremadura iban a Cádiz, y de allí a Málaga. Los de Castilla-La Mancha embarcaban en Cartagena. Y los de la Corona de Aragón en Salou, bajo el mando del mitificado Barceló. Una vez llegados a los puertos de embarque, los Intendentes de Marina eran los encargados de fletar las naves y aprovisionarlas, con los recursos de los bienes confiscados. La mayor parte de los intendentes que intervinieron, tanto en tierra como por mar, desarrollaron una brillante carrera administrativa, accediendo incluso a los cargos nobiliarios.

El 13 de abril de 1767 llegó la carta de Carlos III a Clemente XIII comunicándole la decisión del gobierno español a través de Tomás de Azpuru. El 15 de abril el Papa comunicó su tristeza por la medida y señaló que no estaba dispuesto a admitir a los jesuitas en los Estados Pontificios, pues ya había hecho bastante admitiendo a los portugueses con anterioridad. Clemente XIII temía que 4.000 nuevos jesuitas incrementaran la carestía existente. El 16 de abril Roma enviaba a Madrid un breve con su decisión. La carta del Papa no llegó a Carlos III hasta fines de abril, cuando ya estaban los jesuitas embarcados y preparados para el viaje. El Consejo extraordinario le comunicó al rey que ya no se podía dar marcha atrás. Los jesuitas salieron rumbo a Civitavecchia, incómodos, humillados, consternados y hacinados en los barcos. Pensaban que iban a los Estados Pontificios pero el gobierno ya sabía que no los iban a admitir. El gobierno intentaba encontrar un destino para los expulsados. Algunos pensaban llevarlos a Córcega, pero la medida preferida era dejarlos en un puerto de los Estados Pontificios. Entre finales de abril y los primeros cinco días de mayo apareció la idea de llevarlos a Córcega. Pero surgió un grave inconveniente: la situación política y la guerra iniciada en 1729. Los rebeldes acaudillados por Paoli habían adquirido fuerza. Córcega pertenecía a la República de Génova. La mitad de los corsos no querían depender del gobierno genovés y querían independizarse. La revuelta se había hecho muy larga y Génova no tenía los recursos militares suficientes para sofocar la revuelta. Pidieron ayuda militar a Francia. Los militares franceses se establecieron en Bastia, Calvi, San Florencio, Algaiola, Bonifacio, principales poblaciones de la costa. El centro de la isla estaba en manos de Paoli. El gobierno español tenía que negociar a tres bandas: con Génova para obtener el permiso, con Francia para que no pusieran inconvenientes, y con Paoli, por si los jesuitas iban al centro de la isla, pero con éste se debía utilizar una vía secreta. Además pensaban que Paoli aceptaría a los jesuitas porque éstos contaban con una pensión y podían fomentar la vida económica del interior. Además, los corsos habían creado una pequeña universidad en el centro de la isla y los jesuitas eran perfectos para ocupar puestos de enseñanza.

Las negociaciones con Génova llegaron a buen puerto, y se pasó a hablar con los franceses, con Choiseul. Los españoles decidieron hablar con el conde de Marbeuf, al mando de los presidios corsos.

El primer convoy (que había partido de Salou) llegó entre el 13 y el 14 de julio. Cuando intentaron desembarcar se encontraron con los cañones apuntándoles. En esos momentos Azpuru ya ha dicho en Roma que Génova les dejaba ir a Córcega. Faltaba que el gobierno francés mandara la orden a Marbeuf. Los jesuitas de Aragón marcharon a Córcega. Unos días después llegaron los de Andalucía, luego los de Toledo y los de La Coruña. Conforme llegaban iban dirigiéndose a Bastia, donde se hallaba Marbeuf. Éste les impidió la entrada hasta que recibiera la orden directa del gobierno francés. Alegaba que las ciudades estaban muy pobladas y surgirían problemas de abastecimiento. Las gestiones diplomáticas se agrian hasta que por fin Choiseul mandó la orden. Marbeuf, receloso, se negó a que desembarcaran en Bastia y pidió que dieran la vuelta por el norte a la isla y se instalaran en los presidios de la costa oeste (Ajaccio, Algaiola...). A finales de agosto desembarcaron los de Aragón. Los de Toledo no desembarcaron hasta finales de septiembre. Entre agosto y septiembre desembarcaron los jesuitas en Córcega donde llevan una vida terrible entre otoño de 1767 y otoño de 1768. Vivían hacinados y sin recursos. Además, desde el momento del desembarco apareció un rebrote de guerra civil y se produjeron enfrentamientos. El 15 de marzo de 1768 Francia y Génova firmaron un tratado: el de Compiegne. Génova vendía la soberanía de la isla a Francia. A partir de este momento los rebeldes corsos comenzaron una nueva oleada bélica que tuvo su momento culminante en el varano de 1768. Finalmente, los franceses aplastaron a los corsos y decidieron expulsar a los jesuitas de Córcega, mandándolos a Italia. Génova les permitió desembarcar en sus costas, siempre y cuando atravesaran el territorio genovés y se dirigieran hacia territorios pontificios. El Papa por fin decidió admitirlos. Entre otoño y los primeros meses de invierno de 1769 comenzaron a instalarse en los Estados Pontificios. Los jesuitas aragoneses fueron a Ferrara. Los de la Provincia de Toledo a Forli. Los de Andalucía se instalaron en Rímini y los de América se instalaron en Bolonia. Estaban controlados por la policía italiana y por vigilantes españoles. En Italia al menos llevaban una vida más cómoda que en Córcega.

En total fueron 5.000 los jesuitas que vivieron en Italia. No llevaron una vida fácil. No eran bien vistos y tampoco eran aceptados debido al influjo de la propaganda filojansenista. No obstante, los más preparados ocuparon cargos de confesores, fueron profesores y también fueron acogidos por familias nobles como preceptores. Los clérigos italianos no los veían con buenos ojos porque los jesuitas pretendían ganar dinero celebrando misas, en perjuicio de los clérigos italianos. Los propios jesuitas de los Estados Pontificios tenían miedo de aceptar a los españoles. Allí sólo fueron apoyados por los portugueses a los que antes habían ayudado.

La EXTINCIÓN de la Compañía de Jesús.

El gobierno de Madrid contactó con Lisboa, París, Nápoles y Parma para presionar al Papa y conseguir la extinción de la Compañía. Para los monarcas de la Casa de Borbón éste sería el golpe definitivo a los jesuitas. El aparato propagandístico debía extenderse por toda Europa, insistiendo en el carácter intrigante y perjudicial de los jesuitas; ello debía de estar avalado por una gran cantidad de firmas de eclesiásticos. En 1769 el gobierno comenzó una labor destinada a ganarse al alto clero. Se pensó en convocar un concilio nacional para obtener una declaración conjunta contra la Compañía. Pero la convocatoria y discusión podía dar lugar a dilaciones por lo que el rey optó por solicitar de modo personal y secreto el dictamen de cada uno de los obispos. La carta era una especie de intimidación, conociendo el sentir del monarca y el gobierno. Esto, unido al antijesuitismo de buena parte del alto clero español, dio el resultado de 46 obispos favorables a la extinción, 8 contrarios y 6 no respondieron al requerimiento real.

Por otra parte, los distintos monarcas borbones dieron orden a sus embajadores para que presionaran diplomáticamente al Papa, llegando incluso a utilizar coacciones veladas (amenazando con cerrar la nunciatura en Madrid, con resolver los pleitos en los tribunales episcopales y no en la Curia romana...). Las medidas arreciaron en 1769 porque Clemente XIII falleció, siendo sustituido por Clemente XIV, que no era defensor de la Compañía. En España, Carlos III envió como embajador a Roma a un antijesuita, José Moñino, fiscal del Consejo de Castilla. Moñino, aconsejado por Roda, primero se ganó la confianza de Buontempi, confesor del Papa. También comenzó a buscar partidarios de la extinción en el colegio cardenalicio. Entre 1772 y 1773 las Audiencias de Moñino ante el Papa se hicieron más frecuentes, de modo que la voluntad del Papa comenzó a flojear. El 29 abril de 1773 la extinción estaba más cerca. El 27 de julio de 1773 el Papa hace público el breve Dominus ac redemptor ordenando la extinción de la Compañía; un documento que se hallaba muy inspirado por Carlos III a través de los buenos oficios de Moñino, y en el que el Papa decía que a fin de restablecer la paz suprimía la Compañía por haber perdido su finalidad y objetivos originales; los miembros podían ingresar en otras órdenes y se les asignaban unos subsidios. La Santa Sede recuperaba Avignon y Benevento y Moñino ganaba el título de conde de Floridablanca.

Teófanes Egido, relacionando el regalismo con las ideas ilustradas de reforma, ha llegado a afirmar de modo rotundo que la expulsión y posterior extinción formaban parte de un plan ambicioso que no llegó a fraguar: la eliminación de todas las órdenes religiosas. En este plan estarían involucrados Roda, Floridablanca, Aranda, Campomanes y otros. La reforma del clero regular se estaba proyectando desde los tiempos de Ensenada. Si esta reforma se detuvo durante el reinado de Carlos III bien pudo deberse a que el gobierno concentró su atención en los jesuitas, ya que para lograr la expulsión se necesitaba el apoyo del clero (muchos obispos eran regulares). Por eso el gobierno antes de 1767 defendió incluso las escuelas tomista y agustiniana contra la jesuítica. Pero tras 1773 los miembros del gobierno acosaron a tomistas y agustinos hasta el punto de que en 1783 Campomanes, cuando quiso reformar la Universidad de Orihuela, intentó apartarla de los dominicos (los dominicos sólo podían dar clase a los de su misma orden, y no a los laicos).

Muchos jesuitas marcharon a Rusia y Prusia donde se les acogió muy bien. Allí realizaron una obra importante de divulgación. Pero la mayor parte se quedó en Italia. En 1815, con la vuelta del absolutismo a España y en los inicios de la Restauración en Europa, se restituyó la Compañía gracias a las gestiones de Pignatelli. Durante el Trienio Liberal (1820-1823) fue de nuevo prohibida. Y también fue abolida en 1868. La Compañía de Jesús estaba lejos de continuar su trayectoria sin sobresaltos.

LAS MISIONES JESUITICAS.

La labor misional de los jesuitas: las reducciones guaraníes.
La obra misionera de los jesuitas constituyó uno de los principales signos de identidad de la Compañía.

Esta iniciativa fue importantísima no sólo en virtud del elevado número de colegios creados, sino también por las peculiares características de las fundaciones. En estos establecimientos -tanto en China como en América-, los jesuitas se mostraron partidarios de un declarado sincretismo religioso, esto es, no tuvieron ningún tipo de escrúpulos a la hora de aceptar o adaptar ritos paganos con tal de llevar a los pobladores de dichas tierras la palabra de Cristo. La Compañía decidió respetar los particularismos religiosos con la intención de utilizarlos para el adoctrinamiento cristiano. Por ello, sus miembros recibieron múltiples críticas y acusaciones por parte de las otras órdenes religiosas, recelosas de los éxitos jesuitas.

Las misiones más trascendentales fueron las célebres reducciones guaraníes, que dieron origen al mito del Estado o República Jesuita, que a la postre acabó resultando nefasto para el futuro de la Compañía.

Aunque los jesuitas fundaron misiones en México, California, Ecuador y cerca del lago Titicaca, los establecimientos más conocidos fueron los guaraníes, que se localizaron en una zona extensísima (la del Paraná) situada entre Paraguay, Uruguay y Argentina.

Era una región cuyas características permitían las fundaciones (los indios eran sedentarios, su principal actividad era la agricultura, y podían ser reducidos a encomiendas, o esclavizados por los bandeirantes portugueses).

La Compañía se instaló en esta zona hacia 1550-1551, siendo el P. Manuel de Lobrega quien inició la evangelización. Carlos I fue reticente a conceder permiso a los jesuitas para ir a América. Felipe II también fue remiso. Pero en 1565 aparecieron las primeras reducciones de carácter oficial. En 1609 se fundó la primera misión al norte de Iguazú, y en 1615 existían ya ocho reducciones o poblaciones para indígenas y misioneros con hinterland propio. Ello les servía para proveerse de bienes de subsistencia, para poder preservar a los indios de la explotación de españoles o portugueses y para poder adoctrinarlos católicamente, manteniendo a los indios alejados de la sociedad colonial y las corrupciones que ésta entrañaba (también evitaban así problemas con los encomenderos).

En 1611 se publicó la real orden de protección de las reducciones. Cada reducción contaba con una Iglesia y cabildo propio con total autonomía para gobernarse siempre que existiera un representante del rey allí. Se prohibía el acceso a las reducciones a españoles, mestizos y negros, y se garantizaba a los indios que nunca caerían en manos de encomenderos... Sin embargo, pese a estas reales órdenes, no estuvieron libres de las incursiones portuguesas. Entre 1628-1631, los indios capturados por los portugueses superaron los 60.000. No se debe dejar de tener presente que el miedo a la esclavitud fue una de las claves del éxito de las reducciones (más que el carácter persuasivo de los jesuitas). Ante esta situación, los miembros de la Compañía organizaron estas reducciones con pertrechos claramente defensivos (planta cuadrada rodeada de empalizadas y fosos, con milicias armadas de indios adiestrados y cuerpos de caballería para la defensa, con plaza en el centro y la iglesia, de la que partían todas las calles). La organización misionera no sólo se limitaba a tareas doctrinales, sino que organizaba la vida económica y política fundada en la sólida preparación de los jesuitas que iban allí (que poseían grandes conocimientos prácticos en arquitectura, medicina, ingeniería, artesanía...)

Los jesuitas respetaban la organización familiar de los indígenas. Su lucha se centró principalmente contra la poligamia. Incluso a la hora de organizar las fiestas de los matrimonios, se respetaba el ceremonial tradicional indígena, practicándose posteriormente el ceremonial católico. Tras el matrimonio se les dotaba a los cónyuges de casa y tierra. Los jesuitas respetaban a los caciques y les daban acceso al cabildo de la reducción, que era la institución de gobierno con sus alcaldes mayores, oidores, etc. Este consejo se elegía por votación entre los recomendados por los salientes. Uno de los miembros del cabildo era jesuita. También había un corregidor, nombrado por el Consejo de Indias. Existía un director espiritual jesuita y un director ecónomo de la reducción, con una legislación a todos los niveles, sin pena de muerte. La relación entre las reducciones era semejante a la de una confederación.

En lo que se refiere a la forma tributaria de distribución de la tierra, ésta se dividía en tierra de Dios, comunal del pueblo, y las parcelas individuales de los indígenas. La tierra de Dios la conformaban las mejores tierras, tanto agrícolas como ganaderas, y era trabajada por turnos por todos los indios. Los beneficios de esta tierra de Dios se dedicaban a la construcción y al mantenimiento del templo, el hospital y la escuela. Los beneficios de la propiedad comunal también se destinaban para pagar a la Real Hacienda y los excedentes servían para fomentar la propia economía. Las parcelas individuales proporcionaban a los indios su sustento familiar, y si conseguían excedentes, éstos pasaban al silo común para ser consumidos en momentos de necesidad, o vendidos en situaciones de bonanza. Para evitar el absentismo, los jesuitas propusieron un horario de trabajo rígido, de seis horas laborables diarias, que era ciertamente cómodo si lo contrastamos con las doce horas que tenían que trabajar los indios en las encomiendas. Pese a la diferencia de horas, hemos de hacer constar que los rendimientos eran mucho más elevados en las reducciones que en las encomiendas. Se recogían hasta cuatro cosechas de maíz; también cultivaban algodón, caña de azúcar, la hierba mate (que en el XVIII cultivaban los jesuitas, y se llegó a convertir desde principios de este siglo en el primer producto exportable hacia el resto de las áreas coloniales). También desarrollaron la ganadería, permitiendo a su vez la realización de trabajos artesanales (sobre todo, el cuero y su exportación). Todos estos factores favorables impulsaron el comercio de las reducciones a través de las grandes vías fluviales. Como hecho significativo, cabe destacar que dentro de las reducciones no existía la moneda, sino que se practicaba el trueque. En el comercio exterior sí se utilizaba moneda, que se atesoraba para comprar los artículos que no se producían en la misión.

Con su gran desarrollo, las reducciones guaraníes se transformaron en fuertes competidoras de las ciudades cercanas (como Asunción o Buenos Aires). En éstas, comenzó el malestar y el mito de las grandes riquezas atesoradas en las misiones. Llamaba la atención que comprasen artículos de oro y plata para magnificar el culto. Es posible que no sea del todo equivocado este mito porque existían conexiones entre las reducciones y los colegios jesuitas de toda América, y se sabe que los bienes de los colegios, seminarios y las tierras que los sustentaban pudieron ser compradas gracias al dinero de las reducciones. También se decía de los padres de la Compañía que mantenían circuitos de capitales y actuaban de depósito de muchos seglares.

La situación estratégica de las reducciones, entre las posesiones de españoles y portugueses, se convirtió en tema peligroso y una de las causas de su ruina, porque las milicias de las reducciones eran un obstáculo serio para el avance portugués hacia el sur. Durante el reinado de Felipe V, la monarquía apoyó a los jesuitas por estas razones. Pero lentamente los constantes choques de España contra Portugal y la necesidad de concretar los límites entre ambos países vieron en las reducciones un gran obstáculo. Los jesuitas esgrimieron su obediencia al papa, resistiéndose a aceptar los acuerdos entre Lisboa y Madrid. En 1750, en virtud del célebre Tratado de Límites de Madrid, impulsado por el ministro José de Carvajal, se estableció que Portugal devolviera a España la provincia de Sacramento a cambio del territorio cercano al río Paraguay, donde había reducciones con más de 30.000 indios. Los jesuitas se negaron a abandonar las reducciones iniciándose la guerra guaraní entre las tropas hispano-portuguesas y los indios, capitaneados por algunos jesuitas. La guerra no finalizó hasta 1756. Tras ella, las reducciones no volverían a recuperarse.

Por entonces, la campaña de desprestigio contra los jesuitas estaba ya en marcha. Los padres de la Compañía fueron acusados de resistencia a la autoridad, por seguir las tesis políticas del P. Mariana sobre el tiranicidio. Recibieron múltiples ataques e invectivas de antijesuitas y regalistas, quienes les acusaron de querer acabar con el rey.

A partir de la guerra guaraní, se desencadenó un momento muy crítico en toda Europa. En Portugal, el marqués de Pombal publicó la Relación abreviada de la República de los jesuitas, considerándoles abiertamente enemigos de Portugal (1757). Otra obra polémica que dañó considerablemente la imagen de la Compañía fue la Historia de Nicolás I, rey de Paraguay.

Posteriormente, en España se extendió la idea de que los jesuitas habían sido los instigadores de los motines del 1766 y de que tenían el propósito de acabar con Carlos III para imponer a un monarca que mostrase total obediencia al Papa. El año siguiente, la Compañía de Jesús fue expulsada de los dominios españoles. Y en 1773 fue extinguida.
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Varias fuentes. Recopilación realizada por A. Torres Sánchez.

La TRANSICIÓN de la dictadura de FRANCO a la DEMOCRACIA actual en ESPAÑA.

La TRANSICIÓN de la dictadura de FRANCO a la DEMOCRACIA actual en ESPAÑA.

CARRERO y ARIAS.

En 1972 el General Franco tiene 80 años y deja la Presidencia del Gobierno al Almirante Carrero Blanco que es asesinado por ETA a finales de 1973. Le sucede Carlos Arias Navarro cuyos propósitos aperturistas, expuestos en su discurso de investidura, se quedan en agua de borrajas.

En 1973 el franquismo da sus últimos coletazos. El Caudillo deja en manos del almirante Luis Carrero Blanco la Presidencia del Gobierno para quedarse sólo con la Jefatura del Estado. El poder real reside desde los años 60 en las manos del Opus Dei, que va ocupando los lugares de mando del país.

A la muerte de Carrero Blanco en el atentado perpetrado por ETA el 20/12/1973, le sucede, por decisión de la familia Franco, Carlos Arias Navarro, ya ministro de la Gobernación y antiguo director de la seguridad nacional: un viejo represor.
Carlos Arias no le gusta a nadie: tiene el hombre propósitos "aperturistas" que consisten en reformar las Leyes Fundamentales (la Constitución del Franquismo), cuyas holguras habrían de dar margen suficiente para la evolución, según expone en su discurso a las Cortes del 12 de febrero de 1974. Estas admirables inquietudes de Carlos Arias y de los "reformistas" del régimen no pueden gustar a los integristas del Franquismo, no ya al bueno de Franco que está en las últimas, sino a los jerarcas que no quieren conservar tampoco el status quo, sino incluso regresar a las esencias de los años cuarenta. Pero tampoco agrada el Gobierno de Arias Navarro a la oposición democrática, evidentemente puesto que no sólo no es democrático, sino que además, en su discurso del 24 de junio de 1975 el Presidente del Consejo de Ministros define una trinidad de principios inmutables:

1) exclusión radical del comunismo "en sus tendencias, grupos o manifestaciones", que incluye a cualquier grupo con connotaciones obreras reivindicativas. Quedan pues excluidas de la posibilidad de legalización un gran número de organizaciones ya sea políticas o sindicales.

2) La afirmación de la unidad nacional, que deja fuera de discusión cualquier reivindicación nacionalista y cualquier proyecto autonómico.

3) El reconocimiento de la forma monárquica del Estado.

Franco ha abandonado en 1972 la Presidencia del Consejo de Ministros, que siempre ha sido su "Parlamento de bolsillo": tenían los ministros una función de meros consejeros del dictador, puesto que jamás se adoptaba una decisión colectiva opuesta a una decisión del jefe supremo. En palabras de Diego López Garrido, "el Consejo de Ministros era un apéndice de Franco". En las etapas de Carrero Blanco y Arias Navarro, en las que Franco ya no preside el Consejo, éste sigue siendo el baluarte frente a tesis aperturistas que provienen de todos lados, incluso de pequeños segmentos del ejército.


LOS EUROPES CONTRA EL FRANQUISMO.

A pesar de su vejez, al dictador no le falta la fuerza de firmar (durante el café, según cuentan) las penas de muerte de cinco terroristas (dos de ETA y tres del FRAP (Frente Revolucionario Antifascista Patriótico)), que son ejecutadas el 27 de septiembre de 1975. Ese episodio levanta una polvareda impresionante en toda Europa tanto antes como, sobre todo, después de las ejecuciones: miles de telegramas de protesta inundan los organismos oficiales mientras son asaltadas las Embajadas y Consulados de España. Agencias de viaje, oficinas de Iberia y banderas de España son incendiadas.
El primer ministro de Holanda convoca al país a una manifestación de protesta, presidida por el gabinete en pleno, contra el Régimen español y hace un llamamiento para que ningún ciudadano de su país visite España.
El Gobierno de Portugal no se hace responsable de la destrucción total, por indignados manifestantes, de la Embajada española en Lisboa. Miles de manifestantes gritan en contra del dictador español por las calles de las capitales europeas, los embajadores de los países de la CEE son llamados a consultas por sus respectivos Gobiernos y hasta se solicita la reunión urgente del Consejo de Seguridad de la ONU para que vote la expulsión de España de los organismos internacionales.

Tampoco en la Santa Sede el recrudecimiento del Régimen pasa inadvertido: Pablo VI escribe tres cartas secretas al dictador, antes de las ejecuciones, pidiendo la gracia de los terroristas, pero no recibe contestación a ninguna de las tres, por lo que hace una alusión clarísima a este asunto después del Ángelus del domingo siguiente, cuando ya los terroristas han sido pasados por las armas. Tras las palabras públicas del Pontífice, Franco le escribe una carta llamándole Padre, manifestándose devoto hijo suyo y diciéndole que siente en el alma no haber podido acceder a su petición porque razones graves de orden interior se lo impedían. Cierto es que la extrema derecha se manifiesta en España a favor de la mano dura en los procedimientos contra los terroristas, y que la Guardia Civil protagoniza incidentes porque a su parecer no se juzga con la debida severidad a los presuntos culpables de haber matado a agentes de las Fuerzas de Orden Público. Pero ¿son éstas razones suficientes para que Franco desoiga las peticiones de indulto del mismísimo Papa? Nace la duda de que las cartas de Pablo VI no llegaron a manos del destinatario a tiempo, gracias a la mano, propone el Cardenal Tarancón en sus memorias, de Carlos Arias Navarro.

Este incidente diplomático con el Vaticano no impide que el Papa diga de Franco "que ha hecho mucho bien a España y le ha proporcionado un desarrollo extraordinario y una época larguísima de paz. Franco merece un final glorioso y un recuerdo lleno de gratitud". Sin comentarios.

EL FRANQUISMO CONTRA LOS EUROPEOS.

Tras las protestas internacionales por las ejecuciones capitales de septiembre de 1975, Carlos Arias llena la Plaza de Oriente para vitorear al Caudillo. Los discursos de los Jefes de Gobiernmo y de Estado son inolvidables.
Las protestas internacionales disgustan mucho en España y Carlos Arias encuentra la solución a dicha injerencia vejatoria: se dirije por televisión a los españoles, diciendo que "no sabemos qué nos produce más estupor: si la violencia vesánica de los agitadores..., o la culpable irresponsabilidad de los responsables de los Gobiernos y de los medios informativos que la secundan.(...) En esta noche, estoy con todos vosotros, españoles, para pedir renovéis vuestra ayuda al Gobierno con el ejemplo de vuestra unidad ante la innoble agresión exterior...". La careta aperturista que se había puesto el 12 de febrero de 1974 ya está guardada en el baúl de los olvidos de Carlos Arias, que es ahora el auténtico centinela de la ortodoxia franquista.
Cuentan que Franco lloró viendo a su Primer Ministro convocar por televisión a sus ciudadanos a rendirle homenaje en ocasión del 39 aniversario de su "exaltación a la Jefatura de Estado", en la Plaza de Oriente de Madrid.

Y acuden, según TVE, un millón de personas el 1 de octubre de 1975 a rendir homenaje a un Franco que sale al balcón del palacio con uniforme militar, gafas de sol, morbo de Párkinson y una voz débil que se oye decir por megafonía: "Españoles: Gracias por vuestra viril adhesión y por esta serena y digna manifestación pública que me ofrecéis en desagravio a las acciones de que han sido objeto nuestras representaciones... en Europa... Todo obedece a una conspiración masónica e izquierdista en la clase política, en contubernio con la subversión comunista en lo social, que si a nosotros nos honra, a ellos les envilece. Estas manifestaciones demuestran, por otra parte, que el pueblo español no es un pueblo muerto, al que se le pueda engañar... Evidentemente, el ser español vuelve hoy a ser una cosa seria en el mundo. ¡Arriba España!"

El General llora mientras entona el Cara al Sol, mientras que el Príncipe Juan Carlos permanece firme, sin levantar el brazo y en absoluto silencio y el Cardenal Primado de Toledo da la bendición apostólica al Caudillo, para el que éste será el último acto público al que asistía. Y son muchos los que piensan que en ese balcón contrae la flebitis que acabará con él cincuenta días después.
El Gobierno de Carlos Arias Navarro es vitoreado y aclamado ahora en las calles por los mismos manifestantes que en numerosas ocasiones han pedido su dimisión por "aperturista".


FRANCO MUERE y NACE un REY.

A la muerte de Franco, Juan Carlos de Borbón es coronado Rey de España. Su discurso de coronación es esperanzador para quienes piden un sistema democrático, pero Juan Carlos I confirma en la Jefatura del Gobierno a un Carlos Arias que durante meses sigue llorando por el recién difunto Caudillo. El Rey decide así cesar a Carlos Arias.

LA MUERTE de FRANCO.

Franco muere a las 4.20 de la madrugada del 20 de noviembre de 1975 y es enterrado en el Valle de los Caídos. Juan Carlos Iº es su sucesor como el mismo Franco había decidido el 22 de julio de 1969, con base en la ley de sucesión de 1947, en la que se decía que "la jefatura del Estado corresponde al Caudillo de España y de la Cruzada, Generalísimo de los Ejércitos, don Francisco Franco Bahamonde" (art. 2) y que a él le estaba reservado el derecho de designar al sucesor.

ALGO NACE.

La coronación se lleva a cabo el 22 de noviembre en las Cortes, con asistencia de Jefes de Estado y de Gobierno que se han negado a asistir al entierro del General.
Y dice el nuevo monarca en su discurso: "Hoy comienza una nueva etapa de la historia de España... Una sociedad libre y moderna requiere la participación de todos en los foros de decisión, en los medios de información, en los diversos niveles educativos y en el control de la riqueza nacional. Hacer cada día más cierta y eficaz esa participación debe ser una empresa comunitaria y una tarea de gobierno". Franco ya empieza a revolcarse en la tumba.

El primer problema que debe afrontar el Rey Juan Carlos, es decidir a quién colocar en las presidencias del Gobierno, del Consejo del Reino y de las Cortes. Decide finalmente mantener a Carlos Arias como Primer Ministro, siguiendo los consejos de la familia Franco, de los consejeros del Reino y del Cardenal Tarancón. Y con la ayuda de Arias Navarro consigue que su antiguo preceptor, Torcuato Fernández Miranda, sea nombrado Presidente de las Cortes y del Consejo del Reino. Es un catedrático de Derecho Político hábil e inteligente, tímido y brillante, pero antipático y distante, odiado por los franquistas, que ocupó interinamente la Presidencia del Gobierno tras la muerte del almirante Carrero Blanco, y que tiene estudiada la forma en que se puede producir la reforma del Régimen.
Carlos Arias remodela su gabinete el 12 de diciembre de 1975, dando entrada a ministros "reformistas" como Manuel Fraga, que es la verdadera cabeza visible del Gobierno. Oficialmente el programa es la reforma (la llamada reforma Arias/Fraga), pero la cosa no funciona: no cuenta con el apoyo de las fuerzas de la opsición democrática simplemente porque el Gobierno no cuenta con ellas para formular sus decisiones. Pero es que además, la fórmula innegociable de Fraga consiste en el bicameralismo, la composición oligárquica del Senado y una irresponsabilidad política de derecho del Gobierno ante las Cortes que, como en la Inglaterra georgiana, debería evolucionar en unos decenios hacia el parlamentarismo. El Rey intenta convencer a Arias de la conveniencia de acelerar el proceso, pero se encuentra con que el presidente contesta "Sí, Majestad", y no hace nada, e incluso hace lo contrario de lo que el Rey sugiere. El búnker, como son conocidos los leales a Franco, sigue teniendo mucho poder.

La DESTITUCIÓN de Arias Navarro.

En junio de 1976, a Su Majestad no le queda más remedio que sustituir a Arias Navarro, pero eso no es fácil. Hay mucho escrito sobre la dimisión de Arias Navarro y sobre el nombramiento de su sucesor. Páginas emocionantes que aquí resumiré brevemente.
En esos días el Rey realiza su primera visita de Estado a los Estados Unidos. Allí provoca el aplauso general y entusiasta en un discurso ante senadores y congresistas en el que nada de lo que dice tiene que ver con lo que defiende su Primer Ministro en Madrid. Nada más volver a Madrid, su propósito es el de cesar a Arias Navarro, pero se encuentra con una situación espinosa: se entera de que es el estamento militar el que le va a enviar una carta pidiéndole la destitución de Arias, acusado de ser demasiado tolerante y por lo tanto débil: la proclamación del Rey da lugar a una amnistía que pone en la calle a unos pocos presos políticos (Marcelino Camacho, Nicolás Sartorius...); las fuerzas democráticas, aún no legalizadas, impulsan toda una ola de huelgas y manifestaciones que al grito de "Amnistía y Libertad" ponen al Gobierno contra las cuerdas. Arias da la culpa de estos sucesos a los jueces, a la prensa, a la Iglesia y al "erotismo que lo invade todo" (sic), pero los militares quieren una respuesta contundente. Además Manuel Fraga, ministro de la Gobernación, declara al The New York Times que "algún día tendrá que ser legalizado el Partido Comunista". Esto ya pasa de castaño oscuro.
Juan Carlos se da cuenta de que tiene que destituir a Arias con urgencia, antes de que le llegue la carta de los militares pidiéndole el cese: "Esto no puede seguir, so pena de perderlo todo... Yo tenía que tomar una decisión difícil pero la he tomado. La pondré en ejecución de golpe, sorprendiendo a todos" le dice confidencialmente a José María de Areilza, ministro de Asuntos Exteriores, el 1 de julio, poco antes de recibir privadamente a Carlos Arias y decirle que agradece sus servicios a la patria y a la Corona, pero que los nuevos tiempos exigen nuevos políticos. Dicho y hecho: Arias, cuentan que sorprendido, dimite allí mismo.
Parece ser que Juan Carlos ya sabe a estas alturas a quién quiere como sucesor de Arias, pero necesita que el Consejo del Reino le dé ese nombre en una terna, sobre cuya base él habrá de decidir. El sábado 3 de julio Torcuato Fernández Miranda sale de la última reunión pronunciando la célebre frase: "Estoy en condiciones de ofrecer al Rey lo que me ha pedido".


Adolfo Suárez acepta la oferta de Juan Carlos I para presidir un nuevo Gobierno, con el objetivo de reformar el sistema.

Adolfo Suárez, un anónimo funcionario franquista con pinta de jefe de planta de El Corte Inglés, ministro en el gabiente de Arias, espera impaciente la llamada de Su Majestad desde mediodía de ese mismo sábado: las voces de Palacio y algunas alusiones de Su Majestad le dan como candidato a sustituir a Arias Navarro. Así es que cuando poco después de las cinco de la tarde suena el teléfono y el Rey le dice: "Adolfo, ¿qué haces? ¿Quieres venir a tomar café?", él acepta, con serenidad viste un traje azul oscuro y conduce su Seat 127 hasta la Zarzuela, residencia del Rey, el cual le recibe al instante y pronuncia otra célebre frase:
—Adolfo, te quiero pedir un favor. Acepta la Presidencia del Gobierno—.
—Ya era hora— contesta Suárez.

"Ya era hora" porque hacía meses que corrían voces sobre Suárez presidente y porque Arias era un cadáver político desde hacía mucho tiempo. Durante toda su presidencia tuvo en su despacho un gigantesco retrato de Franco, que era su punto de referencia más firme y al que citaba en sus discursos más que al Rey. Quizás quisiera reformar el régimen, pero permaneció atormentado por las dudas entre sus fidelidades y su ignorancia de cómo hacerlo. Amaba hablar en privado del Rey llamándole "el niño", y decir que no lo soportaba durante más de diez minutos.

El Gobierno Suárez, que jura su cargo ante el Rey el lunes 5 de julio, no es bien recibido por nadie, ni por el búnker ni por la oposición democrática, ni por los "reformistas": ni Fraga ni Areilza quieren seguir en el Gobierno, que es conocido como el Gobierno de los penenes (siglas de la denominación Profesores No Numerarios), que quiere significar que Suárez se ha visto obligado a buscar a personalidades menores para componer el ejecutivo.

Tras un paquete de medidas económicas tomado en agosto, en el que se suprime el impuesto de plusvalías de origen bursátil, que recibe escasa atención por su "carácter veraniego" y que no impide que la Bolsa siga bajando, en septiembre el nuevo Gobierno da a la luz su proyecto de reforma política: se irá a "...las primeras elecciones a Cortes para constituir un Congreso de 350 diputados y elegir 207 senadores". Dicho proyecto debe ser aprobado por los dos tercios de las mismas Cortes y luego refrendado por los españoles. El primer paso es tremendamente difícil: ¿cómo van a votar a favor de la democracia los procuradores de las Cortes franquistas? ¿Cómo van a votar a favor de su propia desaparición?


LA REFORMA POLÍTICA.

Al harakiri de las Cortes franquistas le sigue el sí de los españoles al proyecto de reforma política y la preparación de las primeras elecciones democráticas a Cortes desde febrero de 1936. Las situaciones política y social son muy difíciles.

EL HARAKIRI.

El 18 de noviembre ocurre la magia, el milagro: más de los dos tercios necesarios de las Cortes franquistas votan a favor del proyecto de ley, firmando pues su misma acta de defunción. No queremos ni pensar en las promesas que convencieron a los jerarcas franquistas: la magia tuvo seguramente algún truco.
A este episodio se le da el nombre de el harakiri.

El 15 de diciembre de 1976 se celebra el referéndum, en el que el 94% de los votantes dice sí al proyecto de reforma política, en las primeras elecciones libres desde febrero de 1936. Libres en el sentido de que no cabe duda de la veracidad del resultado, al contrario de lo que pasó con los dos referendos del régimen franquista. Sin embargo cabe destacar que no es un plebiscito democrático por la simple razón que las fuerzas de la oposición todavía no están legalizadas, por lo que sólo hay campaña institucional a favor de la participación al voto (Habla, pueblo, habla) y por el sí, y llamamientos a la abstención de las fuerzas de la oposición, no legales pero toleradas. Circula durante dicha campaña esta explicación de Miguel Herrero de Miñón, funcionario entonces del Ministerio de Justicia: "no es, sin duda, un referéndum democrático, puesto que no existen las libertades propias de la democracia; pero es un referéndum para establecer la democracia y las libertades que le son propias". De todas formas qué duda cabe de que es un referéndum viciado, puesto que pregunta algo así como: "¿Quieren ustedes la libertad o no?", sin consultarle a nadie de qué forma se va a dar esa libertad y dando a entender que el proceso va a consistir en renovar las leyes del franquismo para que todo quede redondo, para que no haya discontinuidades. Por lo tanto las fuerzas democráticas que, inevitablemente, están a favor de la ruptura, es decir de hacer borrón y cuenta nueva, replantear todo el sistema, no pueden aprobar el referéndum. La abstención alcanza el 23% del censo electoral, pero los que se abstienen rezan porque gane el sí, porque ¿y si hubiese ganado el no? ¿Se hubiese ido todo el proceso al traste? Mejor no pensarlo.


Los meses más DIFÍCILES.

Se trata ahora de volver a las urnas para elegir un Congreso y un Senado cuya misión será constituyente. Pero las dificultades antes de llegar al momento de esas elecciones serán muchas. Hay quien dice que los seis meses que transcurrieron entre el 15 de diciembre de 1976 hasta el 15 de junio de 1977 en que se realizaron dichas elecciones, fueron los más difíciles de la transición política. De hecho, la conflictividad laboral y social, el terrorismo, la legalización de los partidos, los nacionalismos, la situación económica que va empeorando día a día... Todas estas cuestiones, entrelazadas y juntas, quieren una respuesta rápida y el Gobierno no puede dar una alegría a unos pocos sin echarse encima las críticas de muchos más. Por un lado hay unas fuerzas democráticas que, puesto que son toleradas, se sienten en derecho de hacer reivindicaciones, mítines, reuniones y manifestaciones (y es que estos demócratas, especialmente los de izquierdas, son como la misma peste); por otro, la extrema derecha, los nostálgicos, tienen todavía mucha relevancia. Y no sólo por el número de simpatizantes, sino por quiénes los controlan: parte del búnker (Blas Piñar, Silva Muñoz), amplios segmentos del ejército y a saber qué sectores financieros.


La situación PRE-electoral.

Santiago Carrillo, secretario general del PCE, regresa del exilio en febrero de 1976 y vive en España clandestinamente, puesto que todavía en agosto del mismo año, siendo ya presidente Suárez, se le niega el pasaporte español. A pesar de estar escondido, mantiene contactos con las demás fuerzas democráticas y se deja ver siempre más por las calles de Madrid, con el fin de forzar un reconocimiento del PCE, cuando todavía ninguna fuerza democrática ha sido legalizada. Ante dichos atrevimientos el Gobierno no puede no querer demostrar su autoridad y su eficacia represora, y la policía lo detiene y lo tiene recluido durante una semana en los últimos días de diciembre de 1976, sometiéndolo a vejaciones en comisaría.
No contenta con esto, la extrema derecha pasa a la acción: el 24 de enero de 1977 se produce la Matanza de Atocha en que resultan muertos siete abogados laboralistas del PCE. Es un episodio que provoca muestras de solidaridad y que permite que el PCE demuestre que es capaz de controlar a sus seguidores: la respuesta de masas al asesinato de los abogados comunistas es impresionante por la demostración de fuerza y serenidad. Se da la paradoja que la policía tiene que proteger a los miembros de un partido que no está legalizado, mientras que los agentes que detendrán luego a los responsables de la matanza se negarán a cobrar la recompensa a la que tienen derecho.
La Matanza de Atocha es quizás el más grave de una serie de acontecimientos violentos, que ponen en grave peligro el camino hacia la reforma: tanto ETA como el GRAPO como, por ejemplo, el MPAIAC (Movimiento para la Autonomía e Independencia del Archipiélago Canario) dieron guerra en aquellos meses. En el momento de iniciarse la transición la totalidad de los nacionalistas vascos se niega a emplear el término terrorismo para designar a ETA, a pesar de que la misma mata a 26 personas en 1975, 21 en 1976 y 28 en 1977, pasando luego a cifras mucho más altas (85 en 1978, 118 en 1979 y 124 en 1980). Por lo que respecta al GRAPO, un grupo maoísta de ciega violencia, lleva a cabo dos secuestros en diciembre de 1976 que acaban con la liberación de los rehenes por parte de la policía en febrero de 1977.
En medio de este caos, en febrero de 1977 desaparecen los requisitos más restrictivos para la legalización de los partidos, así es que todos menos el PCE consiguen la legalidad. En ese mismo mes Suárez se reúne secretamente con Carrillo y charlan durante seis horas. Es significativo que el día después de dicho encuentro, el Gobierno Civil de Madrid prohiba un acto que los comunistas pretenden convocar ocultándose tras una denominación inocua; y es que a estos comunistas hay que tratarlos con el bastón y la zanahoria.

Cuenta Carrillo que en su encuentro con Suárez nadie le pone condiciones a nadie sobre nada, a saber: ni Suárez pide que los comunistas rebajen el tono de sus reivindicaciones ni Carrillo pretende que el Monarca salga corriendo del país para instaurar una República de la que él será Presidente.
Cuenta Carrillo que Suárez le pide sin mucho entusiasmo, sólo para cubrir el expediente, que los comunistas se presenten como independientes a las próximas elecciones, y esto para poder evitar la legalización del PCE.
Cuenta Carrillo que él se niega, como se niega a anular el próximo viaje de Berlinguer y Marchais, secretarios generales de los partidos comunistas respectivamente italiano y francés, a Madrid donde se va a celebrar la "Conferencia Eurocomunista".
Cuenta Carrillo que la reivindicación republicana él ya la tiene aparcada y en vías de olvido.
Fueran como fueran los términos de la conversación, lo cierto es que el 9 de abril de 1977, el Sábado Santo Rojo, el Gobierno decide la desaparición del Movimiento, el partido único franquista, y legaliza al Partido Comunista de España y, dos días después al PSUC (Partit Socialista Unificat de Catalunya), causando la dimisión instantánea del Almirante Pita de Veiga, Ministro de la Marina, y el gruñir del Ejército al completo. Franco se revuelve en el Valle de los Caídos, Fraga juzga lo sucedido de "verdadero golpe de Estado", pero la población está de acuerdo en un 45% y en contra en un 17%.
También instantáneamente, en los mítines del PCE deja de ondear la bandera republicana y Carrillo dice: "Los que silban no saben que no hay color morado que valga una nueva guerra civil entre los españoles". La reivindicación republicana no volverá a la boca de un dirigente del PCE hasta bien entrada la etapa Anguita.
El 17 de marzo Suárez ha promulgado el decreto de amnistía para los presos políticos, el 28 de abril se legalizan los sindicatos y, finalmente, el 13 de mayo llega de la URSS Dolores Ibarruri, la Pasionaria, presidenta del PCE.
Las elecciones del 15 de junio van a ser del todo democráticas, aunque qué duda cabe de que muy poco tiempo se ha dejado al PCE y a los demás partidos democráticos para organizarse en la legalidad.


Dos DIMISIONES.

La dimisión de Torcuato Fernández Miranda, fiel consejero del Rey, de las Presidencias de las Cortes y del Consejo del Reino y la abdicación de don Juan de Borbón a favor de su hijo Juan Carlos son dos episodios emblemáticos que preceden las elecciones de 1977.
Vale la pena recordar dos episodios que preceden las elecciones del 15 de junio de 1977.

Torcuato Fernández Miranda, que ha sido preceptor de Juan Carlos de Borbón, a la muerte del dictador ha rechazado la oferta del Rey para ser Presidente del Gobierno porque ha considerado que su papel está en las Presidencias de las Cortes y del Consejo del Reino.
Durante la campaña electoral de 1977 dimite de estos cargos, en silencio, de espaldas a Su Majestad y contra la opinión de Adolfo Suárez.
Don Torcuato se ha sorprendido mucho al ver que Suárez no es un fantoche suyo y de quienes han hecho de Juan Carlos el sucesor de Franco, sino que tiene una política propia y se dedica a pactar con Felipe González y Santiago Carrillo. Y a Fernández Miranda le disgusta también que el Rey esté tan contento con este papel de Adolfo Suárez y no le escuche más a él para reformar el sistema.
Su plan para la transición era la creación de un sistema en el que se alternaran en el Gobierno de la Nación dos partidos, el socialdemócrata PSOE (h) (PSOE histórico) de Rodolfo Llopis, anticomunista, y un partido de centro-derecha que frene a los ultras. Esto es lo que explica Sabino Fernández Campos en sus memorias.
Por estas razones probablemente, Fernández Miranda presenta sus dimisiones y en su futuro caben el título de duque, el Toisón de Oro, una butaca como senador por designación real y mucha amargura.

¿Por qué Franco ha nombrado precisamente a Juan Carlos de Borbón su sucesor? ¿Qué le ha parecido este nombramiento a don Juan, el legítimo sucesor de Alfonso XIII y padre de Juan Carlos?

Éstas son preguntas a las que los historiadores no han dado contestaciones definitivas. El único hecho que podemos recordar es que el 14 de mayo de 1977 don Juan de Borbón renuncia a sus derechos dinásticos en favor de su hijo, en un acto muy pasado por agua, en el Palacio de la Zarzuela ante la Familia Real, una representación de los medios de comunicación y el Notario Mayor del Reino, Landelino Lavilla. Es un acto que contribuye a dar legitimidad histórica a la transición.

Un extracto del DISCURSO de D. Juán.

«Instaurada y consolidada la Monarquía en la persona de mi hijo y heredero don Juan Carlos, que en las primeras singladuras de su reinado ha encontrado la aquiescencia popular claramente manifestada [...] creo llegado el momento de entregarle el legado histórico que heredé y, en consecuencia, ofrezco a mi patria la renuncia de los derechos históricos de la Monarquía española, sus títulos, privilegios y la jefatura de la Familia y Casa Real de España que recibí de mi padre, el rey Alfonso XIII, deseando conservar para mí y usar como hasta ahora el título de conde de Barcelona. En virtud de esta mi renuncia, sucede en la plenitud de los derechos dinásticos como Rey de España a mi padre el rey Alfonso XIII, mi hijo y heredero, don Juan Carlos I.
»Majestad, por España. Todo por España. ¡Viva España! ¡Viva el Rey!»

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Varias fuentes. Recopilación realizada por A. Torres Sánchez.

La REVOLUCIÓN RUSA: Otra forma de contar SU historia.

La REVOLUCIÓN RUSA:     Otra forma de contar SU historia.

LA SITUACIÓN: El movimiento DECEMBRISTA.

A mediados del siglo XIX, económicamente, el país se encontraba en un estado de feudalismo agrario. Las ciudades, aparte de San Petersburgo, Moscú, y algunas otras en el sur, estaban poco desarrolladas. El comercio y, sobre todo, la industria, vegetaban. La verdadera base de la economía era la agricultura, de la que vivía el 95% de la población. Pero la tierra era propiedad del estado y de los grandes terratenientes. Los campesinos sólo eran los siervos de estos señores, quienes poseían verdaderos feudos heredados de sus antepasados, quienes a su vez los habían recibido del soberano, primer propietario, en reconocimiento de los servicios prestados, militares, administrativos y otros. El señor tenía derecho de vida y muerte sobre sus siervos. No sólo les hacía trabajar como esclavos, sino que podía también venderlos, castigarlos, martirizarlos e incluso matarlos, casi sin inconveniente alguno para él. Esta servidumbre de 75 millones de esclavos era la base económica del Estado.

Esta sociedad se componía así: arriba, los amos absolutos; el zar, su numerosa parentela, su corte fastuosa, la nobleza y los magnates de la burocracia, de la casta militar y del clero. Abajo, los esclavos; siervos campesinos y la plebe de las ciudades, sin noción alguna de la vida cívica, sin derechos, sin la menor libertad. La clase media la constituían mercaderes, funcionarios, empleados y artesanos.

El nivel cultural era poco elevado, pero conviene señalar un notable contraste entre la simple población trabajadora, rural y urbana, inculta y miserable, y las clases privilegiadas, cuya educación e instrucción era bastante avanzada.

La servidumbre campesina era la llaga purulenta del país. Hacia finales del siglo XVIII, algunos hombres de carácter noble y elevado protestaron contra este horror, y pagaron cara su audacia. Los campesinos se sublevaban una y otra vez contra sus amos, en numerosas revueltas locales contra tal o cual señor demasiado despótico. En el siglo XVII, la sublevación de S. Razin, y en el XVIII, la de Pugatchev, por su extensión, aunque fracasaron, causaron graves trastornos al gobierno zarista, y casi quebraron todo su sistema. Ambos movimientos espontáneos y sin un objeto, fueron dirigidos, sobre todo, contra los enemigos inmediatos; la nobleza terrateniente, la aristocracia urbana y la administración venal. No fue formulada ninguna idea general para suprimir el sistema social y reemplazarlo por otro más justo y humano. Más adelante el gobierno consiguió, empleando astucia y violencia, con ayuda del clero y otros elementos reaccionarios, subyugar a los campesinos de manera completa, incluso psicológicamente, de tal forma que toda rebelión más o menos vasta resultó durante mucho tiempo casi imposible.

El primer movimiento francamente revolucionario, el de los decembristas (1825), fue dirigido contra el régimen, y su programa iba, en lo social, hasta la abolición de la servidumbre y, en lo político, hasta la instauración de una república o régimen constitucional. Tuvo lugar cuando el emperador Alejandro I murió sin dejar heredero directo. La corona, rechazada por su hermano Constantino, pasó al otro hermano, Nicolás. Dicho movimiento no surgió de las clases oprimidas, sino de los ambientes privilegiados. Los conspiradores, aprovechando los titubeos de la dinastía, ejecutaron sus proyectos preparados desde hacía tiempo, y arrastraron a la rebelión, que estalló en San Petersburgo, a algunos regimientos de la capital y a oficiales del ejército imperial. Fue desbaratada tras un breve combate en la plaza del senado entre los insurrectos y las tropas fieles al gobierno.

El nuevo Zar, Nicolás I, muy impresionado por la rebelión, dirigió en persona la investigación, que fue lo más minuciosa posible. Se indagó, se registró hasta descubrir a los más lejanos y platónicos simpatizantes del movimiento. La represión, en su deseo de ser ejemplar, definitivamente, llegó hasta el colmo de la crueldad. Los cinco principales cabecillas perecieron en el patíbulo, centenares de hombres fueron al presidio o huyeron al exilio.

Este motín del mes de diciembre dio a sus realizadores el nombre de decembristas. Casi todos pertenecían a la nobleza o a otras clases privilegiadas. La mayoría había recibido educación e instrucción superior. Hombres de inteligencia y sensibilidad hicieron suyas las protestas de sus precursores del siglo XVIII, las tradujeron en actos. Uno de sus adictos, Pastel, desarrolló en su programa algunas ideas vagamente socialistas. El célebre poeta Pushkin (nacido en 1799) también fue simpatizante.

Una vez vencida la rebelión, el nuevo emperador Nicolás I, amedrentado, extremó el régimen despótico, burocrático y policial del estado ruso.

EL MOVIMIENTO NIHILISTA - Las reformas de Alejandro II - LOS PRIMEROS GRUPOS SOCIALISTAS.
En un país tan grande y prolífero como Rusia, la juventud era numerosa en todas las capas de la población. ¿Cuál era su mentalidad en general? Aparte de la campesina, las jóvenes generaciones más o menos instruidas profesaban ideas avanzadas. Los jóvenes de mediados del siglo XIX admitían difícilmente la esclavitud de los campesinos. El absolutismo zarista los soliviantaba. El estudio del mundo occidental, que ninguna censura conseguía impedir y proporcionaba el gusto del fruto prohibido, excitó su pensamiento.

En lo económico, el trabajo de los siervos y la ausencia de toda libertad, no respondían ya a las exigencias incipientes de la época.

La intelectualidad, sobre todo la de la juventud, se mostró, hacia fines del reinado de Nicolás I, como teóricamente emancipada y se alzó decidida contra la servidumbre y el absolutismo. Nació la famosa corriente nihilista y, en consecuencia, el agudo conflicto entre los padres, conservadores, y los hijos, resueltamente avanzados, que Turguenev ha descrito, magistralmente, en su novela Padres e Hijos.

El término nihilismo fue introducido en la literatura y luego en la lengua rusa por el célebre novelista Iván Turguenev (1818-1883) a mediados del pasado siglo. Turguenev calificó así a una corriente de ideas, y no a una doctrina, que se manifestó entre los jóvenes intelectuales rusos a fines de 1850, y la palabra entró pronto en circulación. Tuvo esa corriente un carácter esencialmente filosófico y, sobre todo, moral. Su influencia quedó siempre restringida y nunca pasó más allá del intelectualismo. Su actitud fue siempre personal y pacífica, lo que no le impidió estar animada de un gran aliento de rebelión individual, de un sueño de felicidad para toda la humanidad. No se extendió fuera del dominio de la literatura y de las costumbres, ya que ello era imposible bajo el régimen de entonces. Pero no retrocedió ante ninguna de las conclusiones lógicas que formuló y procuró aplicar individualmente como regla de conducta. Emancipación completa del individuo de todo cuanto atente a su independencia o a la libertad de su pensamiento. Tal fue la idea fundamental del nihilismo. Defendía así el derecho del individuo a una entera libertad y a la inviolabilidad de su existencia, para ambos sexos.

A pesar de su carácter esencialmente individual y filosófico, pues defendía la libertad del individuo de una manera abstracta mucho más que contra el despotismo que entonces reinaba, el nihilismo preparó la lucha contra el obstáculo real e inmediato, a favor de una emancipación concreta, política, económica y social. ¿Qué hacer para liberar efectivamente al individuo? El nihilismo se planteó esta interrogante en el terreno de las discusiones puramente ideológicas y en el de las realizaciones morales. La acción inmediata para la emancipación fue planteada por la generación siguiente en el transcurso de los años 1870- 1880. Entonces se formaron en Rusia los primeros grupos revolucionarios y socialistas. La acción comenzó. Pero no tenía nada de común con el nihilismo de antes, cuyo nombre permaneció en lengua rusa como un término histórico y un recuerdo ideológico de los años 1860-1870. Que se llame nihilismo a todo movimiento revolucionario ruso anterior a al bolchevismo y se hable de un partido nihilista, es, pues, un error debido al desconocimiento de la verdadera historia revolucionaria de Rusia.

A partir del año 1860, las reformas se sucedieron a ritmo rápido e ininterrumpido. Las más importantes fueron la abolición de la esclavitud, en 1861, la constitución de tribunales con jurados electos, en 1864, en lugar de los antiguos tribunales de estado, compuestos por funcionarios.

Todas las fuerzas y, en particular, los intelectuales, se precipitaron a una actividad que la nueva situación hacía posible. Las municipalidades se consagraron con mucho ardor a la creación de una extensa red de escuelas primarias de tendencia laica, aunque vigiladas por el gobierno. La enseñanza de la religión era obligatoria, y el pope, en ellas, era importante. Con todo, se beneficiaban de cierta autonomía. El cuerpo docente era reclutado por los consejos urbanos y rurales entre los intelectuales avanzados.

Por importantes que fueran, en relación con la situación anterior, las reformas de Alejandro II no dejaban de ser tímidas y muy incompletas para las aspiraciones de los avanzados y para las verdaderas necesidades del país. Para ser eficientes e infundir al pueblo un verdadero impulso, debieran ser completadas, al menos, por el otorgamiento de algunas libertades y derechos cívicos: libertad de prensa y de palabra, derecho de reunión y de organización, etc., pero en este aspecto nada cambió. La censura apenas fue menos absurda. En el fondo, la prensa y la palabra permanecieron reprimidas. Ninguna libertad fue concedida; la clase obrera naciente no tenía ningún derecho; la nobleza, los propietarios de la tierra y la burguesía continuaron siendo las clases dominantes y, sobre todo, el régimen absolutista se conservó intacto. Por otra parte, fue justamente el miedo a un posible resquebrajamiento lo que, por una parte, incitó a Alejandro II a arrojar al pueblo el hueso de las reformas; pero, por otra, le impidió extenderlas más a fondo. Ellas estuvieron lejos de brindar una satisfacción al pueblo.

Los mejores representantes de la juventud intelectual comprendieron esta situación lamentable, tanto más cuanto que los países occidentales gozaban ya de un régimen político y social relativamente avanzado.

Como de costumbre, desafiando y engañando a la censura (los funcionarios carecían en mucho de instrucción y de inteligencia para comprender la sutilidad y la variedad de los procedimientos), los mejores periodistas de la época, tales como Shernishevsky, que finalmente pagó su audacia con trabajos forzados, lograron propagar las ideas socialistas en los medios intelectuales mediante artículos en revistas, escritos de manera convencional. Ellos instruían así a la juventud, poniéndola regularmente al corriente de los movimientos ideológicos y de los acontecimientos políticos y sociales del exterior.

Es, pues, natural que, alrededor de esos años, se hayan formado grupos clandestinos para luchar activamente contra el régimen abyecto y, ante todo, para extender la idea de la liberación política y social entre las clases laboriosas. Estos grupos se componían de jóvenes de ambos sexos, que se dedicaron enteramente, con gran sacrificio, a la tarea de “despertar la conciencia de las masas trabajadoras”.

EL CÍRCULO TCHAYKOUSKY: Testimonio de KROPOTKIN.

Pedro Kropotkin dice en Memorias de un revolucionario, al explicar los acontecimientos que vivió a su regreso a Rusia, después de haber pasado una temporada en Suiza, donde entró en estrecha relación con las figuras más sobresalientes de la tendencia libertaria de la Internacional de los Trabajadores:

"Poco después de mi regreso, Kelnitz me invitó a ingresar en un círculo, que era conocido entre los jóvenes por el de "Tchaykousky", el cual, bajo este nombre, desempeñó un importante papel en la historia del movimiento social en Rusia, y con el que también pasará a la posteridad. "Sus miembros -me dijo mi amigo- han sido hasta ahora en su mayoría constitucionales; pero son buenas gentes, dispuestas en favor de toda noble idea; tienen muchos amigos en todo el país, y más adelante veréis lo que se puede hacer." Yo ya conocía a Tchaykousky y algunos otros miembros de este círculo. Aquel había ganado mi afecto desde nuestra primera entrevista, permaneciendo nuestra amistad inalterable durante veintisiete años.

"Dicha sociedad empezó por un grupo insignificante de jóvenes de ambos sexos, entre los que se hallaba Sofía Perouskaya, quien entró en él con objeto de perfeccionar y mejorar su educación; y en su seno se encontraba también el amigo antes mencionado. Aquel número limitado de amigos había juzgado, muy cuerdamente, que el desarrollo moral del individuo debe ser la base de toda organización, cualquiera que sea el carácter político que adopte después y el programa de acción que siga en el curso de los futuros acontecimientos. A esto fue debido que el círculo de Tchaykousky, ensanchando gradualmente su campo de operaciones, se extendiera tanto en Rusia y adquiriera tan importantes resultados, y, más tarde, cuando las feroces persecuciones del gobierno crearon una lucha revolucionaria, produjeron esa notable clase de hombres y mujeres que tan gallardamente sucumbieron en la terrible contienda que empeñaron contra la autocracia.

"En esa época, sin embargo -esto es, en el 72-, el círculo no tenía nada de revolucionario. Si se hubiera limitado a no ser nada más que una sociedad de mejoramiento mutuo, pronto se hubiera petrificado como un monasterio. Pero no fue así; sus miembros se dedicaron a un trabajo útil, empezando a distribuir libros buenos. Compraron ediciones enteras de las obras de Lasalle, Berbi (sobre el estado de la clase obrera en Rusia), Marx, libros de historia rusa y otras publicaciones del mismo género, repartiéndolas entre los estudiantes de las provincias. A los pocos años no había población de importancia en "treinta y ocho provincias del imperio ruso", según el lenguaje oficial, donde este círculo no contase con un grupo de compañeros ocupados en la distribución de esa clase de literatura. Gradualmente, siguiendo el impulso general de la época, y estimulado por las noticias que venían de la Europa Occidental referentes al rápido crecimiento del movimiento obrero, él se fue haciendo cada vez más un centro de propaganda socialista entre la juventud ilustrada, y un intermediario natural para los miembros de los círculos provinciales, hasta que llegó un día en que se rompió el hielo que separaba a los estudiantes de los trabajadores, estableciendo relaciones directas entre ambos, lo mismo en San Petersburgo que en algunas provincias. Siendo entonces cuando yo ingresé en dicha agrupación en la primavera de 1872.

"El círculo prefería permanecer siendo un grupo de amigos íntimamente unidos, y jamás encontré en ninguna otra parte tal número de hombres y mujeres superiores como aquellos que conocí al asistir por primera vez al Círculo de Tchayousky, sintiendo una verdadera satisfacción al recordar que fui admitido en su seno.

"Cuando entré de socio en aquel círculo, encontré a sus miembros discutiendo acaloradamente la dirección que debían dar a su actividad. Unos eran partidarios de que se continuara haciendo propaganda radical y socialista entre la juventud ilustrada, en tanto que otros opinaban que el único objeto de este trabajo debería ser el preparar a hombres que fueran capaces de levantar a las grandes e inertes clases trabajadoras, debiendo por consiguiente dedicar todas sus energías a la propaganda entre los campesinos y los obreros de las poblaciones. En todos los círculos y grupos que en aquel tiempo se formaron a centenares en San Petersburgo y en provincias, se discutía el mismo tema, y en todas partes la Segunda proposición prevaleció sobre la primera.

"Si nuestra juventud únicamente hubiera aceptado el socialismo en abstracto, se hubiese dado por satisfecha con una simple declaración de principios, incluyendo, como aspiraciones lejanas, "la posesión en común de los instrumentos de producción". Y con sostener al mismo tiempo alguna clase de agitación política. Muchos socialistas políticos de la clase media en el occidente de Europa y en América se conformaban con seguir tal dirección. Pero nuestra juventud había comprendido el socialismo de otra manera: no eran socialistas teóricos; habían aprendido el socialismo viviendo lo mismo que los trabajadores; no haciendo distinción en "lo tuyo y lo mío" en sus círculos y negándose a gozar en provecho propio las riquezas que heredaron de sus padres. Habían hecho, con relación al capitalismo lo que Tolstoi indica debiera hacerse con respecto a la guerra, cuando aconseja al pueblo que, en vez de criticarla y seguir usando el uniforme militar, se niegue cada uno por su parte a ser soldado y tomar las armas. De igual manera, nuestra juventud rusa de ambos sexos se negaba, individualmente, a aprovecharse con carácter personal de las rentas de sus padres. Este modo de identificarse con el pueblo era, indudablemente, necesario.. Miles y miles de jóvenes, varones y hembras, ya habían abandonado sus hogares, procurando ahora vivir en los pueblos y poblaciones industriales de todos los modos posibles. No era éste un movimiento combinado, sino de carácter general, de esos que ocurren en ciertos periodos de repentino despertar de la conciencia humana. Y ahora que se habían constituido pequeños grupos organizados, dispuestos a intentar un esfuerzo sistemático para difundir ideas de libertad y rebeldía en Rusia, se veían obligados a extender esas ideas entre las masas de los campesinos y los trabajadores de las ciudades. Varios escritores han tratado de explicar este movimiento "hacia el pueblo" por la introducción de influencias extrañas: "los agitadores extranjeros se hallan en todas partes", era una explicación muy generalizada. Verdad es que nuestra juventud oyó la poderosa voz de Bakunin, y que la agitación de la Asociación Internacional de los Trabajadores ejerció en nosotros una influencia fascinadora. Sin embargo, el movimiento tenía un origen mucho más profundo; empezó antes que "los agitadores extranjeros" hablaran a la juventud rusa, y aún con anterioridad a la fundación de la Internacional. Tuvo sus comienzos en los grupos de Karakosoff, en 1866. Turgueneff lo vio venir, y ya en el 59 lo indicó vagamente. Hice cuanto pude por impulsar el movimiento en el Círculo de Tchaykousky; y me favoreció la marea que subía y era infinitamente más poderosa que cualquier esfuerzo individual.

"Hablábamos con frecuencia, como es de suponer, de la necesidad de una agitación política contra nuestro gobierno absoluto. Ya entonces veíamos que los campesinos en masa eran arrastrados a una completa e inevitable ruina por lo absurdo de los impuestos y por la gran insensatez de confiscarles el ganado para cubrir los atrasos. Nosotros, los "visionarios", sentimos aproximarse esa total ruina de toda una población. Sabíamos cómo, en todas direcciones, era el país saqueado del modo más escandaloso, conocíamos y comprobábamos más y más diariamente de que manera los funcionarios públicos despreciaban la ley y la crasa ignorancia que a muchos de ellos caracterizaba. Oíamos continuamente hablar de amigos cuyas casas eran asaltadas durante la noche por la policía, que desaparecían en las prisiones , y que -según después supimos- habían sido transportados, sin formación de causa, a algún oscuro pueblo de alguna remota provincia rusa. Así, comprendíamos, por consiguiente, la necesidad de la lucha política contra tan terrible poder, que trituraba las mejores fuerzas intelectuales de la nación; pero no hallábamos un terreno legal, o semilegal siquiera donde poder dar la batalla.

"La nueva generación, en su conjunto, era considerada como "sospechosa", y la anterior temía tener contacto con ella. Todo joven de tendencias democráticas, toda joven que siguiera un curso de enseñanza superior, era motivo de recelo para la policía de Estado, y denunciado por Kalkoff como un enemigo del Estado. Una muchacha con el cabello corto y lentes azules, o un estudiante que llevase en invierno una manta escocesa en vez de un sobretodo, signos ambos de sencillez nihilista y costumbres democráticas, eran denunciados como "gente de poca confianza". Si la casa donde se hospedaba el estudiante era frecuentemente visitada por sus compañeros, la policía de Estado la registraba periódicamente. Tan corrientes eran estas irrupciones nocturnas en determinados alojamientos de estudiantes, que Kelnitz dijo una vez, con la suave ironía que lo caracterizaba, al oficial de policía encargado del registro: "¿A qué os molestáis en recorrer todos nuestros libros cada vez que venía a hacer un reconocimiento? Con tener una lista de ellos y confrontar los unos con la otra mensualmente, agregando a aquella los títulos de los nuevos, todo estaba terminado." El más pequeño indicio de que se ocupaba de política, bastaba para sacar a un joven de una escuela superior, tenerlo varios meses preso y, por último, mandarlo a alguna remota provincia de los Urales "por tiempo indefinido", como se acostumbraba decir en la jerga burocrática. Aún en la época en que el Círculo de Tchaykousky no hacía más que distribuir libros aprobados por la censura, el amigo que daba el nombre a aquel fue preso dos veces, pasando cuatro o seis meses en prisión, la Segunda en un momento crítico de su carrera de farmacia. Sus investigaciones se habían publicado recientemente en el Boletín de la Academia de Ciencias, disponiéndose a pasar sus exámenes universitarios. Al fin fue puesto en libertad, porque la policía no pudo descubrir suficientes pruebas contra él para aplicarle el destierro a los Urales. "Pero si os volvemos a arrestar otra vez -le dijeron- os enviaremos a Siberia." Era, en verdad, un sueño favorito de Alejandro II el formar en alguna parte de las estepas una población especial guardad a noche y día por patrullas de cosacos, adonde se pudiera mandar a la juventud sospechosa, y constituir con ella una ciudad de diez o veinte mil habitantes. Sólo el temor de lo que semejante centro de población pudiera llegar a ser algún día evitó que llevara a cabo este proyecto verdaderamente asiático.

"Los dos años que pasé en el Círculo de Tchaykousky, antes de que me prendieran, influyeron poderosamente en mi posterior modo de ser y de pensar. Durante estos dos años puede decirse que era vivir a alta presión; era experimentar esa exuberancia de vida en que se siente a cada momento el completo latir de todas las fibras del yo interno, y se tiene conciencia de que vale la pena vivir. Me hallaba como en familia en una asociación de hombres y mujeres tan íntimamente unidos por una aspiración común y tan amplia y delicadamente humanos en sus mutuas relaciones, que no puedo recordar ahora un solo momento en que un pasajero rozamiento viniese a turbar la armonía general. Los que conozcan por experiencia lo que es vivir en el seno de una agitación política, apreciarán el valor de lo manifestado."

Así se formó un vasto movimiento de la juventud intelectual rusa, la cual, y en número considerable, abandonando familia, bienestar y carrera, se lanzó hacia el pueblo, con el fin de contribuir a la comprensión de la realidad social en que vegetaba.

NARODNAIA VOLIA y LA CAMPAÑA TERRORISTA.

Cierta actividad terrorista contra los principales servidores del régimen tomó impulso. Entre 1860 y 1870 se cometieron algunos atentados contra altos funcionarios, incluso los fracasados contra el zar.

El movimiento se frustró. Casi todos los propagandistas fueron descubiertos por la policía, a menudo por indicación de los mismos campesinos, arrestados o enviados a prisión, al exilio o a trabajos forzados. El célebre proceso monstruo de los 193 coronó esta represión.

La juventud, desesperada, formó un grupo que se asignó como misión inmediata el asesinato del zar. Algunas otras razones apoyaban esta decisión. Se trataba de castigar públicamente al hombre que, con sus pretendidas reformas, se burlaba del pueblo. Interesaba también mostrar el engaño ante el pueblo, llamar su atención con un acto resonante, formidable, y demostrarle, con la supresión del zar, la fragilidad, la vulnerabilidad, y el carácter fortuito y pasajero del régimen.

Se esperaba así asestar un golpe definitivo, de una vez por todas, a la leyenda del zar. Algunos iban más lejos y admitían que el asesinato del zar podría servir de punto de partida para una gran revuelta que, en el desorden general, condujera a una revolución y a la caída inmediata del zarismo.

El grupo se denominó Narodnaia Volia (Voluntad del Pueblo). Después de minuciosa preparación, el mismo llevó a cabo su proyecto el 1º de marzo de 1881. El zar Alejandro II fue muerto en San Petersburgo, en una de sus salidas. Dos bombas le arrojaron los terroristas. La primera destruyó la carroza imperial, la segunda le arrancó ambas piernas al emperador, quien murió de inmediato.

El acto no fue comprendido por las masas. Los campesinos apenas leían revistas, ni cosa alguna. Ignorantes, al margen de toda propaganda, estaban fascinados desde hacia más de un siglo por la idea de que el zar quería su bien, pero que únicamente la nobleza se oponía por todos los medios a sus buenas intenciones.

La corte no manifestó tanta desolación. El joven heredero Alejandro, primogénito del emperador asesinado, ascendió inmediatamente al trono. Los jefes del partido Narodnaia Volia, los organizadores y los ejecutores del atentado, fueron rápidamente encontrados, detenidos, juzgados y ejecutados. Uno de ellos, el joven Grinevetsky -quien precisamente había lanzado la segunda bomba decisiva- mortalmente herido él mismo por la metralla, murió casi en el acto. Se colgó a Sofía Perovskaia, Jeliabov, Kibalchich -el famoso teórico del partido, quien fabricó las bombas- , Michailoav y Rysskov.

Medidas persecutorias y de represión, excepcionalmente extensas y severas, redujeron pronto el partido a completa impotencia. Todo volvió al orden.

En esas condiciones, la actividad revolucionaria tenía que renacer, lo que ocurrió en seguida. Pero el aspecto y tendencias de estas actividades se transformaron totalmente bajo la influencia de nuevos factores económicos, sociales y psicológicos.

1905: LA REVOLUCIÓN TOCA LA PUERTA.

A pesar de todos los obstáculos, las ideas socialistas y sus primeros resultados concretos fueron conocidos, estudiados y practicados clandestinamente en Rusia. La literatura legal, por su parte, se ocupaba del socialismo empleando un lenguaje desfigurado. En aquella época reaparecieron las famosas revistas donde colaboraban los mejores periodistas y escritores y en las que regularmente se trataban los problemas sociales, las doctrinas socialistas y los medios de realizarlas.

La importancia de estas publicaciones en la vida cultural del país fue excepcional. Ninguna familia de intelectuales podía prescindir de ellas. En las bibliotecas era preciso inscribirse por anticipado para obtener lo antes posible el número recién aparecido. Más de una generación rusa recibió su educación de aquellas revistas y la completaba con la lectura de toda clase de publicaciones clandestinas. Así fue como la ideología socialista, apoyándose únicamente sobre la acción organizada del proletariado, vino a reemplazar las aspiraciones frustradas de los círculos conspiradores de años anteriores.

A fin de siglo, dos fuerzas claramente caracterizadas se lanzaban la una contra la otra, irreconciliables: la de la vieja reacción, que reunía en torno al trono las altas clases privilegiadas: nobleza, burocracia, terratenientes, militares, clero, burguesía naciente; la otra era la de la joven revolución, representada, en los años 1890-1900 sobre todo por los estudiantes, pero que comenzaba a extenderse entre la juventud obrera de ciudades y regiones industriales.

El absolutismo, en lugar de ir al encuentro de las aspiraciones de la sociedad, decidió mantenerse por cualquier medio y suprimir no sólo todo movimiento revolucionario, sino también toda manifestación opositora. El gobierno de Nicolás II, para desviar el creciente descontento de la población, recurrió a una fuerte propaganda antisemita y luego instigó e incluso organizó las matanzas de judíos.

La situación política, económica y social de la población laboriosa permanecía estable. Expuestos, sin ningún medio de defensa, a la explotación creciente del Estado y de la burguesía, sin derecho alguno a unirse, a entenderse y a hacer valer sus reivindicaciones, a organizarse, a luchar, a declararse en huelga, los obreros continuaban sumidos en la esclavitud.

En el campo, la depauperación y el descontento crecían. Los campesinos -140 millones de hombres, mujeres y niños- eran considerados como ganado humano. Los castigos corporales perduraron, de hecho, hasta 1904, aunque habían sido abolidos por la ley de 1863. Falta de cultura general e instrucción elemental; maquinaria primitiva e insuficiente; carencia de crédito, protección y socorro; impuestos harto elevados; trato arbitrario, despreciativo e implacable por parte de las autoridades y las clases superiores; reducción continua de las parcelas de terreno a consecuencia de divisiones entre los nuevos miembros de las familias; competencia entre los campesinos acomodados y los propietarios de tierras, tales eran las múltiples causas de esa miseria. Incluso la comunidad campesina, el famoso mir, no alcanzaba a mantener a sus miembros. El gobierno de Alejandro III y el de su sucesor, Nicolás II, hicieron lo posible por reducir el mir a una simple unidad administrativa estrechamente vigilada y dirigida a látigo por el estado, útil sobre todo para recoger o, mejor, arrancar por la fuerza los impuestos y los censos.

Desde 1900, a pesar de los esfuerzos de las autoridades, el campo revolucionario se amplió considerablemente. Los motines universitarios y obreros fueron pronto hechos corrientes; las universidades permanecían con frecuencia cerradas durante meses, por causa precisamente de esos motines políticos. Como reacción, los estudiantes, apoyados por los obreros, organizaban ruidosas manifestaciones en las plazas públicas. En San Petersburgo, la plaza de la catedral de Kazán se convirtió en el lugar clásico al que estas manifestaciones populares de estudiantes y obreros se dirigían entonando cantos revolucionarios y llevando a veces banderas rojas desplegadas. El gobierno enviaba allí destacamentos de policía y de cosacos montados, que limpiaba las plazas y calles vecinas a sablazos y latigazos.

La revolución conquista la calle.

De 1901 a 1905, el partido socialista revolucionario realizó varios atentados célebres; en 1902, el estudiante Balmachef asesinó a Sipiagin, ministro del interior; en 1904, otro socialista revolucionario, el estudiante Sazonof, mató a Von Plebe, el famoso y cruel sucesor de Sipiaguin; en 1905, el socialista revolucionario Kaliayef ejecutó al gran duque Sergio, Gobernador de Moscú.

Simultáneamente existía una agitación anarquista bastante débil, casi desconocida por la mayoría de la población; estaba representada por algunos grupos de intelectuales y obreros (y por campesinos del sur) sin un contacto permanente. Había asimismo agrupaciones anarquistas en San Petersburgo y en Moscú; algunas en el mediodía y en el oeste. Su actividad se limitaba a una débil propaganda, por otra parte muy difícil: atentados contra los servidores demasiado adictos al régimen y actos de expropiación individual. La literatura libertaria llegaba clandestinamente desde el extranjero. Se distribuían, sobre todo, los folletos de Kropotkin, quien, obligado a emigrar después de la derrota de Narodnaia Volia, se había establecido en Inglaterra.

El nacimiento de los SOVIETS.

Los socialdemócratas pretenden, a veces, haber sido los verdaderos promotores del primer soviet. Y los bolcheviques se esfuerzan por arrebatarles tal primicia.

Ningún partido, ni organización ni conductor inspiró la idea del primer soviet. Éste surgió espontáneamente como consecuencia de un acuerdo colectivo, en el seno de un pequeño grupo, fortuito y de carácter absolutamente privado. Lenin, en sus obras, y Bujarin en su ABC del Comunismo anotan que los soviets fueron creados espontáneamente por los obreros, dejando suponer que eran bolcheviques o, por lo menos, simpatizantes.

El SOVIET, que es un consejo popular constituido por todos los integrantes de determinada industria, actividad o lugar, no fue creación del bolchevismo, sino que surgió espontáneamente en una asamblea revolucionaria.

(A continuación explica Volin, en primera persona, las circunstancias que rodearon el nacimiento del primer soviet. Los editores de la Enciclopedia Anarquista, seguramente por motivos de espacio, suprimieron una parte previa en la que relata su participación en uno de los mítines del monje Gapón, el célebre agitador que condujo a las multitudes a la catástrofe del histórico domingo sangriento. Jorge Nossar asistió a ese mitin y se interesó por Volin en la forma que se detalla después- Nota de los editores.)

Pasaron unos días y la huelga continuaba casi general en San Petersburgo. Movimiento espontáneo, no fue desencadenado por ningún partido político, ni organismo sindical (no los había entonces en Rusia), ni siquiera por un comité de huelga. Por propia iniciativa las masas obreras abandonaron fábricas y talleres. Los partidos políticos no supieron siquiera aprovechar la ocasión para apoderarse del movimiento, como solían, permaneciendo totalmente al margen.

En mi casa se reunían diariamente una cuarentena de obreros del barrio. La policía nos dejaba momentáneamente tranquilos, guardando, después de los recientes acontecimientos, una misteriosa neutralidad, que nosotros aprovechamos. Tratábamos de hallar medios de obrar. Mis alumnos decidieron, de acuerdo conmigo, liquidar nuestra organización de estudios, adherirse individualmente a los partidos revolucionarios y pasar así a la acción, pues todos considerábamos esos acontecimientos como prolegómenos de una revolución inminente. Una tarde -ocho días después del 9 de enero- llamaron a mi puerta. Estaba solo. Entró un joven alto, de aspecto franco y simpático.

-¿Usted es Volin?- me preguntó. Y ante mi afirmativa, continuó-: Lo busco desde hace tiempo. Ayer, al fin, pude saber su dirección. Soy Jorge Nossar. Pasaré de inmediato al objeto de mi visita. He aquí de qué se trata. Asistí, el 8 de enero, a su lectura de la petición, y pude observar que usted no pertenece a ningún partido político.
-¡Exacto!
-Yo tampoco, pues desconfío de ellos. Soy revolucionario y simpatizo con el movimiento obrero. Pero no conozco a nadie entre los obreros. Cuento, eso sí, con muchísimas relaciones en los medios liberales burgueses opositores. Se me ocurrió entonces una idea. Sé que los obreros, sus mujeres y sus hijos, sufren ya terribles privaciones a causa de la huelga. Los burgueses ricos a quienes conozco no desean nada mejor que socorrer a esos desdichados. En pocas palabras: yo podría recolectar, para los huelguistas, fondos bastante considerables. Se trata de distribuirlos de modo organizado, útil y equitativo. De ahí la necesidad de establecer relaciones con la masa obrera. Y he pensado en usted. ¿No podría, de acuerdo con sus mejores amigos obreros, encargarse de distribuir entre los huelguistas y las familias de las víctimas del 9 de enero, las sumas que yo recolecte?

Acepté al punto. Había entre mis amigos un obrero que podía disponer de la camioneta de su patrono para visitar a los huelguistas y distribuir los socorros.

A la tarde siguiente reuní a mis amigos. Nossar se hallaba presente. Traía ya algunos millares de rublos. Nuestra acción comenzó en seguida. Durante algún tiempo esta tarea absorbía mi jornada. Por la tarde recibía de manos de Nossar, contra recibo, los fondos, y trazaba mi plan de visitas. Al día siguiente, ayudado por mis amigos, distribuía el dinero a los huelguistas. Nossar contrajo así amistad con los obreros que me visitaban.

Mientras, la huelga tocaba a su fin. Todos los días mayores grupos de trabajadores volvían a la labor. Y, al par, los fondos se agotaban. Y la grave interrogante apareció de nuevo: ¿Qué hacer? ¿Cómo proseguir la acción? ¿Y cuál ahora?

La perspectiva de separarnos, sin un intento de continuar en una actividad común, nos parecía penosa y absurda. La decisión que habíamos adoptado de adherirnos individualmente al partido de nuestra elección, no nos satisfacía. Y buscamos otra cosa.

Nossar solía participar en nuestras discusiones. Es así como una tarde, en mi casa, donde se hallaba Nossar y, como siempre, muchos obreros, surgió entre nosotros la idea de crear un organismo obrero permanente, especie de comité, o más bien consejo, que vigilara el desarrollo de los acontecimientos, sirviera de vínculo entre los obreros todos, les informara sobre la situación y, llegado el caso, pudiera reunir en torno a él a las fuerzas obreras revolucionarias.

No recuerdo exactamente cómo se nos ocurrió esa idea pero creo recordar que fueron los obreros mismos quienes la adelantaron.

La palabra soviet, que en ruso significa precisamente consejo, fue pronunciada por vez primera en tal sentido específico. Se trataba, en este primer esbozo, de una suerte de permanente actuación obrera social.

La idea fue aceptada, y en esa reunión misma se trató de establecer las bases de organización y funcionamiento. El proyecto adquirió prontamente cuerpo. Se resolvió llevarlo a conocimiento de los obreros de las grandes fábricas de la capital y proceder a la elección, siempre en la intimidad, de los miembros de este organismo que se llamó, por primera vez, Consejo (soviet) de delegados obreros.

El primer Soviet había nacido.

El soviet de San Petersburgo fue integrado, tiempo después, por otros delegados de fábricas, cuyo número llegó a ser imponente.

Durante algunas semanas el soviet se reunió con bastante regularidad, pública y secretamente. Editó una hoja de información obrera: Noticias (Izvestia) del soviet de los delegados obreros. Al mismo tiempo dirigía el movimiento obrero de la capital. Nossar fue, por poco tiempo, como delegado de este soviet a la ya citada Comisión Chidlovsky. Desilusionado, la abandonó.

Algo más tarde, perseguido por el gobierno, este primer soviet debió cesar casi completamente sus reuniones.

Durante la conmoción revolucionaria de octubre de 1905 el soviet, totalmente reorganizado, volvió a emprender reuniones públicas, y así se le conoció ampliamente. Se explica en parte el error corriente respecto a sus orígenes. Nadie podía saber lo que pasaba en la intimidad de una habitación privada. Nossar probablemente no conversó con nadie al respecto. Por lo menos nunca lo hizo públicamente. De los obreros, ninguno tuvo la idea de ilustrar a la prensa.

Antes de la revolución de 1917, el sindicalismo, excepto para algunos intelectuales eruditos, era totalmente desconocido. Se puede admitir que el soviet, forma rusa de organización obrera, fue prematuramente iniciado en 1905 y reconstituido en 1917, precisamente a causa de la ausencia de la idea del movimiento sindicalista. Si el mecanismo sindical hubiese existido, de él se habría valido el movimiento obrero.

Algunos grupos anarquistas existían en San Petersburgo y Moscú, en el oeste y en el Centro. Los anarquistas de Moscú participaron activamente en los acontecimientos de 1905 y se hicieron notar durante la insurrección armada de diciembre.

1917: EL GRAN ESTALLIDO.

Los doce años que separan la verdadera Revolución de su bosquejo, o la explosión del sacudimiento, no aportaron nada destacado desde el punto de vista revolucionario. Por lo contrario, fue la reacción la que triunfó bien pronto en toda la línea. Hubo, no obstante, algunas huelgas ruidosas y una tentativa de revuelta en la flota del Báltico, en Cronstadt, salvajemente reprimida.

La ausencia de hechos revolucionarios significativos no representó en absoluto la paralización del proceso revolucionario. Éste continuaba trabajando intensamente en los espíritus. Mientras, todos los problemas vitales permanecían sin resolver. El país se encontraba en un callejón sin salida. Una revolución violenta y decisiva se hacía inevitable; sólo faltaban el impulso y las armas. En esas condiciones estalló la guerra de 1914, que ofreció precisamente al pueblo el impulso necesario y las armas indispensables.

En enero de 1917, la situación se hizo insostenible. El caos económico, la miseria del pueblo trabajador y la desorganización social llegaron a tal punto que los habitantes de las grandes ciudades, en Petrogrado especialmente, comenzaron a carecer de combustible, ropa, carne, manteca, azúcar y aún de pan.

En febrero, la situación se agravó. A pesar de los esfuerzos de la Duma, las asambleas provinciales, las municipalidades, los comités y las uniones, no sólo la población de las ciudades se vio ante el hambre, sino que el aprovisionamiento del ejército se hizo muy deficiente. Al mismo tiempo, el desastre militar fue completo.

A fines de febrero, era absoluta y definitivamente imposible, tanto material como moralmente, continuar la guerra. A la población laboriosa le era igualmente imposible procurarse víveres.

El 24 de febrero comenzaron los tumultos en Petrogrado. Provocados sobre todo por la falta de víveres, no parecía que fueran a agravarse. Pero al día siguiente, 25 de febrero de 1917 (calendario antiguo), los acontecimientos se recrudecieron: los obreros de la capital, sintiéndose solidarios con el país entero, en extrema agitación desde semanas, hambrientos, sin pan siquiera, se lanzaron a las calles y se negaron a dispersarse.

El gobierno, imprudente, envió contra los manifestantes policías, destacamentos de tropas a caballo y cosacos. Pero había pocas tropas en Petrogrado, salvo los reservistas poco seguros. Además, los obreros no se amedrentaban y ofrecían a los soldado sus pechos; tomaban a sus hijos en brazos y gritaban: "¡Matadnos, si queréis! ¡Más vale morir de un balazo que de hambre!" Los soldados, con la sonrisa en los labios, trotaban prudentemente entre la muchedumbre, sin usar sus armas, sin escuchar las ordenes de los oficiales, que tampoco insistían. En algunos lugares los soldados confraternizaban con los obreros, llegando hasta a entregarles sus fusiles, apearse y mezclarse con el pueblo. Esta actitud de la policía y las tropas envalentonaba a las masas. No obstante, en ciertos puntos la policía y los cosacos cargaron contra grupos de manifestantes con banderas rojas. Hubo muertos y heridos.

El 26 de febrero por la mañana el gobierno decretó la disolución de la Duma. Fue como la señal, que todos parecían esperar para la acción decisiva. La novedad, conocida en todas partes en seguida, estimuló a la lucha: las manifestaciones se transformaron revolucionariamente. "¡Abajo el zarismo! ¡Abajo la guerra! ¡Viva la revolución!", eran los gritos que enardecían a la muchedumbre, que adoptaba sucesivamente una actitud cada vez más decisiva y amenazante.

La lucha fue encarnizada durante todo el 26 de febrero. En muchas partes la policía fue desalojada, sus agentes muertos y sus ametralladoras silenciadas. Pero, a pesar de todo, ella resistía con tenacidad.

El zar, a la sazón en el frente, fue prevenido telegráficamente de la gravedad de los acontecimientos. En la espera, la Duma decidió declararse en sesión permanente y no ceder a las tentativas de su disolución.

La acción decisiva fue el 27 de febrero.

Desde la mañana, regimientos de la guarnición, abandonando toda vacilación, se amotinaron, salieron de sus cuarteles, armas en mano, y ocuparon algunos puntos estratégicos de la ciudad. Rodeados por una muchedumbre delirante, los regimientos, con sus banderas desplegadas, se dirigieron al Palacio Tauride, donde sesionaba la pobre cuarta Duma, y se pusieron a su disposición.

Poco más tarde, los últimos regimientos de la guarnición de Petrogrado y alrededores se sublevaron. El zarismo no tenía más fuerza armada leal en la capital. La población estaba libre. La revolución triunfaba.

Se constituyó un gobierno provisorio, que comprendía miembros influyentes de la Duma, y que fue frenéticamente aclamado por el pueblo.

El interior se plegó entusiasta a la revolución.

Algunas tropas, traídas del frente de batalla, por orden del zar, a la capital rebelde, no pudieron llegar. En las proximidades de la ciudad los ferroviarios se rehusaron a transportarlas y los soldados se indisciplinaron y se pasaron resueltamente a la revolución. Algunos volvieron al frente, otros se dispersaron tranquilamente por el país.

El mismo zar, que se dirigía a la capital por ferrocarril, vio detenerse su tren en la estación de Dno y dar marcha atrás hasta Pskov. Allí fue entrevistado por una delegación de la Duma y por personajes militares plegados a la revolución. Era necesario rendirse ante la evidencia. Después de algunas cuestiones de detalle, Nicolás II firmó su abdicación, por sí y por su hijo Alexis, el 2 de marzo.

Por un momento, el gobierno provisorio pensó en hacer subir al trono al hermano del ex emperador, el gran duque Miguel, pero éste declinó el ofrecimiento y declaró que la suerte del país y de la dinastía debía ser puesta en manos de una Asamblea Constituyente regularmente convocada.

El frente aclamaba la revolución.

El zarismo había caído.

De febrero a octubre: LA REVOLUCIÓN se desliza hacia la IZQUIERDA.

El punto capital a destacar en tales hechos es que la acción de las masas fue espontánea, victoriosa lógica y fatalmente, tras un largo período de experiencias vividas y de preparación moral. No fue organizada ni guiada por ningún partido político. Apoyada por el pueblo en armas (el ejército) triunfó. El elemento de organización debía intervenir, e intervino, inmediatamente después.

Otro punto importante es que, una vez más, el impulso inmediato y concreto fue dado a la revolución por la imposibilidad absoluta para el país de continuar la guerra, imposibilidad que chocaba con la obstinación del gobierno. Esta imposibilidad resultó de la desorganización total, del caos inextricable en que la guerra hundió al país.

El primer gobierno provisorio, esencialmente burgués, quedó, pues, reducido a una impotencia manifiesta, ridícula y mortal. El pobre hacía lo que podía para mantenerse: daba vueltas , se contradecía, se arrastraba. Esperando, arrastraba también los problemas más candentes. La crítica y la cólera general contra este gobierno fantasma adquirían, día a día, más amplitud. Muy pronto la existencia se le tornó imposible. Apenas 60 días después de su solemne instalación, debió ceder su puesto sin lucha, el 6 de mayo, a un gobierno de coalición, con participación socialista, y cuyo miembro más influyente era A. Kerensky, socialista revolucionario muy moderado, más bien independiente.

Es entonces cuando Kerensky, jefe supremo de este tercer y luego de un cuarto gobierno, casi semejante al anterior, se transforma por algún tiempo en conductor, y el partido socialista revolucionario, en estrecha colaboración con los mencheviques, pareció erigirlo definitivamente como jefe de la revolución. Un paso más y el país habría tenido un gobierno socialista capaz de apoyarse sobre fuerzas efectivas: el campesinado, la masa obrera, una gran parte de los intelectuales, los soviets y el ejército. Sin embargo, no sucedió así.

Al llegar al poder, el último gobierno de Kerensky parecía muy fuerte. Y, en efecto, podía llegar a serlo.

A partir del 17 de octubre, el desenlace se aproxima. Las masas están prestas para una nueva revolución, como lo prueban los levantamientos espontáneos desde julio, el ya citado de Petrogrado y los de Kaluga y Kazán y otros de pueblo y de tropa, en diversos puntos.

El partido bolchevique se ve, entonces, ante la posibilidad de apoyarse sobre dos fuerzas efectivas: la confianza de gran parte del pueblo y una fuerte mayoría en el ejército. Así pasa a la acción y prepara febrilmente su batalla decisiva. Su agitación produce efervescencia. Ultima los detalles de la formación de cuadros obreros y militares. Organiza, también, definitivamente, sus propios equipos, y redacta la lista eventual del nuevo gobierno bolchevique con Lenin a la cabeza, quien vigila los acontecimientos de cerca y transmite sus últimas instrucciones. Trotsky, el activo brazo derecho de Lenin, llegado hacia varios meses de Norteamérica, donde residió desde su evasión de Siberia, participa en puesto destacado.

Los socialistas revolucionarios de izquierda actúan de acuerdo con los bolcheviques.

Los anarcosindicalistas y los anarquistas, poco numerosos y mal organizados, pero muy activos también, hacen todo lo que pueden para sostener y alentar la lucha contra Kerensky, no por la conquista del poder, sino por la organización y la colaboración libres.

Conocida la extrema debilidad del gobierno Kerensky y la simpatía de una aplastante mayoría popular, con el apoyo activo de la flota de Cronstadt, siempre a la vanguardia de la revolución, y de gran parte de las tropas de Petrogrado, el Comité Central del partido bolchevique fijó la insurrección para el 25 de octubre. El Congreso panruso de los soviets fue convocado para la misma fecha.

Los miembros del comité central estaban convencidos de que este congreso de mayoría bolchevique y obediente a las directivas del partido, debía proclamar y apoyar la revolución y reunir todas las fuerzas para hacer frente a la resistencia de Kerensky. La insurrección se produjo el día señalado por la tarde. Y simultáneamente el congreso de soviets se reunió en Petrogrado. No hubo combates en las calles ni se levantaron barricadas.

Abandonado por todo el mundo, el gobierno Kerensky, asido a verdaderas quimeras, permanecía en el Palacio de Invierno, defendido por un batallón seleccionado, otro compuesto de mujeres y algunos jóvenes oficiales aspirantes.

BOLCHEVIQUES y ANARQUISTAS.

En el curso de las crisis y de las equivocaciones que se sucedieron hasta los acontecimientos de octubre de 1917, sólo tuvo preeminencia la concepción revolucionaria del bolchevismo. Sin referirnos a la doctrina socialista revolucionaria de izquierda, emparentada a aquél por su carácter político, autoritario, estatal y centralista, ni de algunas otras pequeñas corrientes similares, precisaremos la segunda idea fundamental, la anarquista, dirigida a una franca y total revolución social, que se expandió en el ambiente revolucionario de las masa laboriosas.

Su influencia aumentaba a medida que los acontecimientos se extendían. A fin de 1918, los bolcheviques, que no admitían ninguna crítica y menos todavía una oposición, se inquietaron seriamente. Desde 1919 hasta fin de 1921, debieron sostener una lucha muy seria contra los progresos anarquistas, tan áspera y larga como la llevada contra la reacción.

El bolchevismo en el poder combatió las tendencias anarquistas y anarcosindicalistas, no en el terreno de las experiencias ideológicas o concretas, con una lucha franca y leal, sino con los mismos métodos de represión que empleó contra los reaccionarios: los de la más despiadada violencia. Comenzó por la clausura brutal de locales libertarios, para impedir toda propaganda y actividad; pretendió que la voz de los anarquistas no continuara influyendo en el pueblo, y puesto que, a despecho de tales imposiciones, la idea seguía ganando posiciones, extremaron las medidas violentas; colocaron fuera de la ley a las agrupaciones libertarias, encarcelaron y fusilaron a sus miembros. La lucha desigual entre las dos tendencias, una en el poder, otra frente al poder, se agravó, se extendió y desembocó en ciertas regiones en una verdadera guerra civil. En Ucrania, la rebelión duró más de dos años, obligando a los bolcheviques a movilizar todas sus fuerzas para ahogar la idea anarquista y para aplastar los movimientos populares inspirados por ella.

Así, la lucha entre las dos concepciones de la revolución social y, al mismo tiempo, entre el poder bolchevique y ciertos movimientos defensivos de las masas trabajadoras, fue de gran trascendencia en los acontecimientos de 1919-1921.

Desde octubre de 1917, el conflicto se hizo más agudo y, durante cuatro años, el mismo preocupará al poder bolchevique en las peripecias de la revolución hasta el aplastamiento definitivo, por el ejército rojo, de la corriente libertaria, a fines de 1921.

¿Cuáles fueron las razones fundamentales que permitieron al bolchevismo prevalecer sobre el anarquismo en la Revolución? ¿Cómo apreciar este triunfo?

La diferencia de número y la escasa organización de los anarquistas no bastan para explicar su falta de éxito. En el curso de los acontecimientos su número podía aumentar y su organización mejorar. La sola violencia no es tampoco una explicación suficiente. Si vastas masas hubiesen podido ser ganadas a tiempo por las ideas anarquistas, la violencia no habría podido ejercerse.

Por otra parte, ya se verá, la derrota no es imputable a la idea anarquista como tal ni a la actuación de los libertarios: fue la consecuencia casi ineluctable de un conjunto de hechos independientes de su voluntad o de la bondad de sus ideas.

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Escrito por los anarquistas rusos Voline y Pedro Archinoff.

Los HEBREOS.

Los HEBREOS.

UBICACIÓN GEOGRÁFICA.

Los hebreos, pueblo de nómadas semitas, aparecieron en el Asia Anterior alrededor del siglo XIII a.C. Estos se asentaron en la zona de Palestina, al sur de Fenicia. Esta zona esta delimitada al oeste, por el mar Mediterráneo; al este, por el río Jordán y el Mar Muerto; al norte, por las montañas del Líbano y al sur, por la península del Sinaí. Es un territorio menos fértil que Egipto y Mesopotamia, pero presenta llanuras aptas para el pastoreo y el cultivo, por lo que será codiciado por los vecinos del desierto. Esta región se llamo primitivamente el país de Canaan debido a que sus primitivos pobladores fueron los cananeos. Cerca del 1500 a.C. llegaron tribus de origen ario, los filisteos , y denominaron a la zona Philistina , nombre del cual deriva la palabra Palestina. Posteriormente se asentaron los hebreos, singular pueblo, que no formo un poderoso Estado o un Imperio, pero que sorteando avatares mantuvo su vigencia hasta la actualidad.


SOCIEDAD.

La sociedad israelita estaba íntimamente relacionada con su religión. El núcleo de la sociedad hebrea es la familia. Esta es patriarcal. El padre es la máxima autoridad. Existían también los esclavos; que se obtenían por compra o por ser prisioneros de guerra; no se los trataba con crueldad. En los tiempos de nómades, los hebreos vivían en tiendas con pocos muebles. Esta forma de vida les facilitaba su traslado en búsqueda de pasturas para sus rebaños. Luego de asentarse en Palestina, habitaron en casas de piedra, rodeados de hurtos, conformando poblados.

ESTABLECIMIENTO en PALESTINA: Los Jueces.

En el siglo XII a.C. los hebreos tuvieron algunos enfrentamientos con los cananeos. Al establecerse en Palestina tomaron las costumbres sedentarias y agrícolas. En cuanto a la organización política continuaron divididos en doce tribus, sin confirmar un solo estado. Su vinculo primordial era el religioso. Cuando eran atacados por enemigos (momentos difíciles) las tribus aceptaban eventualmente a un único jefe, llamado juez, que era, generalmente, un caudillo. Este unía a varias tribus bajo su autoridad. Entre ellos se destacaron Gedeon, Sanson y Samuel.


CREACIÓN del ESTADO HEBREO.

Los reyes: Afines del siglo XI a.C., estas unidades temporales se transformaron en una unidad permanente con la creación del reino de Israel. Estos organizaron un solo Estado: nació la monarquía. En el plano internacional era una época de florecimientos de pequeños reinos independientes. Los grandes Imperios Antiguos habían decaído y todavía no había surgido el terrible poder asirio. Era un buen momento para unirse y derrotar a los filisteos con los que disputaban la zona. El primer rey, Saul, venció a los filisteos y floreció al Estado, su gobierno era acompañado por un Consejo de Ancianos. Su sucesor, David, ataco la ciudad de Cananea de Sión y se apropio de ella llamándola Jerusalén. Posteriormente sometió a los filisteos y extendió los demonios de Israel, desde al Eufrates hasta el Mar Rojo. Los hebreos consideraron esta época como la mas feliz. Su hijo, Salomón, Alcanzo la fama por darle importancia a la justicia y por intensificar el comercio. Organizo también, una flota para comerciar por el Mar Rojo. Parte de las riquezas se aplico a la construcción del palacio y del templo de Yavhe en Jerusalén.


EL CISMA: Los dos reinos.

La muerte de Salomón desencadeno una rivalidad entre las doce tribus que termino en la división del reino en dos estados diferentes: a) las diez tribus del norte formaron el Reino de Israel, mas vasto y fuerte, con su capital en Samaria. b)Las dos tribus del sur formaron el Reino de Juda, con la capital en Jerusalén. Como consecuencia de esta división hubo una decadencia económica y religiosa. Económica porque ya no tuvieron el monopolio de las rutas de religión; y religiosa porque comenzaron a adorar el reino del norte y asimilaron otras costumbres religiosas como los cananeos. Como reacción ante esto, comenzaron a surgir los profetas, en defensa de la doctrina de Jehová.


EL EXILIO: La pérdida de la INDEPENDENCIA política.

La división y las luchas internas provocaron debilidad en los dos reinos. Esto favoreció a los pueblos vecinos que, primero los asirios y después los caldees, los invadieron, conquistaron y esclavizaron. El retorno a Palestina. La comunidad religiosa: Cuando Ciro el grande destruyo el imperio Neobabilonico, permitió a los hebreos a retornar a Palestina y los persas les permitieron reorganizarse como comunidad religiosa de acuerdo con su política. Pero pese a esto, no todos regresaron ya que temían ser esclavizados y se dispersaron por todo el mundo. Sin embargo, quedaron unidos por su lengua, su religión y sus costumbres.

LA DIÁSPORA.

Los romanos destruyeron Jerusalén y expulsaron a los israelitas. Estos se desgregaron por el Mediterráneo y comenzó así la diáspora; la dispersión de judíos por el mundo. La historia de los hebreos en Palestina había terminado. Pero la comunidad hebrea sobrevivirá manteniendo intactas sus creencias y costumbres, gracias a su fe y a la alianza con su dios Yavhe.


ECONOMÍA y ACTIVIDADES.

Los hebreos , establecidos en Palestina, se dedicaron a la agricultura y la ganadería. El cultivo característico era el olivo y la vid, también obtuvieron legumbres y lentejas. El pastoreo de ovejas, bueyes, cobras, caballos y camellos acompañaba la actividad agrícola. También trabajaron cerámica y confeccionaron numerosos tejidos de lana y lino. Lomas importante de su actividad económica fue el comercio. Esto se debía a que su lugar de asentamiento, Palestina, era una tierra puente, es decir, un lugar de transito de mercaderes entre Mesopotamia y Egipto: exportaban aceite y vino e importaban metales (cobre de Chipre, hierro de Australia, oro de Arabia ), marfil y espacias.

RELIGIÓN.

La religión domino todos los aspectos de la cultura hebrea. La prohibición de representar la divinidad estimulo la literatura y el resultado fue la BIBLIA. También denominada Sagradas Escrituras. El ANTIGUO TESTAMENTO está escritos por los hebreos. Habla de las costumbres y pensamientos morales de los israelitas. Luego los cristianos agregaron el NUEVO TESTAMENTO con la llegada de Cristo y los orígenes del cristianismo. La primera gran diferencia de la religión del pueblo hebreo con los demás del Cercano Oriente es que cree en un solo Dios. Este es justo y bueno y exige a su pueblo el cumplimiento de una moralidad. No tiene forma humana, esto significa que no puede ser representado. El hombre es inferior a El, pues Dios lo hizo a su imagen, inmortal, pero como ha pecado debe ser castigado.



Otra diferencia es que Dios actúa con los hombres y no fuera del mundo de los hombres. Esto no significa que no volvieran a caer periódicamente en el politeísmo. Esta caída se producía varias veces hasta que alguien (como los predicadores) los esperanzaban nuevamente.


ARTE.

La mayoría de las obras literarias fueron compiladas y organizadas durante el período de apogeo de la monarquía y por obra del rey- poeta David. Merecen especial mención los salmos, los proverbios, los cantos nupciales del cantor de los cantares, las Crónicas, el Génesis, el Éxodo, los Jueces, los Reyes y otros libros denominados Sapiensiales, como el Eclesiastés.



Valoraron la música y la emplearon en las ceremonias religiosas. El sofar fue un instrumento típico hebreo, cuerno de macho cabrío utilizado para convocar a las ceremonias rituales. También utilizaron cítaras, sistros panderos (adufes) y flautes, por mencionar los más popularizados. No había pinturas ni esculturas por temor a que cayeran en la idolatría. Fue destacada la arquitectura, dentro de ella los palacios y las viviendas de los nobles. Legado cultural hebreo:

Aportación a la historia de las RELIGIONES.

a) Primera gran fe monoteísta.

b) Origen de las tres grandes religiones actuales: judaísmo, cristianismo e islamismo.

c) Antiguo Testamento.

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Varias fuentes. Recopilación realizada por A. Torres Sánchez.

La tela de ARAÑA y el huevo de la SERPIENTE.

La tela de ARAÑA y el huevo de la SERPIENTE.

Como la ignorancia política tiene frontera con la estupidez humana, un separatista avispado y racista soslayando datos y tergiversando la historia empieza a tejer una tela de araña en la que atrapar a despistados y ociosos "vende patrias".

El llamado País Vasco representa el 1,4% de la superficie de España y el 4,9% de su población, esta es una realidad. Tiene una renta por habitante 15 puntos por encima de la media europea (115, frente al 74,9% que tiene Galicia), esta es otra realidad. Pero hay más realidades que las ya citadas y en ninguna sale mal parado su "terruño" (como diríamos aquí, en Galicia).

El secesionista Ibarretxe sabe que la semántica tiene un cierto peso político en términos discursivos y más aun, en la gramática parda de la "Comunión" nacionalista vasca. Por eso ayer mismo, raudo y veloz, anunció el “adelanto” de las elecciones en su comunidad, las cuales se celebrarán el 17 de abril (el plazo máximo para su convocatoria concluye en el mes de mayo próximo). De lo que se trata es de seguir haciendo ruido para aturdir a la ciudadanía "maketa" (así llaman ellos a los españoles no peneuvistas), si se puede con bombas (ETA) y si no con pedos.

Se apresura también a pedirle al Presidente del Gobierno de España, que permita concurrir legalmente a las próximas elecciones al grupo batasuno, muñeco parlante de ETA. De este modo, el primado de la secta sabinoaranista pone el huevo de la serpiente con el propósito de que lo incube ZP, y… si cuela…¡cuela!. Si su propuesta fuera aceptada, el PSOE perdería credibilidad y votos en toda España (sin ninguna excepción territorial) e Ibarretxe quedaría como paladín de todos (incluidos los batasunos) los nacionalistas vascos. Si, como debe ser, NO se aceptara su propuesta, el líder separatista quedará en la iconografía como mártir nacionalista crucificado por el "invasor españolista" en la cruz carlista de San Andrés.

A. Torres Sánchez.

El PODER y la AMBICIÓN.

El PODER y la AMBICIÓN.

La codicia del poder y la avaricia son vicios que por estar totalmente disociados del cuerpo, pueden manifestarse en formas desorientadoras y múltiples, y con una energía tal, que las inmuniza contra la saciedad que a veces logra interrumpir los sometimientos físicos. Las permutaciones y las combinaciones de la lujuria o de la gula, son estrictamente limitadas, y sus manifestaciones resultan tan discontinuas como las de los apetitos físicos. Son cosa muy distinta, la codicia del poder y la codicia de poseer. Estos son anhelos espirituales, y por ello resultan irremisiblemente separativos y malignos; no dependen del cuerpo, y por ello pueden asumir casi cualquier aspecto. En el orden y en las circunstancias actuales, la moralidad popular no condena la codicia del poder, ni los anhelos de preeminencia social.

En otras palabras, la ambición y la molicie, dos vicios que están ligados entre sí, se les exhiben como si fuesen virtudes. No puede haber mejoramiento en este mundo mientras no se convenza la gente de que el ambicioso que codicia el poder es tan repugnante como el glotón o el avaro; y que en el plano de lo humano, son un sometimiento tan sórdido como puede serlo cualquier sometimiento físico, la bebida, o la perversión sexual.

Los vicios humanos o espirituales son los que resultan más nocivos y más difíciles de resistir. Más aún, su naturaleza espiritual hace que en algunas de sus manifestaciones sea difícil distinguirlos de las virtudes. Esta dificultad se agranda especialmente cuando el poder, la riqueza o la situación social se hacen pasar como si fuesen medios para lograr fines deseables. (En la narración de la tentación en el desierto, Satanás intenta, precisamente, confundir de esta manera el fin moral.) Pero los buenos fines, es decir, el mayor estado de unificación posible, sólo pueden conseguirse mediante el bien, es decir, por procedimientos intrínsecamente unificadores. La codicia del poder es esencialmente separativa; en consecuencia, no será consintiendo en esta codicia que los hombres puedan llegar a lograr los buenos resultados a que todos dicen aspirar.

La ambición podrá ser suprimida, pero no podrá suprimirla ninguna clase de instrumento legal. Para que pueda extirpársela, debe extirpársela en su misma fuente, por medio de la educación, en el más amplio sentido de la palabra. En nuestras sociedades los hombres son paranoicamente ambiciosos, porque la ambición paranoica se admira como una virtud, y los trepadores que alcanzan el éxito son adorados como si fueran dioses. Se han escrito más libros sobre Napoleón que respecto a cualquier otro ser humano. El hecho es profunda y alarmantemente significativo. Los Duces y los Fuehrers dejaran de ser una plaga para el mundo solamente cuando la mayoría de sus habitantes consideren a tales aventureros en el mismo plano en que ahora colocan a los estafadores y a los alcahuetes. Mientras los hombres veneren a los Césares y los Napoleones, los Césares y Napoleones aparecerán con razón, y los harán desgraciados. Mientras tanto, tendremos que contentarnos, simplemente, con disponer obstáculos legales y administrativos en el camino de los ambiciosos. Es muchísimo mejor que no hacer nada; pero no podrán ser nunca totalmente efectivos.

Los gobernantes están generalmente movidos por el amor del poder; a veces, ocasionalmente, por un sentimiento de deber social; más a menudo, y asombra que así sea, por las dos razones a la vez. La mayor parte de los gobernados aceptan, con tranquilidad, su posición de subordinados y hasta la opresión efectiva y la injusticia.

La paciencia demostrada por el hombre medio es el hecho tal vez más sorprendente y más importante de la historia. La mayor parte de los hombres y de las mujeres están listos a tolerar lo intolerable.
Los gobernados obedecen a sus gobernantes, además de por todas las demás razones, porque dan por verdadero determinado sistema metafísico o teológico que les enseña que el Estado debe ser obedecido y es intrínsecamente digno de obediencia.

Es posible organizar de tal manera una sociedad que ni siquiera pueda manifestarse fácilmente en ella una tendencia tan fundamental como la codicia del poder. Entre los indios Zuñis, por ejemplo, los individuos no tienen oportunidad de ser inducidos en tentaciones como las que incitan a los hombres de nuestra civilización a trabajar por la obtención de fama, riqueza, posición social o poder. Nosotros siempre veneramos el éxito.

Retrospectivamente, hombres como Richelieu, Luis XIV y Napoleón son más admirados por la breve gloria que lograron, que odiados por las duraderas miserias que fueron el precio de dicha gloria.

Y mientras la ambición personal está considerada por todos los moralistas como indeseable, sólo los más avanzados teocéntricos han percibido lo pernicioso de la ambición vicaria por una secta, nación o persona. A la inmensa mayoría de la humanidad, tal ambición le parece enteramente loable. Esto es lo que la hace tan peculiarmente peligrosa en los hombres de buena voluntad, aun en los aspirantes a la santidad, tales como nuestro capuchino.

Muchos historiadores, sociólogos y psicólogos han escrito largo y tendido y con honda preocupación acerca del precio que el hombre occidental ha tenido que pagar y tendrá que seguir pagando por el progreso tecnológico. Señalan, por ejemplo, que la democracia difícilmente puede florecer en sociedades donde el poder político y económico se concentra y centraliza progresivamente. Y he aquí que el progreso de la tecnología ha llevado y sigue llevando todavía a esa concentración y centralización del poder.

La naturaleza del poder es tal que hasta aquellos que no lo han buscado, sino que han tenido necesariamente que aceptarlo, se sienten inclinados a aumentarlo más y más.

EL JARDÍN DE LOS FRAILES (extracto).

EL JARDÍN DE LOS FRAILES (extracto).

CAPITULO XII.

Decía con frase acerada el padre Miguélez: "No es necesario que el septentrión los lance; ¡los bárbaros están en España!".
Debo al Escorial -a sus escuelas- el apresto necesario para entender esa máxima impregnada de españolismo y recibirla en espíritu y verdad; y a la percepción cabal de su sentido -decadencia del estado glorioso preexistente-, una timidez egoísta, un recelo que me impedían avanzar por la ruta abierta a mis sentimientos españolísimos. Me atollaba sin saberlo en un desbarajuste raro; la pasión nacional encandilada por muchos cebos, quería encabritarse y alzaba la cerviz soberbia: puro goce de dar suelta al orgullo y henchir con su viento el énfasis, la hipérbole y otras capacidades donde asiste el desenfreno. El ánimo se lanzaba en tal orgía por engreírse a sus anchas una vez siquiera: érale permitida toda licencia, en razón del objeto sublime. Pero buscaba saciedad apacible, que no martirios nuevos. Al desmandarse, la pasión nacional embestía con el cimiento histórico de nuestra noción de España y replegaba maltrecha las alas.
Tarde comencé a ser español. De mozo me criaba en un españolismo edénico, sin acepción de bienes y males. Veía en el mapa las lindes de una España, pero éste era nombre sin faz; moralmente, no advertía sus límites ni sospechaba que los hubiese. Las anécdotas colegidas bajo el rótulo de Historia general no vivían más que un libro de estampas. Acaso me deslumbró el gran fuego de nuestro hogar alcalaíno. Restos de la tradición literaria complutense aleteaban en mi pueblo, al declinar el siglo diecinueve. Juristas viejos, imbuídos de humanidades; algún hidalgo desvencijado, sin dos adarmes de meollos, recitador de Horacio; labradores ricos que empezaran en su mocedad a cursar "estudios mayores"; escribas de la curia toledana, que a poco más hubieran alcanzado a Flórez embanastado en su celda de San Agustín; y un canónigo, el último catedrático de la universidad, que murió de un atracón de sandía..., mantuvieron en Alcalá el culto fervoroso de los antepasados: No vivían en su tiempo; el mundo no rodaba desde el día mismo que la Universidad de Cisneros se cerró; las prensas dejaron de parir en cuanto los tórculos alcalaínos se enmohecieron. En sus rancios libros, en sus buenos libros -hechos trizas luego, cuando sus bibliotecas dilapidadas fueron a parar en las droguerías-, se empapaban de erudición anodina. Sabían los aniversarios, las idas y venidas de los héroes, sus posadas, sus sepulturas. Eran tercos, grandilocuentes. Daban guardia a la cuna de Cervantes, defendiéndola de los manchegos rapaces venidos por hurtarla...

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Advine al rango de español por dos caminos; ensanchando hasta el confín de la Península el área plantada de laureles y robando a mi propensión admirativa su inoperante candor. Temblé con emociones menos suaves; descubrí un antagonismo; milité contra las fuerzas agresivas, dotadas de significancia moral opuesta a la que ministraban los frailes. Mis sentimientos españolistas ganaron en violencia lo que perdían de libertad, y ratrayéndose a su origen, oprimidos, zumbaron amenazas sordas, como nube de pedrisco a punto de desgajarse. No me bastó, llanamente, engrosar el caudal de las cosas que sabía ni seguir la inclinación del instinto, para verme de pronto roído por el despecho, abrasado de malquerencias, o presa de abatimiento rencoroso, como quien viene lisiado al mundo, o enfermo incurable, o desposeído sin justicia de alguna cualidad común al mayor número de gente: en el pasto de que iba nutriéndose mi opinión de español, debieron de echar cierta levadura que se agrió. Padecíamos en cuanto españoles la suerte de Abel. Nuestra virtud, la superior comprensión del plan eterno, suscitaron la liga de los bárbaros con el espíritu del mal. Es el español semidiós derrocado; su generosidad pertenece a otro siglo. De tal manera, descubrir nuestra posición en el mundo -el crimen contra España, escándalo de la Historia- y quedar emponzoñados, viendo frustrarse en la raíz las esperanzas naturales, era todo uno. A quién aborrecíamos más: si al extranjero envidioso o a los españoles apóstatas -los bárbaros del padre Miguélez-, no lo recuerdo....

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Mirándolo bien ¡qué vida regalona nos proponían! El español bueno no tiene que devanarse los sesos; ser castizo le basta. Todo está inventado, puestas las normas: gobernar como Cisneros; escribir como Cervantes; y hallándose frente al mundo en actitud de litigante desposeído por la fuerza del bien que le pertenece, meterse en un rincón a devorar el reconcomio, no tratarse con nadie, pedir para los émulos victoriosos el mayor mal posible. Su deber es imitar, conservar, en espera de tiempos mejores o que fallado el último juicio, confundidas las potestades diabólicas, la misión española se justifique. Holgorio del calete preparado para cortas fatigas y de la reacia voluntad era esa pauta; pero el sentimiento de la injusticia universal nos penetraba de amargura. Creíamos inadmisible nuestra virtud; no podíamos negar la ruina del poder; la oposición entre los méritos que alcanzábamos y su paga nos volvía el mundo en un valle de lágrimas; estábamos más tristes cuanto más convencidos de nuestra capacidad, de nuestro derecho. En poco tiempo la crítica soliviantada por escarmientos ruidosos acreditó otra opinión: la ruina española es aborto de una raza incapaz. Desabrido fallo, no muy lejano psicológicamente de la ilusión antigua. Me pago de haber sabido por uno de los más listos intérpretes de los oráculos este aforismo:
-En España escasea lo ario, ¡eso es lo espantoso!
Preguntaban si la casta española se avendría con la civilización y la respuesta diferida tantos siglos era adversa: mala ralea, poco rejo; las calaveras lo prueban, dejándose medir. ¡Pesado infortunio! Pero el encantamiento quedó al descubierto. Fuese por excelencia en la virtud y consecuente inquina del mundo o por tacha del linaje, la culpa no es personalmente nuestra; inútil sería resolverse contra el destino. En los años de colegio, cuando la persuasión de pertenecer a un pueblo corrupto, retoño enclenque de un tronco viejo, no había podrido la raíz de mi españolismo, nuestra protesta sentimental contra el despojo era aferrarnos en lo que poseíamos, adorar lo que nadie podría quitarnos, caer pasmados ante los emblemas. Después de la religión, en nada nos mirábamos como en la literatura del siglo de oro. Más ortodoxia que guardar. Habíamos sacado el arte y el idioma de la nada o los había puesto Dios en nuestra alma como puso el primer hombre en el paraíso. Bien que no pudieran arrebatarnos esa prenda, tras de las Américas, no era floja tarea conservarla pura. Los frailes nos excitaban a perseverar.
-¡Los tengo aquí, todos, todos...!- decía el padre Miguélez tirándose del lóbulo de la oreja.
Se refería a los galicismos.
El aspecto de los soldados, si entraba en El Escorial una manga de ellos, nos enardecía. Subiendo por la carretera dos filas de jinetes, tan altos, con plumeros blancos y recias hombreras de metal, sable en mano, al paso cadencioso de los fuertes caballos, una tarde de entierro queríamos escaramuzar con dos colegiales norteamericanos. Los jinetes daban escolta al cuerpo de una infanta vieja que poco antes de morir nos visitó, quizá por serle urgente recabar sepultura. El banquete que le dieron en un comedor donde preside el "Choricero" de Goya, acabó impensadamente con mal presagio. Tres estudiantes desmandados, introduciéndose a hurtadillas, cuando levantaban los manteles, en el comedor, devastaron cantidad de viandas y de mosto. Salieron claustro adelante por el palacio, pasaron al coro de la basílica y con horrísonas blasfemias, inéditas, en la mansión del Rey Prudente, ahuyentaron a la comunidad que estaba en sus rezos; danzaron una danza báquica en torno del grandioso facistol y dándole a la lámpara vertieron por el suelo a chorros el aceite y el agua. Los manes del lugar debieron de irritarse. Ello es que la Infanta murió en seguida, aunque la pobre no tuvo culpa en el sacrilegio. De la pompa con que la enterraban era tan fascinante el séquito militar que decíamos a los camaradas ultramarinos, señalando a los coraceros:
-¡Eh! ¿Qué tal? ¡Con éstos entramos a Nueva York!

Manuel AZAÑA (1880-1940).

Las putas GUERRAS.

Las putas GUERRAS.

En épocas semejantes a la que nos toca ahora vivir (y en otras también), se percibe claramente el fin que persigue el esfuerzo colectivo; los deberes son sencillos y explícitos; la vaguedad y la incertidumbre de los ideales de los tiempos de paz desaparecen ante la agudeza con que se presenta definido el ideal en tiempos de guerra, ideal que se expresa así: vencer cueste lo que cueste; las asombrosas complejidades de los moldes sociales de tiempos de paz son reemplazados por el molde, de hermosa sencillez, de una colectividad que lucha por su existencia. El peligro fortalece el sentimiento de solidaridad social y precipita el entusiasmo patriótico. La vida adquiere sentido y significado y se vive en un diapasón elevado de intensidad emotiva.

Todos los métodos existentes para prevenir las guerras se caracterizan por uno o dos defectos principales. O son intrínsecamente malos, como las sanciones militares, y por ello incapaces de obtener resultados que no sean nocivos (los resultados del empleo de la violencia de la astucia ilimitada son siempre exactamente los mismos, ya sea cuando el procedimiento se le denomina simplemente guerra o cuando se emplean eufemismos tan encantadores como los de 'sanciones', 'seguridad colectiva', 'acción de policía internacional'), o son solamente piezas de una maquinaria más o menos bien ideada, incapaces de afectar por si solos las causas fundamentales de las guerras.

La guerra moderna destruye con el máximo de eficiencia y el máximo de indiscriminación, y en consecuencia, implica injusticias mucho más numerosas y mucho más graves que las que se pretendan enmendar. Las guerras no concluyen con las guerras; las más de las veces terminan por una paz injusta, que hace inevitable otra guerra de venganza.

La guerra no es una ley natural, ni siquiera una ley de la naturaleza humana. Existe porque los hombres así lo desean; y sabemos, así nos lo enseña la historia, que la intensidad de ese deseo ha variado desde el cero absoluto hasta el máximo frenesí.

La guerra es un fenómeno exclusivamente humano. El hombre es único en eso de organizar matanzas en masa dentro de su especie. Las guerras tienden a eliminar a los jóvenes y a los fuertes y perdonan a los enfermizos desde el punto de vista del individuo, la guerra es una selección a la inversa. Existen hoy algunas sociedades humanas primitivas -la de los esquimales, por ejemplo-, para las cuales la guerra es algo desconocido y hasta inconcebible. Sin embargo, todas las sociedades civilizadas son guerreras.

Todo país que pretenda utilizar la guerra moderna como instrumento para realizar un programa político, debe tener un ejecutivo todopoderoso y altamente centralizado. De aquí que resulte absurdo hablar de defender a las democracias por la fuerza de las armas. Una democracia que haga, o que, sin más, pretenda prepararse eficazmente para la guerra científica moderna, debe necesariamente dejar de ser una democracia. Los tragadores de fuego de las izquierdas, que en el transcurso de los dos últimos años han estado pidiendo que los países democráticos contesten con firmeza (es decir, acción militar) las agresiones fascistas, han estado pidiendo en realidad que se acelere el proceso mediante el cual los países democráticos se están transformando, gradual pero sistemáticamente, en la imagen de los países fascistas que tanto detestan.

Los pueblos se preparan para la guerra, entre otras razones, porque la guerra forma parte de las grandes tradiciones; porque la guerra los estimula y les proporciona algunas satisfacciones personales o sustitutivas; porque viven en una sociedad dentro de la cual se venera el éxito cualesquiera hayan sido las formas en que se ha obtenido, y dentro de la cual la competencia parece más 'natural' que la cooperación, porque en las circunstancias actuales es más habitual.

Casi todos deseamos la paz y la libertad, pero somos muy pocos los que tenemos gran entusiasmo por las ideas, sentimientos y actos que hacen factibles esos ideales. Inversamente, casi nadie quiere la guerra o la tiranía, pero son muchos los que hallan un placer intenso en las ideas, sentimientos y actos que llevan a esas calamidades.

La idea de que la guerra entre naciones es justa, adecuada e inevitable continúa siendo una especie de axioma y, por así decirlo, una necesidad del pensamiento. Las espantosas experiencias de los últimos treinta años no le han enseñado a la humanidad colectiva precisamente nada. Las naciones del mundo continúan pensando, sintiendo y obrando según los antiguos modos - los modos que son positiva garantía de una caída en la catástrofe. Si los aglomerados sociales son incapaces de aprender aun con la más amarga clase de experiencia, ¿de qué modo comunicar la lección indispensable?.

A. Torres Sánchez.